La cajita de la felicidad

El Chorrillo, 16 de diciembre de 2015

Puestos a iniciar un viaje parece oportuno, ya que todo el mundo anda a la búsqueda de la felicidad, conocer por qué parte del planeta se encuentra ese país de la felicidad, a fin de, acaso, comprar un billete con destino allí donde esté. En la agencia de viajes: Oiga, quiero un billete baratito para la felicidad. Desconoces en qué parte del mundo puede estar aquello, pero como expertos los hay por doquier para todo, etc. Esta mañana después de despertarme y remolonear en la cama durante un largo rato con alguna de esas leves imágenes que vuelan frecuentemente por mi imaginación a esa hora, caí en la certeza de que una buena parte de la felicidad se encuentra en el entorno de una vulva, nada más hay que ver al personal para en una primer vistazo saber que en ese entorno en donde se localiza el origen del mundo se cuece una parte importante de los anhelos de todo quisque, y ello pese al desgaste que las neuronas pueden tener a lo largo de los años en la especie.
 Que de no sólo pan vive el hombre ya lo decía el Evangelio. Pero sigamos. Animados a buscar los caminos de la felicidad, cosa que no dejaría de hacer ni siquiera el tonto del pueblo, bien vale ir rescatando alguna de esas cosas que nos encontramos un día u otro por el camino y que huelen a gozo y satisfacción para así ir sabiendo cuales son los confines de ese país llamado Felicidad. Ubicuo si cabe más que todas las cosas el asunto de la cajita, bien podríamos decidirnos a situarlo en uno de los primeros puestos del rating de las agencias destinadas a valorar la felicidad en el mundo.
Felicidad, cierto, para un rato, una de esas mañanas que te despiertas inspirado o que tras salir del sueño descubres a tu lado la cercanía de un cuerpo de mujer que vaya usted a saber por qué cosa misteriosa empieza a ocupar sibilinamente tu cuerpo con un reptador e inesperado anhelo, o que sin comerlo ni beberlo aparece tras la arremetida inesperada de las notas de un saxo, o que resurge entre las turberas de la memoria y viene a tu recuerdo a calentarte una de esas horas que pasas alguna tarde contemplando el horizonte a la espera de que en el cielo estalle un crepúsculo aceptable.
No, tampoco podría decirse que aquello que produce felicidad sea un sabroso plato de lentejas que uno pueda estar zampándose de la mañana a la noche ininterrumpidamente a cada momento. Ya lo decía San Agustín, la virtud está en el medio. Por tanto a no abusar y, eso si, no desaprovechando cualquier oportunidad que pueda atravesar la hipófisis. Así que si uno ya de entrada se despierta pensando que esa mañana no estará de más remolonear en la cama esperando acaso que un suave céfiro de ala de paloma venga a visitarle, mejor esperar acontecimientos a fin de que desde el primer momento del día puedas hacer caso también a aquella máxima del Evangelio que habla de los gorriones que no han de ocuparse de su sustento porque Dios proveerá. Y entonces, si resulta que viene Dios, cualsease lo que uno entienda por Dios, y te regala cual si fueras un gorrión despistado que no se entera de qué va esta compleja realidad, si estás o no metido en uno de esos cuentos de Las mil y una noche en donde bellas doncellas juegan con un mandadero, un emir y su califa, después, naturalmente, de beber dulces y olorosas cantidades de rosado vino, a descubrir los gustosos usos y mil nombres de la rosada cajita que las mujeres tienen entre las piernas o los matices de la turgencia de la herramienta masculina,  y te regalan o te despiertas con el suspiro del moro entre las piernas, pues eso. Seguro que cuando los efluvios del alcohol hayan llegado a su fin podrás estar en posesión de nuevo de una renovada gran verdad.
La culpa de que a uno le surjan tan de temprano ideas de este cariz en vez de estar pensando si fue Rajoy o Pedro Sánchez quién hizo pipí más lejos en su esfuerzo por sacar de su tumba a un bipartidismo más muerto que todas las cosas, creo que la tiene sin duda la lectura de Las mil y una noche, delicioso recreo del que cada vez que emerjo salgo rejuvenecido por mor del desenfado y la frescura de las historias que Sherezade narra noche tras noche a su enamorado. Y sí, no hay noche en que la cajita de la felicidad salga a relucir como el mejor pasatiempo en el que ambos puedan recrearse, ratos de exquisita felicidad en que antes y después de la cosa surgirán emires, princesas, magos y personajes de toda condición que tratarán mediante mil peripecias librarse de la muerte y alcanzar esas briznas de felicidad que la cajita y su entorno proporciona a sus enamorados.
Ya se sabe que cuando el diablo no sabe qué hacer, con el rabo mata moscas. Algo así me sucedió a mí esta mañana cuando rondando el mediodía logré desprenderme de las sábanas y del poético alborozo de las historias de Sherezade donde a última hora el juego consistía en averiguar el nombre de aquello entre las piernas y que tras muchas pesquisas el mandadero había descubierto que se llamaban en la primera doncella la albahaca de los puentes, en la segunda lo que se deleita con raciones de sésamo descortezado y en la tercera la posada de Aby-Mansur, razón por la cual cuando las doncellas hubieron dicho el nombre de sus cajitas de la felicidad, "el mandadero se levantó, se despojó de sus vestidos y se metió en el agua. Se lavó todo el cuerpo, como se habían lavado las doncellas y después salió del baño y fue a echarse en el regazo de la más joven, y señalando a su virilidad, preguntó a la mayor de todas: "¿Sabes ¡oh soberana mía! cuál es su nombre?" Al oír estas palabras, las tres se echaron a reír tan a gusto, que cayeron sobre sus posaderas y exclamaron: "¡Tu zib!" Y él dijo: "No es eso, no es eso." Y les dio a cada una un mordisco. Ellas dijeron entonces: "¡Tu herramienta!" Y él contestó: "Tampoco es eso." Y a cada una le dio un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron "Sí que es tu herramienta, porque está ardiente; sí que es tu zib porque se mueve." Y el mozo seguía negando con un movimiento de cabeza, y luego las besaba, las mordía, las pellizcaba y las abrazaba y ellas reían a más no poder, hasta que acabaron por decirle: "¿Cómo se llama, pues?" Entonces él meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando a su zib, dijo: "Oh señoras mías! vais a oír lo que acaba de decirme este niño: "Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby-Mansur."
¿Que cómo sigue la historia? Así: "En este momento de su narración, Sherezade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente"

Si después de leer la última parte de este post no os entra unas enormes ganas de leer Las mil y una noche, es que sois unos casos perdidos. :-)