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¡Viva la monarquía!

Phnom Penh, Camboya, 21 de mayo de 2016

(¿Se habrá vuelto loco este tío?). Como hay quien de los post no lee más que los títulos -días atrás ya había alguno que trataba de convencerme de que había que votar a Podemos, algo de lo que estoy completamenta seguro, y con más razón ahora con el Unidos Podemos- porque había titulado un post con algo que insinuaba lo contrario, advierto en la primera línea para que ya mismo no me tachen de monárquico, que de viva la monarquía nada, que un título es un título y que lo que uno afirma allí puede ser perfectamente lo contrario de lo que realmente quiere decir. Y es que las palabras son escurridizas como truchas, y si no se les da al trato adecuado en el acto de leerlas pueden inducir a errores y a sacar en conclusión lo contrario de lo que éstas dicen. Alguien dirá que lo que a uno le gusta es jugar con palabras y tendrá toda la razón del mundo; no sólo jugar con ellas, pero aún así. Si las palabras dijeran sólo lo que taxativamente pretenden, al decir de Octavio Paz, tendríamos en nuestras manos un pobre y escuálido instrumento en lugar de una rica panoplia de posibilidades de expresión. La variedad de los valores plásticos, sonoros y expresivos que las palabras, como un multicolor abanico de posibilidades pueden desplegar, es tal de hacer perder la cabeza a todo aquel que intenta encerrarlas en un reducido número de significados. Así pues, el lector que lee “¡Viva la monarquía!” dentro del aséptico encorsetado de los signos de admiración sin ver la cara del que las escribe ni el contexto que le ha movido a teclearlas poco puede sacar de ello. Pero añadamos detalles poco a poco y tratemos de ver a través de ello el significado que lo puede acompañar.

Escena 1. Frente al hotel, a unos doscientos metros del Palacio Real de Phnom Penh, el consabido montón de basura, medio metro o más de altura, como una enorme cagarruta de vaca que se desborda hacia el centro de la calzada.
Escena 2. El propio Palacio Real con un retrato de su excelentísima majestad con la pechera llena de medallas de decenas de metros presidiendo el lugar. El interior, jardines donde legión de jardineros peinan y quitan las legañas cada mañana una por una a todas las hojas y plantas del recinto. En medio el ostentoso palacio del trono (no fotos), chorreras, churretes, chirriantes manifestaciones de riqueza.
Escena 3. Junto al palacio niños de tres años en adelante pidiendo limosna o vendiendo bisutería.
No hace falta más: las apariencias engañan, ese “ahora los va a votar su puñetera madre” de semanas atrás referidas a Podemos, al igual que ese “¡Viva la monarquía!” sólo pueden engañar a los monárquicos y a los antipodemitas.

Aclarado el asunto lo siguiente es determinar qué coño hacer cuando uno se indigna de verdad. Hay cierta ley no escrita que estigmatiza a aquellos que usan palabras gordas para referirse a, etc.
Por otra parte, el lenguaje, que es algo que no se fragua en la RAE sino que se gesta y da a luz en la calle lejos de las instancias oficiales, ha parido, con buen o mal acierto, palabras y expresiones que todo el mundo reconoce como el apelativo más ajustado, por ejemplo, a cierto número de personas (un decir eso de personas, mafiosos, cabrones, miserables, hijos de la codicia y del dolor ajeno) a los que llamamos hijos de puta, o de la gran puta (Dios santo, que nada tiene que ver ello con las prostitutas a las que de algún modo el viajero admira, ya las defendió por aquí en algún momento). Y aquí, al vocablo, que surge de un contexto sociológicamente equivocado y equívoco, acaso improcedente, se le reconoce con tanta fuerza en todos los ambientes, que aun pensando en su improcedencia, cuando uno se encuentra por el mundo ciertos individuos, esos a los que me refiero más arriba, lo que le viene a la boca es, lo siento, ese “hijos de la gran puta”.

Que la cortesía y las buenas maneras deban seguir siendo un fértil medio para la comunicación no debería impedir, sin embargo, llamar de tanto en tanto a las cosas por su nombre. Si alguien dice de otro ese es un miserable, vale, nos quedamos con una idea; pero si en vez de decir miserable utiliza el “hijo de la gran puta”, el que lee necesita otro cajón más acorde para meter al susodicho. El cajón de los “hijos de la gran puta” es el cajón de la peste negra, de la depravación, de los que se aprovechan personalmente de su posición para enriquecerse y dar por allí al resto. Si alguien quiere saber de un país como España quiénes son los causantes de la precariedad de empleo, de los deshaucios, del alto nivel de paro, de la corrupción judicial y de las instituciones, etc., etc., qué pregunta puede poner en sus labios que sea más expresiva que ésta: “¿Quiénes son los hijos de la gran puta de este país?”

De todos modos creo que tendría que corregir mi vocabulario relacionado con la indignación, aunque no sé por qué palabras sustituirlas. Estos días Victoria se me adelanta cada vez que voy a abrir la boca, tan previsible me he vuelto frente a tantas como son las miserias con las que uno se encuentra en la historia de este país o en su historia reciente; se me adelanta diciendo ella lo que yo voy a echar por la boca en forma de insultos de inmediato provocado por lo que estoy viendo; la última frente a la magnificencia del rey y su palacio de Camboya. Y yo, aunque mi hortelana se ría (sí, mi hortelana, hoy es mi, qué se yo por qué, aunque se me ríe en mis narices y no me deje terminar una frase), se ría de mí, tengo que seguir tarareando frente al no fotos del palacio del trono, tarareando al guardia, que, claro, no me entiende: hijos de puta, hijos de puta del mundo. Desde hace días me toma el pelo así, cuando me ve abrir los ojos y empezar a expeler bilis, suelta la retaíla de gilipollas, hijos de puta, mierda, cabrones... y se ríe a rabiar. Jo, cómo me conoce esta tía, cómo sabe lo que me revientan todos estos esplendores y ostentación de riquezas en este país de pobreza y corrupción irremediable. Esplendor y gloria a su majestad cerca de cuyo palacio se amontonan kilos de basura hedionda. Cabrones del mundo, ladrones. Sí, es una cantinela que me sale a cada momento últimamente cuando leo la prensa de España o me paseo por estos espléndidos palacios rebosantes de oro y gloria con el retrato de su majestad, el gran hijo de puta bajo cuyo paraguas vive, más o menos como en España, la mafia del lugar. Hijos de puta del mundo, que lo pisoteáis, que os lo pasáis por los mismísimos; un mundo al que todavía queréis impedirle que diga esta boca es mía, con esteladas o sin ellas. Las monarquías... (A propósito de las esteladas, ¿no deberían estar en la cárcel todos los responsables que impidieron la salida a la calle de las banderas de la República cuando el hijo del cazador de elefantes...). Gilipollas del mundo con sus megaretratos cubriendo las fachadas de un país, gilipollas de muchas medallas y mirada altiva; todo lo largo y ancho de la historia construyendo palacios y llenándolos de magnífica ostentanción; incluido el Vaticano, por supuesto.

¡Bah!También andar de un lado a otro del mundo ha de servir, ¿no? para confirmar cómo el puñado de mamones de siempre se organiza la vida a expensas del resto. Riadas de turistas para comprobar en murales y palacios cómo los curritos de siempre tiran, siguen tirando, seguimos tirando del carro o sostenemos la sombrilla para resguardar del sol a los señores. Y riadas de visitantes, carne de cañón en cualquier caso de este u otros reinos, que venimos a admirarnos de este exceso de "esplendor" levantado con el sudor y la sangre de los ciudadanos de a pie. Ja, viajar para ver. Y sin ir más lejos, en todo el mundo las cosas funcionan del mismo modo, allí, en la lejana España,  otros curritos, los mismos que aquí abanican al monarca y al dictador de turno, allí seguirán votando a la gaviota y al empozoñado azul de la corrupción. 

Estampas

Pnom Penh, Camboya, 19 de mayo de 2016


Arropado en el traqueteo del autobús, ya desaparecieron las carreteras de firme regular, cierro los ojos y escucho la voz femenina que me lee esta mañana a George Sand, "La charca del diablo". Su voz es pausada, tranquila, una buena acompañante para un día de viaje. A veces miro el paisaje, palmeras, árboles de especies que no conozco, casas sobre pilares de madera, chozas, el campo aparece seco, agostado no hay tareas de labranza a la vista; adolescentes de uniforme, blusa blanca y falda azul, caminan por el arcén de la carretera. También el protagonista de George Sand camina, éste por un ancho sendero junto a los surcos que abren penosamente una pareja de bueyes. Pasando por un pueblo escultores callejeros esculpen budas en claro granito a la orilla de la carretera. 

 mitad de camino el autobús quedó varado en la carretera por una avería. Pacientemente bajamos, nos sentamos junto al asfalto en un repollete de una casa cercana, que enseguida fue una silla sacada por uno de los vecinos como signo de gentil hospitalidad, y nos dedicamos a mirar el tránsito de la calle; hice algunas fotos a un nene y su mama a través del cuadro de una bicicleta, fotografié al conductor cambiando la correa del ventilador del autobús y después me sumí en la lectura. El tiempo se había escurrido sin dejar señales de vida. San Martín bebe el buen vino y deja correr el agua en el molino, citaba en algún momento mi autor.  Así fue una parte del día, tintorro de biblioteca, picar aquí y allá. La proliferación de las notas a pie de página cuando es una lectora que te lee despistan al más pintado; tuve que dejarlo. Sin tiempo por medio elegí una novela de Romain Rolland, “Colas Breugnon”, un desenfadado collage de humor que iba mejor con mi disposición de ánimo; sentado al borde de la carretera me sentía dispuesto a pasar el resto del día sin que me apremiara la avería del autobús. 

En Phnom Penm, frente a la terraza de nuestra habitación, los monjes budistas entran y salen de un templo en cuya puerta se apila una enorme montón de basura. Es nuestro primer encuentro con los basureros callejeros apilados informes sobre cualquier tramo de la calle. También hoy tropecé con las primeras cucarachas del viaje. Esa pizca de folklore con la que has de convivir en ocasiones. Un ancho balcón en el primer piso de una calle muy amena nos sirve de miradero improvisado en las primeras horas, horas todavía demasiado calurosas para darse una vuelta por los alrededores. 

La escenas que se desarrollan en las mesas contiguas donde cenamos forman parte, parece, del folklore de la ciudad. A nuestra izquierda un occidental repantigado en un sillón hasta el punto de dar con sus nalgas en el suelo, envuelto en una cortina de humo asoma por la línea de sus ojos como desde alguna remota caverna una mirada perdida en la bruma del alcohol. Cuando se levana para ir al servicio, dos camareras y el chico que atiende en la barra, que le observan como quien están asistiendo a alguna escena graciosísima de Charlot, salen disparados detrás de él para evitar que se esnuque en las escaleras. Pero éste intenta desembarazarse de los camareros somnoliento pero como diciendo: dejadme, dejadme que seguro que puedo yo solo; y cruza junto a la barra haciendo eses y pidiendo disculpas a una silla con la que se ha tropezado. 

A nuestra derecha el espectáculo es de cariz diferente. La escenografía: tres norteamericanos, uno de ellos, un abuelete de barba blanca con aspecto de habérsele acabado algunas décadas atrás cualquier resquicio de entusiasmo por la vida y que mira escéptico el vuelo de alguna mariposa nocturna, es besuqueado por una morena camboyana que cumple estoicamente sus deberes de rigor mientras el norteamericano con los ojos entornados probablemente sólo piense en meterse en la cama a echar un sueño tras las cuatro jarras de cerveza que se ha metido; un segundo, más joven y con una barriga que le obliga a estar a un metro de la mesa, da pequeños sorbitos de su jarra dejándose un bigotillo blanco de espuma sobre el labio que después rebaña con la punta de la lengua y mira al tendido silencioso mientras la chica que le ha tocado ríe a carcajadas un chiste que una tercera ha escenificado con amplios gestos y los ojos muy abiertos; el tercero fuma compulsivamente, éste dirige su mirada hacia algo que ha llamado la atención, el conductor de un tuk-tuk empeñado en cobrarle cuatro dólares, dos más de lo habitual, a una rubia de mochila voluminosa. Las chicas de los norteamericanos acaban las tres enzarzadas en una animada conversación como si éstos no existiesen. Terminan de cenar. Los norteamericanos pagan y ellas se van directamente al servicio. Cuando salen, un camboyano con aspecto de empleado de agencia de viajes agrupa a los seis y todos se van calle arriba camino de la siguiente parte del programa. El vejete de barba blanca sigue cabizbajo resignado al grupo pendiente seguramente de ese momento en que el de la agencia de viajes, la chica que le ha tocado en suerte, sus amigotes, le dejen en paz y pueda, ¡al fin!, caer en la cama para no despertarse hasta el mediodía siguiente. 

Mientras tanto camareros y camareras siguen la escena con la curiosidad y el regocijo de quien está asistiendo a un espectáculo de teatro donde tres guiris con pocos años de vida por delante tratan inútilmente de sacarle al cuerpo y al alma una chispa de vida que largo tiempo ha que voló. La escena es patética, triste, dolorosa. Si al menos hubieran intentado flirtear a solas, jugar con la imaginación y el suave arrullo de una caricia, seguir los pasos de Salomón a su edad, pero no. A mí no me disgusta ver esas parejas de hombres mayores que dejan todo allá en Estados Unidos o Europa y se vienen al sudeste asiático a pasar sus últimos días como los elefantes en los brazos de una tai, de una vietnaminta que les dé algo de cariño en este desolado mundo de intereses. Los he visto a montones y tengo que confesar que he visto parejas que me agradan mucho, parejas que construyen su futuro desde perspectivas muy diferentes y donde lo que ofrecen uno y otro puede complementar y satisfacer perfectamente a ambos. Los ves charlar, darse la mano, ensayar una caricia. Hace un par de días era una guapa mujer camboyana de unos cuarenta años cenando con un occidental de algo más de sesenta; junto a ellos jugaba con su teléfono el hijo de ella, un chico moreno del país de unos dieciséis o diecisiete años. Era obvio que tenían una afectiva relación de pareja. 

Hay mucho listo por ahí que no sabiendo distinguir sensibilidades y situaciones mínimamente complejas pretenden sacudirnos a mamporrazos con una moral sacada del refajo curil más mohoso, y se equivocan, que todo el mundo no es igual, que la ternura y el cariño también es un bien ciertamente abundante, pese a todo, pese a todo. Y que, por supuesto, escenitas como las de hoy pueden darles la razón, hay que se precavidos y tratar de no generalizar. Los americanitos de hoy eran tan típicos que movían a risa, eran patéticos. Hay, sin embargo parejas que veo que me producen sentimientos de ternura; uno ve en la ternura y el cariño de los otros los reflejos de su propia ternura, un descubrimiento que ayuda a reconocerse en los otros y a sentirse en paz con uno mismo. 


Hoy amaneció bonito

Siem Riap, Camboya, 18 de mayo de 2016


Hoy amaneció bonito, una luz suave como de mañana nublada de verano colgaba de las ramas de los árboles que crecen frente a nuestras ventanas del hotel. Desayunamos, subimos de nuevo a la habitación y ahora hago nada, mirar moverse las ramas desde mi sillón de mimbre. Victoria, pinzas en mano, arremete contra cualquier atisbo de impertinencia que pueda asomar en su rostro; una tarea postergada de mucho tiempo atrás, afirma ella; cosas que yo no entiendo. El aire acondicionado ronronea en lo alto maquinalmente. He repasado por encima la prensa y después me he quedado in albis aunque con una sensación de pesantez, ese todos los días ocupando la corrupción del PP los titulares de algunos periódicos, esa manía persecutoria del El País contra Venezuela, esos amantes del poder o del dinero.

La brisa mueve las ramas. Recuerdo un tiempo en que pasé meses sentado cada tarde frente al horizonte de la sierra de Gredos que aparecía luminoso y azul a través de la ventana de mi cabaña; largas tardes sin hacer nada, volviendo mis pensamientos una y otra vez, interminablemente, a las circunstancias de un naufragio reciente. Imposible quitárselo de la cabeza durante meses, tardes de obsesiva recurrencia, círculo cerrado del que era imposible huir. Cuarenta años atrás pasé una temporada parecida, tenía veinte años y mi amiga amante había perdido la vida mientras escalábamos una montaña de los Alpes. También entonces pasaba largas horas de hacer nada tumbado en la cama de mi habitación. Quizás fue en aquella ocasión que aprendí que los males del alma no se curan de otra manera que haciendo que una gran cantidad de tiempo atraviese tu espíritu, tiempo vacío que a modo de bálsamo vaya restañando las heridas dejando a los muertos y a las amantes en algún rincón del relicario de tu alma donde ya no puedan hacerla sangrar, discretamente enterrados bajo un prado cuajado de flores donde puedas rendirle tributo sin que el áspid del desasosiego venga de nuevo a visitarte. El tributo que se hace a los muertos y a los desaparecidos. 

Una pausa en el viaje después de azarosos días de visitas, calor, sudor, lluvias. Tener todo un día por delante de no tener nada que hacer suele ser una bendición que acogemos con gusto. Hoy leía en un periódico sobre la vuelta al mundo de un hombre que lo ha hecho a pie; tres años caminando. Diez mil kilómetros al año suponen hacer treinta kilómetros al día ininterrumpidamente incluidos los días de guardar. Admirable. Quien ha caminado treinta mil kilómetros debe de tener el alma prístina de los limpios de corazón sin lugar a duda, alguien que ha recibido tantos vientos en la cara y cruzado tantos desiertos y selvas tiene que tener gran parentesco con San Francisco de Asís.

Ahora pienso en este chico. A veces es necesario pensar en los héroes y la gente de bien que habita el mundo. Hay tanta miseria suelta que corremos el peligro de vernos arrasados por el pesimismo. También pienso en la gente de Greenpeace que ayer escalaban las torres Kio para manifestarse contra el tratado TTIP. No pienso en términos argumentativos, los miro simplemente, los veo trepar en disciplinada coordinación con sus sofisticados equipos de escalada por las paredes de un rascacielos desplegando una enorme pancarta que dice: ”No al tratado TTIP; los recuerdo en una pequeña lancha bajo los potentísimos chorros de agua de un barco ruso, luchando para no perder la vida en la agitación de las olas. Hay imágenes que quedan bailando en la retina como un vivo chisporroteo de esperanza. 

El próximo país que visitaremos será Vietnam, el gran oprobio de los norteamericanos del pasado siglo; Vietnam, Irak, la prepotencia y el horror llevados a su expresión más despiadada. Pensar en Vietnam es pensar en el napalm, en las masacres, en aquella niña desnuda corriendo con los brazos en alto huyendo del fuego, del exterminio llevado a cabo por los marines norteamericanos. Y sin embargo nada nuevo bajo el sol. También estas escenas recorren mi mañana de hacer nada.

Hoy ya no vivo ningún naufragio ni lloro la muerte de una amante, miro simplemente lo que me trae la mañana. Las cortinas son de un rosa de cuento de hadas y algún gallo canta esporádicamente. Quizás pueda hacer alguna foto me digo. Y me levanto y preparo la cámara y el resultado está bien, luces cálidas y equilibradas, un recuerdo más de viaje, acaso uno de esos selfies sobre los que elucubraba ayer metiendo a Yavhé en el perolo de los narcisos. Merecido descanso antes de salir mañana hacia el este camino de Pnom Pen.

Dejando este lugar únicamente me lamento de no haber estado ayer solo en Angkor durante la tormenta. La baraúnda de los turistas es una de las cosas más lamentables del turismo actual. Para que los turistas cumplieran sus menesteres adecuadamente sin molestarse unos a otros deberíamos conseguir unos cuantos clones de este planeta, tantos como fueran necesarios para cuando restalla la tormenta en estos lugares uno pueda vivir una plenitud gestada por la unión de la magnificencia del lugar y de los fenómenos naturales. Cerrar los ojos mientras llega la tormenta y encontrarte en la soledad de la selva donde árboles gigantes se meriendan los templos de los dioses en medio de un caótico montón de sillares cubiertos por los líquenes de los siglos podría ser un escenario muy propio para vivir fuertes emociones en donde la metáfora del tiempo, esos árboles devoradores de las obras de los hombres, son el atractivo esencial del lugar. La tormenta restallaba sobre la selva adyacente y el agua caía a cántaros bañando patios y templos. Un espectáculo digno, que como el verdín del cobre o los musgos de los templos, podían servir de catalizador para revivir el alma de pasados siglos. Un diluvio deja muy hermosa la terrosa oscuridad de los sillares de Angkor.

Las circunstancias. Recuerdo cierta ocasión en que viajé a Italia en Navidades en autostop. Había dormido en la estación de ferrocarril de Milán con el lumpen de los alrededores. La estación era el único lugar bajo cubierto en una fría noche de invierno. La compañía de aquella gente me había purificado hasta tal punto de poner mi sensibilidad en un estado de especial receptividad. También había estudiado durante meses la historia y el arte de la zona. Fue un cúmulo de circunstancias que, al llegar de madrugada a Bérgamo, una mañana en que toda la ciudad estaba envuelta en el velo algodonoso de la niebla, hizo de mí una esponja, mientras ascendía con el alba por una vetusta calle de piedra camino de la pinacoteca. No recuerdo exactamente si lo que me llevaba allí era alguna pintura de Mantegna, de Tintoretto o de Andrea del Sarto, pero las circunstancias, la niebla, mis estudios, la noche con los vagabundos, se concitaron para hacer de aquella mañana una de las visitas a un museo de pintura que recuerdo con mayor placer. No se trata sólo de venirse hasta Camboya para ver unos templos, o llegar a Bérgamo para confirmar el cariz céreo de grabado de algunos lienzos de Mantegna, la fría belleza que empezaste a amar con la “Transustanciación de la Virgen” en el Prado, las circunstancias que acompañan la visita pueden ser determinantes para tu gozo. Incluso, para mí el mejor espectáculo de todo el recinto, los grandes ficus devoradores de templos pierden una gran cantidad de su atractivo, cuando tienes que esperar diez minutos a que grupos de turistas y parejas dejen de hacerse retratos frente a ese hermoso ejemplar que se alza entre ruinas en el Ta Prohm a punto de devorarse enterito todo el ala sur del edificio.

Día de asueto, apenas saldremos a darnos una vuelta para comer y estirar las piernas.

Angkor

Siem Riap, 17 de mayo de 2016

Esta mañana, antes de dirigirnos a Angkor, no al amanecer, como queríamos, porque estaba compleamente cubierto y había llovido durante una buena parte de la noche, le pedimos al conductor del tuk-tuk (un vehículo compuesto por una moto y una caja trasera con capacidad para cuatro personas, y que debe su nombre a la escandalera que mete) que parara en un cajero automático. Fue nuestro primer y anecdótico encuentro en este país con estas máquinas expendedoras de money. De entrada ya puedo decir que son una coña; entro en el receptáculo acristalado, meto la tarjeta, y tecleo la cantidad, un millón; al cambio de 4500 por euro, unos doscientos euros. Pero el cajero está legañoso y terco a esa hora de la mañana y me dice que ni de coña, que ponga una cantidad más baja. Lo vuelvo a intentar con el equivalente a veinte euros: la misma respuesta. Así que salgo de la cabina y le pido al primer viandante que me encuentro que me eche una mano. Se viene conmingo, meto la tarjeta y, cuando ve la cantidad que aparece en la pantalla, suelta una carcajada. ???? Casi se le saltaban las lágrimas de risa; era un cachondo el tío, y además hablaba perfectamente inglés. Cuando paró de reír me pidió enseguida disculpas antes de aclararme el asunto: estos cajeros no expedían rials, la moneda del país, sino dólares. ¡Ah...!


Era temprano pero las buscadoras de encuentros consigo mismas, los varones son más discretos, ya eran legión. Me amo decían por todos los rincones de Angkor las incalculables selfiestas que palo de selfie en ristre paraban aquí y allá por todos los lados, se arreglaban el cabello, miraban inquisitivas a la pantalla del teléfono y disparaban una y otra vez, decenas, sobre el objeto de su amor, ellas mismas. Mi amor, mi tesoro. Nunca en lo que yo conozco de mís años de vida vi tan amorosas amantes de sí mismas aprovechando la relevancia turística de un lugar para rendir homenaje y pleitesía a su propio rostro. No hablo de Angkor solamente, cualquier lugar, sea éste el Coliseo romano o el teatro de la Ópera de Sydney. ¿Narcisismo? No, no lo creo. Autoafirmación, reconocimiento del yo, existo, estoy aquí, te miro, me miro, te observo, dejo constancia de mi yo en esta mañana de asueto entre las ruinas de Angkor; todo ello un poco antes de que el tiempo se líe y descargue la tormenta.
Trato de imaginarme el final del día de una de estas selfiestas dedicadas a examinar una por una las imágenes de sí misma con las que su alma se siente más identificada. Huimos de la muerte, tenemos ganas de vivir, pero no es suficiente; como el niño que quiere llamar la atención de su papá tirándole de la pernera del pantalón para que le haga caso, la selfiesta se llama a sí misma y a través del teléfono entra en comunicación consigo misma, el yo y la proyección que da el teléfono de su persona se encuentran dulcemente en un abrazo, se besan.
El amante por excelencia de sí mismo, el Yavhe del Genesis, ser enfermizo que en los tiempos que corren habría deseado para sí un buen palo del selfie para selfiearse en 3D durante todo el día y poder contemplarse al atardecer en días de aburrimiento celestial, es hoy el perfecto referente de las fotografías de Angkor. El ser que no sólo se ama a sí mismo sobre todas las cosas, sino que además pide a sus fámulos que le amen por encima de todo bajo pena de ir de patitas al infierno en caso de no hacerlo, debería ir pidiendo a la Samsung o la Apple un modelo adecuado a su condición divina. Las desmesuras divinas, o las de sus correligionarios, son y han sido siempre un notorio ejemplo a lo largo de la historia; Angkor es una de las más representativas del planeta: La Meca, el Vaticano, las grandes mezquitas de Estambul, los templos de Borobudur, las catedrales góticas de Europa, las pirámides aztecas son otros de los muchos ejemplos con que algunas divinidades intentan aplastar nuestra irrelevancia alzándose sobre el plano de la gente de a pie con grandes sillares y enormes edificios, bellos a veces también, no siempre.

Ahora, curados en salud y reconociendo en esa fastuosidad general con que dioses y feligreses han querido sorprendernos siempre, cierto tic de infantilismo al proyectar la necesidad de un padre que vele por nosotros ahora y después de la muerte, la acumulación de edificios, de enormes sillares y bajorrelieves, lo que provoca en espectador imparcial, creo, como yo, es la sensación de que los antiguos monarcas, salvo loables excepciones, no estaban menos tocados que los de la edad moderna. En esta parte del mundo había monarcas que según les venía al ánimo hoy eran budistas, mañana hinduistas y pasado mañana musulmanes, lo que naturalmente conllevaba la construcción, o modificación, de nuevos templos a los nuevos dioses. Angkor pasó por esa tesitura. Lo de que los monarcas estén bastante tocados lo demuestran la manera en cómo organizaban sus particulares guerras y sus muy particulares creencias (nuestro rey cazador de elefantes es un caso todavía más patológico, en vez de hacer juegos malabares con sus dioses, acorde con los tiempos, se dedicó a sustituirlos por los dividendos de los barriles de petróleo).  Que Felipe II se hiciera un pequeño monasterio, el de El Escorial, una chocita de nada para rendir culto a su particular Dios, es un ejemplo más de la megalomanía de esta gente. El Papa Julio II, inmortalizado en mármol por Miguel Ángel, otro ejemplo más, compartía su amor a sí mismo con aquel otro a cuya gloria fue levantado el Vaticano.

Siempre que visito un lugar como éste me es difícil evitar pensar en el tipo de vida que podía vivir la población de aquella época, probablemente una miseria mucho más trepidante que la de ahora, que ya es bastante. De todos modos aquellos erigían templos a determinados dioses, los poderosos de ahora construyen, como el de ayer en la frontera, grandes casinos, organizan el fornicio para que no les falte aburrimiento en lo que les queda de vida. Mi secre, Victoria, mucho más ilustrada e interesada que yo en cuestiones de historia, me cuenta horrores de la situación de corrupción por la que atraviesa el país. Los dioses han cambiado de estilo, ahora son de color verde y tienen el signo $.

Que lo que dijera Buda o predicaran los brahamanes no cuadre apenas nada con las manifestaciones religiosas que los albaceas inventaron es fácil de comprobar. Que poco o nada tengan que ver Lao Tsé y su taoísmo actual, ni Buda con el budismo que vemos, ni el cristianismo con las palabras de Cristo es la demostración de que los seguidores o promotores hacen de la religión de sus fundadores un guante a la medida de su mano.