Mostrando entradas con la etiqueta Sudáfrica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sudáfrica. Mostrar todas las entradas

Un dia despues del diluvio

Dubai-Johannesburgo, 1 de julio


Hoy he convertido mi butaca de avión en un rincón que acaso se parece algo a la mesa de trabajo de mi cabaña. Tuve la suerte de viajar con tres butacas a mi disposición y con una azafata a la que debí caer bien. Sí, me ofreció una bebida, le pregunté que qué tenía y abrió un cajón donde había de todo; whisky, le pedí, y en seguida vertió una botellita en un vaso, le puso hielo y me miró dubitativa ofreciéndome otra más del mismo líquido. Tuve que decir que no; jo, lo mismo se me disparaba la tensión después de la cerveza de esta mañana, la segunda en tres meses... y es que estos hijos de Mahoma nunca aprenderán a vivir. Y recordaba el panorama variopinto de Dubai, que ya había visitado hace años de paso para Irlanda, y que hoy era una fiesta multicolor; y si el negro es un color, con más razón todavía, que abundaban esas vestimentas negras que convierten a las mujeres en auténticas cucarachas –con perdón-; aunque ya me crucé con una todita vestida de negro pero con unos ojazos de comérselos –y de sobra lo sabía ella-, a la que no faltaba los aderezos de un ligero maquillaje, ni el perfume. Cosa extraña. Me tapo pero no quiero taparme, quiero que sepas que soy atractiva, que huelo bien, que soy deseable. Toma, como todo hijo de vecino, qué mejor deporte que hacernos deseables los unos a los otros. Hoy leía un curioso artículo en el periódico que robé nada más subir al avión en Bombay, que hablaba de estas cosas; qué debe hacer un hombre y una mujer para meterse en el bolsillo al otro. Traduzco algunas líneas (traducción libre de un angloparlante chapucero que jamás llegará a hablar el inglés como Dios manda ni aunque dé la vuelta al mundo una docena de veces:): “Dado que un hombre necesita recurrir a la vanidad para ser atractivo, préstale atención, abona su orgullo hablándole de lo que le interesa, haz elogio de sus cualidades y pronto él vendrá como un pajarito a comer en tu mano”. Aunque merecería la pena enumerar un puñado de consejos del columnista dirigidos tanto a la mujer como al hombre, sería demasiado largo entretenerse en ello. Es divertido, sin embargo pensar en estas cosas; por ejemplo, decía más adelante que a la mujer se le dilata la pupila cuando se encuentra con un hombre que le gusta, razón por la cual la utilización de lentillas, que ofrecen un cierto brillo en los ojos, no había que descartarla como arma de seducción. Probablemente la mujer árabe con la que me crucé esta mañana tenía lentillas. Sería inútil hacerse ilusiones sobre otra cosa; que no estaría mal por otra parte. Por cierto, que nunca llegué a una experiencia que ni de lejos se le pareciera; este verano acaso que fantaseé por el Meetic durante un par de semanas con una moza que necesariamente habría de vestirse de monja cuando la fuera a buscar al tren; pero la idea no cuajó en el momento decisivo, que prefirió adornarse para el día del encuentro con otras prendas menos llamativas.

Aparte de la broma, estoy un poco abrumado por la historia de las cucarachas después de haber leído a Pamuk; es demasiado dramática la visión de estas mujeres. La lucha por el pañuelo sí o el pañuelo no como un símbolo velando por la integridad de la fe de Mahoma. Esta mañana, tres; hacían cola unos metros más atrás en el aeropuerto de Bombay. Me daban una tremenda lástima. Pero cuando aterricé en Dubai, y allí eran legión, y olía su perfume y mira el incipiente maquillaje que asomaba entre la toca, no me cupo duda. No hace falta gritar aquello de que la religión es el opio del pueblo; me da dolor de tripa recordar la condición de la mujer en los países árabes.

El espectáculo del aeropuerto era una preciosidad de variopintas vestimentas, de rostros para todos los gustos, de jetas para todas las situaciones; esos tipos gordos de barriga cervecera, tan ridículos, que miran el mundo como si éste fuera una plantación de su propiedad; el ejecutivo de maletín con pinta de testigo de Jehová; una preciosidad de muchacho de ojos avinados y tez negra, que se sentaba frente a mi y que se adornaba con unos pendientes a juego con su camiseta hecha de atractivos lunares verde oliva; un anciano mochilero trotamundos que sonreía desde la experiencia de la edad; un tropel de chicas rubias muy parecidas unas a otras; algunos jeques árabes con su turbante y su túnica blanca; un par de sijs, barbudos, corpachones, siempre con su ostentoso turbante de guerrero nimbando la nobleza de su clase; una mamá con un par de críos listos como el hambre; alguno con aspecto de gitano, como yo (por cierto que cuando me vea con mi amiga con nombre de flor en Madrid, me voy a tener que comprar una chaqueta y una corbata, que a veces no hacía más que mirarme de arriba abajo como si fuera un extraterrestre zarrapastroso. Menos mal que es buena persona y aunque no le gustan las ratas ni los hoteles de menos de dos mil rupias nos entendimos muy bien). No se estilan este tipo de museos, pero palabra que es una de las cosas más atractivas que cabe verse, gente de todo el mundo, vestimentas del planeta entero, hábitos y religiones para todos los paladares... siempre el gusto de mirar.

Bueno, pues siguiendo con el periódico, que es otra parte del mundo que he visto hoy, incluidas las fotografías de las riadas de Bombay, a las que parece yo asistí solo de refilón, ya que por lo que se ve la ciudad quedó colapsada y sin luz durante muchas horas, con agua que llegaba en algunas calles a los dos metros; siguiendo con el periódico, decía, bajo la columna en que hombres y mujeres debían aprender donde estaban los puntos flojos (y los fuertes de unos y otros para llegar a una seducción convincente –y las mujeres y su coquetería llevan ventajas en ello-), había un titular que decía: I don’t take life seriously”. Un personaje conocido que afirmaba que la tragedia de la vida no es la muerte sino vivir como un muerto cuando uno está vivo; algo que estaba muy en consonancia con las lecturas mías de esta mañana, que tras el largo paréntesis de India volví a retomar; se trataba del tomo de filósofo José Antonio Marina, del que ya hablé allá cuando andaba por Malasia. En realidad el entrevistado lo que decía era algo muy distinto a lo que enunciaba el titular; precisamente porque, confesándose ateo, se tomaba muy en serio la vida y era capaz de vivir con una tensión y una plenitud que no proporciona una existencia dedicada a la reiteración de los actos de culto y de moral que a “las personas de bien” exoneran de la búsqueda y de la interpretación de la realidad. Había tardado años en quitarse de encima la tutela de la religión y había convertido su vida en una búsqueda personal, la había llenado de intensidad y la intensidad había producido sus frutos: una sensación de plenitud que venía tanto de su búsqueda personal como de la felicidad que proporcionaba el sentimiento de haber creado algo; en este caso con más razón dado que se reencuentran en una misma cosa el hecho de crear con el objeto de creación, uno mismo. Marina venía a decir lo mismo al final del capítulo: “Todo parece indicar que la invención de proyectos, su selección y la actividad que desarrollamos para realizarlos, son un componente esencial de la felicidad” (Ética para náufragos).

Hoy, cuando salí del hotel antes de amanecer, lo primero que se me ocurrió fue que qué remedio les quedaba a tantos y tantos sin techo en este inmenso país que buscar consuelo en estrafalarios y coloristas dioses. Frente al hotel, una enorme explanada inundada de agua, había aparcados treinta o cuarenta ricksaws, de cuya parte trasera asomaban los pies de los conductores. Desperté a uno para que me llevara al aeropuerto, pero estaba tan dormido que no logré entenderme; uno de al lado, más avispado, dio un respingo y me dijo que sí en seguida. Todos los conductores de ricksaws de la ciudad dormían en las calles oscuras por las que atravesábamos; asomaban sus pies descalzos bajo la cortinilla de plástico; el agua diluvial se había escurrido por aquí y por allá y ahora era el tiempo del sueño.

Qué remedio les queda que consolarse con un puñado de dioses; igual que aquella legión de guatemantecos de aspecto tan miserable que recibían al Papa años atrás mientras nosotros mirábamos asombrados sus rostros de idos tras los objetivos de nuestras cámaras. Si al menos tuvieran una cama confortable, el calor de un cuerpo al lado, alguien a quien besar antes de ir al trabajo. A veces se me ocurre que la religión es el consuelo inútil de quien no tienen otra cosa; o si la tiene, como sería el caso de tantos millones de norteamericanos acaso necesitan lavarse algún tipo de culpabilidad, redimir algún pecado enterrado en el subconsciente; o quizás paliar un miedo que viene más allá de las aguas diluviales del monzón hasta sus almas. Lo que decía el entrevistado del periódico de Bombay, esa tragedia de vivir como un muerto cuando uno esta vivo.

El monitor del avión muestra el mapa de África con un avioncito que sobrevuela algún lugar entre Etiopía, Somalia o acaso Kenia. Hubo algún problema con el vuelo y tuvimos que tomar otro avión; llevamos dos horas de retraso. Dentro de tres aterrizaremos en Johannesburgo. Victoria, que salió ayer noche de Madrid, está allí desde las nueve de la mañana. Hace tres meses que no nos vemos. Estoy deseando estar a su lado. Ahora sí que ya estamos en África.

Soweto

Johannesburgo, 4 de junio

De la misma manera que no se puede pasar por Polonia sin visitar los campos de concentración de Austwich y Binekar, no se puede atravesar Sudáfrica sin acercarse a visitar Soweto. Los aficionados a la televisión no tienen el mismo problema que yo; la televisión sirve imágenes en abundancia de todo, a uno le queda poco espacio para imaginar, para intentar averiguar cómo puede ser aquello. Recuerdo mi gran incógnita cuando toda la familia en pleno, con los mellizos recién cumplidos un año, y Guille camino de los cinco, nos disponíamos a atravesar el desierto del Sahara en un R4. Sabía lo que era el desierto, pero no era capaz de imagina nuestro R4 y a nosotros mismos circulando por aquellos parajes: el calor, las pistas barridas por la arena, nuestra tienda de campaña levantada sobre las dunas al resguardo de los escorpiones y del viento, el atardecer de cielo ámbar presidiendo esa enorme soledad. He viajado mucho por el mundo y sin embargo me sigue sucediendo algo similar cuando me acerco a un lugar al que mis lecturas me han llevado por un motivo muy especial o porque el sitio guarda una importante conexión con la historia; sucede como si en el cerebro se levantara la expectación de ajustar algunas piezas de un puzzle que sólo se puede completar in situ, como si las imágenes que tenemos fueran imágenes en los límites de un sueño, que necesitaran de un viaje para adquirir consistencia real. Sólo detalles: ¿cómo mirará la gente de Soweto?, ¿cómo son las relaciones entre blancos y negros?, ¿qué hay tras la mirada de los hombres y mujeres que sufrieron la humillación del apartheil y la esclavitud durante un tiempo tan dilatado? Hay muchos aspectos de la realidad que necesitan ser vistos con los ojos, olidos, escuchados para tomar posesión de ellos; un conocimiento que no está en los libros ni en la televisión y que acaso sí proporciona el contacto con las tierras y los hombres que las habitan. Y es algo que siento con alguna frecuencia. Me pregunto entonces: ¿Qué he aprendido yo de tangible en estos tres meses? No el conocimiento de los lugares, de las costumbres, de los usos; sino ¿qué de sustancial, de vital, de lo que me ha de servir para comprender a los hombres y mujeres del mundo, para entender un poco la realidad de la vida? No sabría decirlo, pero de igual manera que mis células cambian y mi yo físico no es el mismo que hace años, algo parecido debe sucederle a mi conciencia que no deja de ser una sustancia activa continuamente modificada por la experiencia, los criterios personales, los libros, este ir y venir por el mundo, el contacto con las personas.
.
Creo que viajar acerca a la comprensión de los pueblos, nos desposee de nuestra boina de paletos agarrados a una visión más o menos reducida del mundo; y más aún si somos occidentales y vivimos la ilusión de que nosotros y nuestra cultura son el epicentro del planeta. Veamos si no los tratados de geografía: España descubrió América (un mural callejero que vi en Bolivia hacía mofa del asuntos: unos indígenas avistaban unas naves que llegaban a sus costas, y uno de ellos señalándolas reía hasta desternillarse: y dicen que nos han descubierto, decía. Un uso un poco grotesco del verbo descubrir, sí), España descubrió América, Portugal el Brasil, y el Papa repartió en el tratado de Tordesillas el mundo, el este para España el oeste para Portugal. Lo mismo podían hacer ahora los americanos, estos sin el concurso del papa ya; trazar una línea en el universo y repartirse las galaxias, los agujeros negros, los meteoritos, la luna, todo, aunque llegar a ellos supusiera viajes de miles de años luz. Somos unos especímenes bastante grotescos. Sería para reír si no fuera por la cantidad de desgracias y los millones de muertos que ha acarreado siempre la ambición y sus ridículas razones de dominio y posesión.
.
La última novela de Pamuk que leí respira ese aire de orgullo necesario de los pueblos, en su caso el pueblo turco, que han sido durante siglos avasallados por los ejércitos, la cultura, la tecnología de Occidente, y que viven un largo periodo de busca de la propia dignidad, de su identidad. La autoestima, la confianza en los propios valores de los pueblos, ha sido barrida por los invasores europeos hasta el punto de que es probable que se necesiten muchas décadas para reconstruir esta perdida identidad; un trato normalizado, de tú a tú, con los antiguos opresores. Eso veo en la mirada de los hombres y mujeres de raza negra con los que he cruzado en estos pocos días de estancia en un barrio de Johannesburgo. Los pueblos, como los niños, sufren durante siglos las consecuencias de haber tenido unos malos padres; y peor todavía, no malos padres sino explotadores, criminales, aprovechados sin cuento. Y eso es algo que no se cura en dos días.
.
Los países árabes tienen sin embargo otra historia, no han sufrido la tiranía del opresor, conservan su orgullo, su identidad, su cultura, no sólo son capaces de enfrentarse bien erguidos a la “raza elegida”, sino que van mucho más allá de ello, defienden sus valores, por mucho que nosotros, con nuestros patrones de medir a los otros pueblos, consideremos a éstos como caducos, y son capaces de echar un pulso serio a los no sólo asumidos de la verdad –Occidente sin más y su ley de la selva-, sino también depredadores y salvajes apropiadores de lo ajeno. Probablemente a la humillada raza negra no le cabe más que una larga terapia que puede prolongarse durante largas décadas; eso sin contar la situación de sus recursos y el estado de despauperización en que los países colonizadores dejaron el continente; a lo que hay que añadir el expolio de los tiranos locales que surgieron tras la colonización, ya que pocos países del continente africano tuvieron la suerte de ser liderados por personajes como Nelson Mandela o Léopold Sédar Senghor.
.
Sobre las relaciones entre blancos y negros, leo esta mañana en la guía, en el apartado de Soweto, lo siguiente: “La idea es simple. Ten a todo el que no sea blanco tan lejos de la “raza elegida” como sea posible, pero todavía lo suficientemente cerca como para que pueda ser usado como mano de obra barata”. Muy elocuente, como se ve. Y mientras tanto este homínido que nos habita, este ser universal que “domina” el planeta habla de moral, de valores, intenta buscar siempre razones para justificar al ser depredador que lleva dentro. Se hizo inteligente, pero la inteligencia se llenó de hipocresía y de avaricia; y éstas, que fueron santificadas miserablemente, como eran feas, se escondieron bajo el tegumento de un derecho que sólo era el derecho de la fuerza y la brutalidad de unos sobre otros (veáse la historia de las colonizaciones de todo tipo).
El aspecto que más me llama la atención hoy, antes de visitar Soweto, es esa sensación de deshonestidad y ultraje que se desprende del paso de los invasores europeos por estas tierras por las que vengo viajando. Europa y Estados Unidos debería pedir en algún momento perdón a los habitantes del continente africano por la cantidad de barbaridades que han cometido en él y acompañar su contrición con una generosa aportación en recursos técnicos, sanitarios, de educación. Quizás si ese día llegase uno pudiera dejar de tener la desagradable sensación de culpabilidad que se le viene encima cuando se visita estos países.

Warning

Pretemberg Bay- Sudáfrica, 11 de Julio


En Canadá el cartel "advertencia–peligro" prolifera en todo el país, unos cartelitos que ponen en alerta al viajero y al ciudadano allá por donde pase; material para ciudadanos adormilados, sobrepotegidos; ciudadanos del porvenir, vamos, de esos de los que se hará cargo en el futuro un estado que pensará en todo, hasta cuando y cómo sea necesario echar un polvo. En Canadá el cartel WARNING sirve para alertar a los amorosos padres para que sus cachorros no sufran grandes percances cuando caminaban, por ejemplo, por un parque nacional: la posibilidad de sufrir una raspadura en la rodilla, caer en un precipicio de diez o quince centímetros; cosas así. También servía para poner en guardia a los ciudadanos de ese espécimen tan poco deseado, los cacos; y para ello los carteles habían adoptado la imaginería de los comix: antifaz negro, ojos escrutadores, gorrita de paño a lo Sheerlock Holmes. Lo más que le podía ocurrir a un obediente ciudadano canadiense si no tenía en cuenta la advertencia, parecía, era que se hiciera un raspón o que le desapareciera la cartera del bolsillo. En cualquier modo se trata de una raza bien alimentada, no era mucho el peligro.



Aquí en Johannesburgo la cosa es bien diferente, los warnings no van dirigidos al ciudadano de a pie sino a una amplia, parece, generalidad de malhechores que merodean especialmente después de la caída del sol por la ciudad. El warning que aparecía junto a la estación de autobuses, encuadrado en la clásica forma de la chapa policial a que nos tienen acostumbrados las películas del oeste, decía: "Los transgresores serán disparados, y si resultan ilesos serán disparados de nuevo". Nuestro autobús se había parado frente a una cancela donde colgaba este cartel de letras blancas sobre fondo azul; mi mirada escrutaba la calle intentando contrastar la información recibida con la realidad: gente normal que iba de aquí para allá; negros todos pero gente corriente. Lugar infecto: warning, ghetto bajo el parasol de los modernos rascacielos, las tiendas de Benetton, toda la luminotecnia y oferta de consumo de una moderna ciudad. Y sin embargo la calle, parece, estaba podrida.



Días después estamos en Durban, en la costa del océano Índico; el dueño del hotel nos alerta en seguida, que no salgamos a la calle después del atardecer, nada de dinero en los bolsillos, caminar lejos de la gente, no llevar mochila, no ser centro de atención, dejar el disfraz de turista en la habitación del hotel. Uno de aquellos días, al final de la tarde, preguntamos a un hombre de raza blanca, uno de los pocos con los que nos cruzamos, por un cajero; nos mira con los ojos de plato. No, no es aconsejable sacar dinero a esa hora. Luego se lo piensa y, ante nuestra insistencia, decide acompañarnos; nos mete por un laberinto de calles arriba y abajo que no tiene otro objeto que despistar a un posible perseguidor de los dineros del turista. Al fin entramos en una entidad bancaria, Victoria se acerca al cajero y nosotros montamos guardia, él mira constantemente el movimiento de la gente que pasa, el entrecejo arrugado, los ojos escrutadores. Cuando ella ya ha conseguido el dinero nos indica el camino de la calle, pero huye de la acera, nos hace caminar por la calzada, mira constantemente a los lados y no ceja hasta que estamos en la puerta del hotel.



¿Será cierto? La verdad es que a uno le entran ganas de que lo asalten para comprobar primero si es verdad aquello y segundo para ver en qué consiste la fuente de tanto miedo que circula por la calle, ¿simples carteristas?, ¿rufianes armados de navajas dispuestos a rajarle a uno la tripa por unos pocos billetes de banco?, ¿gente armada dispuesta a liarse a tiroz? Otra tarde paro a un coche de la policía. Conduce una mujer negra de enormes proporciones; su cabeza roza el techo del vehículo; la compañera, ésta de raza blanca y también con aspecto de armas tomar, atiende a mis preguntas. Tendría que coger a las cinco de la mañana del día siguiente un taxi que me lleve a la estación, ¿sería recomendable salir a la calle a buscarlo?, pregunto. Por supuesto que no, no sería buena idea, más bien es bastante peligroso. Un asunto menos, encargaremos al dueño del hotel que nos lo gestione.



Coetzee, un novelista sudafricano que ya me cautivó hace años con su En medio de ninguna parte, explora en su novela que leo estos días, Desgracia (un título que yo creo desafortunado y que cambiaría por deseo –Desirée-), alguna de las raíces de los males de este país. Blancos y negros. No han transcurrido todavía dos décadas desde que los negros eran aquí la escoria de la sociedad mientras que los blancos lo poseían todo. Desde la creación por los holandeses de la colonia de Ciudad del Cabo en el siglo XVII, el avance de los blancos fue implacable, primero desposeyeron a los bantúes, que eran agricultores y ganaderos, de sus mejores tierras e hicieron de la esclavitud el principal instrumento del desarrollo de su riqueza; más tarde avanzaron hacia el norte, y como el único modo de apoderarse de las tierras fértiles era la conquista, y además disponían de armas de fuego, se hicieron con las tierras de los hotentotes, los bosquimanos y más tarde dominaron en el noreste a los zulúes. El sentimiento de superioridad de los boers respecto a los negros se remonta al principio de aquellos tiempos; los hombres de raza negra no parecían tener para ellos más consideración que las de un animal; un sentimiento que no compartían los ingleses cuando éstos ocuparon el sur del continente. La fuerza y el tesón en cómo los blancos han mantenido una salvaje discriminación y una acaparación de los recursos hasta tiempos tan recientes (Nelson Mandela fue liberado en el año mil novecientos noventa) parece ser el precio de una sociedad, todavía en construcción, necesitará para poder convivir de hecho en una situación de igualdad. Mientras tanto, aquí y allá, dentro de la existencia de un país moderno que poco se diferencia de la abundancia europea, cunde la alerta y la situación de peligro, es el tributo, diría el protagonista de la novela de Coetzee, el pago histórico que se hace tras décadas de opresión de una raza sobre la otra.



La hija del protagonista, blanca, ha sido violada salvajemente por dos individuos de raza negra. Los violadores han destrozado la casa, han robado todo lo que han encontrado a su paso. Un incidente más en la gran campaña de redistribución, dice David Lurie, el estudioso de Wordsworth y Byron que se ha visto privado de su trabajo en la universidad tras un affaire con una alumna. Estamos hablando de algo completamente nuevo, le dice en un momento a su hija; estamos hablando de la esclavitud. Si te quedas aquí, ellos volverán, ellos pretenden que tú seas su esclava. "Fue la historia lo que habló a través de ellos –propone al fin-. Una historia llena de errores. Míralo de esa manera, puede que te ayude. Tal vez te pareciera algo personal, pero no lo fue. Fue algo heredado de los ancestro".



Una hipótesis de trabajo: el antiguo esclavo, el desecho de estas tierras dominadas hasta hace unos pocos años por los blancos, busca a la postre bajo el manto oscuro de su subsconsciente la esclavitud de los blancos. Y acaso todos estos warnings no sean otra cosa que la expresión de ese miedo que subyace ante las campañas de redistribución que se producen en el mundo entero cuando cacos, ladrones, violadores, asesinos, ocupan su tiempo y su voluntad en extorsionar la tranquilidad burguesa de los que lo tienen todo solucionado en la vida.


Solo piedras

Peninsula de Robberg, Plettenberg, 14 de julio




Variaciones sobre el mismo tema
.




450 millones de años

Ciudad del Cabo, 15 de julio

Caminamos por la península Robberg, un parque natural en las cercanías de Plettenberg Bay. Un cartel narra la historial de los últimos cuatrocientos cincuenta millones de años del lugar. En la línea del tiempo, a la derecha, como un diminuto punto, aparece la silueta de los primeros homínidos, un grano de arena en el relato de la historia del mundo.
Unos ridículos pocos años en relación a los seis mil quinientos millones de la historia del planeta. Y mirando todo esto recuerdo alguna de las discusiones con mi amiga con nombre de flor, esas ideas suyas: hemos vivido otras vidas, transmigramos, todo ese complejo de relaciones con nuestros yoes antes y después de la muerte. Algo no muy lejano al espíritu de todas las religiones.
Hemos escalado un alto promontorio y desde la cumbre vemos a las focas y a los lobos marinos desperezarse al sol sobre un resalte rocoso; un poco más allá del borde externo del acantilado está el mar rompiente donde los delfines juegan a hacer cabriolas en el aire. La estela del sol se tiende vibrante sobre el océano; la línea de la costa, al otro lado, envuelta en una calina sobre la que sobresalen las montañas de Tsitsikalmma, cierran en un inmenso círculo de luz el horizonte. Si suprimiéramos el rastro de las construcciones que se levantan junto a la playa, hiciéramos desaparecer el camino que se adentra en el promontorio de la península rodeándolo, y nos quedáramos con el ruido de las olas, con el vuelo de las gaviotas, con el cielo azul y la amable belleza del lugar tan solo, igual podríamos imaginar ese tiempo en que al hombre todavía le faltaban algunos cientos de millones de años para nacer.
Un tiempo en que los seres de la tierra no necesitaban a los dioses para existir; un tiempo en que probablemente habría sido absurdo la existencia de las reencarnaciones, que parece sólo acta para seres inteligentes dotados de eso que llamamos alma y que es el objeto de las religiones y las transmigraciones más allá de nuestra consistencia física. También un tiempo en que habría sido absurda la presencia de un dios sin un ser inteligente que pudiera reconocerle como tal.
¿Tuvieron que esperar los dioses, sumidos en el vacío de la nada, a que lo que ese ser que iba a convertirse en hombre bajara de los árboles y a que su capacidad craneana adquiriera suficiente dimensión para que éstos tuvieran necesidad de ellos? Las pruebas de la existencia de Dios que estudiábamos en los libros de filosofía del bachillerato, hoy pueden parecer simples juegos de lógica para entretenimiento de colegiales. Un dios que se pasa pacientemente seis mil quinientos millones de años esperando a que aparezca un ser que sea capaz de reconocerle y rendirle culto es absurdo, por mucho que fueran las ganas de ese dios de que se le rindiera pleitesía por encima de cualquier otro ser. No puede ser, habría sido una espera excesiva; no, demasiados siglos de aburrimiento por medio.
Y por otra parte, desde la vertiente de las creencias en las reencarnaciones o de la existencia de otras vidas pasadas o futuras; o de esto que tanto discutía con mi amiga de la posibilidad de volver a otros momentos de una vida anterior mediante ejercicios de regresión; ¿cómo suceden estas cosas?, ¿en qué momento de la etapa de la evolución del hombre se produce, se puede hablar de esas existencias que traspasan las fronteras de la muerte?
A mí se me hace incómoda esa sensación de que el hombre quiera, en ese minúsculo, inapreciable momento de la historia del planeta, hacerse una interpretación de la vida para su uso exclusivo. ¿En qué instante, por cierto, homo erectus, habilis, sapiens?, ¿acaso fue más adelante, en el Paleolítico Superior, en Neolítico?, ¿tenía esta existencia tras la muerte el hombre de Neanthertal, el de Cromagnon?, ¿o acaso hubo que esperar a Platón para que el hombre adquiera la certeza de haber vivido una vida anterior?
Y se me hace incómoda creo por ese afán que podemos llegar a demostrar cuando situándonos más allá de nuestra humilde condición de ser que nace, se­ desarrolla y muere; como si el hombre quisiera elevarse intentando tirarse de los pelos para arriba, haciendo lo posible por dar pedigrí a su existencia al intentar colocarse por encima del proceso natural de la muerte de la que no se salva ningún ser vivo.
El mar rompía al fondo estrepitosamente, las focas tomaban el sol, un ave desconocida de proporciones parecidas a un cernícalo se sostenía inmóvil en el aire batiendo las alas mientras hacía la corte a su compañera posada en una rama próxima; mientras, a su vez, Victoria fotografiaba a ésta, que indiferente y un poco estirada ella, como fémina muy segura de su valía, miraba hacia el horizonte. La montaña dejaba al aire tres estratos diferentes correspondientes a épocas distintas; entre uno y otro distaba la friolera de algún centenar de millones de años. Hasta Darwin era inconcebible entender una evolución de la manera en como la entendemos ahora; jugaba a su favor una valoración del tiempo muy diferente; ya no era necesario dilatar la edad de Matusalén o de algún relevante personaje bíblico para llenar la inmensidad de tiempo que poco a poco se iba dilatando cada vez más con los conocimientos científicos. Entender la evolución sólo fue posible cuando el nacimiento de la vida pudo retrotraerse a miles de millones de años atrás. Empinarse sobre los estratos y los cantos rodados de la península Robberg, cerrar los ojos e intentar ver en qué podía consistir lejanamente eso de cuatrocientos cincuenta millones de años, ayudaba a ver desde una perspectiva muy diferente los problemas de teología o aquellos temas de discusión que nos habían acompañado en nuestro viaje por India. Mi sensación era de que el hombre, asumido de una relevancia excesiva, que no tiene en cuenta su pequeñez en el tiempo y en el espacio, intenta saciar necesidades “espirituales” o anímicas de orden diverso poniendo el universo a su disposición o interpretando la realidad global desde un centro en donde él es la explicación y la razón de toda existencia; se hace un hueco muy personal en la realidad, una excepción en el mundo de los seres vivos, intentando con ello salvarse de la muerte, pensando incluso que su existencia trasciende en sentido inverso su propia vida. Un mundo en donde el nacimiento y la muerte serían simples accidentes, saltos existenciales entre una y otra realidad en donde los sujetos pueden o no conservar su propia identidad, según las creencias que se tengan.
La geología, los paisajes, las transformaciones del relieve, el movimiento de los continentes, transmitían hoy la sensación de provisionalidad y pequeñez del hombre sobre la tierra; los estratos de la península de Robberg, como aquellos números también incomensurables de uno de los personajes a los que visita en su asteroide el Principito, hacían del paseo por esta parte de la costa africana una reflexión sobre la existencia de Dios y de la otra vida. Las sensaciones tienen a veces una fuerza impositiva de la que carecen los razonamientos, y hoy su empuje era enorme: la vida se simplificaba, la existencia de Dios era negada por la convulsión de la vida, por la erosión, por nuevos movimientos de tierra; los avatares del planeta se sucedían unos a otros por el efecto combinado de la meteorología, la geología, la vida en continua transformación. Una existencia loca si se quiere pero liberada de la fatiga de seres todopoderosos fabricados para paliar nuestra incapacidad para ser hombres y mujeres sin destetar.
¿Que hay que morirse?, pues nos morimos, qué coño.



Ecuanimidad

Ciudad del Cabo, 16 de julio

Acceder a la historia de los pueblos sentado junto a la ventana de una habitación en un último piso de un céntrico hotel de Ciudad del Cabo desde donde se admira la bella silueta de los rascacielos, a contraluz de un atardecer ya avanzado, me trae hoy una disposición a la ecuanimidad no muy frecuente en mí cuando se trata de hacer un repaso a la historia colonial de los últimos doscientos años. Pienso en esa palabra, ecuanimidad, y en la difícil tarea que el vocablo evoca. Ningún pueblo colonizador -o invasor que sería un término más apropiado- se libra de tener en su curriculum el exterminio de muchos millares de nativos allá donde fuere la tierra en donde se aposenta; sin embargo la brutalidad de la ocupación japonesa en todo el área del Pacífico e Indochina, o el modo en cómo los holandeses utilizaron Indonesia como si fuera una simple plantación, se matiza en otras naciones, que de un modo u otro sí hicieron una aportación más o menos importante a la economía o entorno cultural de las zonas colonizadas.
Paseando por las calles de las ciudades de este país, habría que ser ciego para no llegar a ver inmediatamente la gran diferencia que hay entre la población blanca y la negra. Para nosotros, herederos de una cultura democrática ya antigua, el asunto del apartheid es algo que produce retortijones de tripa sólo pensar en ello. Pero no es muy diverso a otras situaciones en donde las diferencias raciales no son tan notables. Recuerdo, cuando visitaba algunos museos de los países andinos, ese gran quiebro allá por 1492, al pasar de una sala a otra, en la mayoría de los casos una cultura en las cercanías del neolítico (en otros casos no tanto debido a los incas) daba lugar directamente a los tiempos del Renacimiento europeo. Los pueblos andinos habían dado un salto en el tiempo de miles de años y habían aterrizado de golpe en el otro extremo, muchos siglos después, cargados con sus herramientas y armas paleolíticas. En África no fue muy diferente. ¿Son los hombres y mujeres de raza negra, considerados como entorno, posibilidades, cultura, igual que aquellos otros, hijos de una cultura milenaria? Está claro que no; ni las posibilidades, ni la cultura, ni la preparación técnica son iguales. También los cholos y cholas de La Paz, en Bolivia, son diferentes; y la gente que viven en los arrabales de Lima; o los yanomanis que habitan el interior de la selva del Orinoco. Les quedan generaciones todavía para alcanzar un status que se parezca al de Occidente. En Ciudad del Cabo los mendigos son negros, piden monedas, hablan de Mandela; ¿cuándo los hijos de estos mendigos podrán graduarse en una universidad?
Hay una pregunta quizás oportuna: ¿Sin la feroz rapiña, sin la extorsión de unos sobre otros, sin el aprovechamiento de los más capaces sobre los más débiles, como es el caso en las ocupaciones de todo tipo -y dado que el espíritu de alma caritativa es un producto que raramente crece en los huertos del mundo “civilizado”-, habría sido posible el desarrollo, poco o mucho, que han alcanzado en la actualidad los países de este continente?
Intentar ser ecuánimes puede pasar por acercarse a estos problemas con un poco de realismo, quizás más humildemente dispuestos a reconocer el lado positivo de la brutalidad occidental; hasta las masacres de Pizarro, de Cortés, los desafueros de Magallanes en Filipinas podrían ser vistos con el grado de bondad de quien estima que el mundo no cambia ni progresa de la mano de la filantropía, sino más bien bajo la tutela del renegrido egoísmo. Porque suponer que tanto ferviente creyente -absolutamente todos los colonizadores, al menos nominalmente, lo eran- debía usar de la caridad más que de la codicia, es algo que habría estado en contradicción interna con ese amasijo de mentiras que viven como los gusanos dentro de la parafernalia del cristianismo. También está por otra parte esos personajes históricos que teniendo tras de sí un reguero de exterminio no dejan por ello de ser admirados fervorosamente; aquella devoción, por ejemplo, de Fabrizio, el personaje de Stendhal en La cartuja de Palma, cuando recorre enfebrecido los campos de batalla de Waterloo tras el rastro de su admirado Napoleón. No sólo admirado, sino que sirvió como eficaz transmisor de la cultura y del progreso, de las ideas de la Revolución Francesa. También hay quien dice que las guerras son necesarias, que despabilan a los pueblos. Quizás fuera necesaria tanta barbarie para llegar donde llegamos, y sin justificar la barbarie tengamos que echar mano de la ecuanimidad para entender que las cosas no pudieron ser muy diferentes de cómo fueron, pese a nuestra necesidad de encerrar dentro de la moralidad los hechos históricos. También una parte de la lectura del apartheid podría hacerse desde una minoría, los afrikáners, que se defendió de una avasalladora mayoría negra con uñas y dientes, a fin de conservar sus privilegios. Como los americanitos, que bajo la égida del señor Bush padre hacían de la defensa de su estilo de vida una bandera con la que pisotear a sus hermanos los irakíes.
El sistema capitalista es también rapiña y extorsión de unos pocos sobre la gran mayoría, sin embargo también es cierto que es el sistema que produce una mayor riqueza y que puede alimentar a más personas; le sucede lo que a la macana esa de la democracia; no es lo mejor, ni mucho menos, pero sí quizás sea lo menos malo. A falta de pan buenas son tortas, que diría mi madre.
¿Bastarán en África unas pocas generaciones para ponerse al día? ¿Es posible atravesar el largo laberinto de la historia y la cultura, la acumulación de tantos esfuerzos, la Revolución Industrial, la lucha por la democracia, los avances científicos, y colocarse sin más al otro extremo, en el siglo XXI? Hay países en el área geográfica que vengo recorriendo que sí están siendo capaces de ello, el más notable es Singapur, cuyos ingresos dependen esencialmente del sector servicios; Malasia, por su parte, cuenta con estar en una década a la altura de Europa. Sin embargo tanto Indonesia como Filipinas, como India necesitarán mucho más tiempo para que sus habitantes puedan tener un nivel adquisitivo y cultural similar al que hay en Occidente. En África, las universidades que hay apenas superan el medio siglo de existencia, y es obvio que los países sólo se pueden desarrollar si se desarrollan sus recursos humanos.La afición a arreglar el mundo quizás tenga que rendirse a la evidencia de que el camino que se hizo hasta ahora no podía ser muy diferente del que fue, al menos mientras no salvemos esa evidencia de que la filantropía no parece ser algo inherente a la condición humana, a juzgar por la historia. A estos países les queda por delante la prioridad de desarrollar sus recursos humanos; ese tiempo en que la educación sea efectiva para toda la población. No parece que en Sudáfrica esta diferencia entre blancos y negros vaya a mantenerse durante mucho tiempo si importantes recursos económicos se dedican a la educación. Oímos hablar con frecuencia en nuestro viaje del gobierno como alma benefactora. No sabemos bien hasta donde llega el esfuerzo, pero también es cierto que esta democracia no ha cumplido apenas las dos décadas.