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Irán: Shiraz, Persépolis, Pasargada


Shiraz, 19 de octubre



El visado conseguido en Delhi se nos acaba. Conseguimos otro en Shiraz, pero sólo para ¡cinco días! (¡qué coña de gente!); también obtuvimos un billete para Londres y después Cork, en Irlanda, donde pasaremos una semana con nuestro hijo Guille antes de regresar a España. 
Así que mañana de gestiones y después  dos horas de Internet para leer el correo y escribir; siguió un largo paseo y una bronca final con el tío que nos cambió unos dólares.
Había once mensajes en nuestro buzón. Es reconfortante, leemos con emoción montones de cosas, nos da pena no poder contestar; seguir el hilo a tantos temas, nos llevaría horas, bebemos a sorbitos este montón de palabras. Proporciona una gran serenidad pensar en esta relación con nuestros hijos. Vibramos todos con fuerza, parecemos gente viviendo bien dentro de nuestros pellejos. También el clima familiar tiene un pulso robusto.
Hay que viajar más despacio por la vida.
Miro la foto de los cinco bajo el arco de la biblioteca, Berta estira la cabeza, yo acabo de apretar el disparador de la máquina y espero, ausente, a que el diafragma haga plaf. Es una buena foto de familia, nuestras miradas y las de ellos son bien distintas. Por la izquierda se sale al jardín. ¿A quién miran con tanta fuerza estos chicos?
Nuestro lugar común está ahí, espero que hasta que nos toque marcharnos. Sería un pecado irse a vivir a otro lugar, más ahora que todos alabamos las bondades de nuestra casa. La casa de los cinco, de su gente, ahora de los padres de su gente también. Es lindo. Iremos añadiendo algunas cosas en el futuro, ventanas al crepúsculo, sombra a la cabaña, una pincelada rústica quizás, espacios para mejor ver las cosas de la vida, sosiego suficiente para centrarse en lo importante y decantar la estupidez de lo efímero y anodino. Amasar con las manos nuestra propia creación, componer nuestras percepciones sobre el papel o el celuloide, seguir el rastro de los visionarios de todo tipo. Mantener el fuego del hogar, aventar la llama de nuestras relaciones y de nuestra individualidad, proporcionar medios, vivir el día y mirar de reojo el futuro y no perder la visión de conjunto.
No, no tengo ganas de leer, miro como se encienden y se apagan las luces de un establecimiento de la esquina. No sé si voy a recuperar las ganas en los próximos días, estoy lejos de la literatura india. Subo al hotel a la tarde con ganas de tumbarme, creo que son ganas de regreso ya. Pienso mucho en casa. Quizás todavía el otoño irlandés, esas nubes verticales y ese naranja que alguien pinta por la mañana en un extremo del cielo y por la tarde en el lado opuesto, que dice Guille. Juego de luces, niebla, agua, colores de otoño, interludio hacia el vuelo final de esta aventura de los principios de los cincuenta.


Mi chica dice que está bien, que acabe este cuaderno con ella: ¡tres páginas!, pues no sé, a ver ¿qué digo? ¡eh! ¿qué digo? Me meé en los pantalones (el otro día te cagaste en el autobús, dice mi chica. ¡Qué cosas dice mi chica!, ya no dice aquello del pipí cacá, ya se ha hecho mayor y dice: te cagaste. ¡joder, hasta dónde vamos a llegar!) y como no hay repuesto me puse una falda: no está mal esto de la falda, los muslitos juntos, suavecitos, es una prenda muy erótica; pero tendría que depilarme las piernas, otro rollo (como dicen los chicos de El Chorrillo). Antes medio hombre, si ahora le añadimos la falda ya no sé que va a quedar. Me gusta esto de la falda, puedo practicarla en las siestas de primavera, seguro que me repara algún rato exótico allá por debajo de los vuelos.

Shiraz, 19 de octubre


Carta a casa

Estamos de prestado en una universidad de una ciudad al sur de Irán, Shiraz, no sabemos el tiempo que podremos utilizar este ordenador, así que hasta donde la amabilidad de unas universitarias llegue. Estos días hemos viajado en el tren más lento del mundo, 36 horas para 700 km., nos arrastramos por Pakistán lentamente, pero era bello mirar sin prisa por la ventana. Tanto pensar en regresar a Madrid pasando por Irlanda ha despertado en nosotros una tensión que en definitiva ha venido a transformar nuestra expectativa de viaje, de manera que vamos a cambiar Georgia y el Cáucaso, por una estancia más tranquila en Cork y sus alrededores. Esperamos que todavía allí haya rastros de otoño. Os adelantamos que el día dos de noviembre aterrizamos en Londres, después de un vuelo circular Teherán, Bahrein (en el Golfo Pérsico), Londres. Sí, colores de mañana y tarde; el último taxista nos tenía por locos cuando le dijimos que a las cinco de la mañana en el hotel, que queríamos ver las rocas de Persépolis pintadas de naranja; después nos dijo que en cuatro horas estaba visto todo Pasargada, Persépolis y Haghefe-e Sagri, todavía nos miró más raro cuando comentamos que de cuatro horas nada, que también queríamos ver el naranja en el otro lado...


Shiraz, 19 de octubre

Segunda entrega. Al sur de Persépolis.

APUNTES DE VIAJE. Saliendo de Pakistán ¿Qué camino recorren las percepciones, cómo provocan sentimientos o pensamientos dispares? Sin necesidad de actos concretos a veces basta una mirada, una postura, para despertar nuestra afectividad o nuestro rechazo. ¿Cuántas cosas se le van presentando a esta percepción en su camino? ¿El propio orgullo, el análisis social, el grado de cansancio ante una civilización, unas costumbres, educación, cultura que chocan con la nuestra? En Pakistán hay un 25% de alfabetización, un 15 entre las mujeres. En el departamento del tren viaja con nosotros una familia, pareja con dos niños entre tres y cinco años. Por la noche el padre atendía cuidadosamente a sus hijos bajando y subiendo a las literas, llevándolos al servicio, mientras la madre dormía. Me gustaba. El extremo opuesto de la calle. Cuando un vendedor de calle se sienta enfrente de la puerta del compartimento la cierra sin consultar a nadie, la abre de nuevo cuando se ha ido. A la hora del desayuno se aposentan tranquilamente ocupando el espacio del iraní que ha bajado a pasear al andén. Veo en la mujer, y también, aunque menos, en el hombre un gesto de suficiencia desagradable. Somos de aquí, de un país con armas nucleares, buenos frente a los malos indios, no sabemos leer ni escribir pero no importa, tenemos claro que Cachemira es nuestra, que somos musulmanes y llevamos razón en nuestras creencias; mujeres hermosas bajo sus fundas de saco de patatas, libres recluidas en las casas de sus esposos, felices (?) de que las hayan salvado del oprobio en el que vive la mujer occidental; no importa que los trenes sean los mismos que utilizaban los ingleses y que estén en la misma situación en que los dejaron, ni que la mierda brote por doquier en las ciudades, somos musulmanes, no nos gustan los saris, esos saris multicolores que iluminan las calles y los campos llenos de la misma basura, mucho más hermoso una tela oscura que cubra por completo esa posesión exclusiva nuestra mientras las estaciones, los paseos de los pueblos, los establecimientos están llenos de hombre solos, que hablan desde la seguridad viril que les proporciona sentirse dueños de lo que les rodea y de estar en la verdad, hombres que pasean cogidos de la mano, que se abrazan tiernamente porque son así de cariñosos y ¿quién sabe si porque sólo conocen a esa mujer que tienen guardada en casa? Bella porque está oculta, feliz porque está a salvo de peligro de la vida que pulula fuera de sus cuatro paredes de adobe y de tela; ni siquiera ha tenido que molestarse en decidir en qué lado de las paredes quiere estar. Revoltijo de sensaciones e ideas sobre un país que parece ir hacia abajo sin posibilidad alguna de salvación. Mientras, un extraordinario paisaje de arena, pequeños oasis, ocres, verdes, grises, bajo un cielo uniformemente azul.


PLEGARIA DE HACE UNOS DIAS ENTRE LAHORE Y QUETTA Siempre hay la fuerza de los retornos, el de hoy, o las hubo, y cuando nuestro corazón vivió mucho se secó, especialmente este manantial de retorno que brota hoy, y es como si el encadenamiento de algunas palabras, que quizás no tengan nada que ver con esos campos a los que nos hacen regresar, tuviera la fuerza milagrosa de dejarnos ante las puertas del jardín de Wells (La puerta en el muro) con la certeza de que mas allá encontraremos la prolongación de ese perfume que a veces quedó trabado en un laberinto de expectativas, entrevistas pero inalcanzables.
Tras el nombre de Persia hoy no hay el hilo de ningún perfume; no siento, me sorprende la prosaica continuación de este viaje. Algo de polvo, un velo de esperanza se entrevé en algún momento, pero no son tiempos de poesía ni de devociones... ¿o sí? La pátina de lugares lejanos, la voz del muecín en las arenas del desierto, el sabor de la sandía fría y el té caliente, y el aroma de la hierbabuena quizás sean todavía capaces de alzar todavía ese velo de misterio y calor con que se cubrían las ciudades perdidas del desierto saharaui a la caída de la tarde: oraciones, tibieza, la inmensidad de las dunas, las cúpulas, los minaretes contra el cielo azul del mediodía. Debía haber venido a Persia con un fajo de poesía bajo el brazo, suscitar el misterio, instigar a los hados para que el halo amoroso de la espera se inflamase en la amorosa expectativa de las formas femeninas de una mezquita columbrándose poco a poco en la arena del final de la tarde (¿alguna vez podré volver a respirar los restos aventados de trigo en algún pueblo de Castilla, mientras a lo lejos alguna campana rompa levemente entre el vuelo de los vencejos? ¿podré retornar a esa emoción contenida del desierto plagado de plegarias?)
Desde nuestro tren de tercera, a la luz de la vela que refleja la frágil bombilla del compartimento convoco a los dioses de los nómadas para que nos concedan el don de la emoción contenida que tan pródigamente derrocharon sobre mí en los años en que el tiempo era infinito y la muerte no existía, en los tiempos en que era hermoso rezar y tumbarse a oír los grillos y contar las estrellas. Me postro ante ellos a las puertas de Persia; que me sean propicios no más, que las poesías que no leí, que el vapor etílico de la copa de Omar Khayyan colmen nuestro espíritu de las bondades y de la poesía de este país. Amén.

EL DESIERTO DE NUEVO. Una lámina de polvo cubre todo el comportamiento, la respiración se hace molesta. La lectura me cansa los ojos, me empapuzo de Irán, pero no encuentro el espejo del desierto en lo que leo (el R4 rodando por el desierto argelino), aparecen colinas peladas, junto a la vía vemos camellos guiados por mujeres, también sombrajos fabricados con mantas y ramas, restos de casas de adobe con sus corralillos igual que en Argelia, unos pocos árboles polvorientos.

TAFTAN. Todavía me duran los sofocos de la cagalera: parada de emergencia de autobús a las cuatro de la mañana, cagada en el autobús y dos más en plena calle. Uff, todavía me tiemblan las piernas.






IRAN. Pusimos buen pie en Irán, recorrimos los ochenta y tantos kilómetros a Zahedán en la caja de una camioneta. El sol alto, pero todavía con rastros de luz de mañana. Vamos demasiado deprisa, los esquistos de las lomas brillan al sol, a la derecha las montañas, y la arena me traen recuerdos de San Pedro de Atacama y también del desierto del mar Rojo que corrimos con Guille durante unas Navidades. El medio del desierto es cortado por una carretera rápida en buenas condiciones. Es bonito ir sentado a la ventolera, despabila nuestro sueño nocturno, ese mismo que ahora trato de tener a raya con pocos resultados.


SHIRAZ. En Pasargada quedan cuatro o cinco piedras. Naghsh-e Rostam es otra cosa. Las figuras humanas posando sobre la base de los relieves magnifican las proporciones de las esculturas; las tumbas son una anécdota en medio de este ingente trabajo de talla sobre piedra. La megalomanía de grandeza de Ciro el Grande (un bajorrelieve en Pasargada muestra animales y peces con la leyenda en tres lenguas, que recuerdan su poder sobre todas las tierras y los mares) y todos sus correligionarios consigue el efecto de hacer insignificantemente pequeñas las figuras de los viandantes que se asoman a contemplar los bajorrelieves.
Las cosas dejan huella en nosotros, las cosas, la gente, el tiempo, la acumulación de realidades, las sombras de las religiones, la clarividencia de nuestra pequeñez, la certeza de la relatividad de todos los conceptos, de todas las ideologías; todo ello junto habla al unísono en nuestro interior, con sosiego penetra la epidermis; una presión osmótica imperceptible produce el milagro de transportar a través de nuestros capilares más sensibles toda esta avalancha de sensaciones para instalarlas con una impasibilidad búdica en medio de nuestro ser. Esa es la condición de estos días. Que trataré de conservar, que trataré de retener. Lo retengo como un rédito de este vagar por el mundo. Quizás también provenga de la larga contemplación del campo mientras los trenes y autobuses se iban comiendo miles de kilómetros. Grato modo de meditar, estado contemplativo por excelencia el de mirar y recrear las formas sobre el fondo neutro y vacío de una receptividad sabática y ociosa. 




Irán: Yazd, Isfahan, Teherán






Yazd, 20 de octubre


Estoy muy cansado, hoy dormité montones de veces entre cortos periodos de lectura. El paisaje pasaba monótono y aburrido, en el autobús hacía un calor del carajo. Luego, al sacar los billetes para el día siguiente, nos encontramos con unos pocos jilipollas, el hotel era muy caro. Acumulación de cansancios, sólo se salvan un par de fotografías de dos colegiales frente a un arco de adobe muy bonito.

Isfahan, 22 de octubre



APUNTES A TRAVES DE IRÁN. Yadz.

DE COMO RECUPERARSE DE LAS FATIGAS DEL CAMINO. De hecho todo está ahí, debería estarlo; debemos tener la fuerza y paciencia suficiente como para curar nuestro cansancio y convocar esa parte del todo que fluye bajo la arena del desierto. Así, repostar en la fe de los hombres visionarios que saben transformar las imágenes simples en esplendoroso rugir de agua, en suave quietud de espíritu, en gloriosas intuiciones que nos elevan sobre el suelo plano de nuestra vida común. Ayer era reacción biológica, reacción en el cansancio, debilidad. Hacerse fuertes, me digo, controlar con mano de hierro los actos esenciales, pero dejando que se escurra un hilo de poesía entre los engranajes de la razón. Las imágenes del desierto -sed, arena, caminar reiterativo, cansancio, sol, las líneas doradas de las dunas, las estrellas, la luz desfalleciente de la tarde, el eco apagado de la oración del muecín- despiertan el hado dormido de la razón de todas las cosas y lo visten de amanecer y luz de luna; así ataviado baila en el medio de la mañana, danza en la arena del fuego zoroástrico de los parsis, en la llama inextinguible de Moisés en el Sinaí, en la vida renovada día a día, en el altar de los cuerpos. Y también todo se hace misterio y noche triste del alma, aquelarre goyesco, revoltijo, incesto, tierra de nadie en una película de Tartkovsky de la que no recuerdo el titulo, corazón de las tinieblas. Plenitud al cabo, razón de ser.
El desierto pasa frente a nosotros monótono y cansino. De vez en cuando aparecen montañas peladas impracticables, la carretera corre como una vena negra y recta por mitad de esta desolación domesticada; un par de minaretes, casas de adobe crudo: es todo. El sueño de la noche obra milagros (¡es tan poderoso a veces el cansancio!) Día a día renovamos fuerza, tengo miedo de perder en este viaje la virginidad de las percepciones de lo simple, que me hastíe la arena, el tren o ese sol que esperábamos anhelantes el otro día tras una colina de la ciudad de Persépolis a las puertas del amanecer. Miedo de que la poesía se convierta en barro. Miedo a estar tan cansado, tan cansado, que no sepa distinguir las miradas y los gestos, que no sepa encontrar el pezón que me alimenta; que no sepa encontrar ese templo donde cada mañana rezo. Pero descubro que hay que dar tiempo al cansancio, ser paciente y tolerante con él, soportar, aguantarlo, como una larguísima ascensión en la niebla que se viera de vez en cuando recompensada por la aparición maravillosa de un paisaje inesperado.


Mi cansancio de esta mañana es así. Leía distraído en el autobús The Road to Makkany de pronto se rasgo la niebla (bitter like death and hot like love), tuve la percepción precisa de una noche en el desierto, surgía al final del sol y la sed, junto a un fuego ritual se charlaba interminablemente y se tomaba café, café como gustan los beduinos, amargo como la muerte y caliente como el amor. Ayer dormité casi todo el viaje acunado por el calor y el ronroneo del autobús, hoy descubrí esa taza de café y me animé al calor de la conversación que me traía Muhammad Asad (el autor, un austríaco convertido al Islam) como a pedir de boca en este paisaje sin horizonte. Y aquí estoy tratando de echarle el pulso al cansancio y a una evidente saturación de camino que viene de cuatro meses de rodar por las carreteras de muchos países. Me pongo de puntillas para alzarme sobre el plano tierra de la realidad de todos los días, trato de inyectar nueva fuerza y nueva poesía a ese viaje a ninguna parte que esta casi casi a punto de concluir. ¿Concluir? Paginas más adelante, el autobús sigue ronroneando a través del desierto, el autor tiene una intuición, recuerda las palabras de un viejo nómada kurdo: "If waters stands motionless in a pool it grows stale and muddy, but when it moves and flows it becomes clear; so, too, man in his wanderings". Eppur, you mast go on.


Kashan, 23 de octubre


Tarde de barro y paja en el pueblo de Abyaneh; el otoño estaba ya anclado en el valle. pienso en Irlanda, quizás en los montes Alborz y en la costa del mar Caspio; recoger un poco de otoño aquí y allá, es como ir coleccionando imágenes posibles, hoy eran las siluetas de los montes recortadas en planos sucesivos con unos primeros motivos de hierbas amarillas que recordaban la paja brava de Bolivia y del desierto de Atacama, la carretera subiendo y bajando como un tobogán, aplastada, junto a los postes de la luz, en el zoom de trescientos.


Teherán, 25 de octubre


Hay dos modos diferentes de percibir la realidad, el más grueso pertenece a la evidente ramplonería de los estímulos corrientes; la manera en que nos acercamos a ellos, cómo los vemos, todo tiene nombre, todo el mundo conoce los diversos usos de los objetos e ideas con las que tropezamos. La parte menos abultada suele tener, sin embargo, connotaciones de más difícil interpretación para los que nos escuchan; las palabras rodean, se acercan a su objeto iluminadas, convencidas, pero vacilantes; tienen la gracia de la intuición, de lo que no se ve a simple vista pero que se adivina bajo la estéril capa de una máscara de acero. Es casi siempre una revelación este acercamiento, miramos frente a nosotros, entonces, como quien tuviera un sexto sentido que le permitiera ver no sólo la cosa en sí, sino también, y al mismo tiempo, el sentido de la cosa, su proyección estética, su fealdad inconsciente, su belleza, su lugar en la armonía del universo.
Cuando en el mirar subyace la presencia del universo y del tiempo, ambos en una dimensión inconmensurable, como fondo de aquellas imágenes que recogen nuestra retina; o mejor que como fondo, inmersa la cosa misma en el universo y el tiempo como el agua dentro del agua (que dice Bataille), entonces, y sólo entonces, que es como ver y sentir con todo el cuerpo y el alma al completo, es cuando surge la música, nuestra percepción se transforma y podemos nadar a partir de ese momento en la clara confusión de las aguas de una realidad ahora dispuesta a revelársenos bajo la condición de no ser arrasada por razonamientos espúreos y sistematizadores.
Como siempre son los poetas, los místicos, los artistas, los que nos muestran el camino. Nosotros, conversos sin dios, sabedores de que bajo la plana realidad subyace la complejidad y la armonía, el suave placer de estar vivo y contemplar el universo, debemos encontrar nuestra Meca, debemos recorrer los miles de caminos que el agua, que lava y nutre la tierra, descubre en su largo peregrinar por ella.


TEHERÁN, CAMINO DE IRLANDA Y DE CASA. Ya estamos en la lanzadera que nos llevará a Irlanda. Una semana esperando la vuelta. Hoy descanso, mañana papeles, Internet, quizás algún museo. Los días restantes alguna excursión por la costa del mar Caspio y los montes Alborz. Los rezos de esta mañana fueron de una extraordinaria suavidad; el calor del autobús era adormecedor; el hotel tirado de precio con una buena luz a la calle, en pleno centro, junto al bazar. Parece como si las palabras para describir las cosas se hubieran acabado ya. Describir todos los días paisajes similares no es muy grato, acaso el viaje en taxi de ayer. Joder ayer, a veces se comprimen tantas cosas en el mismo día que cuando te acuestas por la noche parece increíble que por la mañana hubieras estado en aquel sitio de donde partiste.
Éste no es país exótico como India y Pakistán, el desierto está lleno de autopistas, el paisaje, aunque agreste a veces, desfila altamente domesticado ante nosotros, la belleza de los montes de esta mañana con sus estratos erosionados en una bonita gama de amarillos tostados quedaba un tanto desvaída allá tras los hierros protectores de la autopista. Otra cosa fue el paisaje de ayer, la carretera bailando, subiendo y bajando por las arrugas del terreno, un desierto que cuando se subía por los valles se hacía verde y se coloreaba con los matices que rodean al río Riaza de hace unos cuantos años, un otoño en el que el cielo estaba lleno de buitres y al río, encajonado sobre escarpadas laderas, le crecían álamos dorados y chopos amarillos que asomaban el flequillo por el borde del llano. Otoño segoviano, el de las hoces del Duratón también, éste de los alrededores de Abyaneh. También había lindos rincones, barro y paja al calor del final de la tarde, borriquillos blancos sobre el oscuro norte de las calles ya adormiladas, composiciones armoniosas del adobe enfoscado, portalones de arco apuntado, sabor a pueblo abandonado a donde llegan los turistas para echar unas fotos y tomarse unas Parsi-Colas.
Cuando el sol cayó en el horizonte nos volvimos al taxi. Abajo en la llanura se veía el perfil de la sombra de los montes de donde bajábamos, como un embozo oscuro iba apagando a su paso la luz clara que pastaba perezosa en la inmensidad de un llano salpicado de ralos y polvorientos matojos. Hoy desde las ventanas del hotel podemos recoger también un poco de la tarde que se va. Al oeste descienden unas montañas que se descuelgan de la cadena de los Alborz; sobre ellas está también prendida la luz de ayer con el cielo siempre plano de este país en el que parecen no existir las nubes. Hace tiempo que nuestros paraguas y chubasqueros fueron a parar en el fondo del morral (... guarda tus penas en el fondo del morral... trato de encontrar la música sin éxito. En fin...)
Después de nuestro cansancio de días pasados, pesados que nos pusimos con él, logramos por fin exorcizarlo; y de un par de días a la fecha logramos volver a ser tan jóvenes como siempre lo hemos sido. Ahora respiramos el don de caminar y mirar sin prisas. Rezamos por las mañanas, nos subimos a los autobuses, leemos, comemos, escribimos y paseamos... y el tiempo pasa dulce... y además me enganché al The road to Makkanque me pasea a placer en dromedario por el desierto y me deja el gusto del agua fresca y los dátiles en el paladar... y escuchamos el follón de la calle y el canto del muecín.

Teherán, 26 de octubre


El largo camino a la Meca. Casi termino ya el libro. Escribí una carta a Mario partiendo de una posible interpretación de su último mensaje; nuestra meta circular son ellos, es nuestra casa. Hemos viajado durante cuatro meses para llegar a lo que era nuestro verdadero destino, los hijos.
Llovizna en Teherán, esperamos la fecha de nuestro regreso. Hoy nos recluimos en el hotel. Este viaje a la Meca adquiere significados particulares, el agua se enfanga si se queda quieta, debe fluir y moverse para volverse clara. Pero es tiempo de parar un rato y ver acercarse el invierno desde el interior de nuestra casa.
Si el tiempo se estanca en esta atmósfera de agua y niebla me temo que la semana se nos va a hacer larga. De aquí sólo nos quedan las montañas del norte y una costa que amenaza con estar llena de hormigón. Ya estamos casi fuera del viaje, de lo que era el viaje hasta ahora; y en este país vimos ya suficientes mezquitas como para parar un tren.



Teherán, 27 de octubre

Hoy salió el sol, le costó pero al fin salió, se metió en la habitación y me encontró remoloneando a las 11 de la mañana. Esto si que es cambiar de modus vivendi, ganduleo a tope: nada que hacer (recoger quizás la vigésima extensión del visado, pero eso puede esperar). Aquí llego el invierno y es agradable retozar entre las sabanas bajo este sol mañanero. Nada que hacer, bendita cosa, incluso el desayuno, té y plumcake, viene solito a la cama de la mano de esta chica con la que viajo. Mi chica, aunque le duele la pierna, está contenta, debe de ser porque el regreso está ahí a la vuelta de la esquina. Aquí, un servidor, también está bien, gracias. Ayer nos fuimos a pasear por el bazar. El bazar de Teherán es como una pequeña ciudad, ramificado cual tela de araña de dos o tres pisos alrededor de una mezquita. La ciudad no es gran cosa, una de esas moles modernas, que si se diferencia de otras es por la grisura de los atuendos femeninos. Al norte de la ciudad se yerguen montañas altas y desoladas mas bien toscas. En fin, que volvimos a repasar la guía en busca de algún rincón por donde darnos una vuelta y entre el tiempo que hace y lo bien que nos ha pillado este remoloneo último parece como que definitivamente de aquí no fuéramos directamente al aeropuerto. En la ciudad hay unas pocas cosas para compaginar con los paseos y las lecturas: unos pocos museos, incluido uno pequeño de fotografía y algo de arte contemporáneo. Es una ciudad triste, la música parece no existir, a las 8 de la tarde las calles están silenciosas, los cines brillan por su ausencia.

Teherán, 28 de octubre


Mario: Oigo la cinta que regaló Mosteza, nuestro taxista de Persépolis, a Berta el día de nuestra excursión, miro la simplicidad de nuestra habitación de hotel barato. El día levantó gris, las montañas al fondo están cubiertas y por un agujero de la ventana entra un ligero fresco que nos obliga a ponernos el jersey. Esta mañana, en la cama, me acordé de la última de tus cartas. Me pareció especialmente oscura, o difícil si prefieres. Me gustan esas cartas, me obligan a un esfuerzo de aproximación a ideas que merecen el lujo de la oscuridad de las palabras y los conceptos (supuesto que la oscuridad no sea pereza por el esfuerzo de la precisión sino condición sine qua non el hado de la intuición quedaría relegado como parado sin trabajo). Ya te dije en una ocasión que lo que resta poco después de la lectura de textos similares son más bien sensaciones, intuiciones, certezas que desde luego no tienen tras de sí una secuencia de premisas elaboradas. En este punto estamos, sensaciones. Comentamos con alguna frecuencia al hilo de vuestro crecimiento (me atrevería también a extender lo dicho a la primera persona del plural) y no hablo de edad ni de madurez en general, sino de cómo nos integramos poco a poco en la corriente de la vida, cómo Lucía extraña una cama tan grande y cae en la falta de un calor cercano habitual hasta hace unos días, cómo tú partes tu corazón en Calcuta entre unos viejos y una princesa, cómo las sensaciones del retorno se mezclan con el desfilar ante la ventanilla del tren del campo que amanece, cómo, en fin, Guille, se enamora también, cómo no, o lustra su sensibilidad en las fuentes del barroco. A través de esas sensaciones vamos conociendo e impregnándonos de lo que es la pura vida de cada uno. Como dice la Gorda en una dedicatoria: "El Sr. Pessoa y yo tuvimos un encuentro bonito" hace un momento: "Para el rústico cuyo campo lo es todo, ese campo es un imperio. Para el Cesar cuyo imperio le parece todavía poco, ese imperio es un campo. El pobre posee un imperio; el grande posee un campo. En verdad, no poseemos mas que nuestras propias sensaciones"; en ellas, pues, que no en lo que ellas ven, tenemos que fundamentar la realidad de nuestra vida. Besos.


Guille: La capacidad de Pessoa para desdoblarse en varios puñados de heterónimos y vivirlos todos desde la complejidad de unos yos autónomos me admira. Abandonar por temporadas un yo al que ya tienes muy visto para vestirte de otro; Borges encontrándose casualmente con Borges en una calle de Buenos Aires "a este señor creo que yo le conozco", se rasca la cabeza, piensa, pero solo es esa impresión de creer conocer a alguien con quien nos cruzamos. Y si la capacidad llega a la de Balzac... crear entonces una ciudad entera; ni los dioses pueden más. Dice Pessoa que "ciertos personajes de novela adquieren para nosotros un relieve que nunca podrían conseguir quienes son nuestros conocidos y amigos, quienes hablan con nosotros y nos oyen, en la vida visible y real." Y así las cosas todavía remacha más el clavo y en otro lugar agrega cuestiones de procedimiento: "Sólo la debilidad extrema de la imaginación justifica que haya que desplazarse para sentir". Y ya la hemos jodido, y así voy a parar a explicaciones parciales, ¿qué es lo que diferencia a ese nómada kurdo que citaba el otro día (el agua para no enlodarse y hacerse clara necesita el fluir del movimiento) del sedentario sin remedio que es Pessoa? ¿Es el movimiento consecuencia de la debilidad de la imaginación? Cuando estaba sentado en casa, allá por mayo o junio, pensaba que no iba a ser capaz de estudiar y escribir hasta que no me encontrara atravesando Siberia. Hoy, después de bastantes trenes pienso que no voy a ser capaz de desarrollar determinados temas hasta que no llegue a casa. ¿Tú cómo te las apañas para cambiar de residencia y país y conseguir que tu música siga siendo tu música, tu cine tu cine, lo que cuentas, el desarrollo y prolongación de tu vida cotidiana? Comparo la longitud de nuestras excursiones con tus estadías veraniegas en Madrid-Cork. En estos días ensayamos una salida viable en esta encrucijada: hemos parado definitivamente de movernos, durante una larga temporada atenderemos las bagatelas de Pessoa, miraremos el perfil de las nubes y procuraremos abonar la imaginación sin necesidad de andar siempre con la pulga Benito en el cuerpo. Nos vemos pronto, besos.
P.D. No, no quiero engañarme, la magia de las palabras y las construcciones mentales tienen con frecuencia la capacidad, como los sueños, de revestir de veracidad a sus proposiciones. Ahora bien, como incluso la verdad no es una piedra en reposo, se podría decir que su utilidad, la de las palabras, estará en función de su capacidad de vibrar en nuestro interior, porque tanto en forma de sueño como en esa otra de "realidad" reconocida, lo que en definitiva marca la relación de las palabras con nosotros es su capacidad de generar sentimientos independientemente de que las distintas realidades hayan sido previamente sancionadas o no por alguna iglesia reconocida. Con lo que las cosas vuelven al lugar que estaban al principio; y si hoy algo es blanco, eso no va a impedir que mañana sea negro.


Teherán, 30 de octubre


De golpe, el suelo que pisamos, que tan claro y seguro parecía momentos antes, ya no está, desapareció, estamos en el comienzo del ámbito de las tinieblas. Las piezas del puzzle se desencajaron y al calor adormecedor de la conciencia de aquel mundo que estábamos construyendo con calor y esmero, nos sube hoy como olor rancio de realidad pervertida.
Y temblamos de temor, un hilo de ansiedad aúlla desconocido e innombrable en esta noche oscura de bosque silencioso. Y sigue el deseo del sueño, de la huida: acurrucarse en la suave luz de la tarde y dormir. Dormir, descansar, olvidar, huir, dormir.
¿Cómo se va a decir todo lo que uno piensa si ni siquiera tiene forma ni tamaño, y los caminos para comenzar a hablar son accidentados y engañosos, de aspecto poco tranquilizador?

La debilidad de escribir y escribir. Ahora que anda Pessoa por aquí, por encima de la cama: El libro del desasosiego. ¡Qué capacidad para mirar dentro y expresar! ¡Qué capacidad para mirar las cosas, repasarlas, darles nombre, y si se presta, razón de vida, significación...! Y de ahí a extrapolar y crear una filosofía de la vida va un paso. Y el paso lo da muchas veces; y resplandece sobre sus líneas, sus sensaciones, sensaciones que son él; uno parece adivinar, después de repasar sucesivamente los subrayados que hice al libro el pasado año, una metafísica del ser basado en eso que tenemos en primer lugar como demostración de nuestra existencia y de su relación con el mundo y la naturaleza: las sensaciones. Una de las pocas cosas en las que realmente podemos tener certeza de ser con nosotros y ellas una misma cosa. El mundo exterior deposita a través de los sentidos un caudal en nosotros, el caudal se expande de muy diversas maneras: el resultado son las sensaciones, mi forma de sentir mi vida.
Debería prestar más atención a este relevante personaje que llega a confundirse conmigo mismo. Mis sensaciones son la forma en que se manifiesta mi yo (no son yo, pero casi), y especialmente la manera en que se manifiesta en mi tú a tú conmigo mismo; y no sólo se manifiesta sino que ese ser así, y no de otro modo, las sensaciones, constituyen mi yo más cercano. Mi ser abstracto, el que piensa, para hacerse de carne y notar su existencia sobre el mundo, encima de esta cama sobre la que escribo, necesita referirse a mis sensaciones. Todas mis percepciones son sensaciones en primer término, son los conductos de mis sentidos, y sensaciones en el último, es decir el resultado de lo que me viene de fuera y se mezcla con mi yo, lo roza, lo toca, hace cabriolas frente a él. Nuestro ser y nuestra circunstancia, nuestra historia, nuestra orientación en este complejo de la vida, deglute o baila con lo que le sirven los sentidos.
Lo que me quita la sed y el deseo irreprimible de beber es el agua. Agua y sensación de bienestar están reunidos de alguna manera; igual que pueden estar unidas desesperación y carencia de agua. ¿Qué elementos son los que aglutinan con más fuerza esas sensaciones con las que vivimos y crecemos?

Teherán, 31 de octubre


Guille: Mañana por la tarde estaremos en una isla del Golfo Pérsico, se acabaron los desiertos, el cielo plano; pasado mañana serán cielos preñados de nubes y agua; la tierra habrá girado un poquitito sobre los verdes neblinosos de la patria de Joyce. Esperamos que quede algo del Ulises y de Molly en algún rincón de Dublín. No sé si estoy fuera de la realidad pero imagino, yo también, las calles empedradas, ahora en Dublín. También imagino, un monográfico de blanco y negro de determinadas partes de la ciudad. Coleccioné durante el viaje ya varios blanco y negro de cinco o seis ciudades de Asia, Dublín podría representar a Europa, se me antoja que podría ser objeto de un pequeño proyecto fotográfico, aunque me costara el madrugón de ver amanecer o soportar la lluvia con la cámara bajo el paraguas. El otro día nos preguntabas por nuestros proyectos, ya tenemos uno, buscarle a la ciudad la cara en nuestras películas TMAX 400. Mamá apunta un poco más alto que yo, pero de mí puedo decirte que hace ya bastante que lo que me interesa de los sitios que visitamos es descubrir sus posibilidades fotográficas. Para visitar un museo rezongo, pero para acechar una buena fotografía soy capaz de quedarme sin dormir una noche. En este sentido tengo muchas esperanzas sobre Irlanda, algo bien diferente de lo que hemos visitado en los últimos tiempos. Oigo tus entusiasmos en los conciertos de jazz y los traduzco a mi propio leit motiv. Existen muy buenos fotógrafos de b. y n. en el mundo del jazz (es casi imposible imaginarlo en color), grano grueso, fuerte contraste, ambientes noctámbulos, el perfil distorsionado de Chick Corea, por ejemplo, perdiéndose en la noche americana, los sudores vibrantes de Ella Fitgerald, los brillos del saxo, los ojos desorbitados de Amstrong, anchos y oscuros como el túnel de su trompeta. Quizás podrías armarte de fuerza para fotografiar alguna vez estos temas, es cosa de forzar la película hasta 2000 o 3000 ASA, un grano grueso como puños y un contraste duro y correoso como la voz de Amstrong (ya llegarán tiempos en que mi repertorio aumente, está en la agenda, y si mal no recuerdo en la mesa del cuarto de estar debe de andar todavía el libro que me regalasteis en Reyes. De todos modos la vida no da para todo... y si ahora por ejemplo me pongo otra vez a leer el Ulises por fuerza voy a tener que dejar otras cosas. Elegir, ya se sabe, significa desechar otras opciones). Nos vemos pasado mañana. 








Reflexiones camino de Europa



Teherán,   1 de noviembre


Esperamos.

Huimos de lo que nos hace daño, huimos del dolor. La experiencia del dolor subyace en nuestro recuerdo posada con tanta o mayor paz que las cenizas de un placer de cuyo calor sólo queda la constancia notarial del mismo. La intensidad del dolor parece como querer darnos, junto a la sensación extrema de la angustia, la certeza de su terminación y, con ella, el gozo de la percepción del hecho concluido: la fiera enjaulada, el poder de haber pasado por encima de los carbones encendidos, haber subido aquella pared en donde nuestro miedo, como tiras de piel, quedaron prendidas para muestra de nuestro recuerdo emocionado.
Nuestro espíritu sufre una emoción, una conmoción, vivimos, estamos lejos de la certeza de todas las cosas y las cosas tienen capacidad para producir vibraciones en nosotros. Nuestra mirada apática es el filo de la guadaña rebanando a su paso nuestras posibilidades de generar sensaciones, nuestro escepticismo corre tras la tenue amanecida de una esperanza para aplastarle con su bota de campaña y reducirle al estado de una cucaracha destripada.
Observar un espíritu de inocencia ¾duro trabajo de la madurez¾, abrirse paso más allá de la ciudad que cierra sus puertas para engañarnos con los señuelos de sus infinitas ofertas; encontrar un poco de cielo, el rumor del agua y fragor de las tormentas, el viento. ¿Por qué será que todo termina en rodearse de los sonidos de la naturaleza, algo así como un catalizador sin el cual las reacciones y el hervor de las emociones quedan pálidas sobre el fondo urbano?
Emoción, dolor, sensaciones, placer, naturaleza: compañeras de viaje...


Bahrein

Muestrario internacional de gentes. Seis horas de espera. Se acabaron las lecturas. Apostarse con el cuaderno entre las manos y acechar desde la aridez del páramo más allá de las nubes algodonosas, y el sol rasando las montañas, y la arena apagada del desierto que atravesamos esta tarde. Pero ¿acechar qué? ¿qué clase de animal estamos acechando? Quizás quiera alzarme por sobre lo plano y quiera esperar si llega algo de poesía, una metáfora, algo que interprete mi tranquila indiferencia del momento en términos de movimiento, encuentro, forzada necesidad de los interludios, camino de tránsito.
Sobrevolamos desiertos, vamos de un lado a otro del país, del mundo como grandes gigantes apoyando nuestros pies en los pivotes que sobresalen allende los desiertos, junto a los mares, en la confluencia de los ríos. Nuestros pies apenas se humedecen en el agua salada, ni se seca nuestra piel con el aire de las dunas; no atravesamos el mundo, sólo lo tocamos aquí y allá con la punta de los dedos de los pies. La apariencia desde el aire de ese desierto sólo sirve como fondo de una mirada distraída mientras ingerimos las pequeñas menudencias de la comida que se sirve a bordo. El desierto parece el mismo que puede producir placeres y sufrimientos incomparables, pero no, no es el mismo el que vemos desde el aire, uno que está en el corazón y la vida del que lo atraviesa; aquí, desde el aire su dimensión no es reto ni refugio de anhelos y vivencias, es simplemente una sombra bajo nuestros pies de duraluminio.
¿Quién puede imaginar subido en este artefacto con un pie en Teherán y otro en Bahrein las experiencias que se pueden acumular allá abajo? También en ese espacio que media entre la altura del vuelo y la arena de abajo aparece en algún lapsus del viaje un espacio a recorrer, una experiencia a la que no llegué. A veces puedo imaginar todavía esos vuelos en espiral del parapente que un día me sorprendieron en las Dolomitas de Cortina. Placeres de pájaros y aves rapaces planeando en la calma del aire.
Y volvemos al principio, acumulación de sensaciones, la emoción anclada allá donde la naturaleza se expresa con plenitud, allá también donde nosotros adelantamos un pie para encontrar un camino incierto e inseguro en la vastedad de las posibilidades que nos ofrece la vida.
Alegoría del esfuerzo, de las islas que quedaron entre dos vuelos esperando que nuestras prisas se remansen, del reto que debe estar presente sin falta en nuestro afán para que no sea nuestro movimiento pobre reflejo de ese avión que sobrevoló hoy las tierras áridas de Persia.

Pero al acecho de esta tarde le salen sólo presas conocidas de ayer y hoy. El presentimiento de que no estoy preparado para cazas mayores, la convicción de que voy a tener que bregar mucho, cavar mucho más hondo si quiero encontrar que mi paseo de palabras, mi escritura cimbreante, encuentre caminos convincentes, abra nuevas puertas, explique algunas conexiones. Para que la escritura sea, se pueda decir que hay inteligencia en ella, no debe sólo ser expresión de lo inmediato; debe dejar de ser sólo descriptiva para convertirse en interpretadora de la urdimbre de nuestro ser, debe saber encontrar las conexiones importantes de esta red y dar expresión poética y vital a cada uno de los rincones que se manifiestan en nuestro vagar diario desde el alba al ocaso.