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Viajeros


Kyrenia, Chipre - Tasucu, Turquía, 21 de julio de 2015

No tengo más remedio que hacer una puntualización sobre Nicosia Norte de la que hablaba días atrás en este blog. Debía de haber concretado que me refería a Old Nicosia, la que queda dentro de los antiguos muros. La Nicosia de más allá de la muralla es una ciudad moderna y bien pertrechada que nada tiene que ver con lo que afirmaba yo en el último post.

La línea de las montañas que cruza Chipre de parte a parte se diluye poco a poco rodeada de calor en la línea del horizonte. Definitivamente abandonamos Europa. Entre ayer y hoy terminé con La Iliada y con el libro de Durrell; esta noche, si tenemos ganas y tiempo veremos Yol, una película turca de la que conservo sólo algunos detalles después de décadas, la fuerza de una pasión, la vastedad y desolación de los paisajes de Anatolia. Anoche creí que está película podría servirme para tomar contacto con el mundo otomano. Todavía seguiré por unos días los rastros del Imperio Bizantino, pero lo que realmente deseo es bañarme en la cotidianidad de este país que ya hemos empezado a vislumbrar en el norte de Chipre. Nuestra experiencia de Turquía, dos veranos de cruzarla de parte a parte en la furgoneta familiar más un viaje en moto desde Madrid a los veinte años, me temo que no van a servir de mucho para reconocer a la Turquía de hoy. Sólo un presentimiento. La vida cambia que es una barbaridad, eso, o algo parecido, que se cantaba en La verbena de la Paloma.

Habla Durrell de esas cosas que el escritor lleva consigo como talismanes, para recordar las experiencias perdidas que algún día tendrá que volver a evocar y remodelar con palabras. Y se refiere específicamente a objetos y recuerdos que su amiga Mary, una incurable viajera, ha ido colectando de aquí y allá en sus viajes para vestir su casa con las huellas de su paso por el mundo. No estoy muy de acuerdo con Durrell en este asunto. La referencia de viajero típico de Durrell parece basarse en el modelo victoriano de una época en que la nobleza y la alta burguesía inglesa, gozando de la facilidad del extenso Imperio Británico de la época, recorrían el mundo como quien se mueve entre Londres y Escocia sobre una alfombra que las fortunas de unos y otros tendían a lo largo y ancho del mundo haciendo de éste un club de gente en donde era posible tener de continuo noticias de amigos comunes. Eran viajeros un tanto especiales a los que difícilmente se les podía atribuir aventuras extraordinarias. Nada que ver, por supuesto con aquellos aventureros como Livingston o Stanley aunque estos también dispusieran de medios importantes. Los viajeros de la novela de Durrell van de acá para allá, tienen casas en medio mundo y cada vez que dejan un país acarrean con ellos obras de arte y trofeos que son inimaginables en un viajero moderno.

Los viajeros de nuestros días, los trotamundos, son en general gente corriente que viaja siempre al límite de un reducido presupuesto, gente que igual puedes encontrártela pernoctando en una playa de Niza, en el puente Vechio de Florencia u hospedándose en casa de algún gurú en la India. Gente anónima que se puso el mundo por montera y que nunca va a tener dinero para comprarse nada de eso que exhibían las casas de los viajeros de la era victoriana. También es cierto que materialmente es algo imposible de llevar a cabo y ello contando con que la mochila de esta gente no admite más utillaje que un saco de dormir y unos cuantos libros. Inútil pensar en llevar de regreso a casa una alfombra persa o un colmillo de elefante. Esos viajeros con los cuales de vez en cuando nos tropezamos, con los que coincides en una casa de huéspedes en el Kurdistán y que tienen proyectado llegar en bici a celebrar las Navidades en Sydney o en Nueva Zelanda van siempre ligeros de equipaje, no pertenecen a ningún imperio y cuando llegan a su casa lo único que pueden exhibir es un pasaporte deteriorado por el sudor rebosante de sellos. Los trofeos, esos que exhibía la nobleza inglesa en pasados siglos, son de índole íntima y personal; el polvo de los caminos, los miles de rostros con los que se cruzaron, los conocimientos que adquirieron, las lenguas que intentaron balbucir frente a la hospitalidad con que tantas veces convivieron yacen como un tesoro entre los pliegues del alma y lo que para los otros viajeros eran como trofeos de caza para ellos es la exaltación de la poesía de la vida, la conciencia y el gozo de haber vivido una extraordinaria experiencia de comunión con el mundo.

Acaso, no obstante, sí pueda tener razón Durrell en alguna experiencia puntual. Cuando el autor visita la casa de su amiga Mary y allí va enumerando algunos de los objetos, escribe: "...esa bailarina de Balí repite el eco del pasado con toda la fidelidad de un caracol marino llevado al oído..." Y ahí recordaba yo un corto viaje por el sudeste asiático en que a última hora, después de visitar las ruinas de Angkor no pude resistirme a comprar un buda y una bailarina (asahara) de madera de los que me había enamorado durante mi visita a la ciudad. Desde ese día dos grandes paquetes de más de medio metro de alto me acompañaron junto a mi mochila de viajero. Atravesé algún centenar de kilómetros de pistas embarradas cargado con mis tesoros. En algún lugar un puente había sido arrasado por la corriente del río y el microbus no pudo continuar. Tuve que buscar ayuda para trepar por las empalizadas y andamios de un improvisado puente que se estaba construyendo, para salvar una parte de la achocolatada corriente del río y al final alcanzar después de una corta marcha un todoterreno en cuya caja trasera viajábamos representantes de todo el mundo. Mis paquetes, la asahara y el buda, fueron tratados por los pasajeros como si de copas de cristal se tratara. Hasta el personal de la frontera entre Camboya y Tailandia se apiadó de mí abrumado como me vieron con semejante carga. Fue toda una aventura aquello, pero ahora tengo a diario mi compensación. El buda y la asahara fueron los elementos que dieron vida a la decoración de la habitación abandonada por mi hija que recién había decidido hacerse autónoma para vivir con su chico. Aquella habitación se convirtió en un rincón de Oriente, madera, cañas de bambú, un ventilador como los que me refrigeraban en Camboya y, para rematarlo, una pequeña fuente que construí en torno a un bonsay, un olmo como retorcido por los temporales, amén de grandes plantas tropicales trepando por las paredes y entre las cuales una enorme maranta siempre me produjo la sensación de estar entre los grandes ficus que atenazan las ruinas de Angkor.

Nicosia Norte


Nicosia, Chipre, 19 de julio de 2015

El muro encalado de la terraza se tiñe a esta hora del ámbar que suele vestir el interior de mi cabaña en El Chorrillo, unas pinceladas intensas que casi giran hacia el bermellón en las cálidas tardes del verano cuando la temperatura se templa y me invita a dejar los libros que me han acompañado desde la siesta y que empezaban a pesar sobre mis ojos para pedirme un descanso e invitarme a alzar las persianas de poniente para recrear el crepúsculo en lo que es de hecho mi hogar, esos diez metros cuadrados en los que transcurre mi vida cuando no ando por ahí pateando el mundo. Es la hora en que como si estuviera en el interior de una mezquita, el espíritu se dispone a las plegarias empujado por el ánimo que el final del día, cálido en extremo hasta esa hora, invita a dejarse acariciar por la suavidad de la temperatura que la brisa trae hasta las ramas del álamo o la acacia que como dos soldados montan guardia frente a mi cabaña.

Poco a poco me veo entrando en la realidad de este país que es también el mundo de Bizancio, Turquía, Grecia, la iglesia Ortodoxa. Ayer visitamos el Cultural Centre Byzantine museum que alberga una importante colección de iconos y frescos. Somos conscientes de que tenemos que habituar nuestros ojos a una pintura que por estar lejana a nuestro ámbito cultural cuesta disfrutar quizás adecuadamente. Nuestros referentes invitan de continuo a considerar las manifestaciones artísticas de otras culturas en relación a la nuestra propia; una mala costumbre de la que es difícil salir si no acometemos la tarea de indagar por las raíces y el contexto en que se han producido estas obras de arte. Es el caso del arte Bizantino que tendemos a subvalorar en favor de la cultura clásica griega. Los mil años que duró el Imperio Romano de Oriente tras la caída del Imperio Romano son malamente considerados en los estudios universitarios, al menos en la historia que yo tuve que estudiar; de ahí la dificultad de entrar en contacto con una pintura aparentemente igual, posturas, gestos, casi siempre la reproducción sistemática de modelos preestablecidos. Sin embargo esa mañana fue diferente, los poros de mi atención estan muy abiertos y resultó una visita cuanto menos deliciosa. Sería demasiado prolijo referirme aquí a cuadros en concreto pero puedo destacar que esa aparente igualdad que veía antes en vírgenes y santos desapareció para disfrutar de los detalles, la fuerza de algunos gestos, las diabluras de algunos pintores que con un espíritu a la manera de El Bosco burlaban la rigidez del canon para recrearse en sustanciosos detalles en los márgenes de los cuadros; la riqueza cromática, el sabor de un arte nuevo; esa era la sensación, a veces sorprendida por la ingenuidad de un San Jorge y su dragón, otras por un león que parecía haber sido un antecesor de la obra pictórica de Rousseau o, allá en un rincón de la sala, un delicioso fresco con la virgen y dos Ángeles adaptados a la concavidad de un altarcico que pudiera haber servido de evocación a Fray Ángelico. En una sala grande se exhibían los restos de un enorme fresco que durante la ocupación turca los vándalos arrancaron de las paredes y que más tarde fue recuperado por la policía alemana.

En cuanto a la alegría de vivir no hay diferencia con el arte románico de nuestras iglesias. Una tristeza congénita atraviesa todos los lienzos, rostros compungidos, llorosos, adustos, como si la vida fuera ese valle de lágrimas que inventaron los cristianos a falta de trabajar por realizar una vida amable y llevadera mientras estamos vivos. Esa manía de querer aplazar para después de la muerte la felicidad...

A la mañana siguiente nuestro destino fueron las callejas de Nicosia Norte, la parte de la ciudad ocupada por los turcos. Desde entonces Chipre quedó dividida en dos, la República Turca del Norte de Chipre y la República de Chipre, aquella de población turco-chipriota y la última de origen griego. Fue un paseo decepcionante, salvo la parte cercana al paso aduanero y alguna que otra calle principal la ciudad aparecía en un abandono total, como si ésta hubiera sido víctima de una guerra y nadie se hubiera ocupado en reconstruirlo. Entre las ruinas de muchos edificios aparecían pequeños talleres acaso creados siglos atrás, todos envueltos en el mayor desorden. La desidia parecía haberse apoderado de la ciudad. El centro neurálgico, la plaza de Ataturk, vestía otro ropaje más moderno.

El calor excusó que acortáramos nuestra gira por la ciudad. Era domingo y algo que siempre es atractivo, las calles del mercado, guardaban el descanso dominical. Nos conformamos con visitar la mezquita de Haydarpasha, una enorme iglesia gótica que los turcos transformaron a mayor gloria de Alá en lugar para sus oraciones.

Consumo los últimos días en Chipre con la lectura de Limones amargos, de Durrell, los últimos capítulos dedicados a la Enosis, una palabra que se refiere al deseo de los grecochipriotas de anexionarse a Grecia. Pego aquí para los curiosos en cuestiones históricas un pequeño resumen de la Wikipedia en relación a la historia reciente de Chipre:

"En 1931 comienzan las primeras revueltas a favor de la enosis (unión de Chipre con Grecia). Tras el fin de laSegunda Guerra Mundial, los grecochipriotas aumentan la presión por el fin del dominio británico. El Arzobispo Makarios lidera la campaña por la enosis y es deportado tras una serie de atentados en la isla.

En 1960, Turquía, Grecia y el Reino Unido —junto a las comunidades turcochipriota y grecochipriota— firman un tratado que declara la independencia de la isla y la posesión británica de las bases de Acrotiri y Dhekelia. Makarios asume la presidencia. La constitución indica que los turcochipriotas estarán a cargo de la vicepresidencia y tendrán poder de veto. Esa peculiar constitución que le fue impuesta dificultó el funcionamiento de Estado y las relaciones entre greco y turcochipriotas se hicieron tensas, desembocando en las explosiones de violencia intercomunitaria de 1963 y 1967.

El 15 de julio de 1974, un golpe «pro-griego», apoyado por la dictadura griega de los coroneles, depuso al gobierno legítimo, lo que provocó la reacción de Turquía, quien invadió y ocupó militarmente el tercio norte de la isla con 30.000 soldados,[8] incumpliendo ambas partes la legalidad internacional. Éste es el origen de la República Turca del Norte de Chipre, un estado de factoque solo es reconocido por Turquía y laOrganización de la Conferencia Islámica."

Iba a escribir para finalizar lo divertido que resulta ver a las jaurías del PP y a sus mamporreros pululando como buitres ante cada iniciativa de Manuela Carmena, pero no merece la pena gastar tiempo en ello. La peste de la ponzoñosa derecha que nos ha tocado vivir, algunos se comportan como colegiales de seis o siete años, así usa sus lindos cerebros, son absolutamente incapaces de asumir que no pueden seguir mangoneando el país por los siglos de los siglos. La respuesta a estos comportamientos debería ser una rotunda carcajada. No pueden soportar que la dignidad y la decencia florezcan allá donde ellos todo lo han llenado de excrementos. 



Imágenes:

Las cuatro primeras fotografías pertenecen la museo Etnológico de Nicosia. 





Sandías sobre el Mar Muerto


Nicosia, Chipre, 17 de julio de 2015

Como quien tiene el baile San Vito encima esta mañana resultó que  estaba en Turquía siendo que realmente no me había movido de Nicosia. Eché un vistazo a la Lonely Planet y eso ya sirvió para que quisiera salir corriendo de Chipre, coger el ferry en Kirenia, atravesar los montes Taurus, llegar a un parque Nacional, visitar el paisaje gaudiano de Goreme, visitar Dyjarbakir, empezar a caminar por aquí y por allá del Kurdistán turco y si me descuido cruzar Centro Asia y llegar a China. Así de veloz iba mi pensamiento bajo el fresco aire de nuestro apartamento en la azotea de un lado edificio del centro de la Nicosia chipriota. Deglutir libros, visitar esto y lo otro, acumular, no parar y de golpe caer en que uno ha dejado inadvertidamente el freno suelto y que el presente, que tanto ha mimado para que de todos haya en este mundo y llegue un tanto de sosiego a la vida cotidiana, se desvanece para convertirse en esa carrera de galgos en que la presa siempre está a dos palmos del morro del perro sin que jamás éste pueda alcanzarla. El presente se desvanece y sólo queda el movimiento circular del canódromo.

Caída la tarde nos tropezamos con una muy apañada exposición de artistas israelitas en el museo municipal de Nicosia. La muestra, materiales artísticos diversos con algunas salas destinadas a videos estaba desierta, pero en una de ellas, sobre una gran pantalla, doscientos cincuenta metros de sandías ensartadas como las cuentas de un collar flotaban enroscada en espiral sobre las aguas del mar Muerto. Una rosca como aquellas de porras que hacían antaño los churreros se enroscaba y desenroscaba ajena a la presencia o no de espectadores. Algunas sandías, reventadas por el calor, mostraban el dorso sanguinolento.

Quizás el artista buscó cierta concomitancia con la estructura helicoidal del ADN, un movimiento de sinfín sobre un mar cuyo grado de salinidad hace imposible la vida resultaba una idea sugerente.

Todos lo contrario de lo que sucede en la vida corriente en la que parece que siempre tengamos que estar movidos por el deseo de llevar a cabo una tarea, terminar un libro o dar por finalizado cualquier proyecto. La ristra de sandías se enroscaba y desenroscaba lentamente una y otra vez sin que nada ni nadie esperara un final a aquella larga secuencia. Viajando uno podría quedar retenido en una ciudad o en un paraje especialmente atractivo pero es algo que no suele suceder. Aguantamos mal la inmovilidad, vivimos como si nuestro destino fuera estar siempre en movimiento, con la cabeza y el deseo un poco más allá de la línea del horizonte. Y si el sedentarismo es nuestro fuerte no correremos una suerte muy diferente, entonces será el mito de Sísifo el que nos sirva de pauta, la reiteración una y otra vez de la misma cantinela a lo largo de los días o los años será nuestro sino. El problema se plantea como si fuera imposible alcanzar un estado en el que la mesura del deseo pudiera hacer compatible el disfrute de la hora presente. El budismo no lo cree compatible y entonces aboga por la supresión del deseo como medio para evitar el sufrimiento y la decepción. Prescindir de un plan para los próximos días, soslayar esa fuerza que nos empuja a continuar siempre camino adelante, una ciudad nueva que sustituya a la presente, es algo que va contra muestra codificación genética o contra un modo de vivir que se nos impone, al menos se nos impone interiormente, en la ámbito cultural de Occidente. En Oriente creo que las cosas, hasta donde no ha sido contaminados por Occidente, son diferentes. Allí sería posible vivir el presente con mayores posibilidades de éxito que aquí. El mito de Sísifo visto como metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre quizás sirva para explicar ese activismo que nos impele de continuo a movernos de un lado para otro; frente a la idea de la filosofía del absurdo que mantiene que nuestras vidas son insignificantes y no tienen más valor que el de lo que creamos, una buena manera de resolver la situación es mantenerse en movimiento, no parar de pedalear para no caernos de la bicicleta. Asumiendo que la vida no tiene por qué tener significado ni finalidad alguna pero considerando al mismo tiempo que el hecho de ser animales racionales facilita la posibilidad de que podamos imaginar nuestra perpetuidad negando la muerte es lo que hace en definitiva que nuestros afanes cobren nueva luz. Inocular un resquicio de eternidad en nuestro cerebro tiene la ventaja de poder predisponernos a una acción continua que sería algo así como el preludio de una eternidad futura. En esta situación el presente sólo existiría en tanto como proyección hacia el futuro. El presente se nos escapa para hacerse expectativa de futuro. Un mecanismo del que un viajero o un caminante, cual Gúlliver apresado por los diminutos hilos de los liliputienses, difícilmente escapa si no se anda con cuidado; la idea de saltar de una ciudad a otra , de un acontecimiento al siguiente es un constante peligro que acecha nuestra falta de mesura.

Entro en Grecia y quiero leerme a un puñado de clásicos griegos, amén de algún que otro postre con que acompañarlo, llego a Chipre y necesito leer a Durrell y ver un par de películas, además de ponerme al día con la historia de este país. Y como no debemos de estar a más de cincuenta kilómetros de la costa turca ya quiero leer un tocho sobre el Imperio Bizantino, un libro de Procopio, Historia secreta sobre la corte bizantina, y un tomo de Pamuk, y así sucesivamente. Pobre e ingenuo viajero que creía que iba a tener todo el tiempo del mundo para adquirir el Conocimiento Universal, pequeña e intrusa hormiga que pretende en un año o dos  ponerse al tanto de lo que sucedió en el mundo durante milenios. Y eso sin contar el alzheimer que acecha al viajero con su memoria de grillo.

La obvia perversión de lo obvio


Nicosia, Chipre, 16 de julio de 2015

Las cuatro y media de la mañana. Es noche oscura, las estrellas... espléndidas sobre el zenit. Casiopea que anoche veíamos cercana al horizonte está ahora sobre nuestras cabezas. Como se ve este planeta sigue dando vueltas, con crisis o sin ella, los únicos que seguimos las peripecias del tiempo somos los humanos. Alecciona, impresiona la impasibilidad del firmamento, la impasibilidad del mar. Mientras nosotros corremos de acá para allá arriba o abajo en el ancho mar todo sigue igual. Mientras me llega la inspiración para hacer la crónica de hoy no se me ocurre otra obviedad; a veces sucede así. Pero también es cierto que las obviedades dejan de serlo con excesiva frecuencia por imperativos del guión o porque simplemente ejercemos de gilipollas empujados por un ambiente nada interpelativo, esa clase de población que quiere el imbécil de Rajoy para que el país siga ciego y sordo ante las truhanerías de los listillos de siembre. Lo que hoy es pura mentira y manejo sin escrúpulos ayer llevaba la etiqueta de lo obvio. Décadas de feroz franquismo lograron hacer de lo obvio, la libertad, un sistema de gobierno democrático, la religión, el sexo, un material con el que cualquier ciudadano respondón, un rojo de mierda por tanto, podía ir a la cárcel o sufrir un accidente mortal en una comisaría. Las obviedades son según el ojo con que se miren muy diferentes. Este twit que he leído esta mañana, por ejemplo, de Juan Torres, veamos si es obvio o no: "Lo único que siento en estos momentos hacia Europa y hacia los dirigentes de Alemania es asco". Para mí es obvio, incluso asco y repugnancia son adjetivos que se quedan cortos para nombrar a Alemania y a la UE en relación a su comportamiento con Grecia.

La perversión de lo obvio a lo largo de la historia y en los comportamientos de las personas, mangantes y ladrones erigidos en padres de la patria, criminales y asesinos ejerciendo de paladines de la paz y el orden universal, pederastas en las filas de la Iglesia metidos a salvadores de la feligresía... la perversión de lo obvio es obvia. Es por ello que no viene mal insistir de vez en cuando en lo obvio que tantas veces dejamos de percibir casi siempre por imposición externa.

Hacia mucho tiempo que no dormía bajo un cielo tan estrellado, mucho que no me entretenía en recordar los nombres de esas entrañables compañeras que tantas, tantas veces han sido las fieles amigas de los vivacs, de las noches de íntimo amor con la naturaleza, en cumbres, valles, costas, prados, bosques. Ninguna luz de los alrededores perturbaba la impasibilidad del Triángulo de Verano, la quietud de la Polar, la magnitud de la Osa Mayor, la hermandad de Cástor y Polux; sólo el clac clac suave de las pequeñas olas que chocaban a nuestros pies contra la piedra pómez de la orilla.

Hablaba de obviedades. ¿Por qué somos tan pocos los que cogemos nuestro saco de dormir y nos vamos a un rincón de la naturaleza a pernoctar, a sentir la respiración de la naturaleza junto a nuestra respiración, a vivir la espléndida soledad de los bosques o la orilla del mar. Palabra que no lo entiendo, que a la gente le vendan paquetes turísticos para ir aquí o allí, estar en este o aquel lugar, visitar un puñado de cosas y sin embargo lo que está al alcance de cualquiera, dormir bajo las estrellas, lo practique sólo un puñado de locos es algo que cae fuera de mi comprensión. Yo encantado de que esto sea así, que no me imagino pidiendo día y hora para ir a pasar la noche bajo las estrellas. Casi hay que agradecer a esa panda universal de políticos descerebrados que con una miopía de llevar culos de botella por gafas se empeñan por todos los lados en impedir pernoctar a todo quisque fuera de un hotel o de su casa. Un acto así, una legislación que impide dormir a la fresca y que cada vez es más universal, pone en evidencia la magnitud de la estupidez de los políticos en general. Los políticos, que deberían ocuparse del bien general, de que la población disfrute de su país, de la naturaleza, parecen empeñarse por todos los medios en mediatizar nuestra libertad convirtiéndonos en borregos aspirantes a engrosar paquetes turísticos.

Una delgada línea de luz cruzaba débilmente el horizonte cuando nos alejamos del mar camino de la cumbre de Moutti tis Sotiras, la más alta de la zona, una montaña de trescientos setenta y cinco metros de altura que se elevaba atrevida sobre los Baños de Afrodita hacia el sur. Era una larga subida sin mucha historia, un paseo agradable y algo empeñativo en algún momento, pero nada más. Cuando le llegó la hora al sol éste despuntó sobre unas colinas que mojaban sus pies en el mar al fondo de la bahía de Chrysochou, un medallón rojizo y gordo que en pocos minutos vendría a hacernos la puñeta con su calor agobiante. Pero estaba bonito, sí, señor, como en la mayoría de los amaneceres el sol extendió enseguida su alfombra brillante en forma de lanza sobre el espacioso mar que poco a poco fue saliendo de su adormilamiento mientras nosotros llegábamos a la cumbre, algo más tarde de las seis y media de la mañana. La vista de la cumbre era realmente hermosa, grandes peñascos caían hacia un vacío respetable que harían encoger el estómago a cualquiera. Victoria se negó a dar un paso más adelante cuando yo la propuse hacer una de esa fotos que producen mareo en el espectador con tendencias al vértigo. Había sobre la cumbre algunos bellos ejemplares de retorcidas sabinas que enseguida me recordaron a los más extraordinarios árboles que conozco y con los que me tropecé recorriendo la isla de El Hierro. Voy a copiar uno de esos ejemplares de Canarias de la Wikipedia al final de mis fotos para que os hagáis una idea.

Parte del camino que hicimos lleva el nombre de Afrodita Trail. Lo podéis encontrar en Wikiloc los que queráis daros una vuelta el fin de semana por Chipre. Merece la pena. Lo mismo encontráis un vuelo de Ryanair por dos perras gordas y os animáis.

¿La continuación del día? Un baño en la playa con un agua tranquila y deliciosa, un autobús hasta Polis Chrysochou para recoger un macuto que habíamos dejado en el hotel, otro autobús hasta Paphos y unos minutos más tarde un tercero que nos dejaría en Nicosia, en el centro de la isla, a la hora de la comida. Después del madrugón no pude evitar quedarme sopa durante todo el viaje.

Mi chica estrena gorro


Península de Akamas, Chipre, 15 de julio de 2015

En la prensa de hoy: "Nuestra Eurozona es un lugar muy inhóspito para la gente decente”. De una entrevista reciente hecha a Varoufakis que leí esta mañana. Vivimos en un lugar realmente inhóspito para la gente decente. La rapiña, la mafia, la ley del más fuerte enmascarada en una falsa democracia es la que va a seguir gobernando la UE si alguien no pone coto a la situación. 

Anoche viendo el final de La mirada de Ulises me fue imposible no acordarme de Nostalghia, la película de Tarkovsky. No sé exactamente por qué , la lentitud de las imágenes que se movían en la niebla frente al improvisado concierto sobre la nieve suscitaban impresiones similares a las que me provocaron las primeras secuencias de Nostalghia hace años, allí unas mujeres trajínando a cámara lenta junto a un grupo de árboles con un caballo al fondo, una escena con una fuerza plástica imposible de olvidar. Por la noche busque en El Pirate Bay la película y la puse a descargar en la tablet. Sería la sesión de noche del día siguiente.

Con Tarkovsky igual que con Angelopoulus es difícil decir de qué trata algunas de sus películas. Uno se siente embaucado por la poesía, la música, los silencios, las lejanas referencias, los inquietantes planos fijos que, como aquellos del húngaro Bella Tarr  llegan a hacerle revolver a uno en el asiento, cercano a la exasperación de quien no soporta más la calma chicha que se cierne sobre la pantalla; secuencias expresionistas que parecen estar pidiendo una aclaración que definitivamente no llega, o que sólo entrevemos en flashback y en la sugerencia de vidas que descubrimos entrelazadas por el arraigo de alguna pasión común.

Gran placer el de mirar, sí, mirar, una película de Tarkovsky donde acaso el discurso tiene más que ver con la poesía, la música y la filosofía que con el hecho narrativo, por más que éste adquiera una poderosa relevancia, por ejemplo, en el final de la película en donde uno de los protagonistas se inmola en lo alto de una estatua después de haber arengado a un público mudo e inmovilizado que escucha tal rígidas estatuas. Una lata de gasolina vertida sobre su cabeza y el fuego posterior con una figura envuelta en llamas que cae desde lo alto como una tea ardiendo ante la impasibilidad de los espectadores.

En una película de Tarkovsky mirar y oír son dos hechos fundamentales que se complementan del mismo modo que pueden hacerlo la música y la poesía. En una de sus películas es posible decir como en una sinfonía o unos versos de Cesar Vallejo que no significa nada. Es posible, no siempre. Las sugerencias, las referencias al arte, a los significados vitales aparecen dispersas aquí y allá mezcladas con la búsqueda de una belleza plástica, un escorzo, una perspectiva que unas veces pueden recordar a Velázquez, a mí la larga secuencia a cámara fija en la habitación del hotel me recordaba a Las Meninas, y otras a una partitura de Debussy donde un fondo de olas sirve de soporte a la melodía principal.

Leía en una terraza esperando el autobús y de pronto una especial sensación térmica me vino de algún remoto lugar de Oriente. Un calor húmedo y pegajoso atravesaba los años para hacerme revivir una sensación experimentada en las calles de alguna ciudad de Vietnam o la India. Este tipo de sensaciones las viví muchas veces referidas a los olores, el olor de la pelliza de cuero de mi abuelo, el humo de su tabaco de pipa, el olor de los pañales de mi madre en sus últimos días de vida; sensaciones que me han sorprendido encontrármelas inesperadamente en lugares y situaciones diversas. Andar por una ciudad, una calle y de repente sentir la presencia de un olor que atravesaba algunas décadas recordándome su origen y las circunstancias que lo rodearon. Sin embargo nunca me sucedió esto a nivel de sensación térmica, ese calor húmedo y pegajoso en el que uno entra como si de un baño turco se tratara y en donde permaneces durante días como pez dentro del agua. Unas semanas de verano, por ejemplo, en Manchuria, al norte de China donde era imposible secar la ropa de la colada debido a una humedad que se mascaba.

En la parte más occidental de Chipre, como el punzón agudo de un hacha de sílex, se adentra en el mar la península Akamas, toda ella declarada parque nacional. En ella nos adentraremos hoy y mañana  a pie, más o menos cuando el sol, estirando el brazo estuviera a algo menos de un palmo del horizonte. El agua estaba deliciosamente tibia y tranquila. Era como nadar en una piscina solitaria. Al otro lado de la amplia bahía de Chrysochou, lejos, veíamos la ciudad de Polis.

Todavía anduvimos una hora y media antes de alcanzar la pequeña y coqueta cala de Fontana  Amoroza donde pensábamos montar nuestro vivac.

Ah, por cierto, mi chica estrena hoy gorro, uno de ala ancha que se compró el otro día en el mercadillo de Polis. Me lo ha dicho un par de veces, me gusta, me gusta. En esta ocasión comprar una prenda ha sido visto y no visto, algo bien raro en ella; todavía recuerdo los últimos pantalones que se compró, necesitó tres viajes a Madrid para comprar algo que le gustara; para las sandalias que lleva debió de emplear no menos de una semana mirando acá y allá en un centenar de zapaterías. Y eso que mi chica no es una fémina clásica que si no... para tirarse por un puente.

La Belleza y el Horror


Polis Chrysochou, 14 de julio de 2015

En el segundo tercio de La Iliada: ¿Cómo podía ser de otra manera, que los cristianos inventaran junto con los judíos un Dios diferente de lo que en aquellos tiempos era moneda común, dioses soberbios y prepotentes, que como grandes señores dictaban a su antojo a diestro y siniestro su voluntad y sus manías cual reyes de muchos vasallos? Cómo los cristianos no podían inventar un Dios muy diferente a Zeus o Júpiter, esa imagen reinante por todos los lados. Cuando se lee la Iliada uno entiende perfectamente a ese dios del Evangelio que mandará al fuego eterno a todos aquellos que no acaten a pies juntillas la voluntad de Dios. Si se leyeran más las obras clásicas, por ejemplo, sería mucho más difícil hacer tragar en los tiempos que corren todos estos inventos e historias con los que la Iglesia ha atrapado tan ingenuamente en sus redes a media humanidad. Los primeros cristianos demostraron todo menos imaginación, prácticamente se dedicaron a plagiar al pie de la letra la concepción del mundo de entonces y el organigrama mitológico imperante en los tiempos de su formación, y San Pablo el primero; un Dios iracundo y soberbio, un narcisista, una personalidad neurasténica que con toda seguridad hoy habría necesitado unas buenas sesiones a cargo de un competente psicoanalista.
Lo curioso del caso es cómo toda esta matraca religiosa ha atravesado los siglos indemne al más elemental sentido de la realidad. ¿Es que no es suficientemente obvia la interpretación que hacían de la realidad y de los mitos para incorporarlos al  corpus de sus bases teológicas? ¿Cómo la presión de las creencias sustentadas en un determinado periodo histórico pueden atravesar siglos y siglos de ceguera, aplastando cualquier discrepancia tan fácilmente? El sentido crítico que tenemos hoy y, sobre todo la gran cantidad de información, son elementos que hacen inviable algo que el oscurantismo y el manejo sesgado del conocimiento en épocas anteriores pudieron llevar a cabo sin excesivas dificultades.

Y no se salva ninguna de las principales religiones porque todas bebieron igualmente de mitos y leyendas, la mayoría de las veces en provecho de sus promotores y popes. Ni el taoísmo ni el budismo pueden considerarse en este sentido religiones. Los estudiantes que empiezan a saber de la historia de la humanidad deberían comenzar por estudiar textos antiguos como la Iliada, el Ramayana, el Mahabarata, Gilgamesh. Después de eso tiene que ser mucho más fácil entender cómo se desarrollaron posteriormente las religiones, casi siempre una mala copia de entornos de grandes y todopoderosos señores empeñados en copar la voluntad de los pueblos "a mayor gloria de Dios" haciendo doblar las rodillas al vasallaje frente a su inmenso poder. Patrañas que reproducen el estado de cosas imperantes también en la historia de todos los pueblos de una manera u otra. Los imperios actuales o antiguos, Napoleón, Hitler, Bismarck, Alejandro Magno, Felipe II son un reflejo de esta mentalidad acaparadora, por más que en el bachillerato pretendan mostrárnoslos como los constructores de la historia. La humanidad difícilmente aprende a vivir en la santa paz de la cotidianidad, dioses y gobernantes, reyes, ahora los grandes poderes financieros, luchan infatigablemente para robarnos la sencilla vida de seres que nacen, se reproducen, viven unos pocos años y se mueren. Siempre habrá una absurda Troya que conquistar o un Dios loco al que rendir obediencia y pleitesía.

Mañana de lectura en la semipenumbra de la habitación. El viaje se remansa en torno a los libros y la escritura. Viajar y leer ayudan a mirar la historia y la encrucijada en las que se mueven los países que visitamos. La Chipre asiria, fenicia, turca, inglesa, griega, egipcia, tras siglos de ser gobernada por unos y otros terminó en la actualidad por estabilizar su situación en torno a dos países, la Chipre del sur, de raíces griegas y la Chipre del Norte que fue invadida por Turquía en 1974 y que sólo ha sido reconocida por el estado Turco. Chipre, pese a pertenecer más al medio Oriente, le separan ciento veinte kilómetros de Siria, es esencialmente un país de raíces griegas.

Anoche, mientras veía la segunda entrega de La mirada de Ulises, en donde una parte transcurre en algún río, imaginaba la vida desde el punto de vista de alguien que se deslizara día tras día sobre una almadía en un lento y ancho río. Los largos viajes tienen algo de esa imagen, a tu alrededor continuamente se desplaza un paisaje, junto a ti el sonido de las palabras cambia, unas veces más musical, el caso del italiano, otras más cortante y viril, como le sucede al griego; las comidas se transforman, la musaka sustituye a los espaguetis, el ouzo apenas aterrizar en Tesalónica ya se hace presente. Y tu almadía, tu balsa, sigue su camino, frente a ella pasan los desfiladeros, las montañas, la amabilidad y hospitalidad casi siempre de las gentes del Mediterráneo. Viendo la película última era la sensación de que es el mundo el que se mueve y no yo, no nosotros. Acaso esta sensación tenga relación también con la lectura y el estado receptivo que le sobreviene al viajero lector. Me explico, uno no deja de ser espectador en el tiempo cuando en las mismas semanas lee La Iliada cuya historia debe situarse antes del primer milenio antes de Cristo, El Corsario, de Lord Byron, el libro de Durrell Limones amargos que transcurre en los años cincuenta o la película de Angelopoulos que es posterior. Un espectador que simultáneamente alterna su atención en momentos históricos heterogéneos y que además se mueve en el espacio atravesando mares y países por fuerza debe sintetizar experiencias muy diversas que le ayuden a comprender mejor este mundo, a ver en la simultaneidad de los muchos espacios y los tiempos, el gozo y el horror de la existencia. La película termina en el horror, aunque un horror algo más humano de aquel que expresa con voz dolorosamente irreconocible Marlon Brando en la secuencia final de Apocalipsis Now; en el horror del final de La mirada de Ulises al menos se habla de esperanza, de amor, del olor de los limoneros que volveremos a sentir cuando alguna guerra termine.

Hay tantas cosas hermosas que se amontonan en la vida, las últimas secuencias de la película de ayer en la niebla con una orquesta improvisada en medio de las ruinas y la nieve, el desfiladero que caminamos el día anterior, la sonrisa de la joven que hace un momento llamó a la puerta de mi habitación para limpiarla, el cielo estrellado de dos noches atrás sobre la playa; y sin embargo tantas también que producen horror y hacen la vida penosa. La Belleza y el Horror recorren el mundo y el tiempo como una pareja que caminara de la mano. Y recuerdo ahora otra almadía, ésta de Aguirre o la cólera de Dios, de Werner Herzog, en la que el lunático de Aguirre, representado naturalmente por Klaus Kinski, navegando por un río amazónico termina derivando bajo la locura de éste hacia el horror de la muerte, una hermosa secuencia nos muestra la almadía con el loco sobre ella precipitádose hacia los remolinos de alguna cascada.

Dice en un momento uno de los personajes del film, aquel que precisamente será capaz de revelar al fin la película que motiva los trabajos del protagonista: "soy un colector de miradas desvanecidas". Algo así cree sentir el caminante de sí mismo en ciertos momentos de este viaje.

Mi compañera de viaje, un regalo de cumpleaños


Polis Chrysochou, Chipre, 12 de julio de 2015

En Avakas Gorge.
Entramos en nuestro apartamento de hoy, una amplia sala con cocina y cuarto de baño; en la habitación reina una agradable media penumbra que corta la luz de sol con gruesas cortinas.  Y entonces va mi chica, después de trajinar por aquí y por allí como quien toma posesión de su nueva casa, y dice, después de andar probando todos los interruptores que encuentra: oye. ¿te has fijado que esto apenas tiene luz? Levanto la vista y me la encuentro como un ciego tras su bastón intentando no tropezar con las sillas, la mesa o la cama. La miro y descubro que lleva puestas sus oscurisimas gafas de sol. Pero, tía, ¿por qué no pruebas a quitarte las gafas de sol a ver si ves las cosas con más claridad? Y continuó con lo que estaba haciendo. Un rato más tarde va y me vuelve a hacer la misma pregunta en diferentes términos. La miro. Todavía lleva las gafas de sol puestas. Ha olvidado quitárselas. No sé si me está tomando el pelo. Pero no, habla en serio, sólo que cuando le hice la observación debía de estar pensando en el Aquiles con que se tropezó el otro día en uno de los hoteles y naturalmente no se enteró de nada. No sé yo, no sé yo si vamos a terminar juntos este largo viaje. Es lo primero que nos dijo la farmacéutica del pueblo cuando le hablamos de nuestro proyecto: ¿pero vais a resistir juntos tanto tiempo? Los clientes de la farmacia, que eran unos cuantos aquella mañana y seguían la conversación de nuestro periplo con interés, soltaron una carcajada. Es algo que uno que tenga mucha experiencia de años de convivencia con su pareja no dejará de hacer notar. Y en mi caso todavía más, un tío algo raro de aficiones solitarias no deja de ser un enigma para una larga convivencia en donde tu pareja casi nunca está lejos de ti más allá de dos o tres metros. Y es que el viajero ya no cree en esas amantísimas parejas en las que ni un miserable desencuentro se produce. Así que plenamente de acuerdo con la farmacéutica, jefe. En un libro que leí el pasado invierno, en donde un canadiense y un sueco pasan el invierno cazando en lugares remotos de río Mackenzie en el norte de Alaska, teniendo como hábitat una cabaña de pocos metros cuadrados, el autor habla del llamado mal de cabaña ampliamente, un mal conocido en aquellas latitudes y que cuando se manifiesta hace que la convivencia sea insoportable. Sin aparentes razones entonces todo lo que hace el otro se transforma en odioso para su compañero suscitando su ira. Los que se ven obligados a convivir en extremas condiciones de frío y soledad en reducidos espacios es una lección que tienen que llevar aprendida para prevenir cuando los síntomas se presentan. No creo que la vida en pareja este exenta, al menos en determinado grado, de esta suerte de "enfermedad", de ahí que uno tienda a curarse en salud cuidando los detalles, y si es posible utilizando el sentido del humor cuando empiezan los cucudrulos a asomar la cabeza en la superficie del río, generalmente con la primera bobada de turno. Anoche ya nos reímos montón cuando por enésima vez vino a decirme que los mosquitos, como nos había dicho determinada hotelera, sólo pican al atardecer, cuando todo el mundo sabe de noches en blanco por culpa de mosquitos mierderos que no han parado de picarnos durante horas o zumban a nuestro alrededor a lo largo de toda la noche; cosa que me repetía a diario sin que yo dijera ni mu hasta anoche, que tuve que decirle que era muy crédula y que cada tarde del viaje venía diciéndome lo mismo desde hacía dos semanas. Hasta ahora algo me fastidiaba pero guardaba silencio. Así que anoche se lo casqué. Pensé que se iba a enfadar, pero no, fue brava y consecuente, actuó inteligentemente e hizo lo que tenía que hacer, contestar con humor; actuó como antídoto. Ahora desde anoche ya lo decimos los dos: "no, no hace falta repelente porque como ha dicho la señora de aquel hotel...", etc, y ello aunque haya mogollón de mosquitos. Y nos reímos un tanto de nuestras respectivas manías. El mal de cabaña no va a poder con nosotros y por lo tanto pensamos salir indemnes de esta prueba, pese a los ronquidos de ella, claro, porque yo no ronco, aunque ella, no faltaría más, dice que ronco como un toro.  Como es moneda común que los tíos tengamos siempre razón, algo que confirma la historia de la humanidad, incluyendo al misógino San Pablo al que por cierto echaron a patadas de esta isla; pues eso, que tenga yo razón o no la cosa marcha gracias al sentido del humor, a la experiencia y a otras muchas razones que no es procedente reseñar aquí; cuarenta años de buena convivencia son muchos años. Mi hortelana se ha convertido desde hace mucho en mi compañera de viaje, no en exclusividad, claro, que eso de la exclusividad es una enfermedad contra la que estamos vacunados en nuestra casa, y pensamos llegar sanos y salvos al final del mismo se prolongue éste uno, dos años o el tiempo que sea.

Parece que hoy la hubiera tomado con la hortelana. Pues razones haylas como para casi todas las cosas, y es que la hortelana cumplió ayer años y algo la tenía que regalar y no se me ocurrió otra cosa que escribir algunas líneas sobre nosotros en vez de relatar nuestra magnífica caminata de hoy por Avakas Gorge; decidí hablar de esa proeza que estamos cumpliendo ambos de haber emprendido tan larga aventura atados el uno al otro por una presencia ininterrumpida. Hay gente que no sabe vivir sin la presencia continuada de otros, de su pareja. No es nuestro caso, las personas nos podemos querer sin vivir la empalagosa y continuada presencia del otro. Creo además que es algo favorable; pequeñas separaciones ayudan a crear también la expectativa del reencuentro. La amistad, el cariño, el amor necesitan de la distancia para renovarse y profundizarse.

Si algún día aterrizáis por Chipre no dejéis de incluir la travesía de Avakas Gorge en vuestro itinerario. De nuevo aparece aquí el E4, ese itinerario europeo del que ya he hablado otras veces, que nace en el sur de España y atraviesa Europa hasta Creta; eso creía, que sucede que tras recorrer esta última isla el E4 se sumerge cual Poseidón en el Egeo para salir a tierra en la lejana Chipre, que también atravesará. Hoy recorría el magnífico barranco de Avakas. Y si podéis dormir en una playa cercana para poder empezar a caminar antes del alba, mejor; os ahorraréis un calor fenomenal y os podréis deleitar caminando entre los farallones siempre cubiertos de grandes ejemplares de adelfas, lentiscos, cipreses y, en lo más profundo, pequeños helechos que buscan el agua en los esquivos y umbríos rincones. Siete horas nos llevó atravesar la garganta y alcanzar el pequeño pueblo de Pano Arodes, donde por ser domingo no había ningún autobús que nos devolviera a Paphos. Pero ah, la hospitalidad y la amabilidad chipriota estaban velando por nosotros como aquellos dioses que en el Olimpo se hacían cargo de argivos, aqueos o troyanos según sus personajes gustos. No habían pasado más de unos minutos que anduviéramos indagando por el paradero del autobús cuando tropezamos con un amabilísimo vecino que antes de seguir adelante con lo del autobús nos sirvió grandes cantidades de agua fresquita en las crateras con que se saciaba la sed de los atrevidos peregrinos del pasado. Y más conociendo que llevábamos desde las cinco de la mañana caminando desde la orilla del mar. Allí estaba ya el vecino comunicándose por teléfono con el alcalde para averiguar el asunto del autobús, que realmente no había por ser domingo. Lo que no fue problema porque Christo, nuestro anfitrión, se ofreció de inmediato a llevarnos en su coche a un pueblo cercano donde sí pasaba el bus. "Aquí mi esposa", una norteamericana que conoció en Londres, "aquí (el nombre del perro en griego, que no pudimos retener)" . En fin, como amigos de toda la vida. Y en el trayecto hablar de Europa: "Grecia caput, España caput, Portugal caput, Europe caput, Alemania, pam, pam, pam...". En castellano: Alemania: cabrones. Nos despedimos efusivamente en la parada del autobús.