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¡Socorro, me quiero ir a casa!

Bangkok – Helsinki, 15 de junio de 2016

Camino de Barcelona pasando por Helsinki.

El ruido del motor del barco me adormece, una y otra vez debo abandonar el libro que se me cae de las manos para reclinarme sobre la mesa y echar un sueño. La última vez me despierto y me encuentro a Victoria soltándome un largo parlamento. Ha incubado mientras yo dormía unas cuantas ideas sobre lo ritos religiosos de estos países y ahora me lo cuenta con el entusiasmo de quien ha descubierto una mina para escribir en los días siguientes.

A mitad del trayecto ya no puedo con la novela de Orwell, que me parece especialmente mala. Recrearse durante páginas y páginas en la estupidez de una jovencita inglesa de cara de porcelana me parece un asunto en exceso bobo. Los estereotipos de los ingleses, los estereotipos  de los nativos una y otra vez comiéndose páginas y páginas... demasiado. Los escritos políticos de Orwell muy bien, esto no, se acabó.

Ahora es otro momento, circunstancias diferentes, en vez de volar hacia Birmania volamos hacia Helsinki, sí, Helsinki, qué mismo da, y además cambié a Orwell, un buen cambio, por Alan Poe y Natanael Hawthorn. Debemos de andar sobre el golfo de Bengala. De todo lo anterior hace varios dias, creo que navegábamos por aguas del Mekong entonces. Alguna turbulencia hace zozobrar este avión pero apenas se nota después del tercer vaso de vino ofrecido por el servicio de vuelo; ofrecido, por cierto, con una sonrisa de connivencia, o eso me pareció, porque diez horas de vuelo por delante no sería mala idea pasarlas bajo los auspicios de Baco, fecundo en largos y vaporosos sueños.
Saltar de un lado a otro del planeta parece que sea lo último que se nos está ocurriendo últimamente, algo que también vamos descubriendo, no es una muy brillante idea. Delante de mí tengo un monitor que testifica que la tierra es redonda, en él se puede observar el compartimento por donde desapareció hace rato el tren de aterrizaje del avión, y bajo él un mar de nubes con la ligera curvatura en arco del planeta Tierra. Habrá a quien le diviertan los viajes en avión, pero a un servidor, y eso sin contar los checkins y el rollo de los scanners y lo controles de los pasaportes,  le parece una de las cosas más coñazo que puedan darse. Diez, doce horas, con el culo pegado al asiento en medio de la nada de las nubes, a menos que por abajo asome el Himalaya o un espléndido paisaje de cumulonimbos más bien poco corrientes, es un cpeñazo que sólo puede alegrar la cara de melocotón de alguna azafata. En fin, que los amantes de lo viajes que ven en estos vuelos intercontinentales un idilio que se vayan haciendo a la idea de que más les valdría que los durmieron con un potente somnífero nada más subir a un trasto de estos para despertarlos cuando toquen tierra en el aeropuerto de destino.

Bueno, y a todo esto ¿qué coño hacemos aquí, ahora atravesando el espacio aéreo del Norte de la India cuando debíamos de estar volando hacia Birmania? Pues, nada; sucedió que un viaje de un año parece que empezó a cansarnos, primero a uno, y luego descubrimos que al otro también. Y así, la tarde previa en el hotel, que habíamos dedicado a informarnos sobre Birmania, descubrimos noticias de este país que no nos gustaron, treinta y cinco muertos por el viento y las lluvias de un monzón especialmente bestia, problemas de orden público, detenciones en masa por el gobierno presidido, más o menos, por Aung San Suu Kyi, precios muy elevados provocados por un exceso de la demanda sobre la oferta... Se juntó todo. Al final de la tarde Victoria y yo nos miramos intentando adivinar los pensamientos uno del otro y descubrimos que no, que en ambos empezaba a carraspear la idea de que Birmania comenzaba a no ser santo de nuestra devoción. Y pasar de ahí a buscar otros puestos de destino fue una, primero Chennai, al sur de la India, después Corea del Sur, más tarde...  Nuestro buscador de vuelo Skiscanner.com tiene una curiosa opción. Seleccionas aeropuerto de partida y a continuación haces clic en la opción de destino: “cualquier lugar del mundo”. Y el jodío te lista por orden de precios todos los destinos del mundo que encuentra en una determinada fecha. Así fue que descubrimos que volar a algunas ciudades de Europa costaba menos que hacerlo a destinos cercanos como India. Bueno, esto abrió nuevas posibilidades. Ya nos veíamos vijando por Holanda, Reino Unido, Alemania o Francia por el módico precio de doscientos y pico euros.

Bien, y ¿una vez en Europa qué? Una pasta los hoteles y el transporte. Descubrimos pronto la posibilidad de comprar un coche donde pudiéramos dormir, algo que barajábamos desde hace tiempo, cuando regalamos nuestro viejo todoterreno a nuestro hijo Mario apenas emprendido este viaje. Y así nos pusimos a buscar como descosidos en páginas de Alemania un vehículo, pero los alemanes son muy alemanes y utilizan poco el inglés. Terminamos por rendirnos. El español se entiende mucho mejor que el francés y el holandés. Así que tan pronto localizamos algunos coches en las cercanías de Barcerlona o de Oviedo, a tiro de piedra de los Picos de Europa, un regustín pensar en darnos una vuelta por los Picos en lugar de por las tierras de Birmania, no nos lo pensamos muchosTropezamos con un vuelo Bangkog – Barcelona, vía Helsinki y ahí se terminó nuestra aventura asiática. Perdimos sin demasiada pena el importe invertido en los billetes comprados para Birmania y de inmediato conseguimos otros que desde el norte de Thailandia nos llevarían al día siguiente hasta Barcelona.

Y esta es la sencilla historia con que damos por terminado nuestro viaje por Asia. Ahora falta saber en qué continuará la cosa, porque continuar continúa; de momento ya hemos alquilado un coche en Barcelona con la idea de emplear algunos días en localizar algo, un coche, que nos permita vivir a nuestro aire por España o Europa sin pagar un pastón por dormir en hoteles cuando podemos hacerlo a la intemperie, miles de estrellas sobre nosotros, o bajo el techo de un hogar móvil de una manera gratuita; de momento creo que vamos a encontrarnos en Cataluña con mi amigo el caballero andante, Ramón, que algunos recordaréis de nuestras andanzas, él a caballo, yo a pie, alrededor de España; de momento igual tenemos la oportunidad de votar a Unidos Podemos; de momento, jo... se nos abren un montón de posibilidades; de momento seguimos descubriendo que el país del mundo que más nos gusta para patear y viajar es nuestra querida España, “esta España mía, esta España nuestra...”; esta pobre España tan puteada por cabrones y malcriados de toda condición. A este paso también nosotros vamos a tener que enarbolar nuestro patriotismo como los amigos de Podemos. Joder, y es que es verdad, uno se siente ciudadano del mundo, pero cuando poco a poco después de meses fuera uno se va acercando a España algo hace tilín tilín dentro de ti advirtiéndote con su llamada que esta tierra está más cerca de ti de lo que pensabas. Sientes que amas esta tierra, que tu corazón palpita (toc, toc, toc... ;-)) junto al de otros con los que te sientes vinculado por una historia, una cultura, una manera de ser.

El mundo es grande y hermoso, pero el mundo también cansa, de la misma manera que nos podemos cansar de nosotros mismos o de la reiteración de los días; parece que lo más apropiado es obedecer a lo que te va pidiendo el cuerpo con el tiempo, a esas instancias que se nutren de la diversidad y de los cambios de ritmo. En unas horas estaremos en Helsinki. ¿Quién de nosotros lo hubiera imaginado hace un par de días? Ninguno.

Mañana de hotel

Chiang Rai, Tailandia, 14 de junio de 2016

Esta mañana cumplí mi labor de viajero leyendo la historia de Birmania (sabido que los responsables del cambio de nombre de Birmania corresponde a los militares, que no tenían ningún poder constitucional para ello, Birmania a partir de ahora será en mi blog siempre Birmania). El viajero esta mañana echaba de menos sus paseos por las tierras de España, sus caminatas antes del alba, el canto de los pájaros y el croar de las ranas dando la bienvenida al nuevo día. Luego se puso a estudiar historia, pero sobre ella flotaba lo otro, la lectura de los días pasados recorriendo la Ruta de la Lana, la primavera de hace un par de años. Siempre que me reencuentro con alguna de mis caminatas un cosquilleo muy particular viene a recorrerme el cuerpo. Reconociendo lo difícil que es saber lo que realmente uno quiere hacer en la vida, o lo que quiere tu cuerpo, o tu mundo interior (no es difícil que un conflicto de intereses venga a interponerse en cada momento cuando tratamos de aclararnos), y sabiendo por experiencia que en no pocas ocasiones nos equivocamos al elegir, confundiendo la pereza, los efectos de una jarra de cerveza, o el emotivo relato de alguien o un pronto ocasional con los intereses reales de nuestra persona, de hecho la tarea puede convertirse en ardua.

Tener la posibilidad de poder elegir sin prácticamente ningún tipo de impedimento lo que quieres hacer al día siguiente o en los meses próximos se puede transformar en un duro trabajo. Me sucede algo así esta mañana. Mi paso por la prensa y por algunos libros me dejaron un hilo de inquietud. Últimamente es así casi siempre, lo que leo no cae sobre mí como agua de verano a la que rato después sigue la vuelta del sol. Lo que veo y lo que leo me obliga a pensar y pensar se convierte con no poca frecuencia en una tarea lastimosa. Quizás sea por esta razón que el acto de pensar me agobia. No puedo atravesar Vietnam o Laos, ni en los próximos días Birmania, sin que una pizca de inquietud me corra por dentro. No puedo leer el periódico sin que algo se soliviante dentro de mí. Naturalmente no todo es negro o blanco, pero de entre lo que ves en determinado momento tu percepción elige, tus pensamientos se aglutinan en torno a problemas o hechos. No puedes evitarlo. El pesar y la esperanza, la emoción y el pesimismo articulan sobre el pentagrama su particular concierto y lo que te llega a los oídos es una melodía de múltiples voces que va ayudar a que tu estado de ánimo se oriente de una manera u otra.

Así que hoy, sobre ese primer estrato que fue recordar mi tránsito por las tierras de Cuenca, está la prensa, las muertes de Orlando (Obama dice que es una muestra de odio y terrorismo. Es cierto, pero… crea tormentas y recogerás tempestades. En esta guerra los norteamericanos son los responsables indirectos de todo lo que pueda estar sucediendo con el ISIS. Nunca en la historia de la humanidad hubo un pueblo que suscitara y provocara tanto odio y tantos muertos como lo ha hecho EEUU. Si lo de Orlando es odio y terrorismo habrá que decir también qué serán los cinco millones de asesinatos de ellos perpetrados en la Guerra de Vietnam, los bombardeos indiscriminados de Laos, los muertos de Afganistán e Irak, las implicaciones en Argentina, Chile y países de Centro América); después está el título de un artículo de Javier Marías, otro gran gilipollas ilustrado, al modo de Azúa; una entrevista, un artículo de fondo de Iglesias; la mediocridad con que el tripartito actúa contra Unidos Podemos, encabezados por Susana Díaz y Rivera. Y está a continuación la lectura sobre los horrores de los militares birmanos. Pues bien, de entre todos ellos destaca el recuerdo de un hombre que se levanta, acaso de dormir sobre el duro suelo bajo un olivo, a las cuatro y media de la mañana para encontrarse con eso que llamamos Naturaleza, los caminos, los ríos, los bichos, el silencio débilmente visitado por sus botas sobre la tierra, el rumor de los álamos. Sí, toda esa jerigonza de la que me paso la vida hablando cuando mis piernas atraviesan alguna parte del mundo; jerigonza porque me repito, porque mi necesidad de contarlo como si de un mantra budista se tratara pudiera confundirse con un sermón cuando lo que en realidad es un permanente canto.

Esta mañana mis pasos por la Ruta de la Lana me alivian de pensar; los periódicos, la historia de estos países que visito (Y constato que prácticamente del único país de quien ha recibido apoyo explícito la dictadura militar birmana es China, que días atrás construyó un cerco en torno a la matanza de Tiananmen), van desapareciendo poco a poco bajo mis botas de andarín de dos primaveras atrás. La luna, que apenas tenemos oportunidad de ver desde que abandonamos Australia y Nueva Zelanda (viajar en un coche de alquiler y dormir a la fresca día a día es uno de los privilegios que en el Sureste Asiático es difícil disfrutar), me llamaba anoche desde lo alto mientras nuestro taxi nos llevaba desde la orilla del Mekong a la ciudad de Chiang Rai. Echo de menos la luna, echo de menos los vivac, el ruido de las olas junto a mi saco de dormir, echo de menos los bosques, el rutilante silencio de las madrugadas atravesando Castilla, Asturias, algún valle del Pirineo.

El aire acondicionado de la habitación del hotel no llega aliviar del todo el calor de esta ciudad. Pasado mañana de madrugada volamos a Bangkok y de allí a Mandalay, al norte de Birmania. Estamos en tiempo de espera. Vida de hotel, de lectura, de dar una vuelta por el mercado y salir a comer y cenar, poco más.

La caverna mediática

Río Mekong, Laos, 11-12 de junio de 2016


Primer día de navegación.
Frente a otros modos de viajar, tomar un barco y dejarse llevar durante días por el vaivén del agua y el rumor de un motor quizás sea lo que más se acerca a ese bienestar que uno imagina en el hecho de ir de aquí para allá. El gran río asiático, que debe de nacer tierras arriba del Tíbet, baja oscuro describiendo grandes meandros por el medio de una selva por donde, salvo o dos tres pequeñas agrupaciones de casas, no se ven señales de vida.

A ratos llueve, a veces el río baja impetuoso cubierto su lecho por grandes formaciones de rocas de aspecto violáceo unas veces, otras de color oscuro terroso cubierta su superficie por los rizos de la lava. A ambas orillas colinas no muy altas jalonan casi todo el recorrido. Día de apacible lectura. Esta mañana he comenzado con un tomo de George Orwell, "Los días de Birmania", una novela ambientada en Myanmar en los primeros años del pasado siglo que aprovecha la experiencia del autor en este país durante el tiempo de la colonización inglesa. Alivia leer la prosa incisiva de Orwell machacando como un martillo pilón toda la falsa propaganda del "bondadoso" colonialismo británico. Poner el poder de la palabra al servicio de la verdad es el ejercicio honorable que  siempre  desempeñó Orwell con brillantez; ahí están como muestrario esos dos libros que nadie debería dejar de leer. "Rebelión en la granja" y "1984“, dos nada cómodos argumentos para invitarnos a despertar frente al enemigo común. No hay manera de zafarse de esa única verdad de que la razón de todo colonialismo es la extorsión y el robo de los pueblos colonizados. Por ahí andan dos de los personajes de mi novela:

"-Pero querido amigo mío, ¿qué mentira están viviendo los ingleses en Birmania? -pregunta uno de los nativos.

-Pues, obviamente, la mentira de que estamos aquí para contribuir a elevar la condición de nuestros pobres hermanos negros en lugar de para robarles".

A la cabeza de este bloc de notas había escritas estas palabras: "La caverna mediática". La recogí ayer de algún periódico con la idea de encontrarle un hueco. Hay expresiones o palabras que retraran de una manera tan gráfica una determinada parcela de la realidad que pienso que deberían llevar grabadas en su pie, como se hace con una obra de arte, con una estatua, el nombre del autor. Decir prensa amarilla, prensa de derechas o simplemente añadiendo algún calificativo que haga pensar en el bochorno moral que determinados periodistas exhiben cada mañana en las páginas de los periódicos o en algunos programas de televisión, es un ejercicio poco práctico porque es como si nos obligara con ello a explicar día a día la razón de un apelativo relacionados con hechos que rozan la delincuencia pero que son aislados. Sin embargo echar mano de una expresión como caverna mediática tiene la gráfica ventaja de englobar en dos únicas palabras a todos esos esperpentos periodísticos patrocinados por los cebrianes, los carvajales, los maruendas o indas y pantuflos de toda condición; tiene la ventaja de nombrar a un tétrico abanico hispano que, todos a una, utilizan vergonzosamente los medios de comunicación para lamer el ojete a todos aquellos que les dan de comer, perros falderos que encuentran su finalidad en la vida en fabricar mierda tras la que esconder su apestosa conciencia.

Esa peste que arrasa el país lo tiene jodido últimamente y como cada vez lo tiene más difícil y su originalidad es nula no les queda otra cosa que repetir como loros durante meses la misma estúpida cantinela de Venezuela, Irán, comunista.

Naturalmente llueve, estamos en pleno monzón y cada tarde la lluvia no deja de presentarse. Se pone bonita la selva cuando llueve, los verdes se abrillantan, el aire del río se hace de plomo; encajonado entre las montañas el barco se abre camino monótonamente.

Día dos

Que vienen, que vienen los bárbaros, viene a decir la portada de El País cuando me levanto y echo una ojeada al periódico antes de embarcar. Se me ocurrió mirar la portada y de nuevo no pude dejar de soltar una carcajada. La ingenuidad y estupidez de esta gente es tan relevante, que es imprescindible leerlo para saber por dónde les duele. Como los tíos no hay modo de que se resignen a lo que dicen las encuestas tratan de hacer juegos malabares con los datos y las palabras. Ya de entrada, envuelto entre consideraciones de aquí y allí, los únicos partidos que existen son PP, PSOE y Ciudadanos, hay que sacar la lupa para encontrar a Unidos
Podemos y sus resultados; los líderes políticos todos suspenden, el que menos Rivera, pero se olvidan de Garzón que con toda seguridad estará en el principio de la lista. No tengo tiempo ahora, nuestro barco nos espera, después ya no tendré cobertura. Así que la situación me deja con la sonrisa en los labios. Que El País se tenga que gastar ahora todas las semanas la pasta para tener que decir que la máquina de Unidos Podemos es imparable es una de las paradojas más simpáticas que puede alumbrar este mes de junio.

De nuevo en el río. Ayer tarde paramos en Pakban, un pequeño y agradable pueblo a la orilla del río. La tarde dio todavía para pasearse, despacharse una buena cena y dedicar el final del día a leer un rato. La rutina a bordo, hoy en un barco diferente, se repite, los verdes de las laderas, el bosque cubriendo totalmente las colinas, el agua tranquila, parsimoniosa, el ruido del motor a popa, las rocas oscuras del río, algunos nenúfares flotando en la corriente. La mancha algodonosa y gris del cielo nos regala la sombra de su paraguas. Nada que hacer durante todo el día, leer, mirar el río y la selva, dormitar tras la comida, dejar que el tiempo pase calmo por dentro de uno.

Culos y otros atractivos turísticos y literarios

Bangkok, Thailandia, 13 de mayo de 2016

En la península de Railay había muchos culos que se lucían a sí mismos muy linda y ostentosamente, culos pequeños de japonesitas de buen ver, culos lustrososos en cuerpos señoriales, culos de color café con leche de aterciopelada curvatura, pero sobre todo había un culo de melocotón en estado tan apetecible que si la dueña, una catalana de Arenis de Mar, se hubiera dejado habría sido para darle un buen mordisco in situ, redondito, con el color dorado de la fruta madura, apenas adornado por una tira de bañador no más ancha de un centímetro, lo que hacía todavía más atractiva la miel de su adivinada firmeza, porque ya se sabe que a la crudeza de la desnudez le viene de perlas ese amago de vestido que sólo sirve para hacer volar la imaginación de los viandantes con una mayor carga de admirado deseo. Digamos que en los atractivos de la naturaleza los culos de estas señoritas no irían muy detrás del Taj Mahal en el raking de las siete maravillas del mundo.   

Decir que los atractivos turísticos de un lugar pueden incluir a tan específicos traseros, a las asentaderas de este o aquel angelito del género femenino, quizás pueda parecer una inconveniencia, mojigata por supuesto para  algunos, pero lo mismo da. Yo por mi parte, como estoy curado en salud con aquello del que dirán, tengo que reconocer que para atractivos turísticos de primer orden :-), que me quiten las piezas de museo y me las sustituyan por lindos culos, sería la única manera de contrarrestar las horrendas atrocidades urbanísticas que se cometen con el paisaje en lugares de concurrencia turística.

La catalana de culo bonito era una pícara de mucho cuidado. Mientras Yago, el amigo catalán con el que conversábamos, un anticuario de Barcelona que había montado una pequeña tienda de ropa en Chang Mai, nos ponía al día sobre los detalles de los distintos tipos de masajes del país, especialmente el oil massage, tan popular aquí, incluido el irresistible happy end del final para los que no son de piedra, un asunto que mi curiosidad tuvo en la punta de la lengua desde que empezó a ilustrarnos sobre el asunto de los masajes; mientras Yago hablaba de estas cosas, decía, nuestra catalana nos daba zurriagazos con la visión de su culo bonito dos metros más allá, unas veces mostrándonoslo en plena posición como una pantalla de cine delante de nuestras narices mientras se agachaba y buscaba, o hacía que buscaba, algo en su macuto, otras simplemente paseándose de acá para allá frente al mar con una cerveza en la mano buscando la mejor posición para que pudiéramos admirar lo que mejor de sí tenía. Sólo abandonó la exposición de su culo bonito cuando oyó que hablábamos de la Costa Brava, en cuyo momento el atractivo turístico central fue sustituido por unas bonitas naranjitas  -Naranjitas y limones, ¿no recordáis aquel cuadro lleno de graciosa luz del Mediterráneo del pintor Joaquín Soroya?-.

Respecto a los masajes, son tan populares que cualquiera pensaría que de golpe todo el mundo se hubiera hecho adicto a dejar su sistema muscular en vaporoso bienestar. Ya sabemos que hay adictos a toda clase de asuntos o actividades, pero eso de asistir sin más impertérrito e inconmovible a un masaje de una linda thai, eso no se lo cree ni el tonto del pueblo. Creo, a lo mejor estoy exagerando.

Para el que tenga la tentación de no tomarme en serio, ya saben de sobra que no pocas veces voy de traca, no me queda otra que hablar también de atractivos de otro orden a fin de que mi secre, la hortelana, que de vez en cuando me corrige una que otra falta de ortografía –uno es muy burro, también se sabe-, no suelte una carcajada durante toda la lectura del post, que seguro lo hará en el momento de leer el título de éste. Carcajada porque a ella le hace mucha gracia tener un señor esposo tan admirador de culos y otros derivados de la misma especie. Apañao estaría yo si la hortelana fuera celosa. ¿Alguien puede imaginar lo que podía ser vivir durante una año de viaje con una persona a tu lado que torciera el gesto y diera la bronca cada vez que los ojos del viajero se van de parranda por ese hermoso escaparate de cuerpos lindos que son las calles del mundo? Porque digo una cosa, que mucho filosofar de que el viaje es esto y lo otro, pero estamos en lo de siempre; cosa para no decir la verdad, que uno, si viaja y sufre las inclemencias de las temperaturas y las inconveniencias de ir de acá para allá del mundo es para bañar de vez en cuando sus pupilas con las bondades de lo femenino. He dicho (jajaja...).

El atractivo de otro orden al que quería referirme, tiene que ver con mis lecturas de estos dos últimos días: Octavio Paz, “El arco y la lira”. A Octavio Paz lo percibo como un emperigotado caballero que carga con el haber múltiple del dominio de muchas materias diferentes, un intelectualismo difícil de hollar, un gran poeta, un pensador luminar; la actitud ante él puede ser la de quien tiene delante un genio multicefálico ante cuya presencia hay que arrastrarse a cuatro patas como ante los antiguos monarcas de Oriente. No creo exagerar, su poesía y la habilidad con que el estilete de su pensamiento profundiza en asuntos de arte me producían estos días cierta perplejidad. El otro día le escribía precisamente de ello a Quique, el chico de mi hija (eso de yerno no me cuadra), un entusiasta de Octavio Paz, unas pocas líneas en este sentido: Hay poetas que cada vez que los lees ponen un punto de emoción en tu ánimo, pero si además de ser un poeta es capaz, como lo es Octavio Paz en El arco y la lira, de organizar el hilo de las emociones dispersas, atendiendo tanto a las espirales de su ADN como a su significado dentro de una realidad más compleja, para ofrecernos la efervescencia del entramado poético en tan ricos análisis, tenemos entre el poeta y filósofo del arte un maravilloso dueto que raramente encontramos en la historia de la literatura o el arte. Es curiosa esta especie de dicotomía con la que leo a Paz, un personaje que no sé por qué no me cae simpático, pero que como Vargas Llosas me proporciona momentos de tan, a veces, emocionada lectura. Y Quique, entusiasta, con un entusiasmo matizado, diría, contestaba a vuelta de whatsapp: “Es cierto lo que cuentas de Paz, es capaz de maniobrar y tensionar no sólo la lengua, sino también el pensamiento, y, encima, encaja y queda bonito. No conozco tanto a Vargas Llosa, pero de Paz me da la impresion de ser el último descendiente de la cultura barroca virreinal, de las monjas poetisas y los jesuitas que prometían una monarquía a los criollos que resucitaría el esplendor mexicano. Magos de la palabra, buscadores incansables de la lengua de Adán y de la 'harmonia mundi'. ¿Por qué nos caen mal? Por el pecado de haber querido distinguirse poniéndose la banderita neoliberal, de moderno demócrata que mira por encima del hombro a sus compatriotas, como aquellos jesuitas sermoneando a los indios”.

No creo que Octavio Paz haya escrito nunca la palabra “culo”, su aristocrática mentalidad y su condición, como tan bien exponía Quique muy sabiamente, de último descendiente de la cultura barroca virreinal, se lo habrían impedido. Si un culo es un atractivo turístico no deja de ser atractivo, aunque en otro orden muy diferente, la escritura de este hombre, un vergel de poesía y pensamiento donde uno puede emplear un cuarto de vida de lectura.

El sabor de la cerveza

Bangkok, Thailandia, 12 de mayo de 2016

Regalo este post a mi amigo Santiago Pino, en honor a nuestro mutuo amor por la montaña y a nuestra rigurosa afición por la cerveza.

Esto de que uno pueda admirarse de situaciones, de personas, de asuntos que se le cruzan por delante, ayer de una convergencia política, hoy de un hombre que escala en solitario paredes de setecientos metros rigurosamente verticales y sin ninguna clase de seguro, es una suerte de lotería que de una forma u otra no tienes más narices que celebrar. Uno, al que su propia mediocridad le espanta a veces, y por supuesto la de otros muchos con los que se tropieza aquí o allá, en la calle o en las redes sociales, se llena de sana envidia en estos casos. Cuando una profunda admiración me sorprende a mitad de camino de cualquier tarea, siempre noto que mi pecho rezuma bienestar; admirar a alguien o el cómo se ha resuelto un conflicto de intereses -en definitiva una admiración por las personas que consiguieron resolver el conflicto- puede llegar a producirme un vago placer no exento por añadidura de una pizca de sentimiento de minusvalía. En lo que me supera suele haber una altura de valores, capacidades o disponibilidad que están lejos de mi mano alcanzar, pero que me hubiera gustado tratar de conseguir.

Por el contrario, cuando me encuentro como ayer en las redes sociales un cartelito en letras de molde de varios centímetros de alto que dice: “A la mierda las segundas oportunidades, la gente no cambia ni cambiará…”, no tengo más remedio que sentirme un rey tuerto en un mundo de ciegos.

De mi admiración por la convergencia política ya hablé estos días. La de hoy está provocada por mi encuentro con la historia de un joven norteamericano, Alex Honnod, de treinta y un años. En los cientos de veces que he pasado bajo enormes paredes de granito o caliza en mis andanzas por los Alpes mirando hacia arriba e intentando trazar con la imaginación un fantástico itinerario de escalada, o queriendo descubrir esta o aquella conocida ruta, generalmente con los dientes largos, siempre me apremió un sentimiento de impotencia que aún sigue dando señales de vida en momentos como hoy. Aún recuerdo lleno de rubor algunas semanas que pasé en mis años de escalada dándole vueltas a la posibilidad de escalar en solitario la Sur y la Este de El Pájaro en la Pedriza. Tenía tantas ganas… pero cada vez que me ponía a ello de sólo pensarlo me temblaban las piernas. Leía en algunas revistas o libros cómo se comía aquello de escalar en solitario, llegué incluso a hacer un pequeño ensayo, pero… Cuando por entonces Gerardo Blázquez al que con tanto cariño recuerdo, uno de los pocos que escalaban en solitario en aquellos tiempos, nos explicaba cómo había escalado a pelo la pared de la Pique Longue, yo no daba crédito a mis oídos. Nada, decía, fui a cruzar la rimaya y se me cayó la maza al fondo de la grieta de hielo, así que no me quedó más remedio que seguir escalando con lo puesto y sin ninguna clase de seguro. Y lo contaba con tal naturalidad que hacía pensar en la poquita cosa que eras tú. De la misma manera flirteé en otras ocasiones con escalar el espolón central Croz de los Grandes Jorasses. Mis limitaciones como escalador tocaron techo superando la fisura Knubel de alguna de las agujas de Chamonix o el espolón de la Brenva en el Mont Blanc. Hice bonitas cosas en los Alpes con Mayayo, Moisés, Castaño o Fulgencio Casado y María López Carmona pero, como en tantas cosas mi mediocridad me dejó definitivamente fuera de juego para una de esas grandes o medianas aventuras. Por eso, cuando camino, miles de kilómetros bajo tantas montañas, siempre lo hago acompañado por un cierto sentimiento de medianía que pese a todo no me resulta del todo desagradable. Son cosas que incentivan la humildad.

Y está claro que no me preocupa en absoluto ningún tipo de notoriedad, es un asunto muy personal el que me aguijonea. Es el convencimiento de que más allá, en los pilares de las Dolomitas, en los couloirs, en los atrevidos itinerarios que recorren las paredes de los Alpes, se encuentra la vida más plena que uno puede desear. El reto, el desafío, la superación del miedo, el encuentro magnífico contigo mismo, la plenitud que da experimentar tu fuerza y tu capacidad de decisión en una aventura difícil es tan espléndida, tan hermosa, tan…  Razón de ello da un amigo de René Demaison. Lo he contado en otro lugar, lo vuelvo a relatar aquí. La cita es de uno de sus libros, “Le forze della montagna”. René Demaison y su compañero Jack Batkin se habían comprometido en escalar por primera vez en invierno el espolón Croz de las Grandes Jorasses un mes de febrero poco propicio. Una semana de intensa escalada, un enorme tormenta, sufrimientos incalculables, la pasión de escalar una gran pared en las peores condiciones. Llegaron a la cumbre. Después de aquello Jack Batkin dejó de escalar por una larga temporada. En el verano siguiente se encontraba sentado en una terraza de una cervecería de Chamonix bebiendo un vaso de agua y menta, cuando un amigo se le acercó; éste le pregunta: ¿No escalas más, Jack?. "No", responde. "Ho fatto un viaggio talmente grande alle Grandes Jorasses con René, quest'inverno adesso no faccio niente, lo rivivo". Ecco, ahora lo revivo. Actos de una vida cargados de belleza y plenitud que será propio revivirlos durante años. Ahora uno se puede beber una gran jarra de cerveza mientras contempla las aventuras de su vida, sin embargo el sabor de esa cerveza ciertamente no será el mismo si se la bebe Demaison, su amigo Batkin o Alex Honnod que si te la bebes tú, yo, quiero decir.

Subir una pared de extrema dificultad de setecientos metros con la sola compañía de una bolsa de magnesio en la cintura supera en tantas miles de veces cualquier hipotético sueño que pudiéramos haber tenido a nuestros veinte años, que no es posible otra cosa que rendir nuestra más sentida admiración a estos héroes modernos; igual que esas dos horas y veinticuatro minutos que empleó Ueli Steck en escalar en solitario la pared norte del Eiger. Igual que estos días atrás Carlos Soria alcanzando la cumbre del Annapurna a sus setenta y siete tacos. Ahí queda para nuestra admiración como ejemplo del arrojo de los hombres de hoy junto al de tiempos pasados el relato de la primera ascensión también del Annapurna en el inolvidable libro de Maurice Herzog, “Annapurna, primer ocho mil. La gran aventura”.


Por cierto, si tenéis interés podéis ver los videos de Alex Honnod y leer el artículo aquí
http://deportes.elpais.com/deportes/2016/05/11/actualidad/1462983680_997461.html


Carlos Soria en el Annapurna 

La nueva convergencia: Un reto

Krabi, Tailandia, 11 de mayo de 2016

“Los seres humanos se movilizan cuando alguien moviliza sus emociones”.

¿Cómo se llega a ese instante en que la emoción se acerca cristalina como un riachuelo de montaña, llega y, sin tu permiso, se agarra a  tus vísceras y sin apenas darte cuenta te encuentras, sientes como un infinito bienestar, como quien resucitara en un campo de exterminio? En donde todo es lóbrego, sin esperanza posible se abre un resquicio de luz. Me sucedió cuando Podemos obtuvo seis diputados en las europeas, fue como el clarín de unos nuevos ángeles que anunciaran la resurrección de una sociedad muerta, abarrancada en sórdidos espacios sin esperanza en donde tanto el PSOE como el PP habían conseguido hundirnos en la miseria más triste, una sociedad sin voz, derrotada que se había rendido al puterío del neoliberalismo, entregado sus armas y dispuesta a dormir un largo sueño por lo siglos de los siglos... y sin embargo despertamos y la emoción acompañó al alba que empezaba a clarear en el horizonte con un indiscutible signo de esperanza.

Las fuentes de la emoción siguen siendo un enigma para este viajero aficionado a indagar lo que sucede en sus conductos neurales y que unas veces es motivado por la simple belleza, otras por un cuerpo bonito que se ha cruzado en su camino y en algunas más, como me sucede hoy, por la irrupción en el paisaje diario de una esperanza para nuestro país de miserias. De entre esas irrupciones, la de Podemos en el panorama político constituyó uno de los momentos más emocionantes que recuerdo de mi relación con la realidad social de mi país. Décadas antes había sido la aparición de Alfonso Guerra y Felipe González en los balcones del hotel Palace la noche en que el PSOE obtuvo la mayoría absoluta en el Congreso, un resquicio de luz que terminó por extinguirse a lo largo de los años. Hoy es la confluencia de IU y Podemos lo que me emociona. Hago cuentas y me encuentro que los tres casos están relacionados con una idea común: la esperanza.

Hemos pasado tantas décadas tan jodidamente desesperanzados y comidos por los piojos que sólo pensar en la posibilidad de que puedas salir a la calle y no te coman las ratas o te den por culo en cualquier esquina ya te levanta el ánimo. No es que vivamos bajo el imperio de una ley Mordaza permanente, es que es tremendamente deprimente encontrarte con que las instituciones, los juzgados, los ayuntamientos van a estar llenos de mierda sin remedio si no se produce ese milagro que apunta con la convergencia de IU-Podemos. ¿Cómo no me va a emocionar la posibilidad de que al fin una enorme marea de solidaridad y justicia llegue a barrer las tierras de mi país?
A veces oigo despotricar a algún amigo contra este o aquel político, de éste porque lleva el pelo largo, del otro porque es algo arrogante, del de más allá porque no dice todo lo que a él le apetecería oír... y la verdad es que no les entiendo, sería como alguien a quien van a devorar de un zarpazo se entretuviera en indagar en la Wikipedia por la subespecie a la que pertenece el gatazo ese que le va a comer hasta los entresijos ya mismo.
A los analistas y periodistas les corresponde dar cuenta de los hechos o especular sobre su veracidad o la incoherencia de determinadas proyecciones sociales o políticas, pero no siendo ni lo uno ni lo otro sólo me queda especular sobre mis emociones y por las raíces en donde éstas beben. La genuina emoción de una convergencia de izquierda comparte su espacio con asuntos de índole muy diferente, en este caso es como un parto alrededor del cual se reunieran todos los familiares para celebrar la llegada de la nueva criatura, pero en todo caso la emoción se nutre de asuntos que nuestro mundo interior por narices tiene que considerar importantes. Que algo trascienda las páginas de los periódicos y traspase tu epidermis hasta el punto de que la emoción te humedezca los ojos viene a decirnos que estamos muy cerca de algo cuya importancia personal es capital. Acaso no estés afiliado a ningún partido político o participes de ningún cenobio particular relacionado con estos asuntos, pero si estás a miles de kilómetros de tu casa y la emoción se te dispara con estas cosas quiere decir que, joder... que tampoco hay que explicar todo con pelos y señales, ¿no? Lo que quiera decir ya lo averiguará cada uno por su cuenta.

Estoy contento, tanto como en aquellas semanas en que la irrupción de Podemos nos puso el corazón caliente a tanta gente. Podrá haber una actitud de cálculo y de provecho en esto que está sucediendo, un adaptarse para superar los inconvenientes de la ley de Hondt, pero yo lo siento de otra manera. Por primera vez se ha hecho un gran esfuerzo para que la gente de izquierdas unidos pueda mirar el futuro con esperanza; con cálculo o sin él ello es una realidad que alenta y deja el camino preparado para llegar a acuerdos mayores.

Lo dicho: “Los seres humanos se movilizan cuando alguien moviliza sus emociones”.


Imagen: un reto por delante. 

Esos dos hombres con el puño en alto: ¡emocionante!

Krabi, Tailandia, 10 de mayo de 2016

Mirad la cara de ese macaco que fotografié esta mañana, así se me ha puesto de boba la sonrisa cuando por la tarde abrí la portada de El Diario y me encontré con Garzón y Pablo Iglesias con el puño en alto después de haber llegado al acuerdo de acudir juntos a las elecciones. Emocionante. Es una imagen que mi retina tenía apresada desde hace mucho tiempo en forma de deseo y que hoy, al fin, se hace realidad. La admirable capacidad de Garzón para modernizar y poner al día IU, unido a su natural humano sencillo y humilde y a la vez de férrea determinación puede llegar a hacer milagros en la izquierda española.

No sé exactamente las diferencias que puede haber entre el programa de IU y el de Podemos de cara a un nuevo proyecto de país, pero no creo que sean significativas. Hace tiempo Javier Gallego, en un programa de Carne Cruda, sometió a Tania Sánchez, entonces miembro de IU, a un cuestionario de propuestas que aparecían en el programa de Podemos o de IU. El juego consistía en que Tania debía adivinar a qué partido correspondía cada una de las propuestas que se le iban a leer. No dio en el clavo más allá del treinta o cuarenta por ciento. La realidad es que son los únicos partidos que apuestan por una transformación profunda del país. Empieza una nueva singladura en la política española que toda gente de bien debería aplaudir con ilusión para arrastrar a los indecisos y contrarrestar toda la basura que se aproxima en las semanas por venir. Cosas como las del Pantuflo empezaran a bullir en los medios, ya tenemos ahí a Rivera echando leña a la máquina del miedo con titulares como ése de “Podemos apuesta por el comunismo”; los comunistas, los rojos, todos aquellos que están hasta los mismísimos de servir de carne de cañón a la banca y sus allegados. Rivera, con su aspecto de niño bien no ha tardado mucho en demostrar que es una versión beta del PP, una simple cadena de transmisión del IBEX35. Seguramente con la palabra ésa, comunismo, tratará de hacer un buen trozo de campaña a sabiendas de que aquellos a los que se va a dirigir todavía no han tenido tiempo de despegarse del franquismo, gente de esa generación a los que enquistaron en el cerebro la palabro “rojo” como sinónimo de diabólico y pervertido. Buena señal en todo caso, porque así se les podrá ir conociendo, dónde están y qué quieren realmente.

A otra cosa. Estamos en Tailandia. Hace un par de días entrego el pasaporte en el control al policía de turno en la frontera tailandesa; el poli se enfrasca en sus páginas, serio, muy en su labor de funcionario. De repente levanta la vista y pregunta en parecido tono al que estuviera indagando si llevas drogas en la mochila o no: ¿Real Madrid o Atleti? Y yo levanto el dedo pulgar y contesto: Real Madrid, of course! Y suelta una carcajada y me desea una feliz estancia en su país. Entrar en un país de esta manera es un alivio en la vida cotidiana del viajero y, por supuesto, un hecho que te predispone muy bien para la estancia en él, y ello a pesar de la dictadura militar que gobierna el lugar y de las serias restricciones de las libertades.

Krabi es una de las zonas turísticas más visitadas de Tailandia. El último tsunami arrasó una parte considerable de esta costa, pero el lugar es tan bello y lleno de atractivos que ya está todo en pie de nuevo. Un paisaje cubierto de grandes pináculos y escarpadas paredes, que se elevan en la selva como gigantones de piedra, y que han hecho del lugar la meca de la escalada de esta parte del mundo, surca la costa y las islas de los alrededores dando al lugar un aspecto bello y exótico. Hoy estuvimos en la península de Railay, un centro de escalada y de hermosas playas. Hicimos un bello sendero por la selva y estuvimos de cháchara medio día con Yago, un catalán que montó una pequeña empresa de ropa en Chanmai. El barco nos devolvió al final de la tarde a Ao Nang justo en el momento en que el crepúsculo empezaba a vestirse de reflejos y de amagos de tormenta.

No nos sentimos a gusto en estos lugares. Bien para un día o dos, pero hay demasiada gente, demasiados turistas. No es lo nuestro. Horror, turistas, decíamos entre nosotros; horror el destrozo del paisaje natural. Hubiéramos querido que un golpe de viento se llevara los resorts, los turistas… Es tan lamentable que paisajes que podrían estar entre los más bellos del mundo sufran una degradación que convierte a estos lugares en meros mercados de bisutería que destrozan metro a metro un entorno, que en otro caso sería cristalina belleza. Este es el mundo que estamos levantando. La codicia hace estragos en el paisaje, el dinero es inmisericorde con la belleza; no creo que haya nadie que controle esto. Una pena.

¡Horror, turistas! Mientras estemos en Tailandia vamos a tener que estar muy vivos para elegir dónde queremos ir. Dios santo lo que nos espera cuando los chinos puedan viajar; ya han empezado a invadir el mundo, también con sus inversiones, así que en una década o dos a un crecimiento del nueve por ciento, podremos tener a mil millones de chinos ocupando todas las playas y lugares de interés del mundo; ya será imposible viajar y tener un poco de paz en alguno de esos rincones de la naturaleza que tanto nos gustan. Dentro de una década o dos tendremos que hacer reservas en parques nacionales y hoteles con un par de años de antelación. A los turistas nos tendrán que llevar en camiones amontonados como sardinas porque las carreteras y las calles de las ciudades estarán imposibles. Esa era la impresión esta tarde mientras no estuvimos caminando por la selva. Allí, por supuesto ni Dios (menos mal). Jo, qué porvenir.