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Navegando por el Amazonas





La hamaca fue el remanso que encontramos al cabo de dos meses de un viaje que nos había llevado desde Ciudad de Méjico a través de Centroamérica, con un breve vuelo a Cuba, hasta la gran vena de agua que atraviesa Brasil. Mirar la vida desde la hamaca, enfrentar las ideas, los recuerdos, las percepciones desde el vaivén amazónico. El barco ha zarpado en Manaus y, corriente arriba, se dispone a afrontar un viaje de diez días con destino a Iquitos, la legendaria ciudad de la selva peruana a la que el Fitzcarraldo de Wernerg Herzog quiso adornar a principio del pasado siglo con un teatro de la ópera que rivalizara con el de la Escala de Milán. Fitzcarraldo tenía mucho de Mahler, fuertes, visionarios ambos, la grandiosidad de la selva, el trabajo de alzar un buque por las laderas de una montaña para ganar el codo inexplorado de otra gran corriente de agua. Trato de situar el primer movimiento de la octava sinfonía en el fondo de las primeras secuencias, cuando la nave empieza a alzarse sobre la superficie de agua como un milagro mientras cientos de brazos indígenas mantienen firmes la tensión de las cuerdas sobre las poleas y los cabrestantes. Es un canto al esfuerzo ciclópeo del hombre por expresar ese grado de locura que necesita el espíritu para acercarse a la plenitud; lo que nace del agua en el arranque del primer movimiento con un rotundo acorde es tan hermoso como la creación del mundo; el barco emerge del río y empieza su andadura por la ladera de la montaña. Herzog inventó las montañas en torno a Iquitos, las necesitaba para izar su barco por una ladera y para despeñarlo a continuación por la corriente abajo de un río salvaje. La selva de Iquitos nunca se eleva por encima de las enseñas de los barcos que la atraviesan, pero no importa, parece como si el hombre tuviera necesidad de un reto en cada momento de su vida; si las circunstancias no nos llevan a ello, habrá que inventarlas, como hace Herzog, a fin de poner a prueba nuestro espíritu adormecido. La vida sin retos será poco menos que esa calma tropical en donde ni las estaciones ni los estímulos tienen parte.
La hamaca es un artilugio que dispone, por su naturaleza náutica y aérea, a la reflexión, a la enunciación, a la asociación de los recuerdos; mucho más cómoda, creo yo, que esa chaise-longe en donde Thomas Mann hace yacer a su protagonista de la Montaña Mágica, durante un considerable número de páginas. Los contrarios se tocan, la calma tropical del Amazonas y la estación de alta montaña suiza, pueden ser un excelente balcón sobre la vida, a condición de disponer de un tiempo suficientemente dilatado para contemplarla.
El barco había zarpado, el sol del crepúsculo se había hundido en el agua dejando sobre su superficie el brillo descolorido de la ceniza. La luna se dibujada tenuemente en la superficie del río y yo la miraba desde la cubierta demorarse mecida en un perezoso balanceo. De pronto tuve la sensación de haberme liberado de un puñado de obligaciones, el ajetreo de los buses, los madrugones, la correspondencia; el cuerpo me pedía tranquilidad, tiempo para mí, sesiones de hamaca. Me parecía un regalo no verme empujado por nada que me apremiara a moverme en una dirección determinada.
* * *

Me había despertado en acompañado por el leve ronroneo de los motores del barco, la calma chicha del agua del río. La mañana estaba fresca, era lindo el lugar, la orilla, ahí a la mano, con sus pequeños poblados de vez en cuando, los cayucos de algún pescador, las arboledas adornando la orilla permanentemente; todo parecía como recién estrenado a esta hora. Era agradable sentarse después de dejar al cuerpo en condiciones de armonía física consigo mismo —el baño, el desayuno, el frescor de la pasta de dientes— a ver la mañana y decirse: bueno, veamos qué nos trae hoy el día.
¿Cómo será vivir aquí, a la orilla del río, me preguntaba, sin otra conexión con el mundo que esta masa de agua? ¿Semanas, meses, años, ausentes de comunicación, sin otros nexos ni tensiones que las que fuera capaz de generar el cuerpo y las relaciones con las personas y el medio? En la orilla veía a una muchacha cargada con la mochila de ir al cole. Habría escuela, aunque fuera remota, habría gente aunque estuviera diseminada, la selva no es impenetrable, se puede caminar como un pinar guarrameño; a lo mejor era lo mismo, a lo mejor no había nada remoto ni del todo exótico. Probablemente lo verdaderamente exótico seguiría estando en las posibilidades que nos ofrece el cerebro, las exigencias de pensar, crear algo nuevo: estar vivo, arreglar una casa, echarse al río a pescar, recibir el calor del sol o la brisa del atardecer
Sin embargo era imposible no pensar en el elaborado producto de la cultura que fue fabricando el hombre, un acto inútil querer prescindir de él, porque esa cultura nos hace seres más densos, más autoconscientes, la cultura engrasa la maquinaria del espíritu e imprime densidad y profundidad allí donde en un principio sólo existía la brutedad arborícola de nuestros antepasados. La cultura no es otra cosa que la posibilidad de que el ser alumbre conciencia de sí, crezcan flores donde sólo había cardos y piedras, sonidos armoniosos donde sólo el ulular del viento hacía acto de presencia de tanto en tanto. Y ser selectivos, exigentemente selectivos porque son muchos los caminos fáciles y rotundamente equivocados, equivocados hasta el punto de hacer perder la cabeza y el sentido de la realidad al más pintado. Buen olfato, oído fino, atención a los signos.

Surgían estas cosas del ambiente apacible de la mañana, era agradable especular frente al paisaje; invitación a la reafirmación de lo básico, materia visual para hacer acopio de lucidez, no fuera a ser que algún día nos perdiéramos en alguno de los laberintos que produce indiscriminadamente nuestra adelantada maquinaria social.
¿Qué era aquello que acontentaba mi espíritu, le daba esta mañana ese aire relajado de bienestar? El camino que siguieron nuestros organismos durante estos meses sí parecía estar poniéndonos en condiciones de hacer, “Ce qui est difficile ce n’est pas de faire, mais de se mettre dans l’état de faire” (Brancusi), citaba hace unos días Salvador Pániker en su Cuaderno amarillo. Mi ojos se demoraba en las nubes y los grandes árboles de blanco tronco, e intentaba adensar los recuerdos y las vivencias alrededor del ánimo sobrevenido de esta mañana de navegación. El río Amazonas sólo es Amazonas entre Manaus y el océano, cuando el río Negro y el Solimoes unen sus inmensos caudales. La unión de estos dos ríos es el espectáculo de la fusión de dos grandes historias: el negro intenso de las aguas que bajan de Venezuela junto al Orinoco, mantienen su reservada distancia con aquellas color terroso del Solimoes, que nace en los Andes. Ambas aguas caminan dentro del mismo cauce, unas al lado de las otras, sin fundirse. Pasarán muchos días de navegación antes de que la cercanía de una y otra termine por resolverse en un caudal único. Así probablemente nuestra relación con las personas, caminos largos que recorrer juntos, la experiencia de los rápidos, el aire de la noche llenando de brillo de estrellas la superficie calma del agua. Quizás sea esto de flotar uno junto a otro el amor, no lo fugaz, sino eso que llegados al delta, al final de la vida, recordaremos con extraordinaria sensación de bienestar; lo que permanece, lo que es capaz de enquistarse en nosotros como parte de nuestra propia médula.
La hamaca, el chinchorro, es un instrumento idóneo para asentar el cuerpo y dejarlo ir por los caminos que el ocio puede ofrecerle. El agua se movía indolente entre la orilla y el barco. Me llegaba un fuerte olor a orines, los criajos de al lado habían empapado la hamaca vecina en el transcurso de la noche. Frente a mí una joven leía un volumen del Nuevo Testamento; en la hamaca próxima una nena se agarraba a la mamiteta mientras manoteaba el otro pecho de la madre, que dormía despanzurrada sobre el chinchorro metiendo el pie dentro del Nuevo Testamento de la vecina. La madre no tenía más de dieciocho o diecinueve años, la nena sólo se tranquilizaba agarrada a la teta o correteando por cubierta; su mamá llamaba indolentemente a Jefersson que, con sus tres años, no es capaz de estarse quieto un minuto y corría arriba y abajo de la escalera y se asomaba peligrosamente por la escotilla de estribor. La madre se volvía a acomodar, me metía el codo derecho por el ojo; la joven del Nuevo Testamento dormía acunada por el sopor de la cubierta. Era una humanidad hacinada, pero no desagradable; constituía la vida del instante, si ayer, anteayer se respetaban las distancias dentro de esta aproximación inevitable, hoy esa misma distancia ya no existía, los espacios individuales habían desaparecido; sin embargo, en la versatilidad de la hamaca era posible encontrar el hueco a diferentes niveles para colocar todas las partes del cuerpo en una posición de inusitada comodidad. Los colores, la disposición de los tirantes y las telas, el contrapeado de los cuerpos, formaban un conjunto armonioso. Aunque Victoria comentara que parecíamos refugiados políticos o prisioneros de guerra en lugar de pasajeros, la imagen respondía más al hábito de la asociación de estereotipos que a otra cosa.
Espectáculo de luces y sombras a la caída de la tarde, barcas, pescadores que traen su mercancía al puerto, barracas reflejadas sobre el agua; los bopos, semejante a los delfines, aunque mucho más pequeños, describiendo pequeños saltos sobre la superficie del río. Unas pocas tomas de las siluetas que atravesaban las últimas luces flotando en el crepúsculo desvaneciente. Y calor, calor húmedo, pegajoso y espeso que dejaba la piel como untada de aceite y perlaba el rostro de gruesas gotas de sudor.














Curso medio del Amazonas


Junto a mi hamaca era la permanente presencia de mi vecina, su pesadez corpórea, su voz áspera y desganada gritando el Jefferson de rigor, sus pechos sobresaliendo indolentes a cada instante por debajo de la blusa para dar de mamar a su nena. Ese alentador escenario que es la calle para mirar a las mujeres perdía su frescura en el trasiego humano del barco; aquí todo parecía más vulgar, la sensualidad parecía haber sido defenestrada por la conjunción de la convivencia y la satisfacción de las necesidades elementales cotidianas. Me preguntaba si no sería la sensualidad cosa sustancialmente del coco, pura imaginación al servicio de un sofisticado instinto creador que busca hacer brotar de la realidad un fuego que duerme escondido en la pura madera del cuerpo. La vulgaridad, la realidad rala, son incompatibles con el disfrute de los bienes que se derivan de la sofisticación de un cerebro desarrollado. ¿O quizás habría que decir de una sensibilidad desarrollada?, o ¿estará uno implícito en lo otro, la sensibilidad como parte de un cerebro avanzado? Pero ¿y qué es un cerebro desarrollado? ¿O será que el juego está más bien en un aprendizaje basado en las posibilidades que ofrecen nuestras relaciones con el entorno, y en la forma en que nosotros damos complejidad a las maneras simples y buscamos combinaciones creativas que alimenten alguna conexión neural tendente a generar placeres no elementales?
De todas las mutaciones posibles sólo subsisten aquellas que ponen al individuo en mejores condiciones de supervivencia. De la misma manera, la sofisticación de los caminos de la libido no tendría una historia diferente, lo sofisticado va abriéndose camino en la historia de cada uno, de una sociedad, en función de una concatenación de actos perdurables que se han ido acumulando unos a otros y que en última instancia suponen un bien adquirido producto de una larga elección entre posibilidades múltiples. Cuando identificamos ciertas circunstancias como sensuales, por ejemplo, y otras no, lo único que hacemos es reconocer el modo de apreciar el cerebro la realidad en relación a sus intereses particulares. Las mil y una locuras relacionadas con las sofisticaciones del acto sexual y sus concomitantes, no pueden tener otra explicación que la selección de un importante número de gestos, hábitos, modos de insinuar, moverse, vestirse, tendentes a satisfacer un placer que debe de estar en hombres y mujeres grabados con la intensidad de lo insoslayable.
Aquel día no estaba seguro de que la religión hubiera sido un elemento de alienación, cada uno se defiende de la soledad como puede, “Sonríe, Jesús te ama”, decía la camiseta de un pasajero que pasó junto a mi hamaca (“Sonríe, Jesús te ama”. No te preocupes, no sufras, hay alguien que está junto a ti, alguien te ama, no estás solo, dice implícitamente esta leyenda). Generamos una sensualidad, una mano prensil, un cerebro avanzado, una religión. El individuo, el organismo social no debe explicar nada; de todo el muestrario de variaciones posibles, de mutaciones que la aleatoriedad introduce en el individuo o en el cuerpo social, perviven las que son útiles en un entorno. La utilidad de la religión en determinados estadios de desarrollo individual, social, cultural es obvia esta mañana mirando a este gentío que comulga con las mismas consignas y con un modo de equilibrar sus desventuras y sus querencias.
La derivación de la religión a partir del principio del placer estaría en el ámbito de una de las aspiraciones más genuinas del hombre: consuelo, amor, protección contra las inclemencias, remedio de todos los males, superación de los imponderables y, de remate, broche impecable, el gran invento: la posibilidad de trascender la muerte. No encontró el hombre nunca una herramienta más prolífica y versátil que ésta de la religión para enfrentarse al mundo e intentar superarlo. Las supersticiones tuvieron que ganar en complejidad y riqueza para así poder hacer frente a la multiplicidad de las cuestiones que se planteaban.

* * *

Por la tarde terminé Doña Bárbara, fin a la pasión por el llano y por los grandes ríos, también a los grandes amores y a los designios de la llamada interior.
Rememoramos frente a las últimas luces del día nuestro mejores momentos. Si te fueras a morir dentro de un rato, ¿qué recuerdos crees que convocaría tu memoria para ese instante?, le pregunté a Victoria. Ayer me asaltó ese mismo pensamiento por la mañana. Lala proa. Tomamos nuestro café. Era el ambiente de los buenos momentos, anchos, espaciosos, hechos de la inmensa serenidad que brota de la naturaleza. Mi memoria convocaría en primer lugar a la montaña, a todos los rincones de la naturaleza que dejaron en mí la temprana impronta de las vivencias más nobles, y la poblaría enseguida con la presencia de unos pocos hombres y mujeres; no hace falta nombrar a nadie, ya sabéis vosotros quienes sois. oscuridad se adueñaba lentamente del río, había pequeños remansos de luz sobre su superficie, Venus se reflejaba junto a
Las constelaciones del sur se asomaban por el horizonte, el arco sobre el cielo de la luna y el sol, cambió también de posición; ahora, pasada ya la línea del ecuador, había que buscarlo hacia el norte. Recordamos juntos la aventura solitaria alrededor del mundo de Julio Villar, en ¡Eh, Petrel!, metido en una pequeña embarcación de catorce metros de eslora. Si a mí la montaña fue suficiente como para poder convocar en una última tarde de vida al grueso de los recuerdos, ¿qué sería una experiencia como la de este hombre, la de tantos que hicieron en sólo unos pocos años una cosecha cien veces superior a la mía? Seguía envidiando a los hombres solitarios que se aventuraron con el petate y poco más a lo largo y a lo ancho del mundo con la casi exclusiva intención de encontrarse consigo mismos y con un trozo de naturaleza. El recuerdo de Julio Villar me lo trajo la constelación en la que pacía Aldebarán, una estrella que se ve poco en nuestras latitudes y que él nombraba en algunas ocasiones como referencia de su navegación. Permanecimos hasta muy tarde ensimismados en la contemplación de la noche; en algún momento viene una fragancia que inunda la borda. Era una vaharada penetrante que llenaba de resonancias los sentidos; la orilla desvaneciente, los restos remotos del crepúsculo sobre el río llegaban hasta nosotros dejando constancia del instante grabando en la memoria un momento de excepcional belleza y placidez.
Me levanté pronto para ver amanecer, pero el barco estaba en puerto, el sol se alzaba tras los árboles. La mitad de los pasajeros habían desaparecido en el transcurso de la noche. La mujer indígena que leía constantemente el Evangelio junto a mi hamaca, un rostro bellamente ovalado y adusto, se cepilla los dientes en el lavabo común de cubierta y deja la loza, impoluta hasta entonces, llena de una pasta rojiza con aspecto de hemorragia biliosa. Durante todo el día ya no pude ver a mi vecina sin que mi retina se viera iluminada por aquel coágulo sanguinolento.
Por la mañana el boli corría voluptuosamente por la superficie del papel, el río se había estrechado y la temperatura a la sombra era acariciadora. Vemos y miramos como el sediento que se bebe un vaso de agua fresca... como si reconociéramos en ese cuerpo que tenemos delante una parte de nosotros mismos, esa mirada que querría encontrar en la realidad de la mañana rasgos de una existencia vivida en algún momento anterior. Pero también la incógnita de las concomitancias entre mi cuerpo y el del otro, entre mi espíritu y el suyo. Los cuerpos estaban ahí por la mañana como servidos para desayuno de mi curiosidad. Desembarcó la madre de Jefferson y, ahora, su espacio de hamaca había sido ocupado por dos hombres mayores que miraban ausentes al techo; la chica de la hemorragia bucal había encontrado dos acompañantes que le daban motivo para una risa tontibonita. Tenía una gran facilidad para tocarse esa gente brasileira; me gustaba verlos tontear, acicalarse, flirtear; sus miradas bovinas contra el crepúsculo de la tarde en la apartada baranda de proa reflejaban deseos difíciles de satisfacer entre la saturación humana de cubierta. El señor mayor de mi derecha, de pelo cano y mirada ausente, fumaba, adusto, serio, impasible ante lo que sucedía a su alrededor.



Amazonas. La gran Loretana





Cambiamos de barco. Por la tarde mi hamaca se asomaba al río balanceándose desde el proscenio de La Gran Loretana, el barco con el que continuaríamos el trayecto hasta Iquitos. Al otro lado del río se veían las luces de Leticia y Tabatinga. El pequeño poblado de Ramón Castilla, cuatro casas en donde ondea la bandera peruana, se levantaba, con sus techumbres de cañas y hebras vegetales, por encima del talud de la orilla. Las casas, alzadas como palafitos sobre pivotes de madera, formaban un par de filas por el medio de las cuales corría un camino de piedra; calle principal y única a donde se asomaban dos tiendas, la oficina de la aduana, la escuela, la barraca de la policía federal, un par de restaurantes y unas pocas viviendas. Junto a una de ellas habíamos charlado con tres críos que hacían sus deberes desnudos ante una mesa de tablas.
En Tabatinga, nuestro último contacto con Brasil, habíamos tenido el tiempo justo para recoger el correo. El más animoso y simpático de todos, era sin lugar a dudas el de mi suegra Mary, que en un arranque de euforia y actividad había conseguido llenar un puñado de párrafos para nosotros.
Fuera pereza, Sagrario, comenzaba su carta en un alarde de buen ánimo, contesta a esa carta de tus hijos ausentes, tan lejos de todos nosotros y tan cerca de mis pensamientos diarios. Y contaba detalles de su setenta y nueve cumpleaños, asuntos de la vida cotidiana; también había estado con Lucía en el teatro, con vuestra Lucía, decía ella. Daba por último noticias de nuestros hijos, de los que no ahorraba elogios.
Aunque sólo fuéramos viajeros de ocasión, puros señoritos, curiosos de esta tierra llena de agua, no por ello nuestra sensibilidad dejaría de empaparse de ese algo que tiene la facultad de hacer sentir al cuerpo (ese que cantaba Marisa, verso a verso, en uno de los correos —bendito cuerpo, bendito aire, noche, lluvia—), el sabor íntimo de las cosas de este mundo. El río se acaparó del tiempo, lo embrujó con los reflejos del crepúsculo, con el estertor de la sirena, con las virtudes múltiples de la hamaca meciéndose en el espacio último del viaje como quien se ríe de las prisas de este siglo; lo embrujó, lo secuestró y ahora ya no existía el tiempo; veíamos suspendidas las nubes blancas del azul ligero del cielo, mirábamos jugar a los bopos al atardecer, hablábamos sin que por primera vez en muchos años sintiéramos la necesidad de saber qué haríamos en el momento siguiente.
* * *
En momentos como aquellos —¡ah, la hamaca! de noche, las luces como pececillos tiritando en la superficie del río— uno parecía visitado por el don de la ubicuidad. ¿Cómo expresar lo que se siente sin cansar a quien nos pueda estar leyendo? Porque no quiero seguir escribiendo sin volver a hablar de la noche, de la hamaca, de la brisa fresca que dejó la tormenta de la tarde sobre la superficie del río Solomoes. Mi mente limitada no sabía encontrar elementos diversificadores en la calma de la tarde, pero es que estando tan lleno de estas cosas era una lástima no dejar testimonio de ello. Sucedía como cuando uno se encuentra ante un motivo fotográfico de excepción, se pierde la noción de la medida de las cosas y las tomas siguen a las tomas ininterrumpidamente como si la saturación de la misma imagen sobre el fondo oscuro de la cámara fuera la manera que elegimos para confesarnos nuestro gozo estético de manera repetida.
Nuestra azotea de hierro era habitada esta vez por tan sólo tres pasajeros más; un gran toldo nos protegía de la humedad de la noche. La ubicuidad de la tarde venía también hoy de la mano del abultado número de cartas que leímos, una vez hubimos montado nuestro campamento en torno a las hamacas del puente de popa.
Mientras terminábamos de leer la correspondencia bajo el cono de luz que oscilaba por encima de nuestras hamacas, habíamos notado que el barco describía extraños y reiterativos giros en el río; las luces de Leticia y Tabatinga, que lógicamente deberían aparecer por popa, tanto las veíamos por proa como a estribor o a babor según las momentos. En un principio, abstraídos como estábamos con el correo, pensamos que se trataba de otra población, cosa, por otra parte muy improbable, pero que servía a la razón para no abandonar el hilo encantado de la lectura. Era una noche muy oscura en que no había otras referencias que esos restos luminosos; el manto de agua no se llegaba a distinguir de la orilla, los árboles de la ribera eran una masa oscura e indiferenciada que se confundía, engullida por la noche, con el telón de fondo del cielo estrellado. El ruido de los motores se asemejaba al de un automóvil al que le resbalara el embrague. Terminamos por saltar de nuestras hamacas y bajar al puente de proa para averiguar lo que sucedía. A estribor, sobre una plataforma que caía directamente sobre el río, un marinero lanzaba la sonda y gritaba la profundidad al maquinista: tres, cuatro metros. En aquel instante la popa coleaba peligrosamente a menos de cinco o seis metros de la orilla. Durante más de una hora el barco subió y bajó con extrema lentitud la corriente del río buscando aguas profundas, parecía como si aquello no tuviera salida, en todas las direcciones la sonda no superaba esos tres o cuatro metros que continuamente gritaba el marinero. La totalidad del pasaje, asomado a las barandillas, no perdía detalle de la situación. Cuando en algún momento el marinero gritó: ¡seis metros!, hubo un respiro, el barco giró ligeramente a babor, descendió siguiendo la corriente del río y luego enderezó hacia la otra orilla por un río cada vez más navegable.
Sólo cinco hamacas en el puente de popa. El sonsonete de los motores acunaba el principio de nuestro sueño; la luna, débil, salía ya tras una cortina de nubes, hacía surgir algunas sombras en el mate plano de la noche en donde sólo el vibrar de los motores y la oscuridad existían. Ya no era el sopor ni el calor húmedo de anteayer, un fresco apacible corría por cubierta.
Desde que empezó a clarear todo tuvo la forma de un sueño, llovía fuerte, oía ruido de motores y la sombra de otro barco junto al nuestro tenía aspecto onírico. No estoy seguro de si existió en la realidad, lo percibía como un sueño. Despertar lejano con un fuerte dolor reumático en el hombro y brazo derecho. Sonaba repetidamente la sirena, la orilla había desaparecido tras un telón de niebla y agua. Las percepciones se movían al ritmo del balanceo de la hamaca, un tic tac que marcaba con su cadencia un no sé qué de espacio intemporal en la madrugada. Había amanecido pero nadie se movía de su chinchorro, encogidos como yo en un alba de plomo, gris, lleno de una lluvia persistente que teñía de misterio el cuadro entero del día que comenzaba. El río se ensanchó hacia popa; muy lejos, la línea de los árboles, muy débil, se desdibujaba hasta fundirse con el perfil marino del río. El viento golpeaba los toldos deshilachados que cubrían el puente de popa. Tenía algo de buque fantasma aquel armatoste de hierro.
Las horas pasaban extremadamente lentas por la mañana, el ronroneo, sistemático, cadente, ajeno al tiempo, indolente, pesado, se hacía patente en medio de un calor cada vez más agobiante, sin brisa que aliviara la pesada calma del momento. Me había despertado con un sol en los ojos que levantaba de la copa de los árboles y caía directamente sobre estribor como una caricia matinal. Despertar y haraganear en la hamaca después de ocho horas de sueño sin cambiar de posición, sin moverme, sin una mala molestia después de tanto tiempo tumbado, era un regalo. Defiendo mis ojos tras la sombra del extremo de la hamaca que está prendido de los hierros de la toldilla, me voy desprendiendo poco a poco de las prendas que tengo encima, la capa de plástico, que me aislaba de la humedad, el gabán de algodón que me compré en Mérida por quinientas pesetas como recurso contra el frío, el chubasquero que adquirí para ir a Los Nevados, un par de calcetines, los pantalones largos, y vuelvo a estar tranquilo mirando al río, repantigado en la calma chicha de la hora. El calor terminó por echarme de allí, bajar al baño, quitarme las legañas, hacer estiramientos junto a un chaval que me observaba intensamente con esa mirada descarada que tienen los críos del todo el mundo. Le mantengo la mirada, se sonríe, me pongo de rodillas en el banco tapizado de cuero, estiro: dejo mi cuerpo en condiciones de encontrarse con el nuevo día. Hoy toca olfatear arriba y abajo del Perú para ver dónde mi instinto perruno quiere echar sus meaditas preferidas. Las tenía enumeradas en una vieja guía que compramos hacía años en Bolivia, Backpacking in the Andes; la Cordillera Blanca, el Huascarán, el Sendero del Inca en los alrededores del Machu Picchu. Las montañas y los glaciares sustituyeron de inmediato al río, el señor del día y la noche de entonces, y me entraron unas repentinas ganas de caminar; Dios, caminar, caminar, qué deseo de encontrarme con las montañas; la vuelta a los orígenes, a una semana de barco otra semana de cumbres y esfuerzos, pasos cercanos a los cinco mil metros, largos valles, otra manera de estar conmigo.
Se me ocurre que la vida puede ser eso, muchas maneras diferentes de estarse con uno mismo. El viaje, y dentro de él esta calma sedante del río; y, además, el afán de caminar y de mirar. Poner al organismo en condiciones de ser estimulado. El río y la montaña eran dos maneras diferentes de alcanzar ese estado de hacer. La fertilidad de los estados de autoconciencia en contraposición con aquellos en los que apenas se destila la preocupación biológica por superar el aburrimiento. Mi estar conmigo mismo era columpiarse entre la conciencia racional y el abismo de nuestro escurridizo ser interior, un punto privilegiado de observación en el que la realidad y nuestro complejo yo encuentran las mejores condiciones para acrisolar y sintetizar su esencia.
Vivir rodeado de actividades inocuas, atender sistemáticamente a los asuntos de intendencia, me alejan de mí, me deshumanizan. La población de esta parte del Perú hace la vida en el río. Su vida parece transcurrir en una ocupación continua; economía de subsistencia acompañada de una numerosa prole. El hombre necesita un espacio en donde encontrarse y poder decidir sobre sí mismo; algo muy diferente a eso otro de verse empujado por los acontecimientos que nos van echando encima los días a lo largo de nuestra vida sin dejarnos respiro para decidir.
La actividad que deba avenirse con mi yo, cualséase, que dirían los antiguos, tendría que cumplir la ineludible condición de tener a ese yo como referente, no la alienación que supone el transcurrir de los años sin que seamos nosotros los que decidamos sobre el cúmulo de circunstancias que nos conciernen.
El barco se detiene a recoger cajas de pescado junto al talud de un poblado; alternancia de calor sofocante con la brisa de la vuelta al río. Alternancia de ritmos. También esto debe ser un constitutivo necesario en los esquemas del cerebro; la frescura de la alternancia, cambio de ritmo como en la música, no vaya a ser que un exceso de autoconciencia atasque los imbornales de cubierta y con la lluvia nos vaya a llegar el agua al culo.
Por eso que ni siempre montaña, ni siempre río, simplemente que no falte el alivio de reencontrarse con cierta frecuencia y, sobre todo que no nos olvidemos de los ratos de locura. Ponga usted un rato de locura en su vida y el cuadro quedará completo. Ahora, ojo al canto: atención a la sonda. El río se ensancha hasta convertirse en un inmenso lago salpicado de islas; pura arena, aguas someras por tanto, máquinas al ralentí y un marinero lanzando la sonda a cada momento, no vayamos a dejar encallado este trasto en un ramalazo de locura y velocidad. Hacia proa se oía la voz del marino: hondo, siete, ocho, nueve, hondo, hondo. Seguimos navegando.
Perdí la noción del tiempo por un rato. Arropado y mecido en el sitio de siempre, leía Historia de un náufrago, de García Márquez. Casi tenía que hacer un esfuerzo para salir de la balsa que flotaba en el Caribe. Relato verídico, escueto, sin concesiones literarias. Llega la noche y los aviones de rescate no aparecen; hay un silencio infinito junto a la balsa. Y levantaba la vista y volvía a ser consciente de dónde estaba, el río, la brisa, un rebaño de nubes ligeras campando en el horizonte. Sopor de siesta bajo la toldilla, sólo Victoria y yo no dormíamos. Cremosa lentitud, calor; desde hacía día y medio el agua se había vuelto oscura y espesa, la bandera peruana ondeaba perezosamente en el pabellón de popa; cabañas de techumbre de palma, algunas garzas, los cayucos de siempre... y calor, mucho calor. Y bajo la toldilla un naufragio y poco más; a mi derecha Victoria leía a Rómulo Gallegos, el episodio aquel que narra cómo el llanero, cabalgando en la noche, enciende el cigarrillo con un ojo cerrado para que el deslubramiento del fósforo no le impida seguir cabalgando una vez que éste cuelgue encendido de la comisura de los labios. Leer: estar aquí, pero estar allí, la simultaneidad de los mundos y las ideas; mundos que yo elegía, el trabajo de deslizar mi mano y decidir entre la oferta de las estanterías qué tipo de historia quería vivir hoy o mañana; y así saltar de Cuba, de los versos musicales de Nicolás Guillén, a los Llanos de Venezuela; a un rincón de España de la mano de Galdós, ayer; al Caribe, hoy, con García Márquez; a Macondo mañana; a Méjico con Rulfo, que no resistí dejar de comprar antes de poner este gran río entre una librería y la siguiente. Y una vez recuperada la conciencia de mi lectura —el náufrago en su primera noche— con un vistazo a este bloc, volver al Caribe, ver, constatar en qué para el camino hacia la supervivencia.
A las cuatro y media de la tarde, cuando el calor en cubierta volvía a ser asfixiante, el náufrago llegaba a tierra y seiscientos hombres lo llevaban en andas hasta las puertas de la civilización. Y todavía nuestro barco seguía incansable su ancho camino de agua, aproximándose poco a poco hacia la hora del crepúsculo. Y junto al camino de agua seguían creciendo árboles y chozas y barcas de pescadores. Todo continúa igual que antes del naufragio, sólo apenas hacía un rato.
Después, la tarde transcurrió en un placentero espectáculo de luces que se desplegaba frente a la proa poco antes del crepúsculo. Y al cabo, envueltos ya en la oscuridad, la tormenta, inflada y ventosa rompiendo con toda su fuerza contra el barco. Los pasajeros habían evacuado el espacio de la toldilla bajo el puente de popa ante la amenaza del temporal, las ráfagas de viento y agua llegaban a todos los rincones. Victoria y yo decidimos quedarnos allí, sin embargo; el insólito espectáculo de los truenos rompiendo contra el río y la selva era digno y hermoso. Sólo un pequeño rincón quedaba a salvo del agua. El motor, con su bronco rumor de máquina, asumían el papel de los contrabajos en la sinfonía de la tormenta, melodía arrafagada en medio de la noche que se terminó de echar encima en un santiamén en el momento en que empezaron a sonar los primeros relámpagos.
Y llegamos a Iquitos a la una de la madrugada. Y le caímos bien al patrón del barco y nos dejó pasar la noche en nuestras hamacas hasta el amanecer. Poco después del mediodía tomábamos un vuelo con destino a Lima.