Volver a viajar


El Chorrillo, 23 de febrero de 2015


Probablemente no se trata tanto de viajar por el mundo como de ver qué sucede en la confrontación entre el mundo y nosotros. Qué es lo que sucede en nuestro interior, en nuestra alma. Esa es la búsqueda, la de tu propio yo, la de ver cómo el mundo trabaja en nosotros esas cuerdas que nunca tocaste. Es algo que tiene lugar entre tu yo y el mundo, entre tú y yo y la gente, entre tú y yo y todo aquello qué sucede a tu alrededor. Viajar pone en funcionamiento una complejo de oportunidades diferentes, de oportunidades que surgen empujadas por los estímulos que la diversidad del paisaje, de las gentes suscitan en nosotros.


Bajo la cascada del Ángel, Canaima, Venezuela


Tengo por ahí un viejo blog de viajes que me viene dando toquecitos en la espalda llamándome a que me ocupe un poco de él desde hace tiempo. Ya el pasado año, cuando se acercaba el verano, tiró también de mí y durante un tiempo seguí sus indicaciones hasta el punto de planear un largo viaje por los valles y las montañas de Cachemira que luego se transformó en la idea de caminar y viajar por los países limítrofes al Caucaso y que finalmente concluyó en un proyecto de atravesar los Alpes a pie en el trimestre de verano. Aquello concluyó bien, pero mi blog de los viajes se quedó ayuno de contenido porque la historia de mi "paseo" fue a parar a otro blog, el de los caminos, el espacio que destino a narrar mis caminatas por el mundo. El caso es que de tantos golpecitos en la espalda que me está dando mi blog de los viajes parece que mi ánimo se dispone desde hace días a hacerle algunas concesiones.

Calle de Calcuta

El otro día estaba tan harto del circo mediático y tan saturado de las noticias de los periódicos, un espacio en donde uno puede perder una parte sustancial de su yo por poco que se descuide, que en algún momento decidí airarme y me fui a dar un largo paseo por los alrededores para despejarme. Y como consecuencia, en algún momento, mientras recorría un pequeño y recoletos vallecillo que adorna el sendero que lo cruza con las sombras oscuras de olmos de desnudos brazos, se me ocurrió que bien podía darme un garbeo por el mundo.

La soledad de la Patagonia a pie

Cuando por la cabeza empiezan a rondar determinados pensamientos, agárrate que vienen curvas. Eso empecé yo a pensar en ese momento. Casi de inmediato, y por mero entretenimiento, mi cabeza empezó a construir un itinerario; pero las cosas no cuadraban. Me alejaba tanto de casa que no me iba a bastar un mes o dos de viaje. Luego estaba la hortelana, mi compañera del viaje de la vida a las que las ganas de viajar le volaron últimamente. Podía marcharme solo, pero el tren en el que yo comenzaba a subirme empezaba a recorrer demasiado mundo, ponía mucha tierra por medio y atrás dejaba a mi compañera y al entorno que vivimos en una sospechosa orfandad. Así hasta que se me ocurrió una brillante idea, ¿y si lograba embarcarla a ella en el proyecto, pese a los gatos y a los perros que tanto la atan a la casa, pese a la huerta, la comodidad de nuestra casa en mitad del campo? ¿Y si...? Según subía acompañado por de los almendros del camino, cerca ya de la loma desde donde se puede ver la nieve de las cumbres de Gredos, mi ánimo empezó a volar precipitadamente por las selvas, los ríos, las ciudades y pueblos de los cinco continentes. Me estaba aproximando peligrosamente a un nuevo proyecto y si no tenía cuidado éste empezaría a devorarme por dentro hasta ocupar todo mi cerebro. Sentía el asedio como un tierno calorcito que, seguro estaba yo, de no ponerle remedio iba a dar al traste con esta fiebre podemita de que me veo aquejado desde hace meses frente a ese estólido adormilamiento que producía un panorama político imposible de dar la vuelta. Los nuevos vientos que atravesaban mi cabeza dejaban a un lado los excesos y empachos informativos, las tertulias, la basura de El Mundo y El País, las tertulias políticas y las televisiones en su obscena guerra contra Podemos  para envenenarme poco a poco con esa olvidada pasión de viajar. Algo que los años poco a poco habían ido acallando en mí como si uno llegara un momento en que se dijera eso, ¿para qué viajar?, con lo bien que se está en casa.

En el Karakórum, Pakistán

Pues no, no y no. Hace años pensé que ya no podría volver a dar grandes caminatas por el Pirineo debido a algunos hándicaps de esos que se nos suben al cuerpo e intentan convencernos de que a partir de ahora nada de pasarse de la raya, a partir de ahora a regar los tiestos y a cultivar tomates. Después me revelé y he dejado miles de kilómetros a mis espaldas por montañas y caminos de muchos países. No sé hasta cuando uno puede seguir haciendo determinadas cosas, pero cuando echa una ojeada a su alrededor y ve ese magnífico vejete de Carlos Soria (seguro que él me perdonará que le nombre así) camino del Annapurna uno empieza a comprender que la vida sigue y está ahí para servirnos grandes manjares hasta la que muerte nos separe. Amén, que así sea.

El Fitz Roy, Patagonia

Por tanto, manos a la obra. Sólo me faltaba tramar, en lo que me quedaba de camino hasta casa, la manera de engatusar a mi compañera la hortelana para embarcarla en un proyecto que empezaba a tomar la forma de algo muy largo, acaso un año o más, y que nos podría llevar a dar la vuelta al mundo. Y dicho y hecho. Llego a casa, la digo siéntate, que tengo que decirte algo importante, y trato de crear expectación en ella diciéndole que no, que mejor se lo digo a la noche; y me voy de acá para allá como si me hubiera olvidado del tema. Y es que la manera de usar el sedal que has lanzado a la corriente del río funciona de esta manera. Me persigue, que venga, que se lo diga ahora, que patatín y que patatán. Así durante un buen rato, hasta que al fin nos sentamos y decido explicarle lo que llevo en la cabeza.

Al día siguiente ya estábamos los dos metidos en el proyecto y tratando de determinar qué hacer con nuestra casa, nuestros animales, nuestra huerta, qué íbamos a hacer con... tantas cosas mientras nosotros nos íbamos por esos mundos de Dios sin pensar siquiera en una fecha de retorno. Los rincones del mundo que todavía no hemos visitado en nuestra larga vida viajera empezaban a aparecérsenos como sabrosos frutos que degustar. Recordamos nuestros viajes por Asia, África, América desde Tierra del Fuego hasta las gélidas tierras de Alaska, nuestra itinerancia con nuestros hijos por Europa y Oriente Medio... tantos lugares que empezaban a renacer en nuestra memoria como un lugar hermoso por el que volver a viajar, una nueva vida cotidiana en contacto con gentes y mundos distantes.


Bueno, me parece que estamos embarcados en un nuevo y atractivo proyecto. Esperamos que la cosa cuaje. Ahora, lo más urgente es encontrar una pareja de amigos, de inquilinos responsables que quieran vivir en nuestra casa durante el tiempo de nuestra ausencia y se hagan cargo de todo este mundo de árboles, plantas, animales con los que compartimos nuestro tiempo y nuestra vida. Para ellos también puede ser un regalo. De momento ya he vuelto a coger mis apuntes de inglés y francés para quitarles el polvo de encima. Nos esperan unos intensos meses de expectativa. Me doy la enhorabuena por ello.

Glaciar Perito Moreno, Patagonia