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Milán, un punto de inflexión.




Milán, 12 de agosto de 2019. 


Mañana de hotel e indolencia. Nada que hacer que no sea recrear la memoria y escuchar el lejano y cotidiano ruido de la ciudad. Hasta ayer era el caminante, el vagabundo; esta mañana soy un cuerpo indolente a la espera de que llegue la hora de un vuelo que se postergará todavía veinticuatro horas. 

Me manda Pepe Moreno unas líneas desde La Pedriza, total, un trozo de nuestra casa de todos los años de la vida y que tengo abandonada desde hace tanto tiempo que enseguida me dan ganas de pasar unos días en ella. 

Desde la mañana de hotel frente el ventilador a fin de cuentas todo es entretener los días, soñar, despertar de vez en cuando, sentir que la corriente de la vida, como ese río de Jorge Manrique, va dejando allá unas montañas, acá un meandro en cuya curva se insinúa una playa, crece un cañaveral o se yergue la punta de lanza de unas espadañas. 

Y la vida sigue pasando silenciosa e imperturbable mientras nosotros, entretenidos con los bucles del viento o el ensortijado rumor de las olas inventamos, como don Quijote, entuertos que desfacer o cometidos que emprender sin otro objeto que el de distraernos de la realidad última que en forma de guadaña va segando la vida y poniéndonos a cada uno en nuestro lugar. Sí, obviamente Shakespeare, pobres cómicos que se pavonean y agitan una hora sobre la escena.

Desnudo sobre la cama, la ventana abierta de par en par, quizás así entre un poco la brisa de la mañana, los minutos pasando sin prisas, una chica joven con una falda corta hasta el ombligo que entra sin llamar, que parece muda y que me da la espalda y se agacha para vaciar la papelera enseñándome de paso el chichi, lo que lógicamente produce una pequeña convulsión en mi adormilado volcancito. Y tirar de las palabras como si éstas fueran criaturas que traer al mundo y que se resisten allá todavía envueltas en la acogedora humedad del líquido amniótico protegidas por una rosada y ensortijada vulva. 

Tras una noche de mosquitos que apenas me dejaron dormir, una bienhechora laxitud cruza la mañana. En las cercanías alguien ensaya reiteradamente una estrofa al piano. Quizás no sea mala idea quedarme todo el día en la cama, dejar que el mundo y las ideas rueden por mi cabeza como en una noria, vueltas y vueltas los cangilones subiendo llenos de agua del fondo del pozo para ir a verterla en los surcos de una huerta, esa que alimenta las raíces del inconsciente, los recursos de la memoria. 

Ya lo dije alguna vez, de alguien que se fue a la guerra para ver si entre el cruce de las balas y fragor de los cañones se le alentaba la escritura. Algo así está mañana, que no teniendo otro cometido a mano que mirar a las musarañas estaría dispuesto a buscarme por ahí una de tantas guerras que hay a ver si así mis despiertas ganas de escribir encontraban inspiración para continuar este largo periplo que comencé hace un par de meses al otro lado de los Alpes, porque habiendo quien gusta de la alta cocina o del yantar en general bien puede comprenderse que otros encuentren, a veces, un sofisticado gusto en la escritura, que autores sé que el cumplimiento de ella puede llevarles al orgasmo escritoril, que es cosa, como decía Baroja de los viajes, que no desarrollará mucho el magín pero que contribuye a pasar a través del tiempo de una atractiva manera. Bataille iba todavía más lejos, escribo para no volverme loco, decía.

Ahora, es ya  por la tarde, de nuevo en porretas y con el ventilador ante mis narices y a pocos centímetros un aparatito de esos ahuyenta mosquitos que compré en una tienda cercana, por cierto que me llamó la atención, y busqué y encontré en Internet, que en Milán los mosquitos son una plaga; me siento feliz porque la habitación que ocupo, que es para dos huéspedes, no va a tener más cliente que yo mismo, ya que la otra cama, que había sido ocupada la noche anterior por un israelita, ha amanecido con una gran meada sobre el colchón. Cualquiera diría que un hombrón como Roy con el que estuve de charla un buen rato, rostro inteligente y de hábitos sistemáticos, ayer usaba la alarma cuando trabajaba con el portátil para secuenciar su trabajo al modo del método Pomodoro, parece mentira que pudiera sufrir de incontinencia. Pobre hombre. Cuando me desperté ya se había ido. Me lo imagino no haciendo noche durante todas sus vacaciones, pasaba un mes en Italia de turismo, más que una vez y dejando tras de sí cada día un colchón totalmente empapado de orina, y la cosa me produce cierta angustia compasiva. Una vez, estando de viaje por Egipto con Victoria y mi hijo mayor, tenía entonces unos cinco años, caímos en un hotel que había sufrido una repentina  inundación. Como consecuencia no pudieron ofrecernos más que una enorme y barroca suite de estilo victoriano de espesas alfombras y cortinajes orientales. El dudoso gusto de todo aquello que más parecía diseñado por un perezoso estilista que otra cosa, a la mañana siguiente quedó bautizado, como hoy, por una de esas esporádicas meadas que Guille por entonces todavía sufría. A la chica que enseñaba el chichi esta mañana y que recogía la ropa de cama perezosamente, se le esbozó un descomunal gesto de fastidio al ver aquel charco sobre el colchón. Yo naturalmente me alegré porque ello implicaba tener una gran habitación para mí solo por un más que módico precio.

Puestos a escribir las experiencias en los hoteles de todo el mundo podría ser ello también fuente de inspiración para relatos relacionados con los viajes. Pero no da la vida para recoger tantas sabrosas anécdotas que los años de viajar por el mundo proporcionan.

Me despiertan de la siesta los truenos de una tormenta. Vaya, aquí también. También esta lluvia pertenece a alguno de los viajes por Oriente; el monzón inundando las calles, el olor del vapor remozado de humedad. Me preparo un par de tazas de té, me como unas uvas, miro por la ventana: estoy de viaje. Podía estarlo. ¿Por qué no? Ese bofetón de calor húmedo con que se tropieza tu cuerpo es como aterrizar en el Sureste Asiático. Lo malo de los viajes es que ahora hay que viajar a sitios raros y remotos donde los turistas no sean una plaga devoradora de todo lo que pisan.

El té que se queda pegado a la memoria de las papilas, té verde aromatizado con hierbabuena en el Magreb, los múltiples sabores también del chaé de la India, o el té turco servido en su vasitos acampanados, el sabor amargo del mate atravesando la bombilla hasta tu lengua, o aquel otro servido en el altiplano andino de Bolivia acompañado por hojas de coca que alivia el mal de altura. Hoy es un simple earl grey, pero, igualmente, tomado mirando la lluvia por la ventana sabe a Vietnam y Camboya. ¿Cómo era aquel dicho del té de los tuaregs que relacionaban con la vida?: dulce como la miel y amargo como la muerte. Eso libros que se leen en lengua extraña mientras atraviesas Pakistán o Irán. 

Ahora suenan las campanas de la catedral, monótonas y reiterativas como la lluvia misma. 


Un paseo por las calles de Turín



Turín, 5 de agosto de 2018 



Esta necesidad de hablar conmigo mismo que arrastro desde tantos años atrás, especialmente en esas largas caminatas por montañas o por el suelo patrio, hoy en un aeropuerto italiano, mañana en cualquier parte del mundo… Siempre la duda de su continuidad, o más bien la duda de compartir estas impresiones en el miradero de las redes.

Reflexiono ante este hecho y encuentro que la persistencia de los pensamientos es tan liviana a veces que necesita de la escritura para llevar a éstos adelante y darles una cierta trabazón, trabazón para mí, se entiende. ¿Por qué y para qué? Acaso simplemente para aclararme o también porque surge así y en vez de coger la calle de enfrente tuerzo a la derecha sin que tenga que preguntarme constantemente por la razón de estos actos. Estoy en el mundo, estoy vivo y mi cuerpo, además de respirar y mi corazón bombear sangre hacia mi cerebro y mis extremidades, secreciona sustancias o pensamientos que a veces van a parar a las yemas de mis dedos como pajarillos ociosos que se ponen a cantar a la vera del camino sin razones especiales, simplemente porque les sale de dentro.

Así era esta mañana, mañana de domingo, mientras atravesaba a pie la ciudad de Turín camino del autobús del aeropuerto. Había salido del hotel y las calles estaban desiertas y recordaba una mañana similar en las calles de Santiago de Chile en que un autobús nos había dejado al borde de la madrugada en el paisaje desértico sus calles silenciosas. Impresiona una ciudad vacía en la que el sonido de tus pasos no tienen otro eco que el silencio de los durmientes arropados en el obligado descanso dominical. Y yo atravesaba las calles, esta mañana ayuno de pasiones y proyectos, y me preguntaba sobre la aleatoriedad de cómo vienen los deseos y se instalan en los conductos neurales y si, como decía el protagonista de El mundo de Apu, la única razón de vivir es vivir, lo que equivale a decir que no hay razón para la vida, que se vive y sanseacabó, entonces no hay nada que hacer que no sea dar un paso tras otro, seguir adelante. Pero me asaltaba una duda, me venía a la mente aquella vieja sentencia de Séneca de Vivir es militar, nada que sea quedarse con los brazos cruzados, la vida es litigio, lucha… ¿Entonces? ¿Y lucha para qué? ¿Para no caerse de la bici tener qué seguir pedaleando? ¿Para no caer al suelo seguir batiendo las alas en el aire? 

Y en esto pasó frente a una iglesia que tiene las puertas abiertas de par en par, ya empieza a hacer un calor de órdago, y oigo lejanamente los cantos que acompañan la liturgia de una misa. Y sus fieles me parecen resucitados medievales salidos de una mala comedia de Woody Allen que a falta de ciertas desmesuras del sexo han elegido a un alienígena divino para que ajuste sus problemas personales y su miedo a la muerte. 

Vivir, traer hijos al mundo, ¿reproducir at infinitum los dictados ciegos de la especie cuyo único cometido es mantener el flujo palpitante de la vida en continuo movimiento? Ayer en un whatsapp de mi familia Ana había puesto una imagen de mi nieto Manuel con la cara de llena del tomate de unos macarrones que se estaba comiendo; enseguida yo localicé una foto similar de su padre, mi hijo Mario, a la misma edad que su hijo en parecida situación. Casi cuarenta años separaban a estas dos imágenes idénticas. La envié. Me pareció un fiel ejemplo de esa reiteración con que la vida se repite de padres a hijos. ¿Estamos condenados a repetirnos, replicarnos durante generaciones a nosotros mismos sin otras pautas que nos sea volver a engendrar para que nuestros hijos a su vez engendren y vuelvan a hacerlo nuestros nietos? Mirando a la Naturaleza tal cosa es tan evidente que parece ridículo que los humanos queramos ser especiales y salirnos de esa norma tan lógica y que queramos así a la postre cargar de significados extras nuestra existencia. Los ciclos de las plantas, las hormigas correteando por todos los entornos del planeta muriendo y reproduciéndose, los peces en la inmensidad de su número y las aguas en que viven… a todos ellos, y a cada uno en particular, ¿alguien en su sano juicio se atrevería a asignarle una finalidad que no fuera única y exclusivamente la de reproducirse infinitamente? 

Estoy en el aeropuerto, levanto la cabeza del teléfono en el que voy dejando estas consideraciones, y me encuentro con cientos de pasajeros, con grandes paneles que anuncian coches, productos de cosmética, películas, tantas cosas destinadas, según los anunciantes, a hacer a la gente que los mira “felices”; de hecho tantas cosas para “hacer felices” con sus beneficios aquellos que venden coches, cosméticos o películas. Todo un magnífico proceso de retroalimentación en el que estamos insertos la mayoría. Autoengaños y engaños en definitiva para mantener en movimiento un sistema sin rumbo, uns vida que no tiene finalidad, pero que ya que estamos tenemos que darles un aire de consistencia que alimente el engranaje de la propia subsistencia sin que tengamos que hacernos demasiadas preguntas. 

Y en esta función en que cada uno estamos metidos, a estas alturas me surgen otras preguntas relacionadas con mi “manía” de llenar de palabras con las yemas de mis dedos la pantalla de este pequeño trasto telefónico. Por ejemplo esa costumbre, no sé si buena o mala, de airear mi soledad, mis manías, mis lecturas o mis puntos de vista sobre esto o lo otro en el pizarrón del ciberespacio. Mientras un hormiguero humano parte hacia distintas partes del mundo o aterriza procedentes de lugares remotos en este aeropuerto a mí, que estoy desocupado y que llegué al aeropuerto horas antes de la salida de mi vuelo, me da por divagar por allí por donde mis pensamientos les da por tirar. Así fue cómo recordé al tal Casado (llevó mes y medio sin abrir un solo día la prensa) que parece haber sido elegido para un puesto de responsabilidad en la derecha de nuestro país, y me admiro de que un niñato como este hombre se le pueda dar vela en el entierro de la fiesta nacional. Y parece que sí, que en esta democracia que vivimos (la palabra democracia siempre debería escribirse entre comillas) cualquier sinvergüenza o imbécil de turno podría gobernar un país. Es tal el ínfimo nivel de nuestros políticos (ah, la dichosa e inevitable costumbre de generalizar…) que produce, eso, admiración, que la vulgaridad más vergonzosa pueda llegar a los aledaños del poder. 

Y atravesando todavía las calles de Turín voy dejando atrás un buen puñado de Iglesias. Sí, en medio de todo este fenomenal embrollo de la vida y la sociedad por la que me paseo en esta calurosa mañana de domingo, ahí está la Iglesia, amigo Sancho, con su Dios de pacotilla, sus intereses económicos, su hipocresía contribuyendo a la confusión general de la existencia. 

Mi espera en el aeropuerto, a falta de otra cosa, ha terminado convirtiéndose en un peculiar paseo por las calles de Turín. No me queda más tiempo. Mi vuelo está a punto de partir.






Desobediencia civil


Roma, 21 de junio de 2015

Hoy, despanzurrado en bolas bajo el ventilador de la habitación de hotel en la ciudad de Roma, comienzo por fin la lectura largamente postergada de Thoreau, su Desobediencia civil que tiempo ha me recomendara con insistencia Cive, nuestro amigo del Navi, seguidor compulsivo del admirado Thoreau. Fuera suena insistente una sirena de ambulancia que trata de abrirse paso en la turbamulta del tráfico.

Leer a Thoreau a la luz de los tiempos que corren es como aproximarse al paisaje del sentido común con una especial posibilidad de clarividencia. Es tan espesa, tan densa la realidad en la que los medios y la presión social nos mete a base de sobreinformación, manipulación y distorsión de las realidades más elementales que cuando uno se toma un respiro y lee a una mente clara como la de Thoreau es como si de tus ojos desaparecieran unas enormes cataratas que te hicieron perder el norte.

Lectura refrescante que ayuda a volver a las raíces, a las esencias de nuestra condición moral en absoluto emparentadas con la cabeza loca de un Estado empeñado en hacernos pasar por desvalidos incautos a los que cuidar a cambio de que les entreguemos toda nuestra voluntad y un cincuenta por ciento de nuestras rentas. El modo en cómo la injusticia se hace señora y mandataria de nuestras instituciones a fin de dar satisfacción a las clases más acomodadas y reafirmar así el modos vivendi de los los ladrones, los jerarcas de las iglesias o los listillos que siempre como un virus han poblado el mundo, es un clásico ciclo que se repite desde los tiempos prehistóricos. El hombre es un lobo para el hombre. Sólo que la estrategia "educativa" del Estado, cuando no el empleo fuerza, sigue siendo tan poderosas de conseguir hacernos ver las aberraciones como cosa de sentido común. Un ejemplo, cuando una ministra de economía socialista mantiene que la dación de pago es algo inviable que arruinaría a los bancos, esta señora asume el punto de vista de que frente a la ruina de un banco la ruina de los desahuciados es insignificante, aunque el banco haya sobrepasado con creces el estándar de riego que una institución sería debe guardar. El punto de vista de quien defiende a las instituciones financieras y su injusticia, su usura, frente al sentido común y la injusticia termina por imponerse en el corpus social al punto de hacernos pasar por lógico y moral lo que es una clara aberración ética. O cosas como las propuestas de Aguirre para hacer desaparecer los mendigos de las calles de Madrid porque afean ante el turismo la ciudad, transformando lo que es un grave problema social en una labor de limpieza para maquillar la realidad de la ciudad y sus vecinos.

Desde aquí, desde las alturas de una habitación en el centro de Roma no se ve al Estado Español por ninguna parte, pero se hace notar en el mismo momento en que me decido a hojear los periódicos de España.

Me gusta Thoreau, esa mirada refrescante que tiene sobre la realidad y que es capaz de echar abajo con unas pocas líneas cualquiera de las convenciones más corrientes. Así: "Las oportunidades de una vida plena disminuyen en la misma proporción en que se incrementan lo que se ha dado en llamar "los medios de fortuna"". O esta afirmación que con tanto empeño los padres de la patria se empeñan en denostar: "Lo deseable no es cultivar el respeto por la ley, sino por la justicia", una afirmación tan peligrosa que de llevarse a cabo podría dar la vuelta a todas las acciones de las instituciones del Estado poniendo éstas a disposición de los ciudadanos y no de las sanguijuelas y garrapatas que asolan nuestra sociedad.

Ayer tarde nos dimos un largo paseo hasta el Vaticano para tratar de recoger los últimos rayos de sol de esta casi siempre dorada Roma del final del día. El Vaticano me da dolor de tripa siempre, no lo puedo remediar. Comprobar en lo que ha quedado convertido el mensaje evangélico siempre me produce rubor ajeno. Le decía a Victoria que si la Iglesia vendiera todo lo que tiene y lo repartirá entre los necesitados y el papa Francisco se fuera a vivir a un sencillo piso de las afueras, la Iglesia Católica adquiriría una credibilidad y una coherencia que no ha tenido nunca, pero, ay, no estábamos seguros de qué caminos tomaría los meapilas, esa gente cuyas fortunas se han gestado durante siglos bajo el amparo de la Iglesia. Tampoco estábamos seguros de cual seria la actitud de un periodista que hiciera una entrevista al Papa en su domicilio. Acostumbrados a eso de tanto tienes tanto vales, imaginábamos al periodista hablando al Papa desde la altura en que cierta gente se dirige a los mendigos. El mensaje del Evangelio era tan revolucionario que fue imposible que no se metamorfoseara en el reflejo de eso que ha caracterizado siempre a las élites: poder, dinero, magnificencia, arrogancia. No necesitó mucho tiempo la Iglesia para transformar el mensaje evangélico, todo ese derroche de humildad que corre por sus páginas, en lo más opuesto de las enseñanzas de Jesús. Y lo cojonudo es que esta gente, pretes y demás oficiaconfusiones, llevan dos mil años haciéndonos comulgar con ruedas de molino manteniendo que todo esto que han hecho es a mayor gloria de Dios. Y millones y millones de creyentes creyéndolo a pies juntillas. Para mear y no echar gota.

Imágenes
La primera foto. Quiero sacar a las palomas volando y le digo a la hortelana: anda, espántame un poco a las palomas. Y la tía va, se pone delante de la cámara y me espanta las palomas. Este es el resultado. Vivir para ver...

Palazzo Massimo


Roma, 19 de junio de 2015

¿Que se hacía en esas casas acomodadas del tiempo de los romanos con sus sirvientes y sus calvas llenas de pensamientos, aparte de beber cerveza y vino, comer pan y carne, mear o follar? Lo mismo sucede en los siglos subsiguientes, afirma Knausgar, la idea de lo que era el ser humano, las ideas sobre el mundo o la naturaleza cambiaban, se intentaban cosas útiles e inútiles, la ciencia penetraba cada vez más en los misterios del mundo, pero nadie soñaba con dejar atrás la cerveza o el vino. En el fondo así parece ocurrir con todo. Uno no piensa de manera muy diferente cuando pasea por las salas del Palazzo Massimo que contienen una abundante colección de esculturas, mosaicos y restos de lo que constituían el soporte del bienestar de la gente adinerada de aquella época.

No es fácil acertar a expresar ciertas intuiciones que corren por la cabeza desmitificando la idea esa de que "las ciencias avanzan que es una barbaridad", que cantaban en la Verbena de la Paloma. Aparentemente todo cambia pero como se anuncia en El Gatopardo, es necesario cambiar todo para que todo siga igual. ¿A qué si no todos esos fundamentos de la vida que siguen vigentes y a los que me refería más arriba, incluido el refrescante y espléndido sabor de la cerveza?

La actitud con la que uno pisa las salas de un museo es un hecho interesante a tener en cuenta, acaso más importante que lo que objetivamente ese museo alberga, porque va a ser esa actitud la que va a hacer que conectemos o no con la época y su gente. El tópico de que en dos mil años hemos cambiado una barbaridad se desvanece cuando se visitan esta clase de museos. Hombre, si se considera que un ipod o un teléfono de última generación es determinante para la vida de la gente,  pues sí hemos cambiado mucho (para algunos), pero si nos referimos a asuntos esenciales, la vida familiar, la política, nuestra casa, la relación con los otros, esa barbaridad de cambio queda en acaso poca cosa. Los frescos de la planta superior muestran jardines, pájaros, algo que cualquier hijo de vecino añoraría  en nuestros días como espacio para vivir; otros hacen referencia a banquetes, a actos sociales; el buen gusto y el aprecio por los objetos bellos, por los cuerpos de hombres y mujeres, las escenas de guerra, la apostura y donosura de los bustos esculpidos en mármol; una lejana réplica de los selfies accesibles hoy a todo el mundo sin necesidad de tener un gran patrimonio hablan de la necesidad de retener la fugacidad de nuestro presente en mármol o en bytes, hablan de un gusto refinado y del placer de disfrutar de las pequeñas cosas.

A mí los ojos me hacen chiribitas después de hora y media de ver estatuas, pero ahí queda esa sensación de que el mundo apenas cambia, el mundo familiar y social, la lucha por el poder: Rómulo matando a su hermano Remo; los delirios, Nerón incendiado Roma; la vida disolutala, Calígula y sus bacanales; la santidad del gurú metido a emperador, Marco Aurelio. Todos ejemplos que podemos rastrear hoy fácilmente en nuestra cultura.

Por la tarde tocó una larga caminata por el Coliseo, las orillas del Tíber y el dédalo de las callejas que rodean la Piazza Navona.

Roma


Roma, 18 de junio de 2015

Hoy he empezado a recuperar mi vida cotidiana, esa en la que espero instalarme para convertir un largo viaje en una sosegada mezcla en donde la vida personal, la lectura, los ratos de silencio puedan mezclarse con la toma de contacto de los países que visitamos.

Nuestra habitación, situada en el último piso de un edificio de época frente a la céntrica Stazione Termini, fue un reducto de silencio por la noche, pero avanzada la mañana es un ruidoso espacio a donde llegan las voces de la gente, las bocinas y el ruido de los motores como subiendo por el hueco de una chimenea. Cosa de acostumbrarse.

Me he propuesto hacer de mi tiempo algo diferente a una carrera contra reloj para visitar todo lo que se me ponga por delante y así está mañana ya he decidido quedarme en la habitación para trabajar. Me he traído el manuscrito de una novela mía que tengo en mucho aprecio, "Medio metro de ternura", para darle un buen repaso y depurarla de muchos asuntos que no me gustan. Así que en eso consiste mi tarea matinal en este segundo día de estancia en Roma. Hay ciudades que has visitado tantas veces o en las que has vivido tales aventuras que casi forman parte de tu escenario cotidiano. La primera vez que visité esta ciudad fue en septiembre del sesenta y nueve. He contado esta historia en otro lugar, pero no importa, la repito. Habíamos hecho un largo viaje por Europa en una Vespa de 125 cc, habíamos llegado a Estambul, regresado por Grecia, y en Roma, acorde con nuestro bajísimo presupuesto, Emiliano y yo nos habíamos ido a dormir a la céntrica plaza de Cinquecento. Estábamos rotos después de una larguísima jornada turística, así que pusimos el aislante en el primer hueco que encontramos, nos desnudamos, metimos todo en los macutos y en pantalón corto nos colamos en los sacos y nos dispusimos a dormir después de haber introducido las correas del macuto bajo el aislante para que nos alertara en caso de que alguien quisiera arramplar con nuestras cosas. Caímos en un sueño de plomo. Una hora más tarde algo nos despertó, no supimos el qué. Nuestros macutos habían volado. Dimos un salto de puro susto pero la plaza estaba desierta y silenciosa. A partir de ese momento fuimos dos extraños personajes vagando por la noche en pantalón corto con el saco de dormir colgado sobre el hombre a modo de talego de mendigo. Anduvimos más de una hora hasta que encontramos una comisaría. El regreso a España fue una odisea, en el Consulado nos dieron mil cuatrocientas pesetas y con eso nos apañamos para la gasolina y para comprar pan. También tuvimos que robar en algún supermercado y asaltar alguna huerta para subsistir. De aquellos días la sensación más clara que tengo de la aventura romana fue de desolación, ese caminar en la semioscuridad de las calles, tan lejos de casa, tan desvalido, entonces apenas era un pipiolo de veinte años recién cumplidos, por el silencio de la madrugada como un proscrito tiene hoy en mí la resonancia que dejan los hechos significativos, esas punzadas breves pero intensas que valen por unos años de universidad de la vida.

Ayer, cuando el sol caía y empezaba a pintar de color caramelo las fachadas, salimos a dar un largo paseo hasta plaza España, el lugar ideal de los turistas para descansar en la alta escalinata y hacerse unos cuantos selfies. Roma continua siendo uno de los lugares centrales del mundo con París, una ciudad en donde uno se siente como si estuviera en los alrededores de la puerta del Sol.

"De acuerdo, decía el personaje Karl Oven, estaba viendo el bosque, me paseaba por él pensando en él. Pero todo el significado que yo sacaba de él procedía de mí mismo, yo lo cargaba con algo mío". Quizás suceda algo parecido con las ciudades que visitaste en tiempos lejanos. Cuando atravesé París por primera vez, apenas tuve tiempo de dormir junto al Sena y recorrer su ribera al día siguiente, me dirigía entonces apresuradamente en auto-stop a un pueblecito de la Lombardía en donde habría de vivir hasta la siguiente primavera; entonces, lo que cargaba de mí era la Corte de los Milagros y la mítica historia de Quasimodo trepando por la fachada de Notre Dame de París. La fantástica novela de Victor Hugo, Nuestra Señora de París, que había leído recientemente, tuvo la facultad de llenar mis expectativas de esta ciudad con toda la tramoya medieval que describía aquel libro, especialmente la de aquel personaje deforme que huía de sus coetáneos para encerrarse en la soledad cíclopea de los sillares de la catedral. Las vistas posteriores a París no estuvieron en ningún momento exentas de este tipo de representaciones. O era Hemingway, o los pintores impresionistas, o los personajes de Los Miserables, o las secuencias de Jean Renoir o René Clair, esos días en que París era el centro del Mundo.

Y siguiendo esta línea qué no decir de Roma, aparte de su significación como centro del Imperio Romano. Visconti, Sofía Loren, Mastroianni, Rossellini, una buena parte de todo el neorrealismo italiano gira en torno a Roma... Y los papas y sus deseos de grandeza terrenal abanderados por Julio II. Las ciudades crecen y exportan su historia a través de la literatura, el cine, la música, siendo el arte lo que nos acerca a ellas y les da la vida que nosotros apreciamos en ellas. Pasear por sus calles nos trae siempre la resonancia de lectura y cine que hemos seguido durante décadas.

Hoy terminaríamos el día con arias de Rossini, Verdi,  Donizetti y Puccini en St. Paul's. "Si può morire d'amore". No es fácil, pero poder se puede, aunque lo diga Puccini

Pasear por el tiempo


Cagliari, Cerdeña, 16 de junio

"El mundo  es siempre el mismo, lo que cambia es la manera de contemplarlo". Probablemente, y por eso buscamos momentos privilegiados para contemplar el mar o las estrellas, para ver de otra manera  el mundo; la hora mágica del alba, los privilegios de los días de luna para mirar las graciosas curvas del Taj Majal; por ello nuestra infancia es siempre el momento de la felicidad y la libertad.

Empleamos la mañana en pasear por el tiempo. En el museo arqueológico la línea de tiempo comenzaba con la cultura nuraga, allá por la edad de Bronce, y recorría los siglos una vitrina tras otra hasta llegar al tiempo de los romanos.

El tiempo también transcurría por la vecina pinacoteca, pero ahora era un tiempo triste lleno de sufrimiento y rechinar de dientes. En la Tierra había nacido una nueva religión cuyo maníaco Dios había enviado a su hijo al Mundo con la disculpa de redimir a éste de un llamado pecado original que justificase por parte de ese Dios el desmesurado deseo ser amado "por encima de todas las cosas". Un analista moderno habría diagnosticado a este Dios un enfermizo delirio de grandeza, pero todavía estábamos muy lejos de los trabajos de investigación de Freud. Fue este Dios diseñado especialmente por San Pablo el que cubrió de tristeza y dolor las riberas del Mediterráneo. El museo de esta mañana daba cuenta de ello. El oscuro mundo del Medioevo, adobado de divinidad, venganzas, muertes en la hoguera, siempre todo ello bajo la batuta de esa triste institución que es la Iglesia Católica, aparece en las breves salas del museo sin la gracia que les otorga la mano de los grandes artistas; melifluas vírgenes, toscos sanjuanes, cristos desgarrados por el peso de su propio cuerpo colgando del leño de la cruz. ¡Triste aspecto el de la gente de esta época!

En la hora de la siesta sigo el rumbo en la novela de esos protagonistas que semanas atrás habían tenido una hija. Están aburridos, eligen sin embargo para aquella noche una de esas películas con que dar un ligero barniz de cultura a sus vidas: Starke, de Tarkovsky. Él había intentado verla en tres ocasiones, pero en todas ellas no había sido capaz de pasar de las primeras escenas. Comienza la película y a los pocos segundos ella le pregunta:
-¿Te importa si me duermo dentro de un rato?
-Claro que no -dice, rodeándola con un brazo.
Éste mira transcurrir unos segundos la cinta. Linda le pone una mano en el pecho. Él la besa y ella cierra los ojos... Él le besa el vientre, los muslos...
-¿No vamos a poner medios? -susurra ella.
-No -contesta él.
Y poco después se corre dentro de ella.
-Ahora tendremos otro niño - dice ella a continuación. Ella no tarda en dormirse y él entonces continua con la película, una secuencia en que todos los objetos de una mesa vibran cuando pasa el tren. Nueve meses más tarde nacerá un nuevo ser sobre el Planeta.

Estas casas que alquilamos últimamente son como prolongación de nuestra propia casa, dormitorio, cocina y un pequeño patio rodeado de plantas y flores. Es grato pasar la tarde leyendo, escribiendo o tomando un té en un tranquilo barrio de la ciudad.


Imagen 1. Día de elecciones.
2. Guerrero nuraga cantando la Internacional en porretas.
3. Parto de cabeza.
4, 5 y 6. El tiempo escultor. Las ánforas se convierten en lienzo donde el tiempo se entretiene en esculpir y pintar.

De parto


Siliqua, Cerdeña, 15 de junio

Sendero Matzanni. Sobre los pueblos cercanos de Siliqua y Vallermosa. , a poniente, se alzan unas altas colinas, se esconde amén de dispersas ruinas nuragas, pequeños rincones bellos y tranquilos. Cuando amaneció diluviaba así que pudimos dormir un buen rato más. Quedó un día cubierto para caminar y hacer un bonito recorrido de cuatro o cinco horas. Pinares, robles, encinas y desde arriba un llano a punto de agostarse salpicado de pequeñas aldeas.

A las tres y media estábamos comiendo en un bar. Había que hacer tiempo hasta que abrieran el supermercado y allí volví a a abrir una novela que leo de de bastante tiempo atrás.

Nunca el relato de un parto me había llegado tan emotivo y cuestionador como el que acabo de leer hace un momento en la tetralogía del noruego Karl Oven Knausgar. Leyéndolo mi primer sentimiento fue de culpabilidad. ¿Cómo podía haber estado yo tan lejos de semejante arrobador y esencial acontecimiento. Sí, aunque por entonces, hace treinta y tantos años, no estuviera permitida la asistencia al marido a los partos. Aún así, el primero porque, hijo temperamental de un espíritu espartano que admiraba en mis lecturas la aventura de una joven pareja de alpinistas polacos que habían subido a la cabaña Valot, justo bajo la cumbre del Mont Blanc, a preparar el parto de ella, quizás consideraba "aquello" muy normal; recuerdo que la dura vida de la montaña de aquellos tiempos siempre cada uno al filo de su propio imposible, nos había endurecido hasta el punto de llegar a familiarizarnos con el sufrimiento y la muerte, tan jóvenes como eramos, hasta límites difíciles de concebir. Ahora, lejos de aquel contexto que la montaña nos había hecho vivir, parece como si volviendo a imaginar esos partos que viví desde ese espíritu espartano llegara a mí una retrospectiva nueva que habla de mi perplejidad por no haber vivido aquellos momentos del parto de una manera más intensa.

El nacimiento de nuestros mellizos fue sin embargo algo diferente. Yo trabajaba en una escuela de una remota aldea de Asturias, nuestro hijo, Guille, tenía dos años y medio y Victoria rompió aguas a la una de la madrugada. Tuvimos que dejar a Guille precipitadamente con una vecina y salir pitando para Oviedo. Este hecho fue determinante, aunque era muy sociable aquello le afectó mucho y nada más dejar en el hospital a Victoria tuve que rehacer el camino para encontrarme otra vez con él. Victoria quedó en una clínica al cuidado de los médicos y yo tuve que regresar al pueblo a ocuparme de Guille. Al día siguiente alguien desde la clínica llamó al único teléfono del pueblo diciendo que Victoria había dado a luz pero que había sido trasladada al Hospital General de Asturias. Todo se precipitó, se presentaron problemas, una parte de la placenta se quedó dentro, tuvo una enorme hemorragia y mientras tanto Guille vivía una crisis de extrañamiento que lo mantuvo en pleno llanto durante horas. Además nacieron sietemesinos, Mario pesaba apenas algo más de un kilo. Era una situación complicada en grado sumo. Quizás, pienso ahora que lo escribo, toda aquella situación hizo que viviera el parto desde una relativa distancia que hoy me parece totalmente fuera de lo normal.

Sin embargo, después de escribir lo anterior veo más razonable mi postura que la de los protagonistas de la novela que leo, en gran parte autobiográfica, donde el climax dramático en que el autor, creo, ha cargado excesivamente la pluma, hace del parto algo casi solo soportable por seres extraordinarios hasta el punto de provocar en el lector cierto sentimiento de culpa por el hecho de haber vivido aquellas circunstancias, digamos de una manera más fría.

Y aquí se me ocurre una reflexión marginal que tiene que ver con la experiencia de vida de los autores o con su capacidad de asumir el dolor. Dos ejemplos, un caso es Knausgar del que vengo hablando hace meses mientras atravieso su tetralogía, y otro es el del filósofo y multidisciplinal escritor Salvador Pániker del que soy también asiduo lector. Pues así, admirado me deja este autor cuando cuenta alguna pequeñez de su vida que le ha quitado el sueño, le ha hecho llorar o le ha descompuesto el ánimo durante meses. Paso páginas y páginas admirado, una persona que dice haber superado los pesares de la muerte y un buen puñado de graves situaciones y de repente, cuando se encuentra que a su hija ya mayor pero a la que quiere mucho se le ha roto una pierna y debe estar inmovilizada durante meses, arranca a llorar y habla de ello penosamente durante una decena de páginas. Tan subjetivo es el dolor y las dificultades humanas por las que atravesamos que cuesta pesar en la misma balanza las penas de otros y las nuestras. También el dolor y las dificultades son valores importantes para saber de la vida.

La tarde cae, bajo el dosel de las buganvillas han empezado a rondar los mosquitos, así que cada mochuelo a su olivo, buenas noches.

De trajeados y encorbatados


Siliqua, Cerdeña, 14 de junio de 2015

El viajero, que además de viajar es curioseador de las redes sociales, estos días se ve sorprendido por el número de posesionadores de alcaldías y concejalías que, trajeados y encorbatados como con hábitos que pretendieron hacer al monje aparecen por aquí y allá a lo ancho y largo de nuestras tierras. Y es que el viajero se admira de tanta corbata y tanto traje en tiempo de tanto calor. Esta mañana mismo atravesábamos un pequeño pueblo sardo y una parte notoria de la feligresía masculina que salía de misa de esa manera iba atrezzada, porque atrezzo y no otra cosa me parecia a mí, y eso que la temperatura ambiente pasaba de los treinta grados. Pero era un pueblo y no se trataba de alcaldes y concejales, lo cual mitiga en parte esa manía que tiene un servidor contra trajes y corbatas, ese colgajo que  media humanidad que aspira a estar en las cercanías de la élites usa y que ha servido de sublimado símbolo de distinción para distinguir a unos y otros, la gente de la calle y los "otros"; los otros, como en la película de Amenabar, los alienígenas.

Eso, que ver a cierta gente en ciertos actos públicos tan ciertamente trajeada y encorbatada, no sé exactamente por qué no sólo no me produce ninguna clase de respeto sino que me da risa. Algo que especialmente me sucede cuando conozco de qué pie cojean los susodichos. Vestirse de traje en determinadas circunstancias es ante todo un símbolo, ya, ya sé que los hábitos tienen su parte en estas cosas, pero no es el caso. Bien que las mujeres decidan vestirse de manera que se vean y las veamos más bonitas. Ahora, los hombres, ¿son más atractivos de traje y corbata que de cualquier otro modo? Lo dudo. A mí se me ocurre que con los hombres las cosas suceden de modo diferente. Habría, creo, un amplio abanico de posibilidades de interpretación, entre las que por supuesto podría estar presente la elegancia y la belleza, pero me temo que no sea ésta la más relevante. No me imagino al flamante Varufakis más elegante con corbata que sin ella; el atractivo de este hombre emana más de su informalidad y del hecho de ponerse el mundo por montera.

Para mí que lo fundamental que distingue a la feligresía de los encorbatados, nótese que el viajero tiene cierta infantil propensión a observar el mundo desde su propia filósofía de la vida, es su aspiración a estar en otra dimensión diferente a la de la gente corriente o, dicho de otra manera, muestra su aspiración subliminal de mostrarse unos peldaños por encima quizá del resto de sus vecinos. Los hábitos sociales cantan, si tienes un coche grande, una casa respetable y mandas a tus hijos a hacer un máster a Estados Unidos, eres una persona respetable; ahora, si tienes un coche de mierda, vistes vaqueros y jamás te has puesto una corbata lo más probable es que para tus vecinos "corrientes" seas un pobre gilipollas. El hábito no hace al monje pero puede confundir al ingenuo. Así de sabía es la cultura en la que andamos inmersos.

Qué queréis que os diga, me hace mucha gracia ver a determinada gente tan trajeada y encorbata. Al viajero, que ha dormido entre los mendigos bajo las arcadas de algún puente del Sena, se ha visto obligado a beber de las aguas de un charco en la ciudad de Múnich y que ha compartido durante noches enteras las miserias de un autobús que rodaba por los países subsaharianos, al viajero que no tiene ningún problema en comer con las manos al modo de tantos indígenas ni se le caen los anillos si se ve obligado a dormir en medio de la calle si llega el caso, esta tarde, mientras bajo el palio de una pérgola de buganvillas husmea en una casa rural la tormenta que se aproxima, al viajero le da una especial risa encontrarse con tanto trajeado y encorbatado alcalde y concejal de nuevo cuño.

Quien conozca al viajero, como aparenta, por ejemplo, Martín, hace tiempo que habrá notado que uno de los deportes favoritos de éste es solazarse con este tipo de observaciones antropológicas que la realidad le ofrece. Que nadie se moleste, todo es un juego: como la vida misma. Algún día llegará en que trajes y corbatas colgados de algún museo etnográfico de siglos venideros hagan sonreír a los visitantes, y más todavía cuando sepan que esas prendas eran el icono de distinción de cierta gente de nuestro decadente siglo.

Hoy nos llovió al final por la noche y hubo que salir pitando al coche para seguir durmiendo bajo el acariciante repiqueteo de la lluvia. Empleamos la mañana en visitar una aldea nugara, podéis ver más abajo el aspecto que tenía, y en aprender muy poco sobre estos pueblos porque la guía apenas relataba más de lo que veíamos con nuestros ojos. Mientras tomábamos el café después de la comida localizamos en Booking una granja que ofrecía una casa para alquilar y no dudamos en reservarla. Utilizaremos este lugar como base para nuestros últimos dias de Cerdeña. Un lugar tranquilo rodeado de jardines ideal para un tiempo que se promete de lluvia.