Mostrando entradas con la etiqueta Zimbabwe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zimbabwe. Mostrar todas las entradas

Religiones primitivas


Victoria Falls, Zimbabwe, 29 de julio

Mañana emplearemos todo el día en recorrer el escenario de las cataratas Victoria en el río Zambeze; uno de los principales espectáculos de la naturaleza en este continente. Una amiga sin lugar a dudas habría calificado el espectáculo de divino, un adjetivo con el que bromeábamos amigablemente a menudo porque ella, siguiendo los usos de alguna parte de América Latina, usaba con frecuencia para todo aquello que merecía la pena ver o experimentar. Hoy me acordé de ella, y no sé cuales fueron los caminos de mi reflexión, pero el caso es que de lo divino pasé a la divinidad, y de ahí a algunas consideraciones que intentaban ver cuál es el camino que lleva a un creyente a prescindir de la divinidad y conformarse a continuación con ser un simple ser vivo que a no más tardar terminará por dejar de existir en unos pocos años. La divinidad, y con ello lo divino, refugio de penas e infortunios, regazo materno y otorgadora de una dicha eterna –o fuego, igualmente eterno (así de bondadoso y comprensivo es el dios cristiano)-, cediendo el paso al individuo de carne y hueso, humilde y sencillo que sólo cree que algún día la tierra benevolente le acogerá entre sus brazos sin necesidad de que haya nadie que vaya a despertarlo.

Hay creencias que se nos imponen como certezas de manera tal desde la infancia que es necesario a posteriori buscarle la razón de esa seguridad sobre la que se asientan si, pasado el tiempo y habiendo abandonado nuestra fe, queremos dejar a nuestra curiosidad tranquila comprendiendo alguna de las razones de su persistencia en nosotros; qué sucede en ese camino que va desde la creencia asumida y responsable a la negación de la misma. La idea de Dios en nuestras latitudes, por ejemplo; y en África la concepción distinta de la frontera entre los vivos y los muertos, también un ejemplo, tan distinta de cómo se concibe en Occidente; en África todos habitan en el mismo mundo, lo que significa que la presencia y el poder de los que se han ido ocupa un lugar preeminente en sus creencias, de ahí el culto a los ancestros. Dos realidades que el tiempo y la formación humana y cultural de las personas harán retroceder continuamente hasta convertir a aquellos que siguen las prácticas religiosas en paradigma de un primitivismo que no ha tenido todavía tiempo o formación suficiente para acercarse a una realidad humana en donde no son necesarios los dioses.

Desde nuestra perspectiva occidentalcentrista no es difícil que al referirnos a las creencias religiosas africanas, experimentemos una cierta sensación de superioridad, algo así como si nuestros dioses tuvieran mayor solidez que los de los “pobres” africanos tan cargados de tabúes, supersticiones y culto a los muertos. Pero en definitiva no hay muchas diferencias entre lo que a la muerte o la vida de ultratumba se refiere entre unas religiones y otras; todas tienen por igual algo de primitivismo en sus entrañas, y ello pese a que tengamos cierta disposición a otorgar mayor grado de aceptación a los dioses que vienen respaldados por tradiciones de culturas más desarrolladas. Así nos resulta más difícil refutar la existencia del dios cristiano, de Alá, o las reencarnaciones del hinduismo, que aquellas otras religiones animistas del continente africano. Sin embargo el término primitivismo aplicado a una religión parece que igualmente se lo podríamos asignar al cristianismo, que al hinduismo o al mahometismo, si desde una postura de secularización entendemos este concepto como irracional o proveniente de la necesidad del hombre de aligerar dentro de su cerebro el abismo de la muerte, de la nada; primitivismo, porque el hombre no resignándose a la muerte, no aceptando el ciclo natural de la vida, inventa dioses que traigan agua con que regar los campos, curar enfermedades o remediar lo irremediable. Es decir, la renuncia a aceptar la realidad lleva al hombre a reinventar otra nueva realidad que sea más aceptable, más acorde con sus deseos. De manera que las religiones, negando la realidad, intentan el consuelo más allá de la misma en la otra vida. Algo que no sería difícil definir como primitivismo en cuanto a que los medios de que se valen y las creencias que sustentan no difieren en su esencia de las ancestrales creencias religiosas de África.

La persistencia en ese primitivismo, entendido como sistema de valores obsoletos común a la concepción de la realidad de todas las religiones, en algún momento se rompe; y en nuestra época se rompe con mucha más frecuencia que en otras. Es esa ruptura por la que me interesaba en estas líneas. Pretendía encontrar trazas del camino que recorre el individuo desde aquellos momentos en que asume la idea de la divinidad como algo tan real como él mismo, hasta llegar al otro extremo, un lugar en que los dioses no son más que la creación compensatoria e imaginativa del hombre para sustraerse a sus miedos y dar cabida a sus expectativas y deseos. En mi caso, ocho años de infancia en los Salesianos en la época franquista pudo suficiente para hacer creer a mí y a todos los infantes que pasaron por sus aulas, todo aquello que estuvieran en disposición de hacer creer aquellos frailes. Si hubiera nacido en Bombay igual estaba ahora haciendo ofrendas florales a la diosa Kali o a Siva; y si hubiera sido en Teherán y fuera chica, no solamente llevaría sadhor, o estaría dividida entre llevar o no llevar velo, sino que creería en todas las bondades de Alá e incluso podría ser un integrista. Estas cosas no parecen aprenderse de muy distinta manera a como se comienza a hablar, se habla la lengua de casa, no la de Bombay ni la de los países islámicos.

¿Qué sucede para que las cosas cambien tan diametralmente en algún momento de la vida? En mi experiencia personal fue el lento descubrimiento, año tras año, de la hipocresía de la Iglesia Católica lo que me indujo a buscar otras explicaciones al sentido de la vida (no sólo sus prelados y adeptos, la Iglesia como tal, como institución sustentadora de privilegios, superstición, poder, etc.); y más tarde el contacto con los descubrimientos científicos, el ir encontrando cómo la capacidad camaleónica de la Iglesia podía cambiar la interpretación del Génesis de un día para otro sin más, el aprender que la lógica de la existencia -nacer, reproducirse y morir- si nos apeamos del burro de nuestra poca humildad, de nuestras obsesiones de pervivencia, es mucho más explicable y sencilla que la otra lógica, sea la de Alá o la del jeroglífico ese de la Santísima Trinidad (cuando a los padres de la Iglesia no les salían las cuentas eran capaces de hacer cuadrados con los círculos, no sólo ese tres en uno en donde una paloma ocupaba la cúpula, sino que podían poner en pie la figura de un convidado de piedra, como ese san José que cuidaba el fruto del dios padre en el vientre de su esposa no visitada por varón).

Lo que se nos ha impuesto gota a gota durante tantos años desde la temprana infancia necesita también de mucho trabajo y tiempo para llevar la conciencia y nuestra concepción del mundo al lugar que le correspondía. ¿Qué lugar es ese? Creo que el que puede alcanzar una persona normal que lee, piensa y tiene capacidad para discernir por sí misma en el batiburrillo de la vida. Desde luego entra en el programa la posibilidad de equivocarse y estar poniendo velas en el altar de alguna otra creencia. Es posible, ¿por qué no? Sin embargo, y volviendo al principio, aunque a uno le faltara la razón, lo que no le iban a quitar de cualquier manera sería la satisfacción de ir encontrando lentamente el camino de la individualidad por encima de la demoledora presión del grupo y del entorno que actúan sobre el individuo como una apisonadora, reduciendo a éste a un mero acumulador de normativas, creencias y dioses cuya única finalidad parece ser convertirnos en pacientes feligreses.

Así que el hecho de que a muchos se nos imponga como evidencia la no existencia de Dios, puede tener su razón de ser tanto en el hecho de que hayamos crecido lo suficiente como para no necesitar las bendiciones de la Iglesia, como en el de haber vivido una larga experiencia que hizo posible que nos acercáramos a percibir la vida en esa peculiar manera en la que los dioses no son necesarios en absoluto.

Las cataratas nos esperan mañana temprano, la generosidad y el esplendor de la naturaleza es tal que es inútil buscar dioses y altares en los que hacer nuestras plegarias, cuando bosques, montañas, desiertos, mares y ríos pueden servirnos para parecidos propósitos que las divinidades. Al fin de cuentas de ella salimos y a ella regresamos al final de nuestra vida; la Naturaleza, con mayúscula, como gusta escribirlo ella.

Camino de Malawi

Harare (Zimbabwe) – Malawi, madrugada del 9 de agosto

Últimamente la sal del viaje está en nuestra relación con los autobuses. Apagar el despertador a las cuatro de la mañana. Salir a la boca de lobo de la calle. Despertar al taxista que duerme encerrado en su coche frente a nuestro hotel. Conducir por las calles desiertas de una ciudad abandonada profundamente al sueño y llegar a otra oscuridad, lo que tanto puede ser un rincón de un sueño de Kafka como una estación de autobuses. Bultos de durmientes en lo negro de una acera junto a un muro de ladrillos. Tanteando con las manos para no pisar una cabeza, un pie, buscar a alguien que se mueve y pueda responder a ¿Is it the queue for Malawi bus? No, this is for Zambia, contesta la voz de una mujer que acaba de despertar del sueño unos metros más allá. Los durmientes cubren toda la fachada del edificio de la oficina Zupco, la compañía de transporte que hace el servicio de la zona norte de Zimbabwe. Dar la vuelta al edificio y volver al mismo sitio, familiarizarse con el lugar. Your are the first for Malawi, oigo a otra voz junto a una puerta cerrada a cal y canto. This is the right place to wait? Yes. Aposentar los macutos en la perpendicular de la cola de Zambia. Y esperar. Y cuando hay que utilizar los servicios, toda la explanada un túnel negro lleno de negros que como una sombra forman filas aquí y allá en el páramo, deambular y encontrar un empleado que ante la pregunta correspondiente, dice, dangerous, thieves, y busca en su refajo de llaves y abre una puerta a la vuelta de la esquina. Luego, como siempre, termina amaneciendo. La acera se ha llenado de gente y bultos mientras las primeras luces van iluminando la silueta de los edificios próximos; las formas se van definiendo y se convierten en personas, árboles, barandillas, un pequeño lago rodeando la reducida y nauseabunda construcción de los servicios públicos; un cagómetro que no había vuelto a ver desde una temporada que viajamos por China, un urinario a la derecha y, a la izquierda, ocho compartimento enfrentados a cuatro, sin puertas, con un agujero en el suelo. Cagar en comunidad, compartir frente a otro viajero los esfuerzos matinales por liberar al organismo de la presión del estómago. Y salir a la incipiente animación de la estación de autobuses, ya sí, fuera del oscuro de betún de la noche. Y volver a la cola.
Charla matinal, un mozambiqueño, antiguo refugiado de la guerra de este país durante los años noventa (que me recuerda inmediatamente la terrible realidad de un país donde, junto con Liberia y Sierra Leona, la violencia civil llegó a hechos escalofriantes tales como la amputación de miembros o a forzar a niños a que mataran a sus padres y hermanos). Mi compañero de la fila de espera huyó de su país en los momentos de mayor violencia, consiguió ganarse la vida (decir aquí que uno ha conseguido trabajo sería un eufemismo cuando en una gran parte de África la mayoría lo que busca es subsistir, encontrar con qué terminar el día), conoció a una chica, se casó, y ahora tiene dos críos. Vuelve a su país después de diez años de ausencia. No habla bien del país que le acogió, falta de alimentos básicos, ropa, productos de primera necesidad; un estado policial nunca es un buen lugar para vivir. Mozambique es otra cosa. Lo comprobaremos más tarde en la oscuridad siguiente al final del día, chiringuitos naciendo de la oscuridad que se alumbran con lámparas de queroseno o la llama de la fogata, chiquillos, gente transitando por las calles... algo ya propio de los países mediterráneos. Probablemente la influencia de los portugueses, de la misma manera que en Namibia y Zimbabwe la influencia centroeuropea deja las calles vacías después de la caída del sol. Vivirá en Mozambique con ciento cincuenta dólares; lo dice satisfecho, dinero suficiente para toda su familia. Tengo que dejarle para vigilar más de cerca nuestro equipaje y defender nuestro lugar preferente en la cola de Malawi.
¿Para qué alargar más el relato de la mañana? Se abrió la puerta ya en pleno día y a continuación se produjo el consabido revuelo: empujones, forcejeos; pero no llegó la sangre al río. Victoria se había quedado con el equipaje. Cuando los cinco o seis viajeros de Zambia que me preceden terminan, me encuentro frente a un enrejado con un empleado que me dice que el autobús para Malawi está completo. Quizás haya otro a lo largo del día. ¿Cuándo se confirmará? No lo sabe.
Fuera se ha levantado un fuerte viento que nos deja helados, una nube de polvo barre los andenes; nos refugiamos, sentados en el suelo, junto a unos árboles. ¿Y ahora qué? Me entra un inmenso cansancio, que se esfuma cuando un grupo de jóvenes se acercan animosos a hacerse el calimocho matinal del país precisamente en el lugar en que estamos sentados nosotros. This is the place of the beer, dicen. A nosotros también nos gusta la cerveza les digo, animado. Pero no, no es precisamente el momento de compartir con aquelllos jóvenes el brevaje que están preparando con cerveza, fanta de limón, vodka y un brick de leche; a saber qué efectos puede tener ese cóctel. Les seguimos la broma pero nos vamos unos metros más allá, a rumiar nuestro problema inmediato. ¿Volver a hotel en otro taxi y regresar al día siguiente para iniciar una vez más la historieta de hoy? ¿Hacer guardia durante todo el día para ver si se confirma otro autobús, acaso para poder comprar un billete para el día siguiente o alguno de los otros días posteriores? Victoria llega a sugerir la posibilidad de tomar un vuelo, para salvar Mozambique cuyo visado supone un importante desembolso. Echamos cuentas: demasiado dinero para un vuelo de cuatrocientos o quinientos kilómetros, cerca de los seiscientos euros.
Se está bien al sol cuando el viento cesa; es el sol invernal de un antiguo viaje a la India, cuando las mañanas doradas de un lejano invierno me sorprendían llegando a alguna ciudad después de un viaje en tren durmiendo como podía sobre los barrotes del maletero. Allí era un sol dorado y acogedor y la estación era todo color y gentío, saris vistosos, niños correteando entre el equipaje, pero sobre todo, el sol de miel, acariciador del sur de la India, todavía lleno de sueño, puro oro matinal para la pátina de las paredes de aquella ciudad. Un día que me hice a la calle, recién finalizado un largo viaje que comenzó en las cercanías de Calcuta, en Puri, y que me dejaba de repente en el mundo encantado que yo había soñado durante décadas, envuelto en el polvo dorado y fino que bañaba a los ricksaws, a los acarreadores de leche, a las mujeres con cubos de latón balanceándose sobre sus cabezas, a la calle entera como un animal viviente que desperezara envuelto en los colores cálidos y herrumbrosos del Canaletto.
Aquí era una mañana cálida rota por ráfagas de viento frío. Allí sentado se me ocurrió penssar en alguno de los viajeros famosos, Marco Polo, Starley, Livingston, cuya estatua de bronce se erguía días atrás frente a las cataratas Victoria. Aquellos admirados viajeros veían palidecer su aura frente a la lucha a brazo partido que suponía viajar en este país en autobús.
La mañana terminó haciéndose amable. Nos sentamos pacientemente en el suelo frente al edificio de los tickets, paseamos arriba y abajo del andén, y yo me sumergí en la lectura de los azares de la historia de Africa. Sí, después encontramos un empleado, una de esas personas serviciales y de amabilidad natural que le dejan a uno con un gusto en el cuerpo de querer ir besando por ahí a toda la humanidad. A partir de entonces todo fue coser y cantar. Tuvimoss que esperar, pero al final llegó el autobús. Ni siquiera hubo que pegarse para subir a él.
Ahora es de noche, escribo a la luz de la candela mortecina que refleja el portátil (el hermano gemelo del que feneció en el viaje anterior). Son las cinco de la mañana en tierra mozambiqueña; a la nueve de la noche el autobús había parado inesperadamente en una calle de la ciudad de Tete... y ya no se movió más. Ni siquiera hicimos ganas por indagar la razon de la parada. Terminé durmiéndome; hasta que a las cuatro me despertó el motor; volvíamos a la carretera. Era una lástima echarse a dormir otra vez. Yo siempre hablé del encanto de la noche, pero desde hace muchos años en mi familia quien se convirtió en poeta de la nocturnidad fue mi hijo Mario, forzosamente hacer referencia a la noche es recordarle en invierno y verano con la ventana abierta metido en algún libro de filosofía. Mario no se enteraba nunca de cuando era verano o invierno; tan pronto te le encontrabas con un jersey grueso en una espléndida noche de primavera, como con una camiseta en el mes de febrero. Mientras todos dormíamos en casa él vigilaba la noche, daba pábulo a su imaginación y contaba estrellas. Algo así me sucede hoy a mí. Veo las constelaciones, empiezo a reconocerlas poco a poco según nos vamos acercando al hemisferio norte. Una noche anterior me dio alegría descubrir a Orión cabalgando sobre el horizonte acompañado de sus perros. Las estrellas aquí son como los árboles, árboles o estrellas, no tienen nombres, no es la familiaridad con que miras al cielo en nuestras latitudes y contemplas Casiopea, o el Triángulo del Verano, o el Boyero; aquí mis ojos no están habituados a este cielo que desconozco. Igual sucede con los árboles, tantos que sólo a veces puedo identificar alguno de la familia de los ficus; o ayer tarde, esa preciosidad de árbol que aparecía de continuo en las carreteras de Senegal y Malí, el baobab, el árbol sin lugar a dudas más bello del mundo. Ahora desnudo y sin hojas, de inmenso tronco, robusto, plantado sobre la tierra como si hubiera nacido con ella, un conjunto armonioso que me incita a mirar constantemente por la ventanilla a la búsqueda del siguiente ejemplar. Ayer tarde se alzaban frente al crepúsculo con una belleza entrañable; el sentimiento de la tierra, la vetusta y recia urdimbre de vida que la puebla y la llena de conmovedora hermosura. El baobab es un árbol que apreciaba el Principito de Saint-Exuperi, ese delicioso libro que hay que seguir leyendo para nuestro deleite y aprendizaje.
Ha empezado a amanecer. Tiempo de contemplación. Me gusta ser el único en el autobús que mira la noche y esta primera luz cenicienta de la mañana. Volver a transitar por las emociones, imaginar a los habitantes de las cabañas que van apareciendo en la semioscuridad, habitáculos circulares hechos de caña y paja; y las montañas cubiertas hoy con el capirote de las nubes, y unos árboles parecidos a encinas cubriendo la ondulación del terreno. Y vivirme a mí mismo viviendo esto que pasa frente a mis ojos vestido ya de gris perla. Tiempo para pensar también en vosotros. Un beso.

Paradojas


Bulawayo – Masvingo, 4 de agosto

Venimos del campo de batalla, así que suerte por haber salido casi indemnes. La pantalla de mi ordenador se quebró en dos, cruza su superficie una gran dibujo irregular parecido a un espejo al que se le hubiera saltado el azogue; el tercio izquierdo de la pantalla ha desaparecido, ahora es de un blanco oxidado, y horizontalmente hay otra banda de un grosor similar que va de parte a parte imitando los trazos de alguna bandera. El resto está surcado por grandes nebulosas, como agujeros negros frotando dentro del universo de mi principal herramienta de trabajo. Además de estrábico, tuerto, y medio sordo, ahora esto, lo que me faltaba. Pero como digo llegamos bien, bonitos y contentos de un viaje sumamente colorista, que incluso, si hay oportunidad de encontrar un ordenador que funcione, podré ilustrar con algunos retratos de nuestros compañeros de penurias. Termino con la introducción y paso a mi post de hoy que mediohice en el último tramo del viaje cuando el asiento próximo quedó libre.
Satisfacer las necesidades básicas y encontrar la oportunidad de divertirse un poco. Que los juegos no sean encerronas, sólo juegos; y mejor si están llenos de intensidad; intensidad no fatua, intensidad inteligente. Después de la rotura de las gafas y el portátil, no estaba mal comenzar así, era la impresión que tenía mirando a la gente a mi alrededor un buen rato después de que el autobús se hubiera puesto en marcha. Había una conversación general que iba de parte a parte del vehículo. Algo acalorado que exaltaba a unos y hacía reír a otros. Hablaban de política y de dinero, tema que debe de ser el pan de cada día aquí. Cuando tomé asiento y saqué mi cuaderno, ese era el ambiente. La gente se divertía despreocupadamente. Estos personajes que aparecen en la fotografías eran parte del cotarro de la reunión.
El bus había salido a las cinco de la mañana; a esa hora, después de que todos los asientos estuvieran ocupados, veinte o treinta personas forcejeábamos por conseguir acceder al peldaño de la puerta del autobús, negros y negras, un par de blancos –nosotros-, mujeres con el atajo a la espalda donde siempre va un niño, un gordinflón de traje y corbata.... Toda la fuerza disponible para hacerse un sitio, no perder el agarre de un manubrio, el filo de la puerta, algo con que contrarrestar el empuje que me venía por la derecha. Cosa parecida debe de ser aferrarse a un bote de salvamento donde no cabe un alma. Aquí fue donde mis gafas y mi portátil debieron quebrarse. Notaba mi corazón disparado por el esfuerzo. También mantengo con energía mi posición por la izquierda tratando de impedir el paso a un individuo que quiere forzar mi brazo para pasar delante. Me aseguro de que Victoria no quede atrás. Cuando alcanzamos la puerta a ella se le engancha el macuto en algún lugar, y desde atrás empujan hasta desgarrar casi las correas. Finalmente logro desenganchar el tirante con gran esfuerzo y ambos ponemos pie en el interior. El pasillo ya esta casi lleno y no hay espacio reservado para el equipaje. Ahora arrastro el macuto entre los asientos por un espacio más estrecho que el propio macuto. Los pasajeros llevan el equipaje sobre las piernas, grandes bultos que los aprisionan contra el respaldo. Voluminosos culos de negras que sortear, barrigas, un anciano que mira desde una edad enorme aquello con escepticismo. Sobrepasando a un hombre grueso apaciblemente sentado, me dedica una sonrisa; ¡funy!, le digo, y suelta una carcajada. Una lucha campal en la oscuridad negra atestada de gente de color; local people, que dicen aquí. Ni turistas ni viajeros utilizan estos medios bárbaros de transporte. Y nosotros no es que lo busquemos, es que es el modo en que se viaja en este país. Si no logras un sitio hoy tendrás que venir mañana, o esta tarde. La lucha campal va a ser similar. Los autobuses no tienen horarios. Para el anterior que tomamos, en Victoria Falls nos dijeron que las cuatro de la mañana era buena hora para ir; fuimos a las tres y cuarto y pillamos asiento de casualidad; hoy nos dijeron a las seis y a las cinco el autobús estaba ya como estaba. Cuando el vehículo está lleno, no lleno como en nuestro país, sino cuando ya no cabe una mosca, se arranca. Desde delante nos empujan hasta que ya no es posible apoyar los dos pies en el suelo. Quince minutos más tarde nos ponemos en marcha. Ahora es el momento de las chirigotas y las risas; el público está feliz después del pugilato para hacerse un hueco en el pasillo para sí y para el equipaje. Todo el autobús suelta la risa tras la cháchara de un negro de aspecto mordaz que le saca punta a todo en medio de la oscuridad. Admirable buen humor el de esta gente.

Amanece. Mientras, mis pensamientos, despacio, despacio, se van acomodando a la marcha tranquila del autobús; por ciento que terribles, incómodos, multitudinarios, sin paradas para mear, pero sin, tan bien, ¡gran ventaja!, sin televisión... naturalmente, lo que quiere decir que uno puede pensar, disfrutar del paisaje y ser acompañado de la racha de buen humor de los compañeros de viaje. Decía que los pensamientos se me habían ido de paseo, y en algún momento se encontraron intentando hacerse un hueco entre la maldad y acaso el amor de una amante. Era el mundo de las paradojas en las que tan frecuentemente incurrimos; como este modo de viajar, que no busco, pero que me encuentro y después disfruto, de la misma manera que el personal que me rodea. Paradojas. Y es que a veces hacemos prolijo uso de las paradojas, el tiempo sin tiempo de mi hijo Mario, el odio-amor, una alegría teñida de tristeza. Paradojas que esconden en ocasiones verdades tan densamente consistentes como para poder saciar con ellas toda nuestra sed de comprensión, pese a su apariencia inexplicable, dada nuestra afición a pasar por el tamiz de la razón todos los asuntos. Y no lo digo yo solo, que el otro día volví a retomar otro de los volúmenes de los ensayos de Montaigne, y allí estaba escrito (lease en De la inconstancia de nuestros actos). Los latinajos lo corroboran:

Malum consilium est, quod muturi non potest.


Mala opinión es la que no se puede cambiar (esto de citar en latín en medio del barullo de este autobús suena a cachondeo, pero ahí está... y que conste que nunca fui capaz de aprender latín). Así que si junto al reconocimiento de nuestra afición por mudar de opinión, colocamos también la afición a las paradojas, es como dar un pasaporte válido a cualquier cosa que te pase por el ánimo. Montaigne no sólo hablaba de la facilidad con que mudamos de parecer sino de la evidencia de que vivimos en continua contradicción con nosotros mismos y con los otros, y por consiguiente en continua lucha... no sólo lucha amorosa, claro.

El viaje da para mucho hoy. Las tiendas y los supermercados de Victoria Falls, nuestro anterior destino, y Bulawayo, ofrecían un aspecto desolador; largas hileras de estanterías vacías, en donde yacían como condenados en un mundo de austeridad, algunas latas de alubias, otras de mermelada, algunas sopas; junto al supermercado había una larga cola que doblaba la manzana, era la cola del pan. Ayer tardamos una hora en encontrar un lugar en donde comer algo, trozos de cordero guisado (más hueso que cordero) y sadza, algo parecido a la polenta italiana. Después buscamos un cíber. En una hora sólo pude acceder a la bandeja de entrada y comprobar que había dos correos, uno de Santiago y otro de mi amiga con nombre de flor; ninguno de los dos los conseguí leer. Había sacado mi novela de Nadine Gordimer, El conservador, y leía mientras mi cuenta del Google intentaba abrirse paso en el ciberespacio. Pensaba en estas cosas oyendo las continuas bromas de los pasajeros.

Amanecía muy bonito hoy, un sol rojo como un medallón de hierro recién sacado de la fundición.
Satisfacer las necesidades básicas y encontrar la oportunidad de divertirse. Hacía un rato que había un cierto sosiego en el autobús, cuando un hombre a mi lado, gorro de tela de ala mediana, barba de dos días y aspecto de padre de familia responsable, se alza y llama a voces al conductor; habla con él desde su sitio. El pasaje arranca en una carcajada, y él toma a su nena que lleva en brazos, tres años acaso, y la pasa por los aires a los pasajeros de los asientos delanteros; más risas, caras risueñas, comprensivas de los límites de aguante de los esfínteres infantiles. Paramos. El buen humor ha subido unos puntos. La comprensión del público para las necesidades primarias: hacer pis. Follar también es una necesidad básica pero el público sudafricano, blanco, de la novela de Coeetze que terminé ya hace días, miraba rijoso y nada divertido esta necesidad del protagonista: lo exilan, lo dejan sin trabajo. Estos negros y negras de hoy son más comprensivos. Cuando la nena vuelve en volandas, entre las nuevas risas de los pasajeros, muestra un morro de enfado. Esto de que una tenga que servir de chirigota a tanta gente no le gusta. Salta finalmente junto a su padre y se encoge enfurruñada entre sus brazos.

El autobús para de vez en cuando y, entonces, una montonera de aspirantes a viajeros atraviesa corriendo la nube de polvo que ha dejado el vehículo y forcejea por subir al autobús. Sólo lo consiguen dos o tres de ellos. Arranca, miro fuera y veo reír y gastar bromas a los que se quedan en tierra en medio de sus bultos. Ríe mucho esta gente. El tiempo existe menos que en Occidente, acaso puedan coger algún autobús a lo largo del día. Mientras, se ríen, charlan, pasan el tiempo con sus chirigotas.

Sí, no sólo de pan vive el hombre, que ya lo decía el Evangelio; y es cierto, porque no todo es reír, hacer pis, follar o llorar desconsoladoramente por la amada de otro tiempo. También es cierto que no son excesivas las cosas que se necesitan para vivir medianamente bien. Estos días, por ejemplo, me da lástima el protagonista de Gordimer, un tal Mehring, un hombre de negocios de altos vuelos cuya actividad en definitiva más gratificante se desarrolla en una finca en donde pasa los fines de semana plantando árboles o vigilando la cosecha de trebol, o cuidando que los huevos de las gallinas de Guinea no se pierdan entre los setos. El señor Mehring, los fines de semana, trata de olvidarse de los negocios, de su vida formal, la que le da nombre y prestigio en el mundo, plantando arbolitos y durmiendo la Nochevieja en un saco de dormir mientras contempla las estrellas desde su finca.

Y el bus para en un enorme recinto con aspecto de desguace lleno de autobuses con las tripas al aire. Problemas. No se puede salir fuera. Somos demasiados, tardaríamos una hora en recomponer las piezas de este puzzle humano. El fresco de la mañana empieza a convertirse en agobiante calor de rebaño apretujado que mira paciente al exterior; suelo de cemento lleno de aceite, más lejos un páramo sobre el que brillan las ramas desnudas de algunas acacias.

Encontrar la oportunidad de divertirse un poco. Pero de hecho contravenimos con frecuencia esta básica ley de la vida, y llevados por fuerzas, aquí dirían atávicas, para explicar alguna que otra masacre (Ruanda, Liberia, por ejemplo), o irracionales, en el extremo más sencillo de la cotidianidad, nos dedicamos a hacer la puñeta unos a otros; o a hacérnosla a nosotros mismos, perdiendo con frecuencia algún norte elemental. Y mira que si todavía nos damos cuenta a tiempo, vale, pero si no es así, si sólo nos han puesto delante un señuelo de esos con que engañan a los galgos por delante del hocico en un canódromo...

De estas cosas se compone hoy el viaje. Y menos mal que parece que no ha habido que meter mano al motor y ahora estamos otra vez en la carretera aunque con un ruido mecánico muy sospechoso que en cualquier momento puede añadir diversiones suplementarias al viaje. Estamos en África, paciencia. Los ciento y pico pasajeros de este trasto no sucumbirán a la debilidad de protestar por nada. Es lo habitual. Aquí no se tiene prisa. Carpe diem.

Y le toca el turno al dinero. Cuando entramos en el país, con el lío del visado de Zambia, ni sé a cuanto cambiamos, pero después, más tranquilos, nos pusimos a hacer indagaciones, porque había algo que no cuadraba. En la frontera de Zimbabwe nos habían ofrecido cien mil dólares de este país por euro. Así que para comparar cambios nos pasamos por las oficinas del primer banco que pillamos. ¿El cambio, por favor, del euro? La contestación: 341 por un euro (????). Salimos, sin cambiar, claro. En el hotel nos dan 160.000 zimbabwe dolars por euro. Bueno, pues después de una semana en este país todavía no nos aclaramos del todo. Tendremos que tomar clases de economía cuando lleguemos a casa. Algunos precios no cuadran entre ellos, un billete de tren para quinientos kilómetros 100000 dólares, entrar en un servicio 10.000, una noche de hotel medianamente barato 3.000.000. De momento, ayer previendo gastos para estos cuatro o cinco días, cambiamos 130 euros a 180.000 dólares, nos dieron 23.200.000 dólares. Total que nuestros macutos van cargados hasta la mitad de billetes de banco. Si hubiéramos cambiado en el banco, o sucumbido a sacar dinero con la tarjeta de crédito, nos hubieran dado 44.200. Llevamos dos días devanándonos los sesos para intentar comprender cómo funciona la economía de este país de inflación galopante. Esperamos que los veintitantos millones de dólares que llevamos en los macutos, nos den para llegar en unos pocos días a la frontera de Mozambique. El Gran Zimbabwe, que prestó su nombre al país, es el principal centro arqueológico de África al sur de Egipto. El pueblo Shono tuvo aquí su centro de expansión a partir del siglo XI, una cultura que desapareció totalmente a principios del siglo XIX. Esta cultura es la razón de nuestro viaje a esta parte del país. Hoy, de la mano de Mugabe, este país sigue los pasos de los antiguos países del Este. Ayer mismo, en Bulawayo los supermercados nos recordaban aquellos otros que visitamos en Checoslovaquia a principio de los ochenta, un enorme espacio en donde los productos a la venta se podían contar con los dedos de la mano. Las comunicaciones también son lentas. Los servicios de Internet, los pocos que hay, van trabajando cada vez con más lentitud; ayer en una hora no fuimos capaces siquiera de recoger el correo, había algunas cartas en la bandeja de entrada, pero fue imposible abrirlas. Las velocidades de Internet parecen ir descendiendo en relación a la renta per capita. No sabemos si podremos seguir trabajando siquiera con el correo. Unos datos para hacerse una idea: Renta per capita de España, aproximadamente, 30.000 dólares; Sudáfrica, 3.000; Zambia, 200; Zimbabwe, 500; y Malawi hacia donde nos dirigimos, ciento y pico. Si hubiera una correlación entre la velocidad de Internet y la renta, está claro que en unos pocos días nos quedaremos incomunicados

Hace un momento estaban tan contentos por la parte trasera del autobús, que me decidí a sacar la cámara. Pedí permiso y un grupo de pasajeros asistió sonriente. Después de hacer algunas tomas cundió la curiosidad y ya fue coser y cantar, algunas mujeres pedían ser fotografiadas. Había tan poquita luz y eran todos tan tan negros, que ni siquiera una sensibilidad de 1600 ASA bastaba para hacer los retratos. Confiemos en que algo salga.

Satisfacer las necesidades básicas y encontrar la oportunidad de divertirse un poco. El autobús termina por llegar a destino. La bus station, era una feria de color y gente asaltando nuevos autobuses con nuevos destinos. Es sábado, esta ciudad rinde culto de procedencia británica y centroeuropea: austeridad y contención. Las calles están casi vacías, limpias, los negocios cerrados a cal y canto. Sólo conseguimos encontrar unas pocas mandarinas, unos tomates, un poco de chocolate y algo de pan. Para ser sábado por la tarde el panorama es más bien triste. Recordamos el ambiente festivo de los negros de Saint Louis, al norte de Senegal; el barco en que viajamos en Malí camino de Tombuctú: aquella gente llevaba la música en el cuerpo, los oías cantar o bailar tras cada esquina. Hoy nos sorprende esta quietud de fiesta de guardar, que sólo será interrumpida al día siguiente, cuando visitemos el Gran Zimbabwe, por los cánticos religiosos que entonaron durante todo el viaje los pasajeros. Se les veía felices y contentos; cantaban con entusiasmo. Quizás tenga que repasar yo las opiniones que vertía el otro día en un post que titulaba Religiones primitivas. Si una de las posibles razones de la vida es ser feliz y esta gente lo parecía tanto, quizás habría que ver cómo cuadra esto con lo que decía allí. Si satisfacer las necesidades básicas y encontrar la oportunidad de divertirse un poco es importante, acaso haya que volver a plantease el modo con que percibimos a todas estas culturas que habitan el continente, quizás tengamos que reconsiderar la suficiencia con que nos solemos referir a sus habitantes.