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Tonquin Valley. Canadá




La sombra de los abetos se habían echado sobre el agua y ahora, las copas, estiradas sobre el paso tranquilo del río, tocaban la otra orilla. Del recodo próximo fluía una corriente llena de reflejos y pequeños circulitos. La colada se secaba en un talud próximo. Victoria escuchaba en el discman las Canciones de un camarada errante, de Mahler.



Lo primero después de doce horas de marcha, ¡doce horas de marcha!, asomados esta vez sobre el abismo del río allá al fondo: lavarse los pies —¡qué placer!—y la cara; y como ella está derribada en los asientos de atrás del coche, le digo que salga que le va a lavar los pies. No se lo cree, pero se los lavo, con la rodilla en tierra remojo el pie, lo enjabono, restriego por todos los rincones, lo aclaro, lo seco y por último vuelvo el calcetín al revés, introduzco la mano derecha hasta el fondo y con los dedos de la izquierda sujeto del talón y tiro de la punta con la otra mano; a continuación le pongo los calcetines, los estiro hasta encima de los tobillos; y vuelvo a repetir la operación con el otro pie.


El lugar es magnífico, a la izquierda se levanta imponente una montaña de la que se desploman por todos sus flancos blancos neveros, la luz del atardecer dora de caramelo el ancho penacho que corona su cumbre. Corre una brisa agradable. El cuerpo de los dos reposa cara al valle, ella se come una manzana.



Era de noche cuando habíamos empezado a caminar, no más pronto porque a Victoria le imponía la posibilidad de la presencia de los osos (el día anterior leía en la guía cómo en el año 92 un oso grizzly había matado a un montañero valle arriba). Era agradable comenzar una marcha de noche, tomar el pulso al día que empieza, siempre de manera muy especial en la alta montaña, un placer sencillo para el que tiene ojos y se entretiene en observar lo que sucede a su alrededor. Al cruzar el río, grande, aparatoso, una débil luz queda prendida en el fragor del movimiento, por levante un halo malva despierta detrás de unos picachos que yacen todavía en la sombra. Y caminar por una trocha bien cuidada, y hablar, la senda baja, llanea, es grato charlar; siempre hay de qué hablar, aunque el paso sea rigurosamente rápido porque la guía indica tres jornadas de recorrido y nosotros pretendemos terminar en el día. Cosa de llevar menos peso, cosa de evitar trámites burocráticos (quien duerme en el parque paga y tiene que desplazarse cincuenta kilómetros para solicitar un permiso), cosa también de poner a prueba las piernas y, por supuesto, de dar juego a los imprevistos, de no saber en qué terminará esta aventura porque después de acabar habrá que hacer otros veintitantos kilómetros de carretera para llegar al punto de partida (y vaya usted a saber cómo estará el cuerpo después de semejante caminata). En previsión metimos los sacos de dormir, también los deportivos porque en última instancia habría que hacer esos veinte kilómetros de regreso por la carretera corriendo.


Decía que estaba amaneciendo. El bosque en estas latitudes, y más a estas horas, es una baúl de sorpresas, un país encantado; mórbido, quedo, silencioso, de composiciones espontáneas en donde la vida y la muerte yacen como un espectáculo de color profundo y suave a los ojos de los caminantes madrugadores. Los troncos muertos blancos, deshidratados, brillantes en el esplendor de su luz; los líquenes y los musgos tapizando el suelo, dándole una consistencia similar a la que obtendríamos superponiendo un puñado de edredones; los arbustos de hoja gris; las armonías de las composiciones que van naciendo a la llamada del amanecer. Y por encima de él las cumbres nevadas con sus cabezotas arreboladas de sol temprano, surgiendo en los claros del bosque como fantasmas llenos de frío.
Y mientras, el sudor rezumado del esfuerzo de la subida, el ritmo de las piernas, la búsqueda de los rincones y sus armonías como candidatos fotografiables que meter en el cajoncito oscuro de la máquina fotográfica.
Después surgirán todas las montañas del oeste, los glaciares y, al final de una gran cuesta, tras cuatro horas largas de camino, el lago, un farallón de roca que se eleva junto al agua hasta llenar sus oquedades de nieve.




Era un bello itinerario, probablemente el más bello del todo el verano. Comer, reponer fuerzas, contemplar los alrededores, volver al camino. Y ya cuando las horas de marcha iban haciéndose decena encontrarse a Walter. Estudiante californiano. Pegar la hebra, charlar. Walter tenía coche (nos llevará al punto en donde habíamos aparcado el nuestro, nos ahorrará esos veinte kilómetros de asfalto).
Walter quiere subir mañana al monte Robson... ¡en helicóptero!... (¡Estos americanos, estos canadienses!). El monte Robson es el más alto de toda esta zona y es una inmensa pirámide de hielo que preside un montón de valles, casi un dios en este universo de montañas. Muy pocos son capaces de escalar hasta su cumbre, pero... jo, que gente... desde Jasper el helicóptero se ofrece a sustituir todos los esfuerzos y el peligro por unos cuantos dólares. Si usted tiene quinientos dólares puede subir solito al monte Robson en ese aparato con hélice en la coronilla, y si no tiene tanta pasta, pues se busca cuatro o cinco compadres y se lo hacen a pachas... todo muy sencillo. El amigo Walter quiere subir al monte Robson.
Dejamos a Walter junto a tres botellas de cerveza vacías, una grabadora y una máquina fotográfica. Las botellas vacías porque su contenido pasó a calmar la sed y a celebrar una bonita excursión; la grabadora, porque Walter alucinaba con nuestra excursión de quince horas; le comentó al encargado del albergue lo que ella y el viajero habían hecho y éste esbozo una sonrisa y dijo: crazy!: todos soltaron una carcajada. Walter se empeñó en que contaran a la grabadora en castellano y en inglés su aventura. El viajero, que estaba contento y parecía saber en esa tarde mucho más inglés del que sabía, lo contó y bromeó todo lo que quiso frente al micro. Con la máquina hicieron el consabido retrato de familia, todos abrazados, como amigos de toda la vida.








Strathcona Mountains. Canadá






Strathcona Mountains. Isla de Vancouver, Canadá. Hoy se hizo de noche antes de que pudieran instalar el campamento. De la carretera bajaba un camino estrecho que terminaba en el agua, el lugar ideal para pasar una segunda noche después de una larga caminata. Un prado, los restos de una fogata y la mansa superficie del agua clara allí mismo, dispuesta para el baño de la mañana. Pero oh, hoy una hoguera bailaba en medio del prado, hoguera, barca, cámper, sillas diseminadas por el prado que ayer era nuestro. Mala suerte. Hubimos de dar marcha atrás. En fin. Con la noche ya casi cerrada encontramos otro trozo de playa desocupada. Quedaba en el cielo un rastro tenue de luz cuando Victoria la emprendió con la cena y yo con la escritura.


La marcha de hoy se había llevado el día completo, cinco horas de caminar por un espléndido bosque, dos de tomar el sol junto al agua, y un par más para ir y venir. Strathcona Mountains. Un camino bien mantenido subía por el valle de Bedwell entre una exuberante vegetación, cruzaba varios ríos, uno sobre un puente colgante que recordaba aquellos de hace un par de años del Nepal, y trepaba por novecientos metro de desnivel hasta reposarse sobre los lagos de Bedwell.
Enormes árboles desnudos con el espinazo quebrado y el esqueleto blanco, reposaban sobre la superficie del lago; enormes árboles dormidos, tendidos en mitad del bosque como sumidos en un sueño, prestaban sus costados a melenudos líquenes y musgos sobre los que empezaban a crecer otros árboles, otros arbustos; enormes árboles, imponentes, recios, como símbolo del paso de un tiempo tan crecido como su tronco descomunal, hacían zigzaguear a sus pies un camino diminuto que subía y bajaba ininterrumpidamente  en la apretada espesura. Altos racimos de dedaleras de un amarillo pálido; altos racimos de dedaleras de un rojo desvaído; racimos de campanillas, algo más llamativas que las de los brezos, asomaban sus cabezas curiosas al camino. Luego había un lago pequeño en donde se reflejaban las cercanas montañas nevadas; y había otro grande... y riachuelos y barro y mosquitos. Y también sudor, y dos caminantes, él y su chica, que paraban de tanto en tanto para sacar alguna fotografía o para acercar los labios a algún riachuelo.


Pero lo más lindo fue tumbarse al sol después de una ligera comida. El sol calentando la cara y el cuerpo entero venía incluido en el paquete de la excursión. Un sol generoso que no se prodigaba mucho por estos pagos. Quizás fuera el primer día en un mes largo en que el cielo aparecía totalmente despejado. Así que bienvenido, espanzurramiento playero, regodeo térmico. Al final, irremediablemente, siesta oportuna mientras Victoria contemplaba cómo algún género de pato jugaba en la orilla o se entretenía pescando.

Aquella noche todavía dio tiempo para continuar con la lectura de Lord Jim. Llamaba la atención la habilidad que desplegaba Conrad para hacer crecer y crecer una idea, el hilo de una emoción, por el procedimiento de irlas llenando de connotaciones próximas, cercana muchas veces a una delirante soledad o a una sinrazón oscura y opresiva. Por ejemplo: “Fue inflexible (Jim), y desde su soledad, que crecía en la misma medida que su obstinación, su espíritu pareció reafirmarse sobre las ruinas de su existencia”. O aquel otro ejemplo, ya en el penúltimo párrafo del libro: “Hay momentos en que lo veo pasar como un espíritu descarnado que anda perdido entre las pasiones de este mundo a la espera de acudir puntualmente a la llamada de su propio mundo de sombras”
Se tiene la sensación de que tanto se cargó de soledad, de conciencia descarnada, frente a la razón moral, a su protagonista, que a no más tardar éste habrá de hundirse bajo el peso de un romanticismo ético exacerbado. ¿O será mejor decir bajo el peso de una explosiva mezcla de romanticismo y amor propio? Cuando al romanticismo se le quiebran las piernas, no le queda otro al amor propio, indefenso frente al instinto de muerte, que desaparecer de este mundo. Mientras, la sociedad y su cultura moral ondearán ahí, por encima de su cabeza con la fría indiferencia de un día de ejecución que se prolongará durante el resto de la vida.
Conrad puso en un platillo el peso de unos acontecimientos poderosos y extraordinarios y en el otro el controvertido mundo interno de un romántico cuyo mayor defecto fue cargar con un exceso de rigor moral. La identificación del lector con el protagonista no bastará para salvar a éste de la hoguera.
Y como un adorno, también romántico y nostálgico, el último párrafo, en donde: ”...y mientras, Stein, que se va muriendo, se está preparando para dejar esto, para marcharse... y con la mano les hace un gesto triste de despedida a sus mariposas.”
Y la noche se puso negra negra, y salió la media luna que se miraba en el agua, y el tenue perfil del bosque se instaló sobre una oscuridad más tenue, y la orilla del lago se cubrió con un halo de claridad, como unas gotas de leche disueltas en la aguada de una acuarela. Y mientras, todo era negro fuera del espectral resplandor de la pantalla del ordenador. Tecleaba a oscuras guiado por el tacto leve del teclado, suave, dócil, sensual; llegaba un leve rumor de música desde los auriculares del discman de Victoria. Se hacía tarde —las dos de la mañana— pero era demasiado hermosa la noche, era la culminación de un día pleno de bosques, de montañas, de noche, de lago, de luna. ¿Cómo irse a la cama entonces?, ¿cómo desaparecer en el sueño de la nada cuando la belleza campea frente a los ojos, plena, rabiosamente íntima acariciando el ánimo para engatusarlo... Una noche que dice: resiste, escucha, mira, reposa en mi regazo, apaga las luces, detén el mecanismo del ordenador, quítate las gafas y ven a la orilla del agua, ven, escucha el rumor del bosque; no habrá muchos días así, ven, aprovecha el momento.
Obediente a la noche, a la playa, al agua, a las estrellas, a la luna, a la oscuridad y al silencio me dispuse a apagar el ordenador. Por hoy, buenas noches.










La vida cotidiana del viajero. Canadá



De tanto en tanto nos cruzábamos con un ciclista, esos que recorren el mundo con un par de alforjas; ayer habíamos avistado otro bicicletero solitario, esta vez un japonés de pedalada tranquila con el que nos habíamos cruzado ya dos veces. Las ganas de pedalear se me subieron esta mañana con fuerza a la cabeza; pospuse la idea de un largo trayecto en bici para cuando volviera a casa. Había ya tantas cosas que hacer en septiembre que no sabía cómo iba a apañármelas para meter todo en esas cuatro semanas; porque septiembre era un mes muy particular, el preludio del invierno, el momento preciso para ir sellando la larga temporada que precede a la lluvia y al frío del otoño.


Estábamos aparcados a doscientos metros de la carretera tomando un piscolabis, cuando volvió a pasar frente a nosotros el japonés de la bicicleta del día anterior, lo vimos allá, a lo lejos desde el pinar guadarrameño, lento, absorto en el trabajo de pedalear. Cada uno lleva su sino encima, has de vértelas con él; los músculos son parte del cuerpo pero son también una herramienta a disposición de la voluntad y los deseos. De la conjunción de los deseos, los músculos, la voluntad, debe nacer la plenitud de la emoción, la constatación de que esa es la tarea necesaria. Era un día de calor, mediodía, dos alforjas en las ruedas delanteras y otras dos atrás, sobre las últimas el aislante y el saco de dormir; entre una y otra rueda el nipón, de negro, calmoso, adaptando sus movimientos a la disposición del terreno: lento, sin prisas -el tiempo es una metáfora de la muerte, al final del tiempo sólo está ella mofándose de nuestra premura-, como quien tiene toda la vida por delante. Junto a él hay otros usuarios de la carretera, con más prisa, más cargados, grandes casas con ruedas que llevan a sus dueños a lejanos lugares que aparecen en las guías corrientes de turismo. Cuando ellos vuelvan de haber visto el mundo entero, el nipón apenas habrá completado una diminuta parte del recorrido de ellos. Los turistas volverán a casa, a la oficina, a la comodidad del living-roomy mientras tanto el japonés de la bicicleta seguirá pedaleando camino del norte, camino de ninguna parte.

El nipón se perdió en la conjunción de las paralelas que limitaban el asfalto, allá, en un recodo de la carretera.


 El instinto de defensa me despertó a la mañana siguiente cuando en el cielo empezó a fijarse la primera luz del día; una precaución elemental: cerrar la puerta del coche para evitar la molestia de los mosquitos. Después volví a dormirme. Hacia las ocho me despabilaron los pájaros, revoloteaban varios de ellos a uno y otro lado del coche, parecían inspeccionar aquel trasto color vino burdeos con mucha detención; eran unos pájaros diminutos con un delicado plumaje ceniza claro; quizás le buscaban las pulgas a este bicho brillante de cuatro ruedas que yacía como dormido bajo las ramas de los pinos. Alguno voló  frente a la ventana. A las nueve pasé la yema del dedo por el brazo de mi chica; ella abrió los ojos, se incorporó ligeramente, se acercó y reclinó la cabeza en mi pecho; yo le pasé el brazo por encima del hombro, abrí la puerta del coche y puse los pies encima del asiento trasero. Busqué a los pájaros, las ramas de los pinos se movían, estaba despejado, había dos o tres nubes blancas allá arriba, a la derecha. Tenía el cuerpo algo atorado, pero no importaba, eso se pasaba enseguida con unos pocos estiramientos. Empezaba a hacer calor. La perspectiva de un día de descanso, dolce far niete, era muy agradable. Ahora albergaba dudas sobre el próximo libro a leer, no había mucho en donde elegir, allí estaban las novelas que compró Victoria, esos autores canadienses... En las mejores librerías de Vancouver no pude encontrar uno solo en español. Ya lo pensaría. Me moví ligeramente hacia la derecha, el suelo del coche estaba recorrido por unas estrías que se clavaban en la espalda. También podría limpiar la moqueta del coche con ese producto que habíamos comprado, pensé. Unas manchas oscuras de grasa que daban al suelo un aspecto lamentable. Ya vería. Las ramas se movían. Mi chica posaba su brazo izquierdo sobre mi pecho. Era muy agradable esa pereza matinal. Ya hay minúsculas gotas de resina en los cristales del coche, pensé ahora. ¿Qué hora es?, preguntó ella. Las diez. Sí, no había más remedio que levantarse.




Diez minutos después estaba en la carretera. Pantalónde deportes, camiseta, calcetines, deportivos, cronómetro en marcha. Un hermoso arcén de metro y medio por lo menos. Las piernas se movían pesadamente contra la cuesta de asfalto, la zancada corta, los puños cerrados, no, no me gustaban los puños cerrados. Los abrí ligeramente, dejo los dedos sueltos, intento componer un paso más elegante, menos pegado a la gravedad del suelo. La elegancia de correr, una elegancia gratuita y placentera. Seguir el curso del aire en los pulmones, para allí abajo, hacia el estómago, y meterse el ritmo en el cuerpo, una pierna, otra, el desplazamiento de los hombros, la zancada algo más larga, más elástica. La línea blanca del arcén corre ahora a mi derecha decidida indicándome el camino. Corro ajeno al tráfico, centrado en mis piernas, en el balanceo de mis brazos; siento el mórbido mecanismo de mis pulmones trabajando sistemáticamente, a buen ritmo, sin que tenga que decirles cómo tienen que hacerlo. La cuesta aumenta su inclinación, y frente a ella respondo con un aumento de la velocidad. Mi cuerpo ya es más liviano. Me gusta verme como en una proyección a cámara lenta, sentir el ágil movimiento de animal atravesando las praderas, la elástica flexibilidad de la zancada. Miro el cronómetro, ocho minutos y medio; aumento la velocidad, la cuesta me hace sudar, siento los testículos arropados por el pantalón, el sudor en los muslos, en los brazos. La carretera describe una elegante curva hacia la derecha, incorpora un carril más para el tráfico de frente. Los coches pasan dejando una vibración en el aire. No sé cuántos ni cómo son. Mi vista vaga tranquila entre el final del asfalto y la línea blanca que delimita el arcén; mi calle de esta mañana es un pequeño universo donde desentumecerme. El cronómetro marca catorce minutos quince segundos. Todavía unos cientos de metros más, justo hasta aquella casa blanca que asoma a la izquierda. La zancada es ahora una fiesta, fuerte, segura; es el placer de sentirme, de comprobar el perfecto estado de esta máquina que saqué a correr hace quince minutos. Espero a que pase un coche blanco, miro a mi derecha y cruzo la carretera a grandes zancadas. Camino de vuelta, cuesta abajo; ahora dejo que el cuerpo baje solo, retengo ese punto de velocidad que no quiero sobrepasar. Frente a mí, a una distancia de varios cientos de metros hay otro corredor ahora: camiseta gris y calzón azul. Su ritmo es diferente al mío, me gusta. Los movimientos de Victoria son menos sueltos pero son elegantes, impone a su carrera un aire de distinción. ¿Qué tal la pierna?, le digo cuando la sobrepaso. Pcheee... contesta. No importa, ha habido momentos peores. O sí importa, pero nada se puede hacer. La pierna le hace dormir mal y le pide analgésicos de vez en cuando, pero hasta ahora no le ha imposibilitado correr. La línea blanca del arcén vuelve a ser mi única compañía, el sudor moja mi cuerpo entero. Me aproximo a la curva del pinar, quedan unos pocos cientos de metros. A la izquierda sale un camino de tierra, después vienen los árboles, el rincón que hemos encontrado para descansar durante este par de días.

Cuando me arrodillo para estirar los músculos de las piernas, las gotas de sudor caen abundantes sobre el suelo en un goteo continuo. Busco una rugosidad del tronco y subo la pierna; ambas forman un ángulo recto, soporto durante veinte segundos el dolor de los gemelos; luego vuelvo al suelo, uno a uno voy sometiendo a los músculos de las piernas y brazos a una flexión forzada. Cuando he terminado, me siento, dejo que me dé la brisa en la cara. Hoy tenemos todo el tiempo del mundo para nosotros. Hago un rato de yoga. Cruzo las piernas, pongo las manos en las rodillas con las palmas hacia arriba, uno el índice y el pulgar, cierro los ojos y dejo que el aire entre en sus pulmones lenta, lentamente. Después lo retengo allí, a la altura del diafragma; concentro mis pensamientos en un punto fijo dentro del cerebro, expulso el aire de nuevo despacio, despacio. Ella termina sus estiramientos y me pregunta que cómo se hace eso, se lo explico, vuelvo a concentrarme en los ejercicios de pranayama.

Las tareas de la mañana son mínimas, limpiar las manchas de la moqueta, hacer la comida y poco más. Eso de tener una casa tan pequeña, tan pequeña, ahorra un montón de trabajo.

 









Ir a ochenta. Canadá




Ir a ochenta era una buena velocidad esa mañana, las suaves pendientes de la isla de Vancouver se dejaban acariciar en las primeras horas del viaje. Sí, era Serrat el que cantaba, que también acompañaba ello. El cuerpo templado, los músculos frescos y distendidos. La aguja no pasaba de ese número, estacionada, como una nube perezosa contemplando el paisaje. Miraba de vez en cuando en el retrovisor, uno, dos coches; de tanto en tanto alguno aprovechaba una recta para adelantar, pero era raro, seguían dócilmente a una discreta distancia los pasos del Dodge; apacibles, tranquilos. No había prisas, pocos aparentaban tener prisa en este país.

Surgió en medio de la apacible velocidad, ahí estaba, menuda, con los ojos brillantes, colgando todavía de ellos un resquicio de sueño. Los brazos al aire, el pelo recogido, el suave vello del cuello entre sus brazos. Cuídate. Había una luz mate e impersonal en el aire. Era un recuerdo bonito en medio de esos ochenta por hora de esa mañana.

Y me imaginaba esos ochenta ya siempre, todo un símbolo, quien sabe si parte ya de un sistema de vida que supiera adaptar su velocidad al promedio de esa mañana. Esta gente del norte parecía moverse bien a esta discreta velocidad; parar en el stop, mirar concienzudamente, arrancar despacio, dar descanso al acelerador... disfrutar del paseo, complacerse en el camino, gustar la demora, el retardo, la contemplación del paisaje y de los pensamientos. Y después fue la voz de mi novia al otro lado del océano, el deseo de oír; pero las palabras eran pobres para expresar estas cosas. Hoy no apetecía de palabras bonitas, quería recrearse en la seriedad de la amistad, en un afecto adusto y consistente donde cantar no fuera una necesidad nacida precisamente de un momento de especial alegría. Que no fuera necesaria una sonrisa, que no hubiera necesidad de hablar, que únicamente el contacto de las manos o la certeza de la proximidad fueran los testigos mudos de un afecto. Nada de grandes palabras, nada de emotivas efusiones, reencontrarse en el silencio, en la breve mirada.
Entre los árboles se abría de tanto en tanto un espacio que se prolongaba en los reflejos del mar y en las concavidades de la costa. Mantener los ochenta, esa era la consigna. No permitir la presencia enloquecida de un futuro siempre en ciernes. Ceñirse al siseo monótono de los neumáticos, sumergirse, despertar al hombre bueno de los versos de Machado vibrando en las cuerdas vocales de Serrat. Es pronto, no corras, me oía decir, atrapa ese instante, ochenta, ochenta, no más... y rodar, rodar carretera adelante hasta que se acabe la tierra, hasta que se acabe el tiempo.

Veníamos del mundo de las prisas y no era fácil creerse la inutilidad de una marcha forzada. El placer de los ochenta... La vieja furgoneta de casa... también ella podía aprender... construir allí también una salita-comedor-dormitorio a ras de suelo, como en el Dodge. Parar junto a los ríos, sobre los rastrojos, en los bosques. Sí, parar, que dé tiempo a mirar, a adormecerse junto al motor caliente, a refugiarse de la lluvia bajo el cantarín repiqueteo del agua, a dormir en el medio de la tierra que cruzábamos. Y de vez en cuando emprender la marcha de nuevo; a ochenta, no más; a ochenta, hasta que yo, ellas, todos, hayamos completado nuestro ciclo vital y tengamos que ir a reposar bajo esa tierra que en vida dedicamos a surcar.





Seis de agosto. Ese era el ambiente en el interior del living-room carretero que se desplazaba esa mañana (mañana-tarde porque el inevitable transnocheo del día anterior no dio para madrugar, aunque sí para correr y compartir el baño con un puñado de ranas) por la isla camino de las montañas del interior. La tarde correspondió pasarla junto a un lago de cuyas orillas despuntaban juncales. Logramos colocarnos a un metro del agua. Así que parada, fonda y buenas noches. Me esperaba el ya avanzado tomo de Lord Jim, la escritura diaria. También Victoria deseaba utilizar el portátil, que ya no se apaña, decía, con el boli, que vamos a tener que pensar en ir adquiriendo otro ordenador mientras sigan adelante las ganas de la escritura.

Sí, ya sé, demasiado despacio, ¿qué quiero decir con todo esto? nada; y es que se hace lo que se puede, no hay manera de estar a todo, el tiempo sólo tiene una dimensión. Ya conocemos la consigna de hoy, ochenta por hora, ni uno más.




Carreteras de barro. Canadá
























Sí, llovía. La ronca sirena de un barco se expandía por el aire. Las montañas, los glaciares, la lluvia, la orilla rocosa del fiordo repetían el lastimero bramido nocturno. La ruta se dirigía ahora hacia el sur, mil o mil quinientos kilómetro por una tierra apenas poblada; las carreteras prometían ser lentas y polvorientas.

Después de la comida el paisaje se hizo abrupto. La carretera, estrecha y de trazado antiguo, a veces un tobogán que dejaba en vilo el estómago en unos cambios de rasantes a los que se subía en una exhalación para descender como en una feria de juguete, circulaba entre valles y montañas de granito. La tarde era pesada y uniforme, la lluvia golpeaba intermitentemente en los cristales del parabrisas. Las canciones de Aute hablaban de amor: Ay, amor mío, que terriblemente absurdo es estar vivo...

Ay, amor mío... Y mientras transcurrían las largas horas de conducción me iba pensando con el volante entre las manos en estos amores y en esa ternura que se desgrana en las canciones de Silvio Rodríguez y Aute. Y era imposible no pensar en esa palabra: amor, y en esas otras: te quiero, y en todas aquellas que de una manera u otra nombraban el deseo de compartir la vida. Recordaba los últimos capítulos de Lord Jim, de Conrad, que leía desde hacía días. Jim asume la responsabilidad del capitán fugado y la del resto de los mandos. Ese ridículo juicio que trata de echar sobre sus espaldas el peso de un naufragio en donde parece que perdieron la vida ochocientas personas, no tiene nada que ver con él, pero no debe fugarse como los otros, el recuerdo de su padre, la entereza de aquel anciano, no lo hacen posible... no puede traicionarle con un acto así. Conrad crea un personaje coherente consigo mismo, fiel a una conciencia personal que no necesita de ningún beneplácito social y que se sostiene con la sola confianza del padre ausente. Está por ver todavía cómo se justifica la decisión de Jim de no despertar a los durmientes que en pocos instantes serán cadáveres flotando en la lisa y fría superficie del Mar Arábigo.



La discreta velocidad permitía sentar apaciblemente las posaderas en cualquier cosa y darles la vuelta de aquí para allá sin peligro de que en una curva el coche se fuera por la cuneta abajo. En algún momento de la mañana sobrepasamos a un ciclista, uno de esos a los que tanto admiro; nada de disfraces, ropa de calle, buenas alforja y cara de ponerse el mundo por montera. Cada vez que pasamos a un hombre o una mujer de esta laya le echaba un vistazo de connivencia a Victoria y que era como darle con el codo y decirle ¡eh! ¿has visto? ¡jo, qué envidia! Y es que no lo podía remediar, cada uno es como es, se me ponían los dientes largos. Más de mil kilómetros para llegar a un lugar decente y en bici: tierra, barro, tres o cuatro casas por el camino; me hubiera encantado dejar el dodge allí en la cuenta entre el barrizal y tomar una bicicleta para seguir adelante.



Y seguía lloviendo y el ciclista hacía un rato que había quedado atrás, pero mi voluntad me empujaba a proyectos más empeñativos que este de cruzar este inmenso país en automóvil. No pude evitar hacerle una propuesta a mi compañera de viaje: ¡Oye!, le dije de repente, ¿y si puestos a quitarnos las prisas de terminar la vuelta al mundo nos atravesamos África desde Egipto, Sudán hasta Ciudad del Cabo la próxima primavera? Nos quitamos la idea ésta de pasear por todo el planeta grosso modo en dos o tres viajes y después nos vamos a hacer bicicleta o a caminar alrededor del mundo. Ya no tendremos ninguna prisa entonces, viviremos ese presente continuo de que tanto hablamos en ocasiones, un presente presente hecho de sol, lluvia y aire.
Y Victoria, mi inseparable compañera de viaje, se reía al lado con una risa de complicidad. Y así estaba cuando hizo una pausa y volvió a reír, esta vez con más fuerza, mirando expresivamente a la jeta de su compañero y señalándome con un dedo. El chiste venía porque después del baño de la mañana en el río, yo había decidido afeitarme la barba del mes con la única cuchilla de afeitar que había encontrado, y pese a los esfuerzos que hice no pude llegar a afeitar con ella más allá de un tercio de la ella. Ahora, los otros dos tercios restantes del rostro, un pegote de pelos aquí y allá por el cuello y la cara, un trozo de bigote, tres dedos casi desollados bajo la barbilla en un infructuoso esfuerzo por rasurar aquello con una cuchilla sin filo, componían un aspecto cómico y ridículo. No sólo eso, también nos reíamos porque pasado el primer momento de corte, yo mismo se había olvidado del aspecto que tenía y había bajado del coche sin más para charlar tranquilamente con el empleado de la gasolinera sin reparar en mi cara.


La mañana temprana en el auto fue Montserrat Figueres; el mediodía y parte de la tarde fue el barro y la lluvia; el último tramo del recorrido se convirtió en un hermoso viaje con prados llenos de flores y bosques sobre los que se alzaban nuevamente otras montañas nevadas. Campos extensos llenos de arvejillas, un azul delicado cubriendo el prado entre el bosque y la carretera.

El coche se fue comiendo mientras tantos un buen montón de kilómetros, y a estas alturas debían de faltar ya menos de seiscientos para abordar el ferry que nos llevaría desde Prince Rupert hasta la isla de Vancouver.

Hicimos tarde y noche sobre un jardín de tocones, sí, de tocones; el bosque se quemó probablemente hace unas décadas, alguien debió talar los árboles y ahora lo que restaba era un maravilloso mundo de maderas muertas, bellos tocones habitados por líquenes y musgos, y un fascinante prado lleno de flores en donde empezaban a despuntar los retoños de los nuevos abetos. Al fondo se alzaba la cordillera de la costa que nos acompañaría ya hasta el Pacífico.







Navegando hacia el sur. Canadá





Mañana temprana a bordo del Queen of the North. Navegamos desde Prince Rupert rumbo a Port Hardy, en la isla de Vancouver. Otros recuerdos de barcos, de mañanas. Presentaciones en popa, dos o tres grupos de personas, parejas con aspecto de rozar la jubilación, otra que estarán en los cuarenta y dos moteros jóvenes con sus chupas de cuero. Oía las risas, miraba la expresión atenta y perspicaz de un hombre obeso con un respetable bigote cano, le veía sonreír mientras hablaba desenvuelto uno de los jóvenes  con dotes para mantener la atención del resto, para hacerles reír. Conversación distendida probablemente sobre las anécdotas de los últimos días de viaje. El arte de ser sociable, también éste un buen oficio que ejercer. El arte de la conversación allí donde es necesario llenar de algo ese rato de los encuentros, los instantes en que unos y otros se cruzan en alguno de los trayectos de la vida diaria. Hoy atraía mi atención ese clima cordial del encuentro.


Todavía volví a mirar al señor gordo de pelo cano, ¿qué aspecto tendría yo mismo en una situación similar? Me gustaría verme por un agujerito, porque no terminaba de imaginármelo. Entre la percepción del yo y la del otro siempre parece haber la generosa anchura de un fiordo lleno de espesa y profunda agua. El sonido cavernoso y bronco de la sirena interrumpió mis divagaciones y puso en movimiento el barco. La mansa luz del amanecer yacía desperezándose sobre la superficie del agua calma; apenas un poco más arriba, más lejos, las colinas oscuras al otro lado de Prince Rupert, lucían un larguísimo fular blanco a modo de coqueta indumentaria matinal. Una línea delgada de árboles señalaba el límite de unas pocas islas dispersas. La hoja de arce canadiense flameaba ligeramente sobre la estela blanca del agua hendida que dejaba el navío como rastro efímero de su paso por la superficie del fiordo. El trabajo de las máquinas transmitía una vibración soterrada y tenue al suelo de acero. Mañana húmeda y gris; ni el frío gélido del archipiélago chileno surcado en los tiempos de aquel invierno de la muerte de mi madre, ni la cálida travesía del Mediterráneo en torno a las islas griegas de los años en que mis hijos correteaban su escaso metro de estatura por las cubiertas de los ferries en el Egeo; tierra brumosa alrededor que evocaba la Escandinavia de los húmedos veranos del norte.


Islas diseminadas, ancladas azulinas en el borde del horizonte. El pasajero despistado con las manos en los bolsillos, la mirada perdida y el gorro encasquetado a lo capitán Tan Tan; el jovenzuelo de mirada azul con aspecto de vikingo; el hombre maduro que ya cruzó algunos mares y que calza las botas de los caminantes todoterreno; los turistas de siempre, los iguales a ellos mismos en todos los barcos y en todos los trenes de la tierra. Todoseran tranquilos pasajeros de esa mañana de agosto surcada de islas aglutinadas junto a la accidentada costa del continente.
Y pasaban las montañas nevadas y los bancos de niebla, y la rizada extensión del agua, ahora frente a la ventanilla de la cafetería de a bordo. En el alféizar reposaba el libro de Conrad. “Por su parte, Jim tuvo la facultad de reconocer, al primer indicio, el rostro de sus deseos y la forma de sus sueños, sin los cuales no habría en el mundo amantes ni aventureros”. Había hecho un doble subrayado en estas líneas del capítulo dieciséis. Era MI presa del momento de lectura, a veces leer era eso: pillar el alma, la letra de lo que está en consonancia con nuestro espíritu, parecía el objetivo fundamental de la lectura; entresacar del universo literario, apresarlo, todo aquello que fuera confirmación de las pasiones propias, del ánimo o de la manera de ver el mundo. Se me antojaba que esa facultad que nombraba Conrad era la quintaesencia de las capacidades de la historia de una persona. Porque si uno no es capaz de reconocer pronto y precisamente el rostro de sus sueños y deseos, cómo sabrá dónde dirigirse, qué hacer consigo mismo; sería como un ciego perdido en la niebla, la mala broma de la nada dentro de la nada.
Y seguía más adelante Conrad: “Lo protegía su aislamiento: era el único miembro de una especie superior, en estrecho contacto con la naturaleza, que siempre corresponde a sus amantes” Y Marlow intentaba ayudarlo desde fuera de esa soledad, pero encontraba que “cuando intentamos responder a las necesidades íntimas de otra persona, nos damos cuenta de lo incomprensibles, variables y borrosos que son los seres con los que compartimos la visión de las estrellas y el calor del sol. Es como si la soledad fuera una dura condición necesaria para la existencia”
Las reflexiones sobre la soledad y sobre esa dificultosa aproximación a los otros ocupaban mis pensamientos. Un reto tan simple como penetrar la vida de la gente que junto a la cual caminas... tan aparentemente simple, continuaba irguiéndose delante como un bosque impenetrable.
Las ondas que  se desprendían del costado del barco tenían la consistencia de una superficie rociada con un spray oleaginoso, quizás una capa de vaselina o un barniz de textura satinada. La quilla del barco surcaba aquella sustancia espesa, pero apenas dejaba el suave temblor de unas olas en la superficie aceitosa del mar.
Dejamos atrás cuatro gaviotas posadas sobre un madero a la deriva, las colinas eran por la tarde un escenario gris y apagado que discurría monótono bajo una cortina de lluvia. Mi chica tecleaba frente a mí una historia que tituló El hombre que amaba a las mujeres, un cuento cuyo comienzo había sido su regalo de cumpleaños un día de lluvia en las montañas de Denali. A veces se hacía cansado eso de dar siempre vueltas y vueltas a las propias querencias, podía llegar uno a sentir la opresión del peso del yo, la opresión de la reiteración cuando el ocio y el viaje nos tenía atados al deambular espontáneo de los pensamientos. Hasta allí llegaba la saturación, lo que era luz y calor se convertía en una música obsesiva que terminaba por cubrir con su manto de niebla el espléndido paisaje que les rodeaba.
—¿Me dejas que te lea una cosa? —dijo mi compañera—, es la continuación de...
Pero comenzó a leer y la batería, que había advertido ya que andaba en las últimas, dio un respingo y apagó el dispositivo. El hombre que amaba a las mujeres (¿Recuerdan ustedes la película de Truffaut?) era, por supuesto, yo mismo, el siempre temeroso y temblón al que todavía se le puede trabar la lengua y subírsele los colores si se tropieza con una mujer bonita.
Este continuo desplazarse por tierra o mar; el tránsito de las nubes, ya no niebla espesa sobre el agua, ahora agujeros de azul en el cielo; la costa neta, el brillo metálico del agua. Y ser esto que pasa, y dejar vagar las imágenes y los recuerdos y contemplar el agua en movimiento o escuchar el sonido de otras lenguas; las voces de los niños mezcladas con el runrún tenue de una vibración de motores. Posados, ellos, como por casualidad en un día pleno de ocio... y mirar por un gran ventanal el espectáculo del mar.


Sobrevolando Groenlandia





Volábamos sobre un mar de nubes planas. En esta ocasión mi compañero de viaje era Paradiso, el complicado y denso texto de Lezama Lima. Sofisticado arte el de crear un texto apretado, difícil, hecho con la paciencia y la meticulosidad de un artesano preciosista. No podía concentrarse suficientemente, su lectura era como mirar los cuadros del Prado en una visita precipitada de un par de horas. Sólo detenerse ante unos pocos lienzos; hoy eran unos, mañana podrían ser otros; o quizás no habría mañana y la lectura se quedaría en ese paseo superficial que se hace animando, fomentando la pereza, con el engaño de que algún día se volvería con más voluntad sobre lo leído. En realidad era la misma actitud que acompaña el paso por la vida, en donde hay de todo, y donde junto a los momentos en que el organismo se emplea a fondo, goza de salud espléndida, sorbe la exquisitez de la autopresencia, es fácil también encontrar la despreocupación, la guardia baja, no se está a la altura del esfuerzo necesario, se acerca uno a un reino inferior, más gris, más anodino. Entre unos y otros se pasan los años. Tengo que reconocer que a muchas de mis lecturas les faltaba ese clima de atención.
La solitaria muerte del Coronel en el hospital ocupaba las últimas páginas leídas. Retuve la situación, el hecho de vivir con plena consciencia ese momento sin la posibilidad de poder recurrir a la compañía de una mano amiga, una esposa, los hijos. Desvié la vista a la ventanilla, una superficie blanca y uniforme de nubes ocultaba la visión del océano. Cambiamos tantas veces durante la vida nuestra visión de la muerte... cada vez más cotidiana, más como una sencilla despedida al final de un largo camino. Era curioso, porque no siempre fue así, ahora el solitario que seguía teniendo dentro se había matizado, se rebelaba contra la crueldad de una muerte blanca en el silencio impoluto de un hospital, pero, además, se imaginaba la compañía cálida de los seres queridos en el momento final, como un hecho entrañable merced al cual ya la muerte dejaría de tener poder sobre él para transformarse en un tierno y agradecido acto de amor.
Tomábamos el café apaciblemente en la penumbra del avión cuando se produjo un movimiento de los pasajeros en el ala izquierda. No se entendía bien qué sucedía, la gente abría los maleteros y bajaba los bolsos precipitadamente, las cortinillas deslizantes de las ventanas ovaladas inundaron de luz el compartimiento; de todos los bolsos salían cámaras fotográficas. También nosotros nos precipitamos hacia la ventanilla -el café, la bandeja con los restos de la comida, todo al carajo-: debajo aparecía el increíble paisaje de los glaciares y las montañas de Groenlandia. Increíblemente hermoso, increíblemente salvaje, cientos de kilómetros de glaciares, fiordos, icebergs, las montañas como de película flotando sobre el hielo. El espectáculo duró apenas diez minutos. El recuerdo más próximo a aquello fue un vuelo de años atrás entre Teherán y la pequeña isla de Bahrein, en el golfo Pérsico. Volando sobre el desierto en aquella ocasión, sentí algo parecido a esto que le producía hoy la visión de los glaciares y las agrestes montañas, sensación de pequeñez; también sensación de estar aprovechando sólo una pequeña parte de mis  posibilidades como persona; como si las emociones las tuviéramos enlatadas dentro de unos pocos parámetros de seguridad y esfuerzo, un terreno más allá del cual sólo una élite de hombres y mujeres tienen el coraje de adentrarse. Atravesamos desiertos, reflexionaba, vamos de un lado a otro del mundo, como grandes gigantes apoyando nuestros pies en los pivotes que sobresalen allende los desiertos, junto a los mares, en la confluencia de los ríos ¾los grandes aeropuertos, las grandes ciudades¾. Nuestros pies apenas se humedecen en el agua salada, ni se seca nuestra piel con el aire de las dunas; no atravesamos el mundo, sólo echamos un vistazo aquí o allá, siempre protegidos por una seguridad a la que poco le falta para caer en el ridículo. Andamos tras la seguridad como un bien absoluto incuestionable. La apariencia desde el aire de ese desierto, en esta ocasión de hielo, sólo servía como fondo de una mirada distraída mientras ingeríamos las pequeñas menudencias de la comida que se sirve a bordo. El desierto parecía el mismo que puede producir placeres y sufrimientos incomparables, pero no, no era el mismo el que se ve desde el aire; el que está en el corazón y la vida del que lo atraviesa tiene otras dimensiones; ahí, desde el aire, su realidad era virtual, no era reto ni refugio de anhelos y vivencias, se trataba simplemente de una sombra bajo la masa de duraluminio que los sobrevolaba.
El desierto fue entonces, en el espacio aéreo de Irán, la llamada de una soledad inenarrable. Leía en aquel viaje un libro sobre las experiencias religiosas de Muhamad Asad, The road to Makkah, un hombre que abandonó su cómoda vida vienesa para hacerse devoto islámico. Sus relatos eran un peregrinaje hacia la espléndida cultura del desierto. Para mí se trataba de sueños que ya eran pura nostalgia porque pasaron los años y en el transcurso del tiempo muchos nobles deseos por fuerza tienen que adormecerse arropados por el aire tibio de una existencia protegida de las inclemencias del tiempo. ¿Cómo no vamos a estar mediatizados por décadas de historia pegadas a la templada laxitud de nuestros hábitos cómodos? Quien no ha vivido la aventura de la alta montaña o no se ha asomado a los desiertos, al menos emocionalmente, es imposible que entienda una parte sustancial de la realidad global.
Un mar de hielo se abría ahora allá abajo, largas grietas recorrían la superficie helada. Era un paisaje inerrablemente bello y salvaje.