El Chorrillo, 13 de diciembre de 2015
Mientras esperamos... Me pregunto si esas cosas que dan cierto sentido a la vida en los últimos tiempos, escribir, caminar, viajar tendrá validez para los años por llegar. A veces lo dudo. La materia que sustentaban mis libros de poemas de una década atrás era una materia transitoria y puntual por mucho que se prolongara durante años; por ejemplo. Ahora estoy totalmente incapacitado para escribir versos, se secó la fuente de donde provenían. ¿No podría suceder lo mismo con la afición a caminar, con los viajes? De hecho, sin más, viajar era algo que ya no entraba ni soñando en mis proyectos y sin embargo ahora el viaje me alimenta y nutre con buenas dosis de ganas de levantarme cada mañana para dirigir mis pasos a un nuevo paisaje, a una nueva ciudad.
¿De qué está hecho, coño, todo esto, cada uno con su talego de cosas con las que llenar los días a lo largo de las estaciones, los días esos de mi suegra sin ir más lejos, que falleció hace días y cuyas ilusiones y expectativas yacen, polvo eres y en polvo te convertirás, ahora entre la tierra y el substrato vegetal que alimentarán a un lilo y a sus olorosas flores cada primavera? ¿De qué está hecho? Hoy, sentando a la vera del camino de la espera, mientras retomamos nuestro viaje abandonado en una isla del Pacífico, me parece imperativo conocer medianamente de qué está hecho todo esto que fluye por nuestro cerebro y que tan importante es para que la vida sea sustanciosa, no pierda fuelle y las ganas de levantarse cada mañana sean el regalo esencial con que iniciar una nueva aventura.
Estos días que leo un viejo libro que escribí mientras viajaba hace una década por los países del Pacífico, trato de descifrar qué alimentaba entonces mi viaje y la escritura de ese libro. Era una época en que estaba jodidamente enamorado, en que todo se fue al garete y en que para curarme en salud decidí perderme viajando al otro lado del mundo. Leo y lo que leo me gusta. ¿Por qué? Creo que en aquella circunstancia había un fuego, una energía acumulada que bruñía mi mirada y alimentaba mi espíritu; junto a ello había también buenas lecturas, uno de esos libros, por ejemplo, que dejan huella y te ayudan a comprender la realidad, y ello envuelto en el lujo de una prosa que convierte en placer los ojos que la tocan. Se trataba de un libro de viajes de R. L. Stevenson. Y suma y sigue y añádele los países del trópico, Filipinas, las islas de Borneo y Sumatra, los volcanes de la isla de Java, la selva. Todo un cóctel molotov vivencial para que un ojeroso enamorado viajara como chutado por las tierras que en su lejana infancia Emilio Salgari había sembrado de piratas y sandokanes.
Le digo a Victoria que todo esto es pura cocina, lo que pasa en la vida podría resumirse con un ejemplo culinario. Para preparar un buen plato se necesitan, primero de todo los recipientes adecuados. Nosotros en persona. Luego vienen los ingredientes, las lentejitas, el choricito, la cebollita, el pimentón, la sal; pues eso, los paisajes, los ríos, las montañas, las gentes, las diferentes culturas, los azares del camino; y por último el fuego, dato esencial, sin fuego no hay plato de lentejas que valga. El fuego es la esencia del plato de lentejas y del viaje, sin fuego no hay cáscaras. Y sin más me voy a mi viaje de hace una década por el Pacífico y me pregunto por cuál era el fuego en aquel medio año en que los azares de los encuentros, un amor que perdí, una amiga que me encontré en Sri Lanka, o la adopción de un vagabundaje que me placía, me llevaron desde Filipinas y Extremo Oriente hasta la India y posteriormente a un largo recorrido por África con la hortelana.
Quien porque los dioses lo propiciaron o porque simplemente se encontró con un regalo una mañana en la puerta de su casa, es visitado por una pasión, sea ésta del color que sea, es un tío suertudo que con sólo que aplique medianamente su inteligencia a mantener vivo el fuego primordial bajo el perolo de la vida ya tiene casi seguro un buen plato de lentejas con que despacharse por una temporada. Fue lo que me sucedió a mí. Las lecturas, el amor contrariado, las tierras de lejanos héroes de libros de infancia y el esplendor del mundo que recorría, hicieron de aquel viaje un catalizador, un hecho esencial de vida.
Ahora las cosas son diferentes, por eso quería echarles un vistazo a estas ideas a ver de qué iba en esta ocasión el asunto de la cocina, porque las comparaciones son odiosas pero sirven para aclarar pequeños detalles culinarios. Mi experiencia es que hay asuntos que suscitan un especial fuego interior, un fuego que como el de la cocina de mi casa o mi chimenea tanto sirve para hacer un buen cocido como para producirte un infinito dolor si es tu amada la que te chamusca el alma. Asuntos de este tipo son la muerte de un ser querido, el anuncio del nacimiento de un nuevo ser (dos días hace que sabemos por Mario y su chica que seremos abuelos de nuevo al final del próximo verano), la llegada a la meta de un maratón, un naufragio sentimental, cualquier pasión que logre rescaldarte el alma, también la mirada atónita por la miseria de algunas calles de la India o los alrededores de Lima. El dolor, el gozo, la intensidad de una vivencia, la belleza, la mirada de un niño, el paso de dos enamorados cogidos de la mano, son asuntos que pueden estimular ese fuego vivencial que hace de las experiencias de la existencia una sustancia poderosa.
La música, la poesía, el arte necesita de estas cosas para existir. E imagino que para hacer un viaje aceptable sin morir en el intento, valga decir igualmente para lograr esos grados de emoción que uno espera alcanzar, está por ver si uno es capaz de arrimar suficiente fuego a ese hogar, ese viaje, donde se cuece tanta experiencia diversa.
Las dudas de que hablaba al principio siguen en pie, los años y la curiosidad no hacen a veces buena pareja. No está de más por ello cierta dosis de prevención así como mantener cierto nivel de ejercicio para que los huesos no se adormilen.