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Fin de viaje: Carta a mi amiga desconocida

El Chorrillo, 3 de julio de 2016

Hace algo más de una década, durante un largo viaje por los países del Pacífico, trabé amistad con una mujer a través de uno de mis blogs de viajes. Fue mi amiga desconocida durante mucho tiempo, cayó accidentalmente por mi blog y sin saber desde qué parte del mundo me escribía ni otros datos personales, ni siquiera su nombre real, iniciamos una larga y rica correspondencia mientras mi viaje discurría por Filipinas, Malasia, Indonesia, Sri Lanka, India y posteriormente por los países africanos al sur del ecuador. Una apasionante correspondencia y amistad que, recordándola durante el viaje de este año, me llevó a indagar la posibilidad de saber de ella después de más de una década. La escribí desde Armenia a un viejo correo que encontré en algún lugar, pero no obtuve respuesta. Hace un par de días, sin embargo, me llegó inesperadamente un mail suyo procedente de una dirección en desuso. Fue muy grato reencontrarme con mi amiga desconocida. Hoy me sentí impulsado a contestarla. Después de llevar escritos un par de párrafos comprendí que esta misma carta bien podía servirme para cerrar el ciclo de mi viaje de este largo año a través de Asia, Australia y Nueva Zelanda. Servirá también como colofón para el libro en que estoy trabajando y que recogerá los post escritos entre diciembre del pasado año y este mes de junio.



Querida amiga desconocida:

Esta tarde leo a Onetti tras la siesta, en porretas, frente al ventilador, después de haber mirado, tras abrir los ojos, durante un largo rato, el cuerpo enigmático de una mujer que, como una Gioconda salida de entre las olas, me mira insistentemente con los ojos cerrados invitándome a la meditación; después, en fin, de darme un chapuzón en la piscina que me ha dejado el cuerpo fresco y animoso para comenzar mi rato de lectura. ¡Cuánta belleza se esconde por los rincones de los cuentos de Onetti! Fue así que me volví a acordar de ti, de tu hijo descifrando los dibujos de Saint Exupery de El Principito, de aquellos largos párrafos que intercambiamos sobre el amor y otras cosas de menor importancia; quizás imaginé el deje sureño de la voz del Onetti y quise encontrar a través de él el de mi amiga desconocida, esa voz que nunca escuché y que probablemente encontraría en la música de Gardel. Quizás, ya sabemos lo caprichosa que es la memoria.

Es curioso, desde que aterricé en Barcelona después de un largo viaje de más de un año por el mundo, hace ya un par de semanas, no había vuelto a sentir la necesidad de escribir hasta este momento después de haberlo hecho ininterrumpidamente durante todo ese año. Incluso había llegado a barruntar que punto final,  que a otra cosa, que era hora de dejar tranquilas a las palabras. Sin embargo, la hora de después de la siesta junto a un buen libro es una hora particular que, en ocasiones, cuando los astros se alínean en una determinada posición, hace posible pequeños milagros como este de recuperar la escritura. Me sucedió muchas veces. Es el caso que, recordando aquellas lejanas cartas nuestras donde, al pairo de los posts que escribía entonces, mientras viajaba por Filipinas o Malasia, tantos temas se fueron degranando; que, leyendo a Onetti y salido poco antes de esa especie de meditación frente al desnudo de un enigmático cuerpo femenino oriental, tuve la sensación de encontrarme ante alguno de aquellos asuntos que por entonces tratábamos de desentrañar, pero sobre todo junto a aquella amiga desconocida de la que durante mucho tiempo sólo conocí el color de sus ojos y sus palabras.  

El cuento que leo, Convalecencia es su título, habla de una mujer y de una playa. La vida no para de ofrecernos a cada instante elementos de reflexión, un hombre con quien cruza unas palabras, una familia que cada mañana ocupa su sitio a unos metros de las olas, tres chicas a las que acaso la protagonista vestiría con otros vestidos y otros colores, pero en cuya indumentaria descubre al final una sintonía con el azul del mar más propio del lugar. Cuántas pequeñas cosas que con los ojos cerrados se introducen en los resquicios de nuestro cerebro aliviándonos de un peso, dejando caer una pregunta, sugiriéndonos qué se yo... Y mientras las olas seguían ahí produciendo un rumor de campanillas a la vez que sus aguas y su encaje blanco retornaban al mar por el declive de la graba.
Y recuerdo remotamente que tenías una bonita relación afectiva con tu padre, que él murió, que te dejó una casa como herencia junto al mar, que trabajabas muchas horas y que aprovechabas un largo trayecto en automóvil todos los días camino del trabajo para pensar en esto y aquello; y recuerdo cómo hablabas del amor defendiendo con pasión un punto de vista que debía de chocar por entonces con ese amor chiquito mío que una antigua novia de entonces se esforzaba en rebatir. También recuerdo que hablamos de lo mucho que dicen los ojos de la gente y que en aquella ocasión accediste a regalarme una fotografía de tus ojos (el resto debía de pertenecer todavía al anonimato) que yo te solicité para acompañar un largo post que titulé Miradas, y que ilustré con los ojos de niños, mujeres, ancianos y ancianas de los países que por entonces atravesaba. 

Lindo recordar todo esto, lindo encontrarse con el pasado, con nuestros pensamientos y preocupaciones de entonces, lindo dejar transitar el pasado por la misma calle que en este mismo instante recorren nuestros pies, nuestros deseos, nuestros proyectos, nuestra perplejidad ante el paso del tiempo o la certeza de que todo esto dentro de unos pocos años dejará de existir porque nos iremos definitivamente pese a que se queden los pájaros cantando y las campanas de la iglesia siga repicando allá lejos sobre los sembrados.
Te leo hablar de teléfonos móviles, de la pérdida del anonimato, de un mundo en donde todo parece estar al alcance de la mano con una sensación de cierta desesperanza, un mundo donde el misterio está siendo ahogado por el pragmatismo y las nuevas tecnologías. Yo también siento que día a día nos vamos quedando sin espacio, sin silencio (un ruido creciente nos rodea), sin esa pizca de misterio que la Laura Díaz de la novela de Carlos Fuentes defendía a capa y espada. A algo así me suena esa renuncia al anonimato que mencionas en tu mail. 

Esos retazos que la memoria va dejando distraídamente en el jeroglífico de la memoria son un regalo que puedo considerar como una excelente plan de pensiones para ya mismo, pero sobre todo para el futuro, cuando contemplando a la tarde la línea del horizonte bajo el rumor de las hojas de los álamos vuelva a revivir ese dichoso tiempo, el de un viaje, el de una novia, una amiga desconocida, unos hijos, tu pareja de siempre. ¿Sabes?, llevo unos días que cuento los años que me puedan quedar con la misma perplejidad con que todavía me asomo al mundo de lo femenino, una perplejidad que a veces se hace ternura, otras deseo de conocer y comprender y que en otras muchas se transforma en simple contemplación.  La vida es una cosa rara que no se merece menos.

Hace ya un buen rato que dejé atrás la hora de la siesta. Me alegro enormemente haberte reencontrado.

Cierro los ojos y te mando otro abrazo de oso.



Un manojillo de flores sobre la tumba de la abuela


El Chorrillo, 17 de diciembre de 2015

Con la cercanía de la muerte de mi suegra al lado no es difícil que en algún momento mis reflexiones vengan a caer en uno de esos asuntos esenciales que apenas tienen cabida en el trasiego diario. Ahora, cada vez que me doy una vuelta por la parcela, raramente dejo de pasar junto al arbolillo bajo cuyo cepellón yacen las cenizas de mi suegra. No sólo son las cenizas, también hay un detalle que me llama la atención y que acaso no cabe explicar pero que revuelve en mí algo candente, sucede como cuando lees unos de esos versos que interpelan el alma sin ser capaz de manifestar racionalmente la razón de por qué penetran con tanta fuerza en ti.
Quizás me refiero a un hecho intrascendente y normal, pero el caso es que a mí me conmueve. Se trata de un manojillo de flores silvestres que yacen al pie del lilo donde enterramos a mi suegra. Habíamos cavado el hoyo, nos habíamos situado toda la familia alrededor y, los niños primero, fueron metiendo sus pequeñas manos en la urna funeraria para tomar un puñado de ceniza que esparcían después con cara circunstanciada en el hoyo; después seguimos los adultos, el mismo gesto, la misma expresión consciente de que estábamos viviendo un momento de cierta trascendencia. Noventa y dos años de vida, seis hijos, los años de la guerra, la crianza, las dificultades, los momentos de gozo, habían llegado a su conclusión. A continuación colocamos el árbol y fuimos cubriendo poco a poco el cepellón. Víctor, el jardinero de la familia, arregló los alrededores, construyó un alcorque con la destreza que da la experiencia y terminamos el acto con unas palabras dedicadas a la abuela que había escrito Javi. A Saúl, el más pequeño de Cristina y Javi, le tocó regar el árbol, tarea que hizo serio y como un señor circunspecto que cumpliera un alto cometido en el municipio. Habíamos terminado. Yo había recogido la manguera y bajaba tras los otros por la rampa cuando descubrí a mi hijo Guille fotografiando el pie del lilo donde alguien había depositado un manojillo de flores silvestres. Creo que fueron mi nieta Ainara y mi sobrina Paula,  aunque no estoy seguro.
Aquel manojo de flores, la Pitufa como yo la llamo aunque ya va camino de los ocho años, y las cenizas de la abuela, componen esta mañana en mi recuerdo una escena que me conmueve, un cuadro que habla de asuntos muy diferentes, pero íntimamente ligados a esas cosas importantes que uno no quisiera dejar a un lado en un mundo en que, diseñado como está, apenas vamos teniendo tiempo para los asuntos esenciales: la familia, el amor (incluido ese amor algo melífluo constantemente en los labios de la abuela y que con humor cuestionábamos hijos y nietos de continuo), la constancia de que el camino termina entre el perejil, no más. Nuestras opciones políticas, nuestros anhelos, nuestros deseos de esto o lo otro, lo que bulle con mayor o menor fuerza dentro de uno... todo tan efímero a la vista de esas cenizas. Y sin embargo tan entrañable, tan apasionante; la vida, digo, esa vida que casi está en su comienzo en mi nieta, que habitó en nosotros casi ya por siete décadas, la misma que se encuentra en el árbol que se nutrirá de la tierra y las cenizas.


 




La cajita de la felicidad

El Chorrillo, 16 de diciembre de 2015

Puestos a iniciar un viaje parece oportuno, ya que todo el mundo anda a la búsqueda de la felicidad, conocer por qué parte del planeta se encuentra ese país de la felicidad, a fin de, acaso, comprar un billete con destino allí donde esté. En la agencia de viajes: Oiga, quiero un billete baratito para la felicidad. Desconoces en qué parte del mundo puede estar aquello, pero como expertos los hay por doquier para todo, etc. Esta mañana después de despertarme y remolonear en la cama durante un largo rato con alguna de esas leves imágenes que vuelan frecuentemente por mi imaginación a esa hora, caí en la certeza de que una buena parte de la felicidad se encuentra en el entorno de una vulva, nada más hay que ver al personal para en una primer vistazo saber que en ese entorno en donde se localiza el origen del mundo se cuece una parte importante de los anhelos de todo quisque, y ello pese al desgaste que las neuronas pueden tener a lo largo de los años en la especie.
 Que de no sólo pan vive el hombre ya lo decía el Evangelio. Pero sigamos. Animados a buscar los caminos de la felicidad, cosa que no dejaría de hacer ni siquiera el tonto del pueblo, bien vale ir rescatando alguna de esas cosas que nos encontramos un día u otro por el camino y que huelen a gozo y satisfacción para así ir sabiendo cuales son los confines de ese país llamado Felicidad. Ubicuo si cabe más que todas las cosas el asunto de la cajita, bien podríamos decidirnos a situarlo en uno de los primeros puestos del rating de las agencias destinadas a valorar la felicidad en el mundo.
Felicidad, cierto, para un rato, una de esas mañanas que te despiertas inspirado o que tras salir del sueño descubres a tu lado la cercanía de un cuerpo de mujer que vaya usted a saber por qué cosa misteriosa empieza a ocupar sibilinamente tu cuerpo con un reptador e inesperado anhelo, o que sin comerlo ni beberlo aparece tras la arremetida inesperada de las notas de un saxo, o que resurge entre las turberas de la memoria y viene a tu recuerdo a calentarte una de esas horas que pasas alguna tarde contemplando el horizonte a la espera de que en el cielo estalle un crepúsculo aceptable.
No, tampoco podría decirse que aquello que produce felicidad sea un sabroso plato de lentejas que uno pueda estar zampándose de la mañana a la noche ininterrumpidamente a cada momento. Ya lo decía San Agustín, la virtud está en el medio. Por tanto a no abusar y, eso si, no desaprovechando cualquier oportunidad que pueda atravesar la hipófisis. Así que si uno ya de entrada se despierta pensando que esa mañana no estará de más remolonear en la cama esperando acaso que un suave céfiro de ala de paloma venga a visitarle, mejor esperar acontecimientos a fin de que desde el primer momento del día puedas hacer caso también a aquella máxima del Evangelio que habla de los gorriones que no han de ocuparse de su sustento porque Dios proveerá. Y entonces, si resulta que viene Dios, cualsease lo que uno entienda por Dios, y te regala cual si fueras un gorrión despistado que no se entera de qué va esta compleja realidad, si estás o no metido en uno de esos cuentos de Las mil y una noche en donde bellas doncellas juegan con un mandadero, un emir y su califa, después, naturalmente, de beber dulces y olorosas cantidades de rosado vino, a descubrir los gustosos usos y mil nombres de la rosada cajita que las mujeres tienen entre las piernas o los matices de la turgencia de la herramienta masculina,  y te regalan o te despiertas con el suspiro del moro entre las piernas, pues eso. Seguro que cuando los efluvios del alcohol hayan llegado a su fin podrás estar en posesión de nuevo de una renovada gran verdad.
La culpa de que a uno le surjan tan de temprano ideas de este cariz en vez de estar pensando si fue Rajoy o Pedro Sánchez quién hizo pipí más lejos en su esfuerzo por sacar de su tumba a un bipartidismo más muerto que todas las cosas, creo que la tiene sin duda la lectura de Las mil y una noche, delicioso recreo del que cada vez que emerjo salgo rejuvenecido por mor del desenfado y la frescura de las historias que Sherezade narra noche tras noche a su enamorado. Y sí, no hay noche en que la cajita de la felicidad salga a relucir como el mejor pasatiempo en el que ambos puedan recrearse, ratos de exquisita felicidad en que antes y después de la cosa surgirán emires, princesas, magos y personajes de toda condición que tratarán mediante mil peripecias librarse de la muerte y alcanzar esas briznas de felicidad que la cajita y su entorno proporciona a sus enamorados.
Ya se sabe que cuando el diablo no sabe qué hacer, con el rabo mata moscas. Algo así me sucedió a mí esta mañana cuando rondando el mediodía logré desprenderme de las sábanas y del poético alborozo de las historias de Sherezade donde a última hora el juego consistía en averiguar el nombre de aquello entre las piernas y que tras muchas pesquisas el mandadero había descubierto que se llamaban en la primera doncella la albahaca de los puentes, en la segunda lo que se deleita con raciones de sésamo descortezado y en la tercera la posada de Aby-Mansur, razón por la cual cuando las doncellas hubieron dicho el nombre de sus cajitas de la felicidad, "el mandadero se levantó, se despojó de sus vestidos y se metió en el agua. Se lavó todo el cuerpo, como se habían lavado las doncellas y después salió del baño y fue a echarse en el regazo de la más joven, y señalando a su virilidad, preguntó a la mayor de todas: "¿Sabes ¡oh soberana mía! cuál es su nombre?" Al oír estas palabras, las tres se echaron a reír tan a gusto, que cayeron sobre sus posaderas y exclamaron: "¡Tu zib!" Y él dijo: "No es eso, no es eso." Y les dio a cada una un mordisco. Ellas dijeron entonces: "¡Tu herramienta!" Y él contestó: "Tampoco es eso." Y a cada una le dio un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron "Sí que es tu herramienta, porque está ardiente; sí que es tu zib porque se mueve." Y el mozo seguía negando con un movimiento de cabeza, y luego las besaba, las mordía, las pellizcaba y las abrazaba y ellas reían a más no poder, hasta que acabaron por decirle: "¿Cómo se llama, pues?" Entonces él meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando a su zib, dijo: "Oh señoras mías! vais a oír lo que acaba de decirme este niño: "Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby-Mansur."
¿Que cómo sigue la historia? Así: "En este momento de su narración, Sherezade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente"

Si después de leer la última parte de este post no os entra unas enormes ganas de leer Las mil y una noche, es que sois unos casos perdidos. :-)

Viajar, ¿una "catarsis religiosa"?

El Chorrillo, 14 de diciembre de 2015
"En el país de los sherpas cada senda está bordeada de montoncillos de piedras y banderolas de oración, que nos recuerdan que el verdadero hogar del hombre no es la casa sino la ruta, y que la vida en sí misma es un viaje que hay que hacer a pie" (Bruce Chatwin)
He tardado un día y medio en localizar un libro de mi biblioteca del que no recordaba el título ni su autor. Tuve que rastrear por Internet las conexiones que me pudieran llevar a él. Primero de todo fue buscar, al fin un rastro, una novela que lo relacionaba con mi autor pero ajena a él, Un viejo que leía novelas de amor. Ya tenía algo, se trataba de Luis Sepúlveda, del que tenía leídos algunos libros, pero cuyo nombre mi memoria no quería recordar. Joder con mi memoria, la de equilibrios que tengo que hacer a veces para encontrar datos que se me perdieron. Bien, una vez localizado a Sepúlveda la cosa ya fue más fácil. Sabía que Sepúlveda se había encontrado con mi autor en Barcelona y que ese hecho aparecía en una novela que tenía que ver con la Patagonia. Resultó ser Patagonia express. Logré un pdf de la novela en Internet, tecleé la palabra Barcelona y allí mismo encontré lo que buscaba: "Mientras espero, pienso en aquellos dos gringos viejos que movieron los frágiles hilos del destino y consiguieron que Bruce Chatwin y yo nos encontráramos cierto mediodía invernal en la terraza del Café Zurich de Barcelona". ¡Guauu! Victoria, que me ayudaba a rastrear el libro por toda la casa y que en ese momento miraba por encima del hombro el resultado de mi búsqueda, tardó medio segundo en localizar el libro en lo alto de la librería: Chatwin, arriba del todo, entre Chateaubriand y Chejov, se encontraba mi libro, un grueso tocho titulado Los viajes, que recogía tres obras diferentes, una de las cuales había dejado yo de leer, Los trazos de una canción, para cuando en algún momento me decidiera visitar Australia. Mi memoria es fatal pero tiene una gracia muy particular, a veces le basta una pequeña chispa, un comentario intranscendente, para que en ella se abra la expectativa de un misterioso camino que tanto me puede llevar al paisaje de la lejana infancia como a las páginas de un libro perdido del cual olvidé todo su contenido, pero que acaso en alguno de sus párrafos guardaba el fulgor de algo que quedó vibrando en mi ánimo, solitario, pero vivo, perdido, en el tiempo, en la acumulación de miles de páginas, pero, ah, dispuesto a brotar, Dios sabe por qué razón y a través de qué rutas, cuando la necesidad lo reclamara.
Me había quedado en la memoria que Chatwin no era muy querido en Australia, después de que con su escritura desbrozara alguno de los aspectos más sensibles de la relación que los australianos habían tenido con los aborígenes del país. Ese fue el dato que como hilo de Ariadna despertó en mí la curiosidad de encontrarme con una lectura que me acompañara en los primeros días del viaje que reemprenderemos pronto rumbo a Indonesia y Australia. Un buen augurio, porque como decía ayer, alimentar un viaje con la lectura de buenos libros puede ser determinante para una parte del éxito de la aventura.
De modo que esta mañana, que andaba algo despistado, desde que he regresado a Madrid no hay día que no lo esté, ya parece que me he encontrado un divertimento de altura adecuado. El divertimento es Chatwin, el alma de uno de esos viajeros cuyos genes jugaron la baza de convertir al susodicho en un espíritu inquieto empeñado en dedicar los años de su vida a trotar de una parte a otra del mundo. Abro el libro, lo hojeo y cada pocas páginas me encuentro rastros de polillas e insectos en sus páginas. Deduzco por ello que el libro fue leído en alguno de los largos viajes de verano, ¿la hora?, probablemente la caída de la tarde cuando aparcábamos nuestra furgoneta familiar en algún bosque y pasaba el resto del día enzarzado en una partida de ajedrez o metido en las páginas de un libro. Leer libros de viajes cuando estábamos de viaje era una redundancia que se imponía en aquellos tiempos. Además, como mi condición de conductor en un grupo de cinco, nuestros tres hijos y Victoria, me exoneraba de las tareas domésticas de la cocina y preparación de nuestro campamento para pasar la noche, el resultado eran esas placenteras horas entre los libros en donde polillas, mosquitos y salamanquesas se arremolinaban alrededor del foco de lectura y mi libro.
Salto algunas páginas más y me encuentro con el primer subrayado, la paleontóloga sudafricana Elizabeth Vruba, le dice a Chatwin: "El hombre ha nacido en medio de la adversidad. Y la adversidad en este caso es la aridez" (en estos días de elecciones diríamos: el hombre ha nacido en medio de la adversidad. Y la adversidad en este caso es la demencia de los que siguen pensando que van a votar al PP). Los subrayados se suceden por aquí y por allá a lo largo de las ochocientas cincuenta páginas del libro. Es una tarea alentadora la de consultar un libro que hace décadas leíste cuando éste se encuentra plagado de subrayados. Unas páginas más allá le toca en suerte a un dicho sufí: "Libertad es la ausencia de elección". ¿No está mal, verdad? Tomemos nota. Cuando Bruce Chatwin habla de Malraux, enseguida mi vista se fija en esta línea subrayada con cierta profusión: "La obra maestra de Malraux es su propia vida", que me recuerda enseguida aquella otra afirmación de  Oscar Wilde de que no hay mejor aspiración que la que consiste en hacer de la vida un arte. Una decena de páginas más allá Chatwin cambia de sujeto y ahora es Wernerg Herzog, con él perora del hecho de caminar, me llama especialmente la atención por el carácter sacramental en que coloca el asunto. Dice Chatwin: "Era la única persona con la que pude mantener una conversación sobre lo que podríamos llamar el aspecto sacramental del hecho de caminar. Ambos compartíamos la idea de que el caminar no sólo es terapéutico en sí, sino que es una actividad poética que puede curar al mundo de sus males".
Como parece que todos somos selectivos con lo que vemos o leemos, casualmente los subrayados con los que tropiezo están todos en el ámbito de mis propias reflexiones, en un capítulo que habla sobre las invasiones nómadas, al poco me encuentro con una afirmación que de ser aparentemente infundada en un primer vistazo pasa a parecerme coherente e iluminadora. La afirmación es ésta: "Los nómadas son notoriamente irreligiosos". ??? Quizás siguiendo la argumentación tenga oportunidad de hacer desaparecer los interrogantes. Y se explica así: "Muestran poco interés por las ceremonias o las declaraciones de fe debido sobre todo a que la migración es en sí misma un rito, una catarsis "religiosa" revolucionaria en el sentido estricto en que cada plantada de las tiendas y cada levantamiento del campamento representan un nuevo comienzo. Por otro lado, si suponemos que la religión es una respuesta a la angustia, el nomadismo debe satisfacer alguna aspiración humana básica, que el sedentarismo no colma". Ya que este blog es un libro de viajes, y que tanto tiene que ver con el hecho de caminar, quizás en estos datos sea posible encontrar alguna de las razones que el caminante y el viajero buscan constantemente para explicar ese asiduo deseo de patear el mundo. Explicar la no necesidad de religión en el hecho de que para el que instala su tienda cada día en un valle, un bosque o una cumbre (y algo parecido podría decirse del viajero en su constante ir de un lado para otro) aquello constituye un rito, una catarsis "religiosa" por lo que tiene de un nuevo comienzo constante, me parece una brillante idea para no cejar en el hecho de asentar esos hábitos que uno practica habitualmente. Que cada día aparezca como el comienzo de una nueva vida que acaba cuando llega la noche, es una idea fértil que recoge también brillantemente el budismo.

Aunque otros han sugerido que los millares de muertos que iban señalando el paso de Gengis Khan son prueba del instinto primario del hombre de atacar, dominar y matar a los de su propia especie, también es cierto que en el hombre existe ese espíritu roussauniano que obra en sentido contrario. Parece adecuado, por otra parte, atribuir a la naturaleza humana una tendencia compulsiva al movimiento en el sentido más amplio  de la palabra. "El acto de viajar contribuye al bienestar físico y mental, mientras que la monotonía de la sedentarización prolongada o el trabajo regular provocan en el cerebro ondas que causan fatiga y sensación de desvalimiento. Buena parte de lo que los etólogos han agrupado bajo el rubro "agresión" no es sino la respuesta airada a las frustraciones del confinamiento".

En unos días volamos a la isla de Java

El Chorrillo, 13 de diciembre de 2015
Mientras esperamos... Me pregunto si esas cosas que dan cierto sentido a la vida en los últimos tiempos, escribir, caminar, viajar tendrá validez para los años por llegar. A veces lo dudo. La materia que sustentaban mis libros de poemas de una década atrás era una materia transitoria y puntual por mucho que se prolongara durante años; por ejemplo. Ahora estoy totalmente incapacitado para escribir versos, se secó la fuente de donde provenían. ¿No podría suceder lo mismo con la afición a caminar, con los viajes? De hecho, sin más, viajar era algo que ya no entraba ni soñando en mis proyectos y sin embargo ahora el viaje me alimenta y nutre con buenas dosis de ganas de levantarme cada mañana para dirigir mis pasos a un nuevo paisaje, a una nueva ciudad.
¿De qué está hecho, coño, todo esto, cada uno con su talego de cosas con las que llenar los días a lo largo de las estaciones, los días esos de mi suegra sin ir más lejos, que falleció hace días y cuyas ilusiones y expectativas yacen, polvo eres y en polvo te convertirás, ahora entre la tierra y el substrato vegetal que alimentarán a un lilo y a sus olorosas flores cada primavera? ¿De qué está hecho? Hoy, sentando a la vera del camino de la espera, mientras retomamos nuestro viaje abandonado en una isla del Pacífico, me parece imperativo conocer medianamente de qué está hecho todo esto que fluye por nuestro cerebro y que tan importante es para que la vida sea sustanciosa, no pierda fuelle y las ganas de levantarse cada mañana sean el regalo esencial con que iniciar una nueva aventura.
Estos días que leo un viejo libro que escribí mientras viajaba hace una década por los países del Pacífico, trato de descifrar qué alimentaba entonces mi viaje y la escritura de ese libro. Era una época en que estaba jodidamente enamorado, en que todo se fue al garete y en que para curarme en salud decidí perderme viajando al otro lado del mundo. Leo y lo que leo me gusta. ¿Por qué? Creo que en aquella circunstancia había un fuego, una energía acumulada que bruñía mi mirada y alimentaba mi espíritu; junto a ello había también buenas lecturas, uno de esos libros, por ejemplo, que dejan huella y te ayudan a comprender la realidad, y ello envuelto en el lujo de una prosa que convierte en placer los ojos que la tocan. Se trataba de un libro de viajes de R. L. Stevenson. Y suma y sigue y añádele los países del trópico, Filipinas, las islas de Borneo y Sumatra, los volcanes de la isla de Java, la selva. Todo un cóctel molotov vivencial para que un ojeroso enamorado viajara como chutado por las tierras que en su lejana infancia Emilio Salgari había sembrado de piratas y sandokanes.
Le digo a Victoria que todo esto es pura cocina, lo que pasa en la vida podría resumirse con un ejemplo culinario. Para preparar un buen plato se necesitan, primero de todo los recipientes adecuados. Nosotros en persona. Luego vienen los ingredientes, las lentejitas, el choricito, la cebollita, el pimentón, la sal; pues eso, los paisajes, los ríos, las montañas, las gentes, las diferentes culturas, los azares del camino; y por último el fuego, dato esencial, sin fuego no hay plato de lentejas que valga. El fuego es la esencia del plato de lentejas y del viaje, sin fuego no hay cáscaras. Y sin más me voy a mi viaje de hace una década por el Pacífico y me pregunto por cuál era el fuego en aquel medio año en  que los azares de los encuentros, un amor que perdí, una amiga que me encontré en Sri Lanka, o la adopción de un vagabundaje que me placía, me llevaron desde Filipinas y Extremo Oriente hasta la India y posteriormente a un largo recorrido por África con la hortelana.
Quien porque los dioses lo propiciaron o porque simplemente se encontró con un regalo una mañana en la puerta de su casa, es visitado por una pasión, sea ésta del color que sea, es un tío suertudo que con sólo que aplique medianamente su inteligencia a mantener vivo el fuego primordial bajo el perolo de la vida ya tiene casi seguro un buen plato de lentejas con que despacharse por una temporada. Fue lo que me sucedió a mí. Las lecturas, el amor contrariado, las tierras de lejanos héroes de libros de infancia y el esplendor del mundo que recorría, hicieron de aquel viaje un catalizador, un hecho esencial de vida.
Ahora las cosas son diferentes, por eso quería echarles un vistazo a estas ideas a ver de qué iba en esta ocasión el asunto de la cocina, porque las comparaciones son odiosas pero sirven para aclarar pequeños detalles culinarios. Mi experiencia es que hay asuntos que suscitan un especial fuego interior, un fuego que como el de la cocina de mi casa o mi chimenea tanto sirve para hacer un buen cocido como para producirte un infinito dolor si es tu amada la que te chamusca el alma. Asuntos de este tipo son la muerte de un ser querido, el anuncio del nacimiento de un nuevo ser (dos días hace que sabemos por Mario y su chica que seremos abuelos de nuevo al final del próximo verano), la llegada a la meta de un maratón, un naufragio sentimental, cualquier pasión que logre rescaldarte el alma, también la mirada atónita por la miseria de algunas calles de la India o los alrededores de Lima. El dolor, el gozo, la intensidad de una vivencia, la belleza, la mirada de un niño, el paso de dos enamorados cogidos de la mano, son asuntos que pueden estimular ese fuego vivencial que hace de las experiencias de la existencia una sustancia poderosa.
La música, la poesía, el arte necesita de estas cosas para existir. E imagino que para hacer un viaje aceptable sin morir en el intento, valga decir igualmente para lograr esos grados de emoción que uno espera alcanzar, está por ver si uno es capaz de arrimar suficiente fuego a ese hogar, ese viaje, donde se cuece tanta experiencia diversa.

Las dudas de que hablaba al principio siguen en pie, los años y la curiosidad no hacen a veces buena pareja. No está de más por ello cierta dosis de prevención así como mantener cierto nivel de ejercicio para que los huesos no se adormilen. 

De viaje por Madrid


Madrid, 15 de abril de 2015


Me desperté en Madrid en casa de mi hija y ya desde el mismo momento de abrir los ojos tuve la sensación de estar de viaje. Salí a la calle; mi cuerpo estaba agradablemente descansado después de tres o cuatro días de sufrir las consecuencias de una inesperada diarrea; era hombre feliz. Manos en los bolsillos, paso despreocupado y tranquilo de quien tiene todo el día por delante para pasear la ciudad, sentir los profundos olores que salían de las tiendas con mercancías orientales y acaso dar una vuelta por las salas del museo del Prado. Viejas experiencias en ciudades del mundo que manaban hoy convocadas por la gratuidad de mi disposición dispuesta a proporcionarme placeres que duermen en las cuerdas de la memoria como esperando la mano de una primavera preñada de ociosidad que venga a despertarla. Bendita la cosa, cosa porque asunto indeterminado es, suceso inesperado que no sabiendo de dónde sale a buscarte se instala en tu organismo como una esponja dispuesta a absolver todo lo que te rodea, algún tipo de esencia exótica que cien veces en circunstancias parecidas nunca soñarías existiera.



Redescubrir en Madrid perfumes de ciudades lejanas, de tiempos mozos, de colores y estrechas calles de mercados donde el azafrán, las especias, el té, el mango, los churros o los cueros y los tintes hacen el aire denso, lleno de resonancias que te acompañarán toda la vida y que reencontrarás inesperadamente una mañana de primavera entre la calle Huertas y la plaza de las Cortes con que sólo cierres los ojos y trates de evocar lo que hay siempre más allá de la prosa de la calle. Descubrir los halos de poesía tras la plana realidad cotidiana constituye una tarea, pero casi siempre se trata de un inesperado regalo que como una aparición visita al ocioso desocupado que se ha sentado muellemente a recibir en su cuerpo, en su memoria, en los poros de su piel el frescor matinal que emana de la calle. Una vez más no se encuentra lo que se busca, se repite el hecho algo extraordinario de que el azar te lleve servido en bandeja al ánimo lo que nunca sería capaz de proporcionarte una ardua búsqueda.


Paseo por Ave María, Cervantes, León, Huertas, me paro frente a la vitrina de un negocio oriental donde a los pies de un cómico esqueleto colocaron una cartulina negra en se lee lo siguiente: "Los pensamientos que elegimos pensar son los instrumentos que empleamos para pintar el lienzo de nuestra vida". La calle, además de hablar por sí misma, por los rostros que la pasean, sus olores y el atractivo de sus fachadas y escaparates, hablan también con las palabras que otros fueron diseminando en los libros o en los muros de las ciudades. En el pavimento de Huertas leo algunas palabras troqueladas en dorado y engastadas después en el puro granito, palabras de Larra que hablan de la necesidad vital de escribir y leer.


Cuando desemboco en la plaza de las Cortes quedo a cielo descubierto, la protección de las callejas y sus olores se desvanece y quedo a merced del flujo de algunos grupos de turistas. Enfrente un numeroso grupo hace selfie junto a los leones del parlamento. Podría volver a la protección de las estrechas calle de Lavapies pero ahora opto por ser turista de una gran ciudad de amplias avenidas, podría estar en Viena, París, Londres, así que me dirijo al Louvre, a la Teti Gallery, al British Museum, en cualquiera de ellos encontraré viejos amigos, Rembrandt, Tiziano, Brueghel, seguro que algún Greco o Goya; es lo mismo, se trata de seguir paseando por el mundo, así que atravieso el paseo del Prado y entro en el museo siguiendo el criterio del que gusta perderse en un zoco oriental caminando sin rumbo fijo aunque atento a su olfato y a la intuición. Y a la vuelta de una esquina me tropiezo sin más con La Anunciación de Fray Angelico en mitad de una sala, la donosura del ángel frente a una virgen de aspecto macilento con la actitud de a quien le está cayendo un marrón encima que acepta de mala gana, la delicadeza de los rosas, la cara de cabreo de Eva. Y unos pocos metros más allá, a la derecha, ese lienzo de Boticcelli donde un par de perros muerden en el culo y en un muslo a una joven desnuda que intenta huir despavorida mientras tras el banquete, de fondo, barcos de vela navegan por un mar imaginado que el pintor ni se molestó en dotar de un mínimo de credibilidad, barcos e islas que cualquier niño pintaría por puro entretenimiento en los márgenes de sus dibujos. Un banquete que es una muy parecida  reproducción de una de las historias de la película Relatos salvajes que había visto dos días antes en casa, una fiesta por todo lo alto plena de alegres y circunspectos personajes que termina convirtiéndose en una extraña bacanal de odio y amor en donde se mezclan los celos, el sentimiento de clase exacerbado, el desbordante primitivismo de una novia que arrastra al espectador tras ella al punto de no poder quitar ojo de ese rostro al que envuelven sucesivamente el odio, la ternura, el sarcasmo y el rendimiento último a los brazos tendidos de un esposo arrepentido.   


Dos salas más allá reaparecen las elegantes y estilizadas figuras de Adán y Eva, de Durero. Dos cuerpos que reproducen una vez más la perfección de esa complementariedad física de lo femenino y lo masculino. La arrogante mirada de Eva y el gemido infantil del Adán del cuadro de Fray Angélico han desaparecido para convertirse en nobleza, donosura y gracia. En la esquina opuesta del edificio, ah, los Borbones, cómo la genialidad de Goya recogió ese rasgo de fatuidad que recorre los rostros de tantos de ellos (Fernando VII, Carlos IV). Dios santo, la gente que nos ha gobernado, piensa uno ante los retratos de Carlos IV. Y me voy a buscar un cuadro de Rosales que hace tiempo que no veo, Isabel la Católica dictando su testamento y que me gusta especialmente. El rostro de Fernando el Católico asolado y pleno de angustia no sé si reproduce una realidad histórica, pero me gusta, el dolor de la inminente muerte de la esposa en su rostro es el foco de atención de esta sala. Y poco más allá, La perla y la ola, de Paul Baudry, inextricable, seductor, el cuerpo desnudo de una mujer contra un fondo de olas me llevará a buscar La bacanal de Andrios, de Tiziano, mujer tendida a los pies del deseo, desbordante alegría, la fiesta en su apogeo, el vino corriendo de boca en boca suscitando el maravilloso mundo de los encuentros amorosos.


Y por fin una larga sala de retratos. Y comprobar cómo retratos de toda la vida que reconoces desde tu temprana visita al Prado cuando eras adolescente, se hacen cercanos y comprensibles, hombres y mujeres de carne y hueso que ahora reconoces como tus iguales, descumbrados, sujetos a las contingencias de la vida, unos más en el enjambre humano, pero tan bellos, o viejos o prepotentes o tiernos o deseosos de diversión y sexo como en el lienzo de Tiziano. Queda a la salida en mármol viejo, una vez más, la magnificencia de los cuerpos, una enorme escultura de Marte y Venus preside la sala. Suena el teléfono, Victoria me espera en la plaza de Neptuno. Doy por terminado mi viaje a Madrid de esta mañana. 



Volver a viajar


El Chorrillo, 23 de febrero de 2015


Probablemente no se trata tanto de viajar por el mundo como de ver qué sucede en la confrontación entre el mundo y nosotros. Qué es lo que sucede en nuestro interior, en nuestra alma. Esa es la búsqueda, la de tu propio yo, la de ver cómo el mundo trabaja en nosotros esas cuerdas que nunca tocaste. Es algo que tiene lugar entre tu yo y el mundo, entre tú y yo y la gente, entre tú y yo y todo aquello qué sucede a tu alrededor. Viajar pone en funcionamiento una complejo de oportunidades diferentes, de oportunidades que surgen empujadas por los estímulos que la diversidad del paisaje, de las gentes suscitan en nosotros.


Bajo la cascada del Ángel, Canaima, Venezuela


Tengo por ahí un viejo blog de viajes que me viene dando toquecitos en la espalda llamándome a que me ocupe un poco de él desde hace tiempo. Ya el pasado año, cuando se acercaba el verano, tiró también de mí y durante un tiempo seguí sus indicaciones hasta el punto de planear un largo viaje por los valles y las montañas de Cachemira que luego se transformó en la idea de caminar y viajar por los países limítrofes al Caucaso y que finalmente concluyó en un proyecto de atravesar los Alpes a pie en el trimestre de verano. Aquello concluyó bien, pero mi blog de los viajes se quedó ayuno de contenido porque la historia de mi "paseo" fue a parar a otro blog, el de los caminos, el espacio que destino a narrar mis caminatas por el mundo. El caso es que de tantos golpecitos en la espalda que me está dando mi blog de los viajes parece que mi ánimo se dispone desde hace días a hacerle algunas concesiones.

Calle de Calcuta

El otro día estaba tan harto del circo mediático y tan saturado de las noticias de los periódicos, un espacio en donde uno puede perder una parte sustancial de su yo por poco que se descuide, que en algún momento decidí airarme y me fui a dar un largo paseo por los alrededores para despejarme. Y como consecuencia, en algún momento, mientras recorría un pequeño y recoletos vallecillo que adorna el sendero que lo cruza con las sombras oscuras de olmos de desnudos brazos, se me ocurrió que bien podía darme un garbeo por el mundo.

La soledad de la Patagonia a pie

Cuando por la cabeza empiezan a rondar determinados pensamientos, agárrate que vienen curvas. Eso empecé yo a pensar en ese momento. Casi de inmediato, y por mero entretenimiento, mi cabeza empezó a construir un itinerario; pero las cosas no cuadraban. Me alejaba tanto de casa que no me iba a bastar un mes o dos de viaje. Luego estaba la hortelana, mi compañera del viaje de la vida a las que las ganas de viajar le volaron últimamente. Podía marcharme solo, pero el tren en el que yo comenzaba a subirme empezaba a recorrer demasiado mundo, ponía mucha tierra por medio y atrás dejaba a mi compañera y al entorno que vivimos en una sospechosa orfandad. Así hasta que se me ocurrió una brillante idea, ¿y si lograba embarcarla a ella en el proyecto, pese a los gatos y a los perros que tanto la atan a la casa, pese a la huerta, la comodidad de nuestra casa en mitad del campo? ¿Y si...? Según subía acompañado por de los almendros del camino, cerca ya de la loma desde donde se puede ver la nieve de las cumbres de Gredos, mi ánimo empezó a volar precipitadamente por las selvas, los ríos, las ciudades y pueblos de los cinco continentes. Me estaba aproximando peligrosamente a un nuevo proyecto y si no tenía cuidado éste empezaría a devorarme por dentro hasta ocupar todo mi cerebro. Sentía el asedio como un tierno calorcito que, seguro estaba yo, de no ponerle remedio iba a dar al traste con esta fiebre podemita de que me veo aquejado desde hace meses frente a ese estólido adormilamiento que producía un panorama político imposible de dar la vuelta. Los nuevos vientos que atravesaban mi cabeza dejaban a un lado los excesos y empachos informativos, las tertulias, la basura de El Mundo y El País, las tertulias políticas y las televisiones en su obscena guerra contra Podemos  para envenenarme poco a poco con esa olvidada pasión de viajar. Algo que los años poco a poco habían ido acallando en mí como si uno llegara un momento en que se dijera eso, ¿para qué viajar?, con lo bien que se está en casa.

En el Karakórum, Pakistán

Pues no, no y no. Hace años pensé que ya no podría volver a dar grandes caminatas por el Pirineo debido a algunos hándicaps de esos que se nos suben al cuerpo e intentan convencernos de que a partir de ahora nada de pasarse de la raya, a partir de ahora a regar los tiestos y a cultivar tomates. Después me revelé y he dejado miles de kilómetros a mis espaldas por montañas y caminos de muchos países. No sé hasta cuando uno puede seguir haciendo determinadas cosas, pero cuando echa una ojeada a su alrededor y ve ese magnífico vejete de Carlos Soria (seguro que él me perdonará que le nombre así) camino del Annapurna uno empieza a comprender que la vida sigue y está ahí para servirnos grandes manjares hasta la que muerte nos separe. Amén, que así sea.

El Fitz Roy, Patagonia

Por tanto, manos a la obra. Sólo me faltaba tramar, en lo que me quedaba de camino hasta casa, la manera de engatusar a mi compañera la hortelana para embarcarla en un proyecto que empezaba a tomar la forma de algo muy largo, acaso un año o más, y que nos podría llevar a dar la vuelta al mundo. Y dicho y hecho. Llego a casa, la digo siéntate, que tengo que decirte algo importante, y trato de crear expectación en ella diciéndole que no, que mejor se lo digo a la noche; y me voy de acá para allá como si me hubiera olvidado del tema. Y es que la manera de usar el sedal que has lanzado a la corriente del río funciona de esta manera. Me persigue, que venga, que se lo diga ahora, que patatín y que patatán. Así durante un buen rato, hasta que al fin nos sentamos y decido explicarle lo que llevo en la cabeza.

Al día siguiente ya estábamos los dos metidos en el proyecto y tratando de determinar qué hacer con nuestra casa, nuestros animales, nuestra huerta, qué íbamos a hacer con... tantas cosas mientras nosotros nos íbamos por esos mundos de Dios sin pensar siquiera en una fecha de retorno. Los rincones del mundo que todavía no hemos visitado en nuestra larga vida viajera empezaban a aparecérsenos como sabrosos frutos que degustar. Recordamos nuestros viajes por Asia, África, América desde Tierra del Fuego hasta las gélidas tierras de Alaska, nuestra itinerancia con nuestros hijos por Europa y Oriente Medio... tantos lugares que empezaban a renacer en nuestra memoria como un lugar hermoso por el que volver a viajar, una nueva vida cotidiana en contacto con gentes y mundos distantes.


Bueno, me parece que estamos embarcados en un nuevo y atractivo proyecto. Esperamos que la cosa cuaje. Ahora, lo más urgente es encontrar una pareja de amigos, de inquilinos responsables que quieran vivir en nuestra casa durante el tiempo de nuestra ausencia y se hagan cargo de todo este mundo de árboles, plantas, animales con los que compartimos nuestro tiempo y nuestra vida. Para ellos también puede ser un regalo. De momento ya he vuelto a coger mis apuntes de inglés y francés para quitarles el polvo de encima. Nos esperan unos intensos meses de expectativa. Me doy la enhorabuena por ello.

Glaciar Perito Moreno, Patagonia