Ocho de la mañana, un patio sevillano a donde se asoman todas las habitaciones del hotel; paredes color salmón tipo Thyssen y una luz matinal filtrándose cálida y prometedora por los altos vitrales del tercer piso, grandes ventanales asomándose a las laderas de La Paz; una curiosa ciudad en el fondo de un inmenso hoyo rodeado de montañas que deben de llegar más allá de los 6000 metros. Illimani, se llaman las más bellas.
Todavía respiramos mal, la ciudad está cerca de los 4000 metros y desde que hemos llegado tenemos alguna dificultad cuando hacemos esfuerzos o nos movemos cargados con los macutos.
La gente de color, aymará y quechuas, son gente extremadamente adusta, poco amigable. Me pilla de sorpresa esta extrema sequedad ¿propia de la raza? ¿propia de su situación social y económica? Estamos acostumbrados a la sonrisa, medimos a las gentes por el grado de simpatía que muestra. Pero ésta no es una antipatía tan zahiriente como la que pueda mostrar un alemán, por ejemplo; la del alemán, cuando se da, la vemos generalmente cargada de prepotencia, la de esta gente de color parece indiferencia, su negación está cargada de distancia activa. Veo familias enteras ventilando el almuerzo en los chiringuitos, la guagua duerme en un rincón junto a frituras entre montones de mercancías, las calles son a la noche un tremendo revoltijo de sacos y mercancías de todo tipo, los olores son fuertes y penetrantes, a veces vienen bufaradas de orín, fruta descompuesta, la calle es un pudridero; en la semioscuridad hay hombres y mujeres que esperan vender todavía parte de aquel montón variopinto que les rodea.
Me asalta la duda cuando tengo la cámara entre las manos. No, no puede uno acercarse a los puestos con la frívola curiosidad de un viajero que quiere hacer una fotografía. Siento que podría escribir desde la no frivolidad si fuera capaz de mirar a mi alrededor con adustez, adoptando un punto de vista más penetrante de la realidad, menos hueco (turista con cámara olfateando por los puestos del mercado). La fuerza de la penetración de las cosas está en relación directa al esfuerzo que hacemos para comprenderlas y empatizar con ellas; y no es una mirada superficial, ni un entretenimiento somero de juntapalabras lo que nos da fuerza para enfrentarnos seriamente a la tiesura de esta gente. El pulso que echa a mi frivolidad este bullicio de calle es poco convincente, mi status económico y social... parece disponerme en la fácil tendencia a considerar la calle como dispuesta a saciar mis curiosidades. Y la calle no tiene muchos motivos para ser complaciente.
Visita a Tianahuacu
Había fiesta en el pueblo: mercado, baile, gentío y muchos colores. Durante el tiempo que he estado en la plaza del pueblo mi ánimo ha pasado, de una animada curiosidad por los bailes, su significado, los trajes y por todo lo que veía y oía, a una sensación de hastío, rechazo y revulsión según la cantidad de alcohol ingerida por toda esta folclórica población ha ido deformando sus rostros hasta convertirlos en beodos y patéticos danzantes girando y girando en la plaza hasta quedar abatidos sobre el suelo. Las quenas y los tambores repetían un par de compases una y otra vez, los bailarines se movían como muñecos de un tiovivo durante horas. Del gentío se desprendía un olor acre a humanidad sudada, a cerveza rancia. La destemplanza de aquella gente y su música sonando interminablemente durante medio día en una danza circular siempre igual, la suciedad, terminó por alejarnos del lugar.
Mi actividad fotográfica fue tarea desagradable, hecha a escondidas; gente excesivamente desabrida con la que ni siquiera era posible negociar un precio para unas tomas corrientes. Como había fiesta aproveché la atención de la gente en la música para disparar sobre caras de ancianas y niños, pero los resultados fueron mediocres; buscaba a los niños pequeños sobresaliendo del fardo a la espalda de la madre, a las ancianas de tez aceitunada y cobriza, su expresión adusta. Me excitaba esta caza furtiva, esa cosa que debe de tener el cazador por dentro cuando se mimetiza con el ambiente para pasar desapercibido y así sorprender a la víctima sin que esta se aperciba.
En la ciudad antigua apreciamos con interés los antiguos sistemas de regadío (los sukakoyus), algo parecido a los sistemas de bancales que utilizábamos entonces en nuestro huerto familiar.
Es el tercer día de permanencia en La Paz. Nuestra respiración sigue siendo dificultosa, la altura nos afecta enseguida cuando caminamos deprisa o subimos una cuesta, es un jadeo continuo. El proyecto inmediato es un recorrido de varios días que pasa por uno de los collados del Illimani, a 4800 metros de altitud, y desciende después durante dos jornadas hasta las zonas bajas de los Yungas, desde la nieve y los hielos pasando por todas las diversidades de la vegetación hasta entrar en plena selva. En los Yungas se produce la mayor parte de la coca que exporta este país. Mientras tanto visita al hospital para vacunarnos, prevención que se une a las pastillas que tomamos contra la malaria desde hace dos semanas. No somos excesivamente meticulosos con estas cosas, pero la visión de muchas partes de la ciudad, que presumiblemente debería ser lo más sano del país, nos inducen a tomar la cosa con seriedad. En la ciudad hay rincones realmente inmundos. Estamos a gusto pero hemos encontrado una gente excesivamente distante, el comportamiento de los indios raya a veces en la grosería. Llevan su primitivismo marcado en el rostro y en su actos. El indio parece vivir encerrado en sí mismo, la india diría mejor, que son las que pueblan todas las calles de la ciudad con sus chiringuitos de venta de todo tipo de mercancías. Si pides permiso a una de estas indias para tomar una foto a ella o a su guagua ya puedes estar preparado a recibir un ladrido o algo peor. Son gentes extremadamente pobres por otra parte.
Los Yungas
Para nuestra proyectada salida fue necesario alquilar un taxi que, por pistas empinadas y en mal estado, a duras penas pudo alcanzar el principio del valle por el que debíamos ascender. Aquel día hicimos los mil doscientos metros de desnivel que nos separaban del punto más alto de nuestra excursión, un amplio collado en las estribaciones del Illimani donde pudimos pisar la nieve. En los dos días posteriores descenderíamos tres mil metros. Es espléndida la experiencia de bajar este desnivel, los cambios de la vegetación, sobre todo, son espectaculares; la senda, que en las alturas es muy parecido a una calzada romana en perfectas condiciones, se la va tragando la selva hasta convertirse en un estrecho sendero que cruza lomas y valles interminables y verdes... Y el calor según se pierde altura. Llegamos a nuestro destino cuando anochecía al final de la segunda jornada. Volvimos a ver espléndidos ejemplares de epifitas y cactus que antes ya habías visto en Antofagasta y Chiloé, epifitas y cactus de navidad. Dormimos en Chojda, un pueblo minero. No encontramos sitio para albergarnos (el único chamizo disponible lo habían ocupado un grupo de gringos), pero nos ofrecieron el suelo de madera de una casa; era suficiente para nuestro cansancio.
De camino a La Paz, los pasajeros eran en su mayoría mujeres con sus sombreros de chola, sus atados con las guaguas y esa manera de hablar llorosa, con la voz quebrada, como si todo fuera puro sufrir, en contraste con lo rudas y lo brutas que se ponen cuando responden a una petición o alguna pregunta.
De camino a Cochabamba la carretera corre por el altiplano a gran altitud rodeada de profundos barrancos y colinas, más allá de los cuales aparece un fondo de cumbres nevadas. Las casas son de adobe con tejado a dos vertientes cubierto de una hierba muy común aquí, la paja brava. El paisaje solitario e interminable de montañas peladas produce la sensación de una tierra totalmente abandonada, sólo de vez en cuando aparece alguna casucha o algún pequeño poblado en lo hondo de alguna quebrada. Cuando anochecía la carretera se asomó a un conglomerado de barrancos por donde se veían transitar a lo lejos las pequeñas luces de los camiones que sorteaban decenas de valles totalmente áridos y secos, y al final de los cuales estaba Cochabamba, en un inmenso valle abierto ya hacia la selva.
Cochabamba— Santa Cruz de la Sierra
Ahora sí, ahora ya es el trópico, y el calor, y probablemente los mosquitos. Desde Cochabamba la carretera trepa al altiplano de nuevo sobre su consabida vegetación rala; y desde allá, en un salto de apenas doscientos metros, el paisaje se satura de verde y de bromelias sobre los taludes escarpados de la carretera que desciende curva tras curva por colinas en donde ya no se aprecia un palmo de tierra libre de vegetación.
Después de siete horas de viaje, el camino transcurre llano y monótono por un paisaje tropical de plataneros, palmas, casuchas de tejado de paja o ramaje. De los cuatro mil metros hemos bajado a un inmenso llano a doscientos metros sobre el nivel del mar, que no volverá a elevarse ya hasta el Atlántico. Todos los ríos terminan dirigiéndose tarde o temprano hacia la cuenca amazónica. El paisaje me recuerda a las tierras del Golfo de Bengala. La carretera cruza numerosos ríos de aspecto achocolatado; como estamos en la época seca parte del cauce queda al descubierto. Siempre hay gente bañándose en ellos. Es la primera vez, en mes y medio, que podemos prescindir del jersey, ahora debe andar por los treinta y dos grados.
El cielo está muy bonito, esas nubes livianas que adornan los campos de El Chorrillo en primavera; es agradable estar sentado en las butacas delanteras de un autobús y mirar, y leer y adormilarse. Un señor a mi izquierda. me da conversación, hablamos de todo un poco, del altiplano, de la selva, de economía, de Darwin a última hora.
Los pequeños pueblos en los que paramos tienen un aspecto plácido, la gente de aquí es mucho más cálida y tratable, no es la sequedad de los aymaras del altiplano. De vez en cuando el autobús tiene que parar en algún control del ejército; nos bajamos, registran todo con una mano (en la otra llevan un enorme helado que lamen con delectación mientras husmean entre el equipaje)... y nos volvemos a poner en marcha. Atravesamos una de las zonas más frecuentadas por el narcotráfico de la cocaína. Es, sin embargo, una de las rutas más transitadas del país; Sta. Cruz-Cochabamba-La Paz forman el principal eje económico de Bolivia.
Ahora, las cinco de la tarde, la luz se hace suave y acariciadora, sólo quedan cien kilómetros para Santa Cruz.
Santa Cruz-Trinidad
Todo está oscuro, busco a tientas las teclas del ordenador. Las ventanas del autobús van abiertas de par en par, entra el agradable fresco de la noche tropical. Han puesto una película, pero han tenido la gentileza de dejar el volumen al mínimo, aunque también es cierto que la película se pasa en inglés. Qué agradable es viajar así, yo he terminado una novela (tuvimos que comprarnos una superlinterna para estas ocasiones) y mi compañera de batalla mira las estrellas; es un placer escribir en mitad de la noche mientras el autobús hace una interminable carretera que apenas se desvía en todo su recorrido de la recta. Doce horas de autobús, son las once de la noche, embarcamos a las seis de la tarde y llegaremos a Trinidad cuando comience a amanecer.
La suavidad de la noche invita a sentarse al fresco, cenamos al aire libre y nos vamos a la plaza, huele al pan y quesillo de las acacias, lo trae la brisa de algún rincón del parque. Esta noche recuerda alguna otra de los veranos del Pirineo, esas madrugadas de tomar café frío en alguna plazuela de un pueblo de la montaña mientras se comentan los acontecimientos del día. Hoy no dormimos bien en el trayecto de autobús entre Santa Cruz y Trinidad, durante el día hacía un calor del carajo, así que después de la comida nos hemos refugiado en la habitación del hotel, hemos encendido el ventilador que cuelga sobre la cama y nos hemos quedado en porretas a recibir el aire fresquito que nos venía del cielo. Me he dormido como en los mejores tiempos, apacible, perezoso, he dormitado largamente; cuando nos hemos levantado hacía un buen rato que había anochecido. Ahora suenan las campanas de la catedral, no falta ningún elemento a esta noche de pueblo pirenaico. Paseamos como dos burgueses satisfechos bajo los pórticos de la ciudad. Inexplicablemente las aguas residuales corren canalizadas a la vera de los pórticos.
Barajamos la idea de tomar uno de los cargueros que descienden alguno de los grandes ríos que se dirigen al Amazonas, pero cinco días en un barco de carga no parece un proyecto muy prometedor, así que decidimos dirigirnos a Rurrenabaque, donde operan todas las agencias de viajes que organizan excursiones a la selva. Desde allí ya decidiremos sobre si continuamos a Pto. Heart y Pto. Maldonado o no. Echamos cuenta y los días vuelan.
San Borja-Rurrenabaque
La temperatura sube de manera desacostumbrada y esta noche no hay ventilador. Todo está cerrado a cal y canto por miedo a los mosquitos. Viajamos a Rurrenabaque en una camioneta; todos apretujados en la caja como sardinas. El camino es muy monótono, es el tercer día de atravesar un paisaje siempre igual. El calor ha venido también a poner su puñadito de arena en el cansancio de hoy.
Hacemos recuento: desde La Paz hemos empleado seis días de viaje agotador, especialmente durante los dos últimos, terribles caminos de pistas polvorientas con varios ríos que atravesar; no existen puentes, la camioneta, el microbús de turno debe embarcarse entonces en grandes balsas de madera que son remolcadas por canoas con motores fueraborda. A veces ni siquiera eso y entonces el vehículo se ve obligado a vadear el río con el agua hasta el chasis. Apenas unos pocos kilómetros se convierten en viajes de un día. Y el polvo, nubes de polvo siempre. Cuando terminamos el último tramo y llegamos a Rurrenabaque, estábamos irreconocibles, creo que íbamos quince o dieciséis en la caja de una camioneta.
Tres días río arriba a tres o cuatro horas de motora, acampados en la orilla de un afluente del río Beni, el Tuichi. Ambos somos un puro coladero de picaduras de mosquitos.
La ruta hacia el norte que aparece en nuestro mapa resulta que no existe, son proyectos de pista. Sólo hay unos pocos pueblos en estos dos tercios de Bolivia que componen la selva y la mayoría sólo tienen comunicación por río o por avión. Desplazarse por río es muy bello, siempre barcos de carga, pero muy lento, uno pasa semanas enteras metidos en ellos. Y los ríos cuanto más caudalosos más monótonos, el paisaje desfilando tan lentamente durante tantas horas es una experiencia de la que hemos desistido de momento; quizás algún día cuando tengamos todo el tiempo del mundo para nosotros.
Los días pasados en la selva resultaron un auténtico descanso, si bien los mosquitos fueron en todo momento una incomodidad notable. Lo más notable fue que mi consorte (jeje) se tragó una abeja viva. Se la tragó enterita, la abejita estaba haciendo natación en un vaso de zumo de naranja y ella, zas, ni verla; y la abeja, que no, que no quería bajar para abajo y que hacía jerebeques en el esófago. Debió de dejarle el conducto como las colinas del Guadarrama, ¡que me ahogo, que me ahogo, decía! y nada el bocio creciendo como un Aconcagua por encima del pecho. Todo el mundo allí, pobrecita, a ver si poniéndose boca abajo la abeja sale mejor; nuestro guía, Mateo, agitándola, un holandés palmeándola en el trasero, la holandesa animando el cotarro y poniendo cara de compungida. Nada, ni por esas, bueno yo mientras tanto leyendo a Vargas Llosa, porque como ya la conozco... pensé que quizás quería ligar con el holandés y estaba preparando el terreno pa por la noche. Pero coño, que no, que era de verdad, que se ahogaba. ¡Joder, vaya aventura!, con lo interesante que estaba la novela, el Lituama en los Andes haciendo averiguaciones acerca de Sendero Luminoso, y ella que no me dejaba leer. Bueno, después de tanto susto, nada, a la mañana siguiente todo había pasado, la abeja debió de quedar fulminada por los jugos del estómago.
De la selva nada, no salió ninguna anaconda, huellas a montones, de jaguar, de tigre, de elefantes, había que abrirse paso y pegar pataditas a los cocodrilos para que te dejasen pasar; a las culebras las utilizamos de lianas; pero vamos, quitando eso casi nada, muchos papagayos y tucanes haciendo más ruido que la leche. En algún lugar hicimos un poco el indio con las lianas, esas cosas en las que se columpiaba la mona Chita, o Tarzán, no sé. Son las leche esas cosas, te agarras en un extremo, tomas carrerilla y cojonudo, eso empieza a volar visto y no visto; lo malo es que a veces empiezas a ver que los árboles se aproximan a toda velocidad hacia tus lindas narices y aquello no hay quien lo pare; no obstante no hubo trompazos de consecuencia.
Vamos, que después de dos días de semejantes aventuras, no nos merecíamos un viaje de regreso a La Paz así, puros bultos de carga metidos en cajones de madera. Nos dice un holandés, el mismo al que quería ligar cuando lo de la abaeja, que el viaje de regreso es mucho mejor que el de ida, porque al volver el coche va por la parte de dentro, la que da a la montaña, y es más difícil que se caiga. Describía verdaderas historias de horas para poder cruzarse dos coches en la misma ruta; como los dos coches no suelen caber, el de fuera siempre va de culo, con las ruedas de fuera al borde del patatús. En estos casos se aconseja a los pasajeros pasar al lado contrario para hacer contrapeso, por eso de la cosa de la gravedad y porque la carretera circula sobre bonitos vacíos de dos mil metros.
Llevamos cuarenta y ocho horas viajando, estamos muy cansados. Sin embargo esta ciudad resarce de tanta fatiga, alegra ver orden y buen gusto en las calles; arcadas, plazas arboladas, patios que recuerdan a aquellos de las ciudades del Mediterráneo, un gentío discreto por las calles, es un lugar acogedor.
América es un continente peculiar en muchos sentidos. A cada paso uno se ve preguntado y cuestionado por la complejidad de circunstancias que atenazan esta tierra desde hace quinientos años. Bolivia es uno de los países donde esta complejidad adquiere su grado máximo si a los problemas del subdesarrollo y culturales se le suma la idiosincrasia étnica y económica. Al margen de las simpatías y antipatías, que puedan condicionar una primera visión del país, es sumamente relevante cómo una región del mundo como ésta puede estar tan condicionada por los problemas particulares de su forma de ser, de entender la vida la mayoría de la población; y por supuesto por la economía del narcotráfico y los usos y costumbres de la población económicamente marginal. El problema de la coca, por ejemplo, tiene tantas derivaciones, que sería imposible decir nada con coherencia sin dedicarle muchas páginas de análisis. En la selva hemos comprendido bastante el punto de vista de la población que vive de este cultivo, uno llega a entender que no hay en ninguna parte del mundo un interés real por la desaparición de las plantaciones de coca. Hay un cinismo relevante en el tratamiento de este tema. El costo de las subvenciones norteamericanas al agricultor boliviano viene a ser el costo del cinismo adecuado para comprar la mala conciencia colectiva de un fundamentalismo religioso mojigato. Nada hace pensar que en la mentalidad de los negociadores para la erradicación de la cocaína haya una real intención de hacerla desaparecer. Una vez más se manejan los cauces de la propaganda a nivel mundial para camuflar grandes negocios internacionales. Y a las gentes de allá, de acá en este caso, que les den por culo. Se huele en las calles de Latinoamérica un antiamericanismo visceral. Se siente que la plata la manejan ellos ... Y uno enciende la televisión y observa perplejo hasta donde la colonización cultural americana es un hecho aceptado sin el menor cuestionamiento: el policía americano, el macho americano, la prepotencia, el cinismo, su ética-basura.
¿Pero se puede hacer una política de izquierda?, le decía el otro día a Mateo, nuestro guía en los días que pasamos en la selva del Tuichi, ¿hay alguien que pueda hacer una política de izquierdas en un mundo en que las interrelaciones comerciales están tan íntimamente imbricadas unas con otras? Las raíces de los sistemas económicos, de sus relaciones particulares, están tan entrañablemente mezcladas como puedan estarlo las raíces de árboles y plantas de esta selva boliviana. ¿Cómo individualizar, no tener en cuenta los múltiples niveles de simbiosis, las mutuas dependencias? ¿Y qué sabios con buena voluntad encontrarán los distintos países para enderezar las autonomías y crear riqueza en los países de origen? Uno se siente impelido a creer que esto no existe, que lo que realmente hay son voraces y flemáticos usurpadores, criminales todopoderosos mimetizados con la bandera de ese “nuevo orden” que no es otro que el de la depredación a toda costa del tercer mundo amparado en una salvaje economía de mercado en donde unos pocos deciden todo.
Salimos a dar una vuelta y a cenar. Es sin duda la ciudad más acogedora que hemos visitado durante este viaje. No tiene nada que ver con el resto del país.
“Combata la pobreza, ¡mate un mendigo!” ¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? (Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano)
¿Realmente esto que defiende Galeano de conservar estos índices de natalidad (sobra espacio, hay que poblar América, dice) no es una pirueta intelectual? La base de una natalidad galopante, la forma, todo el mundo lo sabe, la incultura, la falta de previsión y un grado de indolencia mental considerable.
¿Pero es necesario poblar la Amazonia? Si Bélgica y Francia están así de pobladas, ¿igualmente debe estarlo Laponia, Groenlandia? “En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta” ¿De qué manera la Amazonia podría sostener una población similar a la de Bélgica, por ejemplo?. Parece como si los criterios de población hubieran de ser extendidos por igual a todo el mundo; este punto de vista, mantener los altos índices de natalidad porque el país admite una población relativa mayor es incomprensible. Otra cuestión sería que el agricultor uruguayo pudiera disponer de la tecnología agrícola estadounidense, pero ¿cómo podría el agricultor uruguayo llegar allá en la mejor de las circunstancias?
* * *
Se me ha aparecido la virgen subiendo una escalera.
Trepo los escalones del hotel y en el descansillo vuelvo a ver el póster de las cumbres del Sassolungo con un primer plano de agua y flores rabiosamente coloreadas. Y ya que este largo viaje por América parece abocar a un final en espera del otoño y del trabajo, se me cruza en estas condiciones la primavera dolomítica de las montañas de siempre y recibo como una punzada su llamada. Después de regresar de América, volar a las Dolomitas, esa es la aparición. El verano de las montañas vuelve a nacer así en mitad de estas vacaciones para remontar el vuelo hacia los paraísos visitados de siempre. Las Dolomitas son otro mundo que duerme dentro de mí arropado por la memoria de las vivencias profundas.
Cuando la intensidad del esfuerzo es grande, la lógica del cuerpo pide descanso, cambios de ritmo, el llano sigue a las montañas; pero algún resorte interno me pone sobre aviso de este descanso engañoso; los ratos de intensidad yacen escondidos en la incertidumbre del esfuerzo, en el alba que nos sorprende pisando los caminos de las cumbres. Pienso que buena parte de lo que quiero vivir está en el escenario de lo que he vivido; no de otra manera puede entenderse que levante en mí estos deseos valles tan conocidos como los de las Dolomitas. Es el arrullo de las asociaciones de la memoria que me invita a husmear rincones de un mundo familiar. Pensar desde estas asociaciones me crea un nuevo estado de excitaciones y expectativas. ¿Duermen en mí deseos que desconozco? Recuerdo mi última estancia en Brenta, que fue una gratísima experiencia, y no tiene, sin embargo la luz con la que yo veo esta tarde aquel norte de Italia; las de esta tarde son montañas vinculadas a remotos años pasados, imagino todo aquello y me siento muy excitado; en mi voluntad aparece el deseo de rescatar aquellas cumbres. Por ahí circulan mis sueños, se alzan como una voz de alerta que pide ser escuchada más allá de lo pasajero de un deseo agradable.
Y sucede que según me acerco a estas tierras los recuerdos se reproducen unos a otros y entonces, de las entrañas de la memoria surgen a borbotones más y más montañas vestidas de alba, de estrellas, de largas y costosas ascensiones conseguidas tras laboriosos sacrificios. Y me asalta la duda, ¿volver a saciarme de montañas, de esfuerzos extenuantes, de valles, de soledad?; ¿y llegar ahíto al otoño como quien regresa de atravesar el desierto hermoso y sediento?; ¿y volver a cargar la cámara de imágenes y colores con los que nutrir el invierno y la juventud recientita inaugurada con este desmadre de la cincuentena en ciernes...? ¿y volver a escucharme a mí mismo durante una larga temporada pateando la tierra como un lobo hambriento de vida?
Me sorprendo a mí mismo escribiendo las líneas anteriores. Me pienso en el estado anímico inmediato de estos días y no me reconozco esta nueva disposición. Y mientras escribo esto último se me ocurre que, coño, estas cosas hay que aprovecharlas, que no pueden dejarse las velas arriadas cuando soplan vientos tan poco usuales. Por cierto, ¿cómo nacerán estas cosas? Lo de hoy es un accidente; Victoria me manda a comprar agua a la tienda de al lado, bajo con desgana, estoy demasiado a gusto arrullado al calor de la lectura; bajo junto al póster y nada, compro el agua, vuelvo a subir, lo miro de refilón y mientras subo los cuatro o cinco escalones —cuatro o cinco, no más—, plas, de golpe me viene la llamada de las cumbres arroyando con su fragor repentino cualquier expectativa en ciernes, y no me reconozco porque, haciendo balance de la gran cantidad de tiempo que dedico a pensarme o a repasar las realidades de mi entorno, cada vez descubro menos estos ramalazos de viento, que sólo veinte, veinticinco años atrás tenían la capacidad de embestida con que amenazan esta tarde en el corto espacio de tiempo en que consumo un mate.
Victoria me recuerda una idea leída en Vargas Llosas, parece que tomada de Cioran, la necesidad de dejar un lugar en la existencia para “visitar el animal que llevamos dentro”. ¿Ese animal que llevamos dentro, nosotros mismos, se corresponde exactamente con el que compartimos la mayor parte de la existencia? o más bien sólo nos aproximamos tímidamente a él, en plácido equilibrio con otras demandas, otras convenciones, otras perezas, otros sucedáneos... Trágico interrogante, porque hay una verdad que no tiene vuelta de hoja, rodeando el peligro, el esfuerzo o el sufrimiento la existencia nunca puede ser igual de sabrosa. Las sombras de las realidades se confunden fácilmente con la consistencia de las realidades mismas. ¿Cómo cerciorarse de la calidad de la realidad vivida cuando es tan fácil vivir alimentado de las sombras o de entidades menores?
Viajar siguiendo una guía, pasar por atender las curiosidades comunes de los viajeros, descansar de siempre lo mismo, es un imperativo necesario; pero tiene poca sustancia si uno sigue la ruta ancha de lo que medio mundo va dejando delante de nosotros, si uno no se sale del camino y no se acerca a dejarse los músculos mascullados valle arriba entre las piedras, la nieve o el frío. Hay maneras muy sutiles de rodear los escollos del esfuerzo o, por decirlo de otra manera, el esplendor generoso de la naturaleza; somos capaces de engañarnos a nosotros mismos durante largos periodos de tiempo, somos capaces de incapacitarnos con la metafísica del tiempo y la degradación con tal de substraernos al esfuerzo de enfrentar el sufrimiento y el esfuerzo, no entendiendo que no es dable la recompensa con la sola pasión de contempladores desde la llanura; que la sola pasión no es suficiente, que necesita del ejercicio de la pasión sobre la tierra para que de esta unión nazca el hombre que duerme y acosa a su amada en la soledad de una naturaleza recuperada.
Potosí: ¡qué frío! Esta ciudad es heladora. Al final hemos compuesto un día simpático callejeando por la ciudad. No, no son cuatro casuchas, es un esplendor que debe de llevar siglos derrumbándose, una ciudad que podría ser muy bella mejor conservada. Hay rastros por todos los lados de la arquitectura regional española. El sol es brillante y la atmósfera clara. Muchas de las fotografías que hemos tomado me recuerdan algunos de los recorridos por España, calles, fachadas, balconadas, iglesias, gente sentada a la puerta de las casas. Hemos terminado el día en un concierto de música folklórica boliviana, Arpegio, se llamaba.
Estamos sobre los cuatro mil metros y el frío es intenso, en la habitación del hotel no hace menos frío que en la calle. Los enchufes no funcionan y, como consecuencia, tampoco podemos tomarnos un café caliente.
Y de España llegan unas líneas de Guillermo:
Viernes: Irún-Madrid
Y Proust se deshizo, se desmembró.
Avoir un toit de verre,
un coup de dés
et pommes de terre.
Laiser le temps venir.
Aller tour suite.
* * *
Desde Potosí hay por medio veinticuatro horas de viaje ininterrumpido, una noche en Jujuy y por último tres horas entre Jujuy y Salta. Mañana por la tarde salimos para Resistencia. Estamos más cerca de casa que nunca.
Hoy me levanté con un grata sensación de bonanza que se extendía suave frente al más allá del otoño. En el bus leía Sinchikay, de Jesús Lara. Rafuti, su tía retozando furiosamente con él en cualquier momento posible. Y sin que tuviera apenas nada que ver con el asunto recordaba situaciones similares de los tiempos de Italia, caminaba mi memoria por lugares diversos de mi vida y todo era pan de cada día, vida de la que se puede comer a rebanadas de pan con mantequilla y azúcar, vida ni siquiera densa, vida de pueblo, maciza, como las nalgas de una moza rolliza y contentadora. Y leía, y a veces miraba por la ventana, y yo era una hormiga de tantas en esta tierra llena de hormigas, una insignificante hormiga que va de un lado para otro del mundo, que trabaja, que se tumba al sol o que siente la templanza de esta tibia mañana invernal de Salta.
Leer a Eduardo Galeano. Las venas abiertas de América Latina es un ejercicio necesario para empezar a comprender el principio de muchos problemas, la indignación chorrea acre leyendo cualquiera de sus páginas; pero, hay, sin embargo, algunas cuestiones que no cuadran en torno a las expectativas posibles, ¿qué habría sido mejor en lugar de...?; le falta al libro el contrapeso de una realidad más en consonancia con una realidad global, con los mecanismos sociológicos y psicológicos que intervienen en el proceso económico, con la realidad de los comportamientos humanos. Uno se siente acogotado por quinientos años de historia, pero pasar unas semanas en Bolivia y descender hacia el sur y llegar a Salta produce en mí la sensación física de que hay mucho más que el largo discurso de Galeano. Esta gente es diferente, independientemente de las distintas posibilidades que haya tenido, su actitud ante la realidad evidentemente es otra cosa que allá en el norte. ¿Se puede no tener en cuenta la idiosincrasia de la gente cuando se trata de poner en funcionamiento un país? ¿Necesariamente los indios tienen que incorporarse a la economía vigente?
¿Habría habido otra manera de acceder a nuestro actual estilo de de vida —tantos cadáveres dejados en el camino—, al grado de desarrollo que tenemos, por otro camino que no fuera este del surgimiento del capitalismo tal como se ha dado? Sin esta explotación de unos por otros —el hombre es un lobo para el hombre—, de la cual somos nosotros ahora usufructuarios, ¿sería posible hoy un nivel de vida en el orden mundial parecido en algo a lo que vivimos? Esa ética, esa solidaridad de la que se habla en los círculos socialistas o bienintencionados simplemente, visto como funciona el mundo, la historia, la gente y las personas en particular, ¿podría decirse que es un camino posible?
¿No es la acumulación de capitales en unas pocas manos el motor de una buena parte del usufructo que disfrutamos hoy? Es una afirmación tremenda, pero ¿de qué manera puedo yo beneficiarme del disfrute de los medios con los que vivo negando la base sobre la que está fundamentado ese nivel de vida?
Un ejemplo algo simple sobre la base de mis últimas lecturas de Galeano. Repartamos toda la plata que se produjo en Potosí durante siglos, los productos del azúcar, del cacao, etc. entre todos aquellos países que intervinieron en el proceso de producción. A partir de aquí cuál habría sido el camino del dinero, qué porcentaje habría servido para fundamentar un desarrollo económico posterior, ¿no andaríamos ahora con las plumas en la cabeza? El proceso de acumulación de capitales, siglos y siglos componiendo y recomponiendo un inmenso y complejo puzzle, tiene sus raíces hundidas en el expolio de los países más indefensos y ricos en materias primas. ¿Cómo hubiera sido si ese proceso de acumulación de capitales no se hubiera dado? ¿Cuáles habrían sido sus resultados en la actualidad?
El motor del cambio, sus posibilidades, en este último caso, ¿dónde estaría? Y aquí habría que hacer un paréntesis para ver cómo las distintas idiosincrasias, las distintas actitudes ante la laboriosidad, creatividad, se integran en el proceso económico, y como unas y otras reciben la parte correspondiente a su laboriosidad. En cualquier manera hay mucha gente que no tiene mentalidad de mercader. Yo me gastaría lo ganado y como mucho guardaría para prevenir tiempos peores. Es una parte del mecanismo, por fuerza tiene que haber gentes distintas a mí para que el mecanismo de la acumulación desencadene riqueza, que a su vez active el proceso económico que pueda hacer posible una situación similar a la que vivimos hoy en Occidente.
Hacemos la crítica a los españoles que devastaron el continente americano, pero como manteniendo un sentimiento romántico sobre lo precolombino, como si el Imperio Inca hubiera sido una hermanita de la caridad, o como si las barbaries aztecas constituyeran una civilización cuyo trato al individuo fuera algo envidiable. Tampoco es que tratemos de curarnos en salud diciendo que todos son igual de bestias, solo se trata de identificar, aislar, las cosas que son, que suceden, de otras que deberían ser. Lo que es, lo que ha sido, es inapelable, no hay posible equivocación sobre ello porque fue así, mientras que lo otro siempre será lo posible, indemostrable mientras no sea probado, un asunto de buena intención, creado por la fábrica de las ideas del hombre. Las tantas variables de cualquier proceso histórico o económico, por fuerza sólo son en cuanto se integren en la praxis; muy por el contrario la teoría, el “mejor habría sido” o sería, muy frecuentemente olvida en sus planteamientos cuestiones fundamentales que han dado al caos con sistemas económicos radiantes, por el simple hecho de haber sobrevalorado temas tales como el presumible sentido de la solidaridad, o subvalorado otros como la motivación, la competencia, los alicientes económicos. De alguna manera el proceso global debería tener en cuenta aspectos importantes de comportamiento y motivación interna del individuo. Sin ello tarde o temprano el tinglado entero puede venirse abajo.