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Santa Rosa de la Pampa



Camino de la Pampa. Estancias, secos pastizales, horizontes planos y enormes como en el mar. Un trayecto muy propicio para volver a las ensoñaciones sobre el tiempo y el futuro.En Santa Rosa de la Pampa el pequeño portátil que nos acompañaba dio los primeros frutos. Con la máquina a cuestas nos fuimos a un locutorio telefónico. Eran tiempos que recoger el correo electrónico apenas había comenzado a funcionar. Conectamos el pequeño enchufe, pusiemos en funcionamiento el programa, y... maravilla de las maravillas, una bandeja sobre la pantalla se fue llenando de cartas que venían de casa.
Mario; siempre una peculiar manera de escribir; le seducían las paradojas, una escritura espontánea y rocambolesca en la que no era fácil encontrar lo que quería decir, pero que sí indicaba un alto grado de apasionamiento y dispersión. Había sido siempre un estudiante muy irregular con propensión a dejar para última hora sus tareas. En su habitación todavía existe la pintura, quizás del periodo barroco, en la que un niño duerme apoyado en su brazo junto a sus deberes escolares en la mesa de trabajo. En los últimos tiempos su mente volatera picoteaba indiscriminadamente aquí y allá hasta el punto de no saber dónde se encontraba el norte. Aunque no estaba por la labor de hacerse muchos proyectos todavía, decía, algún hueco si encontraba para ellos; así que de momento había pensado en apuntarse a unas clases de guitarra, se iría a Europa, leería, pensaría, escribiría, haría fotos, aprendería inglés y ya de paso se daría una vuelta por Holanda a visitar a unos amigos. Ahora estudiaba filosofía, a Nietzsche y Schopenhauer, y, además, hacía un hueco para leer a Julián Marías y a Carmen Laforet. En su mundo podía caber todo, también, o muy especialmente, la contemplación del campo que rodeaba la casa familiar. Como ni Lucía ni Guille os lo dirá, decía, os lo cuento yo: aquí el campo está precioso, las cerezas crecen fuerte; hace mucho viento, parece como si el aire se hubiera llevado a los pájaros. Su afición por los bichos se había despertado en él desde que era muy pequeño. Terminaba su carta, en medio de otras cosas, diciendo que estaba enamorado.
El camino desde el deseo a la satisfacción de ese deseo; esa distancia, dice Freud, se llama cultura. La cultura sexual, es decir, la distancia que va del deseo a la satisfacción sexual, se llama —o podría llamarse—, diría yo, erotismo. El erotismo como sucedáneo, adelanto, paso previo, camino de la satisfacción sexual. En este caso la referencia de partida pertenecía a El inmoralista, lo que había llevado a Guillermo a recordar a Freud. Las clases de Ramos estimulaban en él su apetito libresco. A Guille se le echaba de menos en el correo por entonces.
Victoria terminó en Santa Rosa con La forja de un rebelde, de Barea. Un recorrido por la experiencia personal del autor en los tiempos de la guerra última. El miedo, la angustia, también física, que le llevan cerca de la locura son algo fácilmente imaginable en la vida española de los años 1936-39. Dice en algún momento: “La guerra ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a la gente de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias...” ”Seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se nos habrá despertado la voluntad”. No era la primera vez que yo me encontraba con esta idea conturbadora entre las manos, la posibilidad de que los pueblos eviten convertirse en momias corría, parece, peligrosamente de la mano de hechos llamados a exterminar a una parte importante de la población; el dolor, la muerte, los sufrimientos indecibles como estimuladores de nuestras capacidades, la guerra convertida en incentivo para resucitar la voluntad; el instinto de vida, adormecido tiempo atrás, propulsado, exacerbado ante la cercanía del instinto de muerte. Paradójicamente los amantes de la vida son los que más se exponen al riesgo de perderla. Esa era la filosofía de los escaladores de montañas, los exploradores, los pioneros de toda condición. Es más que probable que todos los conquistadores de este continente necesitaran la huera disculpa del oro, el poder y la gloria para dar satisfacción a otras necesidades más profundas que ellos mismos eran incapaces de concretar. Cuando no sabemos nombrar la propia efervescencia interior es fácil que ésta tome el aspecto de sentimientos comunes y vulgares que parecen bogar por encontrar su puesto en el prestigio social pero que sin embargo esconden un insaciable deseo de búsqueda de uno mismo a través de la confrontación con los peligros y las aventuras que la conquista ponía ante ellos. Si el que se mete en peligros sin cuento no sabe muy bien la razón de ello, ¿por qué habremos de creer a todos aquellos que manifiestan empeñar su vida a fin de hacerse con un peñasco de oro? Acaso ni siquiera ellos mismos llegarán a saber nunca la razón real que les empuja a tan descabelladas aventuras. Almas en manos del destino, pasiones empujando desde recónditos rincones, incontroladas, tan ciegas y locas como las fuerzas del amor. La guerra había puesto de nuevo a la población frente a las pasiones elementales, frente a la necesidad, el individuo había tenido que emplear para vivir esa parte adormecida de su inteligencia y de su creatividad que vivía arropada por el espíritu gregario que la vida social va suministrando poco a poco en reducidas dosis a modo de veneno de efecto retardado.
Santa Rosa era una ciudad pequeña y tranquila de casas bajas y calles anchas y bien cuidada. En una esquina nos topamos con dos policías que hacían la ronda callejera con aspecto aburrido. Nos paran, nos piden los pasaportes y comienzan a tomar acta del encuentro: datos personales, aspecto, peso, descripción pormenorizada de la ropa que llevábamos en aquel momento. Uno de ellos dictaba al otro, que con letra de colegial iba anotando en un cuaderno de rayas los pormenores arriba indicados. Se disculparon diciendo que cumplían con las ordenanzas. Después se despidieron amablemente.
Antes de partir de nuevo en dirección al parque nacional de Liuell Calel, escribimos a casa. Yo aludía humorísticamente a lo mucho que la distancia estaba contribuyendo a que las incompatibilidades con Mario relajaran mi ánimo. ¿Qué tal te va la vida sin mí?, le decía. Y con mayúsculas, añadía: estudia pequeño cabronazo... estudia y déjate de gaitas.
Victoria estaba contenta y romántica aquella tarde, acababábamos de terminarnos una botella de vino a la luz de la luna al revés y le salió una carta llena de bromas y de buenos deseos, especialmente para Mario, el viviente del mundo no encontrado, al que pese a los capirotazos que venía recibiendo de su padre, le había salido una despedida en su último correo tras los besos de rigor, diciendo que estaba orgullosos de tener unos padres así, orgullosos también por la forma en que les habían educado.

Lihuel Calel y Bariloche






Amanecía cuando el autobús paró junto a un pequeño grupo de viviendas. El parque comenzaba tres o cuatro kilómetros en dirección a unas lomas próximas que a esa hora recogían la luz anaranjada de un sol pálido que desperezaba en el horizonte. En las anotaciones de aquella mañana no aparecen el parque, ni sus animales salvajes, ni sus serpientes de coral, ni sus jabalíes de enormes proporciones, el sólo animal visible era Cioran: “La única arma contra la mediocridad es el sufrimiento... 

Toda la angustia que sigue al sufrimiento mantiene al hombre en una tensión tal que ya no puede ser en lo sucesivo mediocre”. La luz de la linterna había alumbrado durante parte de la noche las páginas del libro que fue durante las primeras semanas del viaje el manantial de donde brotaban ideas visionarias, que acaso dormían en mi interior sin que hasta entonces hubiera sido consciente de ello; porque sucedía con frecuencia que leyendo a Cioran uno se encontrara sorprendido ante una afirmación que lo golpeaba con brusquedad, un pensamiento en definitiva que más que ajeno parecía surgir del fondo de sí mismo en el momento que se encontraba con su idea pareja en las páginas del libro. 
Algo que saliera del subconsciente ante el arrebato de las trompetas del filósofo. Arropado en el libro la oscura llanura de la Pampa fue pasando durante las horas de la noche; noche de excepción como tantas otras de largos viajes cuando el pasaje duerme y el ronroneo amigo del motor y el paisaje, atravesando la ventanilla, oscuro y misterioso, proyectaban en pensamientos y sensaciones de extraordinaria viveza. Momentos de ensueño, de aislamiento, de rara felicidad en que el alma pasaba a ser parte indiferenciada de un todo, con la noche, el aire, el ronquido silbante de un pasajero.
La Pampa era un inmenso llano donde no era difícil reflexionar sobre el sufrimiento, uno podía perderse en abstracciones sin fin desde los solitarios roquedales de Lihue Calel. Visitar un país nuevo y estudiar su historia mientras lo atravesaban, y con especial razón América Latina, era entrar en un mundo de infamias seculares. Por aquellos días leía Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, un impactante documento de la dramática historia de la tierra que atravesábamos. El día anterior, mientras esperábamo el autobús en un chiringuito, la televisión intentaba convencer a los argentinos no sólo de que no evadieran impuestos, sino que les instaba por demás a controlar la evasión. Y lo decía uno de los gobiernos más corruptos del mundo, con un presidente, el señor Menem, que sorprendía a sus compatriotas con anécdotas como esa afición suya de viajar por el mundo con su peluquero a cuestas, lo mismo que otros lo hacían con la mucama, y que, como señor absoluto de Argentina, se permite el lujo de fletar un avión a La Rioja, su región de nacimiento, con la función exclusiva de recoger allí su tarta de cumpleaños; todo ello, en un país endeudado hasta la médula de los huesos.
Al día siguiente, atravesando el parque hacia las colinas, nos cruzamos en el camino con un serpiente coral, una advertencia de que el sufrimiento podía estar a la vuelta de cualquier esquina. Un reptil hermoso de mordedura mortal que tomaba el sol en la curva del sendero y que advirtimos apenas cuando ya estábamos casi encima de él. Buena suerte han tenido, nos dijeron después, porque no hay antídoto para ese reptil en muchos kilómetros a la redonda. Otros animales que poblaban la zona y que vieron en la mañana fueron guanacos, jotes, halcones y un tipo de águila desconocido en Europa.
Fue agradable departir aquella tarde frente al fuego con Miguel y Adriana, los guardeses del parque, mientras Bárbara y Catalina, una, rubita y pesocosilla con pinta de ser un trasto, y otra, la hermana mayor, ya una buena estudiante a los seis años, hacían diabluras con un gato de pelaje ceniza. El mate pasaba de uno a otro mientras Miguel narraba la cacería de la semana anterior con un grupo de adinerados bonaerenses. En algún momento Adriana nos llama desde la proximidad de la ventana para presentarnoa al zorrito que pasea por las tardes en las cercanías de la casa a la búsqueda de comida. Un poco más allá, días atrás, una de las noches de luna, se paseaba también un puma. Hablan luego de los hermosos nombres y topónimos que han dejado los mapuches en el lugar: las chauchas, el huitru, el chancho (cada chancho a su chiquero: como decir cada mochuelo a su olivo). Suenan bonitas estas palabras al calor del fuego. Luego se interesan por los ñandúes que cazaban los mapuches con las boleadoras (unas bolas de piedra sujetas a una cuerda, que utilizaban también los gauchos) y que ya habían visto desde el autobús corretear por la Pampa al atardecer.
En Bariloche terminaba definitivamente el otoño, la primavera madrileña. El recuerdo más inmediato de aquellos días fue un rústico cuarto de baño revestido de madera, el cálido chorro de la ducha, la nieve cayendo despaciosa tras el ventanuco frente a la ducha.
Por fin, frente a unas tostadas y un té humeante, junto a la estufa de leña de la buhardilla barilochana, podía, descansado, echar la vista atrás. Habíamos viajado durante doce horas continuadas desde el Parque Nacional de Lihue Calel; distancias increíblemente dilatadas para las que era imposible encontrar autobuses que las atravesaran durante el día, con la consecuencia de sólo poder admirar el paisaje en las horas del amanecer y del crepúsculo. Autobuses cómodos como para vivir en ellos, en los que no falta nada y en donde uno se aposentaba como para pasar el resto de sus días soñando, durmiendo o leyendo, como fue mi caso una vez más durante una gran parte del recorrido. En aquella ocasión fue Borges, su relato Pierre Menard, autor del Quijote. La energía que gasta Borges para inducirnos a aceptar “su realidad” en parecidas condiciones de igualdad que eso otro que llamamos, tan seguros nosotros, curiosamente, también realidad, es bastante superior a aquella de que hace empleo, por ejemplo, García Márquez, que apenas se molesta en montar el escenario y simplemente nos hace observar que en aquel momento Melquiades atraviesa con su alfombra voladora por el hueco de la ventana. Sin embargo a ambos terminamos creyéndoles, quizás porque su realidad está más fundamentada que la nuestra, que sólo es cosa de mirar y palpar, mientras que la de ellos se tiene en pie por obra y gracia de un sofisticado mecanismo que aprovecha de la especial característica de nuestro cerebro para interesarse por un relato bien trabado. Pierre Menard escribe el Quijote, y la única diferencia entre él, Cervantes, y cualquiera otro que publique en volúmenes las etapas de su labor, es que él resuelve en todo caso perder su obra después de concluirla. La creación es una especie de sortilegio que empieza y termina como un fuego fatuo en los límites de nuestro cerebro. En cualquier caso Pierre Menard no puede imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:
Ah, bear in mind this garden was enchanted!


Nuestra sed de encantamiento es tal, que desearíamos recluirnos en ese jardín y no salir de él más que para atender a las pedestres cuestiones de la vida práctica. A fin de cuentas, el jardín encantado de nuestra imaginación, aun nutriéndose del mundo externo, tiene la enorme ventaja a su favor de ser nuestro en lo que atañe a su organización y expresión; una creación propia, que por el hecho de serlo alimenta y calma nuestra sed de ser.
Antes de llegar a Bariloche, el autobús había rodado sobre el paisaje desértico de la Patagonia, para entrar más tarde en el Valle Encantado, en cuyo fondo, el río, acompañado por las masas de los sauces dorados corría encajonado entre farallones de color miel. Llegamos definitivamente a Bariloche cuando caía el regalo de una nieve blanda y navideña, la primera nevada del año.
En el hotel buhardilla nos encontramos con Jim, un joven californiano que daba la vuelta al mundo en bicicleta; charlamos hasta caer muertos de sueño. Las cuatro de la mañana.
La nevada de la noche había dejado el regalo de un hermoso manto blanco en la ciudad y sus alrededores. Como no era cosa de arredrarse, nos abrigamos, metimos unas cuantas cosas en una pequeña mochila y nos fuimos camino de las montañas a dar una vuelta. Una vuelta que se convertiría en una marcha de seis horas a través de la nieve valle del Challhuaco arriba, hasta llegar al refugio de Neumeyer, un edificio de madera con dos de sus fachadas cubiertas por una enorme cristalera. Estábamos en el corazón del Parque Nacional de Nahuel Huapi, un paraíso sembrado de montañas nevadas y lagos de ensueño.
El final de la tarde transcurrió entre mate y mate al calor de la estufa donde se secaban humeantes las botas; al estudiante californiano se sumó un fotógrafo argentino; la tertulia se prolongo nuevamente hasta entrada la madrugada.
Al día siguiente aprovecharíamos un día de sol para pasear por el bosque de Llao Llao. Arrayanes, ñires, un ejemplar de amancay. La luz llegaba débilmente hasta los arrayanes, pero aún así ello no impediría hacer alguna excelente toma de ese rincón de ensueño.
De aquellos días recordaré esa curiosa necesidad de contar cada noche en largos correos a nuestros hijos las cosas tontas que pasaban a lo largo del día: ese brillo de la mañana sobre las laderas nevadas, las nubes que cabalgaban alargadas sobre el fondo quebrado del lago, la nieve sedosa y mórbida graciosamente asentada sobre las ramas y las rocas.

Fitz Roy y el glaciar Perito Moreno






Atrás quedaba el paisaje espléndido de Bariloche y sus alrededores, el bosque encantado de la isla de Llao Llao, bosque de nothofagus con ejemplares de nombres tan bellos como el bosque mismo: pagaguas, chilcos, pañiles. cohines, lengas, un magnífico rincón de arrayanes. Ahora volábamos en un avión militar rumbo a Comodoro Rivadavia; la sombra del avión sube y baja por las áridas lomas de las estribaciones de los Andes, un rato después desaparece totalmente la vegetación, la tierra se hace desierto de lomas erosionadas, cauces secos, quebradas donde de tanto en tanto aparece el tejado de una casa aislada. Por la tarde otro vuelo nos deja en Río Gallego.
El espacio, enorme y reiterativo, parece alargar el tiempo convirtiendo las inmensas distancias de este país en un universo cerrado sobre sí mismo, ajeno a la otra realidad, que era hasta entonces un mundo poblado de ciudades y accidentes geográficos. Los cerros, ocres y secos, sucediéndose unos a otros llenan el espacio de la jornada. Es una sensación que nace de sobrevolar los Andes en un avión ligero, atravesar la Patagonia de oeste a este, empalmar inmediatamente por la mañana esperando el alba en la terminal de autobuses para volver de madrugada a la carretera.
Ahora es un mediodia espléndido de sol rasante sobre las pocas matas de un paisaje desértico. Es como si de ayer a hoy hubieran transcurrido semanas. El autobús se dirige a El Calafate, junto al lago Argentino. Por la ventanilla, envueltos en la luz cálidad de una mañana de invierno, vemos pasar grupos de ñandúes; las rapaces posan en las empalizadas de las vallas, la vista se pierde en un mar de tierra plana de color tabaco claro. La sensación física de estar lejos de casa es cada vez más patente, ese continuo alejarse... Esa mañana encuentro  que el tiempo ha empezado a transcurrir demasiado deprisa, como si ese viaje que acabamos de comenzar fuera a finalizar excesivamente pronto, como si nosfuera a dejar a la vuelta de unos días en ese mundo del que despegamos hace un par de semanas. Pisar caminos, atravesar bosques, mirar desde el aire pasar despacio la tierra bajo los pies, leer, escribir, hablar con la gente del país, hacer fotos, transitar por las estaciones del año como si el año fuera un espacio y no un tiempo. En expectativa un sueño de juventud: caminar por los alrededores del Fitz Roy y Cerro Torre o tomar un barco en una fría mañana de invierno que nos llevará en unos días del invierno del sur a la primavera del norte.
Leía desde hacía un buen rato y en un alto he levantado la vista del libro y me ha encontrado con la aparición de los Andes, grandes y afilados picachos cubiertos de nieve; al fondo de una inmensa llanura dorada ya levemente por el sol de final de tarde se levantaba los farallones del Fitz Roy. ¿Por qué nos gusta una determinada música?, se preguntaba Guille días atrás en un correo. Seguramente porque nos emociona, se contestaba a sí mismo. Guillermo había escrito en su último correo sobre la relación arte-música, cine-música, trataba de encontrar el porqué debe valorarse el arte contemporáneo, buscaba defender la desvinculación entre éste y el texto. Ese proceso que se da en el arte contemporáneo en el que el contenido y la forma se separan, hasta dejar de existir el primero, quedando exclusivamente la forma como expresión genuina del hecho creativo. Y resalta la importancia del particular modo de ver de cada uno; tal vez no es la forma de hacer las películas lo que importa sino la forma como las vemos, disociadas del texto, del contenido, y valoradas según la emoción que transmiten. La forma, desnuda y simple, se convierte, según él, en el motor del arte y en la fuente esencial de la emoción.
El perfil de aquella montaña que poco a poco se aproximaba en el ocre herrumbroso de la tarde, pertenecía también al orbe de lo que provoca emoción, sus formas bellamente procaces retando el valor de los escaladores, y guardadora de mundos inhóspitos, coronando la cordillera de los Andes con un brochazo de espléndido atrevimiento, pertenecía al mundo de un arte profundamente perturbador. La forma desnuda era desde luego, por más que no hubiera sido fabricada por las manos de un artista, motivo de la emoción de aquella tarde; pero esa emoción se ahondaba con el contenido, su historia, el tránsito de las expediciones que habían escalado sus lisas paredes. La relación entre el arte y la naturaleza sería un tema que volvería una y otra vez a ocupar sus pensamientos a lo largo de todo el viaje.
Lago Argentino, una inmensa superficie marina sobre la que flotan los glaciares y las montañas nevadas; sutiles gamas de azules subiendo desde el agua hasta las cumbre. Bandadas de flamencos y cisnes sobrevuelan la orilla. El lago y las montañas, la cadena de los Andes cruzando el horizonte, crecen al final de una estepa interminable. El contraste es extraordinario, un desierto al final del cual se yergue un mundo de hielo y afiladas montañas. Una línea de dunas dejaban caer sus rubios rizos sobre la orilla. Los días eran cortos y luminosos.
Hoy pasamos todo el día con un profe de Arizona, Al se llama; vendió su casa y dejó el trabajo para viajar durante un año por América. Habitamos una especie de chalecito adosado, la calefacción es excelente. Era muy agradable caminar durante todo el día para terminar a la tarde leyendo o trabajando en un lugar tan acogedor.
Los medios públicos de transporte ya no llegan a esta parte del mundo, al día siguiente iríamos en taxi con Al a la zona del Fitz Roy, doscientos cincuenta kilómetros al norte. Saldríamoa a las cinco de la mañana y regresaríamos cerrada ya la noche.
No ha amanecido aún cuando comenzamos a trepar por un bosque desnudo y fantasmal. Aprovechamos hasta el final de la tarde para para recorrer uno de los parajes más espectáculares y bellos del mundo. Esa cadena montañosa hermosa, erguida, de un granito rosado rodeada de glaciares y nieves perpetuas, elevándose sobre la estepa desértica era algo de una grandiosidad poco común. El día estaba nublado cuando comenzamos a andar y así continuó más o menos durante toda la jornada; sin embargo la luz era de una calidad extraordinaria, todo estaba helado, arroyos, lagos, pantanales, duro como la piedra. Los bosques, los arbustos, unas plantas ralas de colores alegres que tapizaban gran parte del llano, el fondo de nubes, los verdes azulados de un glaciar se comen la provisión de diapositivas. Al final del día levantaron las nubes, se abrieron cuando subíamos por un inmenso valle en U. Y apareció la mole del Cerro Torre, los glaciares, todos los grandes acólitos del Fitz Roy. 
A la vuelta, después de cuatro horas de coche por caminos de tierra comienza a nevar, la carretera se hace peligrosa; caía una helada de mil demonios.
Dos días después nos desplazamos  hasta el glaciar Perito Moreno; la cola del glaciar se desploma continua y aparatosamente sobre el agua verdosa del lago. Masas de hielo de más de setenta metros de altura cayendo como una ciudad de enormes rascacielos que se desmoronase, es un espectáculo salvaje y grandioso. 
A continuación el tiempo empeora, el frío se hace más intenso. 

Ushuaia, un museo


En Ushuaia hace un frío que pela, los desplazamientos se hacen difíciles en las carreteras peligrosamente heladas. Las horas de luz quedan reducidas a su mínima expresión. No fue fácil encontrar un taxista que nos llevara al cercano parque nacional.
El arte como usufructuario de la Naturaleza, o bien, la Naturaleza como arte primero y esencial. El tema me surgió esta mañana a raíz del primer paseo por el bosque del lago Roca, un bosque de cuento a quince o veinte kilómetros de Ushuaia, el paseo se convirtió en algo así como ir de paseo por las salas de un museo: estaban todos los componentes que se encuentran en la pintura (incluso alguno propio de la música): el color, la textura, los matices, los contrastes, las armonías; cada rincón era un descubrimiento, un placer nuevo que yo sentía de la misma manera que siento cuando me paro frente a los cuadros que más me gustan, y no hago excepciones, podían estar representado el neorrealismo: el detalle de los líquenes, las barbas de viejo gris azuladas, los farolillos chinos colgados brillantes y luminosos de las ramas desnudas de las lengas (una especie de haya de hoja pequeña); el expresionismo: los rojos de la hoja pequeña de los ñires junto al verde peremne de los cohiues; el impresionismo bailaba en el bosque como dueño y señor de todo el entorno, las hojas diseminadas sobre el negro humus, sobre los restos de turba, las pinceladas de color llenando el espacio entero en un bosque inundado de una luz matizada de mañana tempranera; los bosques de Watteau, umbríos, jugando con el claroscuro de la vegetación —los personajes apenas una anécdota en una naturaleza lujuriosa y envolvente—; en fin, la suavidad verdeazulada del cielo y los paisajes teñidos de siena de los flamencos y del los pintores del Cinquencento; hasta los bermellones de las cuevas de Altamira tapizando cientos de líquenes, los restos caídos, yacentes del bosque... Habría que preguntarse qué parte ocupa esto, este mundo alucinante de la naturaleza, en eso que llamamos arte; o mejor qué parte ocupa el arte en eso que llamamos Naturaleza, naturaleza como entidad estética, como elemento de contemplación y recreo espiritual.
No sé si hay acuerdo sobre una definición de arte, pero es indudable que desde el punto de vista del espectador, éste no debe ser forzado a interpretar lo que ve en relación a la mano que lo ha creado, al soporte que emplea, a los medios técnicos que usa; el espectador ve y siente, después probablemente interpretará y analizará, pero como una tarea complementaria. La naturaleza, il riporto (no sabría hacer una traducción correcta) que se establece entre el sujeto que vive u observa, y aquello que es observado, es de una entidad tal de llegar a producir en el sujeto una tensión emocional desbordante cercana a uno de los placeres más vívidos.
Comparando arte y Naturaleza (Naturaleza con mayúscula) desde el punto de vista contemplativo, de la percepción de armonías, de los contrastes, de los matices, en puridad encontraría uno más similitud que la que puedan tener otras ramas del arte entre ellas mismas. La Naturaleza, reina y señora, parece diluirse algo más en el arte más actual, pero quizás haya que profundizar más para encontrar que combinaciones muy primarias de estructuras de la naturaleza (líquines, líneas, arbitrarias texturas de barro y arena, etc.) se hallan frecuentemente implícitas en el arte de las últimas décadas.

Puerto Natales (Chile)




Salimos de madrugada en un avión hasta Río Gallego, hicimos auto-stop, cogimos un autobús, llegamos a un paisaje enteramente nevado, se hizo de noche, bajamos en Río Turbio, demoramos una hora en la frontera y por último llegamos al otro lado, del Atlántico al Pácifico, el océano no se veía, pero ahí estaba más allá de la la niebla, en una noche londinense al fondo del Cono Sur.
Es difícil centrarse en un tema a este ritmo de vida trepidante que nos lleva de un lado para otro del hemisferio sur; apenas hemos empezado a elaborar uno cuando hay que tomar el avión o el barco y el asunto anterior queda obsoleto o desplazado. Hoy fue un día especialmente intenso. Hablamos por los codos con un camionero, tuvimos una pequeña aventura con un R12, hubimos de caminar muchos kilómetros por un desierto hermoso, hermoso hasta el deliquio, la inmensidad, el silencio, un ruido de motor en la inmensa lejanía cada dos horas, alguna rapaz, también alguna avestruz ...y la luz, la luz bañando un cielo de nubes azul ceniza... y el brillo húmedo de la carretera de tierra, una línea infinita trazada como un grito sobre la tierra vasta del sur patagónico.
El automóvil había derrapado en una curva y había dado la vuelta la vuelta sobre sí mismo hasta quedar patas arriba. Hubimos de salir a gatas por la ventana trasera. Contusiones, un corte en una oreja, un hilo de sangre en una mejilla, eso fue todo. Salía humo del motor. Corrimos un centenar de metros alejándonos del vehículo. Luego el humo se extinguió. Se detuvo un camión; entre todos pudimos poner el coche sobre sus ruedas; el coche arrancó. Las dos mujeres, madre e hija, optaron por retornar a Río Gallego. Nosotros optamos por caminar rumbo a las costas del Pacífico. Quedamos solos en mitad de este desierto, solos con las nubes azules, los amarillos de los yerbazales, las lomas perfiladas sobre el horizonte contra el camino brillante que parecía perderse en el infinito. Caminar en este desierto era una fiesta de luz y asombro. Pasaban los kilómetros, km. 3032, km. 3031, km. 3029, km. 3026, unos pequeños palos con números negros sobre fondo blanco que inducían a pensar en la inmensidad de las distancias; ¿cuánto tiempo tardaríamos en llegar al km. 0? Tres, cuatro autos, nadie para, pasan a una velocidad inverosímil sobre la carretera de macadán. Al fin nos sentamos al fondo de uno de esos llanos, comemos, leemos. El sol apenas levanta en estas latitudes del horizonte, es una luz siempre de tarde, siempre translúcida, fría. Los ruidos de los motores preceden en muchos kilómetros a los vehículos, termina por aparecer un colectivo de El Pingüino a lo lejos, para, lo tomamos, hace un calor húmedo excesivo en su interior, me adormilo; cuando me despierto el paisaje está cubierto de nieve, las lomas están cubiertas de nieve, los ríos corren lentos por el centro de un canal de hielo. Se hace noche en medio de este paisaje blanco azulado. La calles de Río Turbio están heladas. Otro autobús nos lleva hasta la frontera y de allí a Puerto Natales. Nos gustan sus calles, el ambiente de noche de este lugar, en el albergue nos encontramos con Al, el amigo que dejáramos junto a las cumbres del Fitz Roy. Escribimos durante hora y media a nuestros hijos; después charlamos con la dueña del albergue; xAl se había bebido cuatro litros de cerveza y animaba una tertulia familiar en la habitación de al lado.
Esa noche llegamos hambriento y nos metimos a cernar en un sitio muy cuco, sonaba Jordi Savall.


Sucre


Llevamos cuarenta y ocho horas viajando, estamos muy cansados. Sin embargo esta ciudad resarce de tanta fatiga, alegra ver orden y buen gusto en las calles; arcadas, plazas arboladas, patios que recuerdan a aquellos de las ciudades del Mediterráneo, un gentío discreto por las calles, es un lugar acogedor.
América es un continente peculiar en muchos sentidos. A cada paso uno se ve preguntado y cuestionado por la complejidad de circunstancias que atenazan esta tierra desde hace quinientos años. Bolivia es uno de los países donde esta complejidad adquiere su grado máximo si a los problemas del subdesarrollo y culturales se le suma la idiosincrasia étnica y económica. Al margen de las simpatías y antipatías, que puedan condicionar una primera visión del país, es sumamente relevante cómo una región del mundo como ésta puede estar tan condicionada por los problemas particulares de su forma de ser, de entender la vida la mayoría de la población; y por supuesto por la economía del narcotráfico y los usos y costumbres de la población económicamente marginal. El problema de la coca, por ejemplo, tiene tantas derivaciones, que sería imposible decir nada con coherencia sin dedicarle muchas páginas de análisis. En la selva hemos comprendido bastante el punto de vista de la población que vive de este cultivo, uno llega a entender que no hay en ninguna parte del mundo un interés real por la desaparición de las plantaciones de coca. Hay un cinismo relevante en el tratamiento de este tema. El costo de las subvenciones norteamericanas al agricultor boliviano viene a ser el costo del cinismo adecuado para comprar la mala conciencia colectiva de un fundamentalismo religioso mojigato. Nada hace pensar que en la mentalidad de los negociadores para la erradicación de la cocaína haya una real intención de hacerla desaparecer. Una vez más se manejan los cauces de la propaganda a nivel mundial para camuflar grandes negocios internacionales. Y a las gentes de allá, de acá en este caso, que les den por culo. Se huele en las calles de Latinoamérica un antiamericanismo visceral. Se siente que la plata la manejan ellos ... Y uno enciende la televisión y observa perplejo hasta donde la colonización cultural americana es un hecho aceptado sin el menor cuestionamiento: el policía americano, el macho americano, la prepotencia, el cinismo, su ética-basura.
¿Pero se puede hacer una política de izquierda?, le decía el otro día a Mateo, nuestro guía en los días que pasamos en la selva del Tuichi, ¿hay alguien que pueda hacer una política de izquierdas en un mundo en que las interrelaciones comerciales están tan íntimamente imbricadas unas con otras? Las raíces de los sistemas económicos, de sus relaciones particulares, están tan entrañablemente mezcladas como puedan estarlo las raíces de árboles y plantas de esta selva boliviana. ¿Cómo individualizar, no tener en cuenta los múltiples niveles de simbiosis, las mutuas dependencias? ¿Y qué sabios con buena voluntad encontrarán los distintos países para enderezar las autonomías y crear riqueza en los países de origen? Uno se siente impelido a creer que esto no existe, que lo que realmente hay son voraces y flemáticos usurpadores, criminales todopoderosos mimetizados con la bandera de ese “nuevo orden” que no es otro que el de la depredación a toda costa del tercer mundo amparado en una salvaje economía de mercado en donde unos pocos deciden todo.
Salimos a dar una vuelta y a cenar. Es sin duda la ciudad más acogedora que hemos visitado durante este viaje. No tiene nada que ver con el resto del país.
“Combata la pobreza, ¡mate un mendigo!” ¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? (Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano)
¿Realmente esto que defiende Galeano de conservar estos índices de natalidad (sobra espacio, hay que poblar América, dice) no es una pirueta intelectual? La base de una natalidad galopante, la forma, todo el mundo lo sabe, la incultura, la falta de previsión y un grado de indolencia mental considerable.
¿Pero es necesario poblar la Amazonia? Si Bélgica y Francia están así de pobladas, ¿igualmente debe estarlo Laponia, Groenlandia? “En la mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta” ¿De qué manera la Amazonia podría sostener una población similar a la de Bélgica, por ejemplo?. Parece como si los criterios de población hubieran de ser extendidos por igual a todo el mundo; este punto de vista, mantener los altos índices de natalidad porque el país admite una población relativa mayor es incomprensible. Otra cuestión sería que el agricultor uruguayo pudiera disponer de la tecnología agrícola estadounidense, pero ¿cómo podría el agricultor uruguayo llegar allá en la mejor de las circunstancias?


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Se me ha aparecido la virgen subiendo una escalera.
Trepo los escalones del hotel y en el descansillo vuelvo a ver el póster de las cumbres del Sassolungo con un primer plano de agua y flores rabiosamente coloreadas. Y ya que este largo viaje por América parece abocar a un final en espera del otoño y del trabajo, se me cruza en estas condiciones la primavera dolomítica de las montañas de siempre y recibo como una punzada su llamada. Después de regresar de América, volar a las Dolomitas, esa es la aparición. El verano de las montañas vuelve a nacer así en mitad de estas vacaciones para remontar el vuelo hacia los paraísos visitados de siempre. Las Dolomitas son otro mundo que duerme dentro de mí arropado por la memoria de las vivencias profundas.
Cuando la intensidad del esfuerzo es grande, la lógica del cuerpo pide descanso, cambios de ritmo, el llano sigue a las montañas; pero algún resorte interno me pone sobre aviso de este descanso engañoso; los ratos de intensidad yacen escondidos en la incertidumbre del esfuerzo, en el alba que nos sorprende pisando los caminos de las cumbres. Pienso que buena parte de lo que quiero vivir está en el escenario de lo que he vivido; no de otra manera puede entenderse que levante en mí estos deseos valles tan conocidos como los de las Dolomitas. Es el arrullo de las asociaciones de la memoria que me invita a husmear rincones de un mundo familiar. Pensar desde estas asociaciones me crea un nuevo estado de excitaciones y expectativas. ¿Duermen en mí deseos que desconozco? Recuerdo mi última estancia en Brenta, que fue una gratísima experiencia, y no tiene, sin embargo la luz con la que yo veo esta tarde aquel norte de Italia; las de esta tarde son montañas vinculadas a remotos años pasados, imagino todo aquello y me siento muy excitado; en mi voluntad aparece el deseo de rescatar aquellas cumbres. Por ahí circulan mis sueños, se alzan como una voz de alerta que pide ser escuchada más allá de lo pasajero de un deseo agradable.
Y sucede que según me acerco a estas tierras los recuerdos se reproducen unos a otros y entonces, de las entrañas de la memoria surgen a borbotones más y más montañas vestidas de alba, de estrellas, de largas y costosas ascensiones conseguidas tras laboriosos sacrificios. Y me asalta la duda, ¿volver a saciarme de montañas, de esfuerzos extenuantes, de valles, de soledad?; ¿y llegar ahíto al otoño como quien regresa de atravesar el desierto hermoso y sediento?; ¿y volver a cargar la cámara de imágenes y colores con los que nutrir el invierno y la juventud recientita inaugurada con este desmadre de la cincuentena en ciernes...? ¿y volver a escucharme a mí mismo durante una larga temporada pateando la tierra como un lobo hambriento de vida?
Me sorprendo a mí mismo escribiendo las líneas anteriores. Me pienso en el estado anímico inmediato de estos días y no me reconozco esta nueva disposición. Y mientras escribo esto último se me ocurre que, coño, estas cosas hay que aprovecharlas, que no pueden dejarse las velas arriadas cuando soplan vientos tan poco usuales. Por cierto, ¿cómo nacerán estas cosas? Lo de hoy es un accidente; Victoria me manda a comprar agua a la tienda de al lado, bajo con desgana, estoy demasiado a gusto arrullado al calor de la lectura; bajo junto al póster y nada, compro el agua, vuelvo a subir, lo miro de refilón y mientras subo los cuatro o cinco escalones —cuatro o cinco, no más—, plas, de golpe me viene la llamada de las cumbres arroyando con su fragor repentino cualquier expectativa en ciernes, y no me reconozco porque, haciendo balance de la gran cantidad de tiempo que dedico a pensarme o a repasar las realidades de mi entorno, cada vez descubro menos estos ramalazos de viento, que sólo veinte, veinticinco años atrás tenían la capacidad de embestida con que amenazan esta tarde en el corto espacio de tiempo en que consumo un mate.
Victoria me recuerda una idea leída en Vargas Llosas, parece que tomada de Cioran, la necesidad de dejar un lugar en la existencia para “visitar el animal que llevamos dentro”. ¿Ese animal que llevamos dentro, nosotros mismos, se corresponde exactamente con el que compartimos la mayor parte de la existencia? o más bien sólo nos aproximamos tímidamente a él, en plácido equilibrio con otras demandas, otras convenciones, otras perezas, otros sucedáneos... Trágico interrogante, porque hay una verdad que no tiene vuelta de hoja, rodeando el peligro, el esfuerzo o el sufrimiento la existencia nunca puede ser igual de sabrosa. Las sombras de las realidades se confunden fácilmente con la consistencia de las realidades mismas. ¿Cómo cerciorarse de la calidad de la realidad vivida cuando es tan fácil vivir alimentado de las sombras o de entidades menores?
Viajar siguiendo una guía, pasar por atender las curiosidades comunes de los viajeros, descansar de siempre lo mismo, es un imperativo necesario; pero tiene poca sustancia si uno sigue la ruta ancha de lo que medio mundo va dejando delante de nosotros, si uno no se sale del camino y no se acerca a dejarse los músculos mascullados valle arriba entre las piedras, la nieve o el frío. Hay maneras muy sutiles de rodear los escollos del esfuerzo o, por decirlo de otra manera, el esplendor generoso de la naturaleza; somos capaces de engañarnos a nosotros mismos durante largos periodos de tiempo, somos capaces de incapacitarnos con la metafísica del tiempo y la degradación con tal de substraernos al esfuerzo de enfrentar el sufrimiento y el esfuerzo, no entendiendo que no es dable la recompensa con la sola pasión de contempladores desde la llanura; que la sola pasión no es suficiente, que necesita del ejercicio de la pasión sobre la tierra para que de esta unión nazca el hombre que duerme y acosa a su amada en la soledad de una naturaleza recuperada.

De la mano de Borges y Poe

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BARILOCHE, ARGENTINA. Me levanto, me doy una carrera de media hora —el campo está hermoso en esta mañana ya de invierno—, y un rato después me encuentro sentado frente a la ventana de mi cabaña dispuesto a tomar la decisión de ver a dónde viajo hoy. Antes, mientras hacía reiki, ya me había visto en una madrugada en un rincón de los Andes. Alenté mientras desayunaba mis sensaciones de aquellos días.

En Bariloche terminaba definitivamente el otoño, nuestra primavera de Madrid. Repaso mis anotaciones. También en mi cabaña hace frío; dejo el ordenador y busco el sol que entra ya hasta el fondo de la habitación; me siento en un sillón, ahora ya bañado por la luz matinal, y leo mis notas de entonces. Hacía un frío del carajo en la buhardilla donde dormíamos con la ventana abierta —un capricho que llenaba el cuerpo de rocío y los ojos del brillo de las estrellas—. Un rústico cuarto de baño revestido de madera, el cálido chorro de la ducha, la nieve cayendo despaciosa tras el ventanuco frente a la ducha.

Por fin, frente a unas tostadas y un té humeante, junto a la estufa de leña de nuestra buhardilla barilochana, podía, descansado, echar la vista atrás. Habíamos viajado durante doce horas continuadas desde el Parque Nacional de Lihue Calel, en la Pampa; distancias increíblemente dilatadas para las que costaba encontrar autobuses que las atravesaran durante el día, con la consecuencia de sólo poder admirar el paisaje en las horas del amanecer y del crepúsculo. Autobuses cómodos como para vivir en ellos, en los que no falta nada y en donde uno se aposentaba como para pasar el resto de sus días en él, soñando, durmiendo o leyendo, como fue mi caso en una gran parte del recorrido. En aquella ocasión era Borges, su relato Pierre Menard, autor del Quijote. La energía que gasta Borges para inducirnos a aceptar “su realidad” en parecidas condiciones de igualdad que eso otro que llamamos, tan seguros nosotros, curiosamente, también realidad, es bastante superior a aquella de que hace empleo García Márquez, que apenas se molesta en montar el escenario y simplemente nos hace observar que en aquel momento Melquiades atraviesa con su alfombra voladora por el hueco de la ventana. Sin embargo a ambos terminamos creyéndoles, quizás porque su realidad está más fundamentada que la nuestra, que sólo es cosa de mirar y palpar, como Santo Tomás, mientras que la de ellos se tiene en pie por obra y gracia de un sofisticado mecanismo que aprovecha de la especial característica de nuestro cerebro para interesarse por un relato bien trabado. Pierre Menard escribe el Quijote, y la única diferencia entre él, Cervantes, y cualquiera otro que publique en volúmenes las etapas de su labor es que él resuelve en todo caso perderlas. La creación es una especie de sortilegio que empieza y termina como un fuego fatuo en los límites de nuestro cerebro. En cualquier caso Pierre Menard no puede imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this garden was enchanted!

Nuestra sed de encantamiento es tal, que desearíamos recluirnos en ese jardín y no salir de él más que para atender a las pedestres cuestiones de la vida práctica. A fin de cuentas, el jardín encantado de nuestra imaginación, aun nutriéndose del mundo externo, tiene la enorme ventaja a su favor de ser nuestro en lo que atañe a su organización y expresión; una creación propia, que por el hecho de serlo alimenta y calma nuestra sed de ser.

Antes de llegar a Bariloche, el autobús había rodado sobre el paisaje desértico de la Patagonia, para entrar más tarde en el Valle Encantado (valles y jardines: ¡acogednos!), en cuyo fondo, el río, acompañado por las masas de los sauces dorados corría encajonado entre farallones de color miel. Llegamos definitivamente a Bariloche cuando caía el regalo de una nieve blanda y navideña, la primera nevada del año.

En el hotel buhardilla nos encontramos con Jim, un joven californiano que daba la vuelta al mundo en bicicleta; charlamos hasta caernos muertos de sueño. Las cuatro de la mañana.

La nevada de la noche había dejado el regalo de un hermoso manto blanco en la ciudad y sus alrededores. Como no era cosa de arredrarse, nos abrigamos, metimos unas cuantas cosas en una pequeña mochila y nos fuimos camino de las montañas a dar una vuelta. Una vuelta que se convertiría en una marcha de seis horas a través de la nieve valle del Challhuaco arriba hasta llegar al refugio de Neumeyer, un edificio de madera con dos de sus fachadas cubiertas por una enorme cristalera. Estábamos en medio del Parque Nacional de Nahuel Huapi, un paraíso sembrado de montañas nevadas y lagos de ensueño.

El final de la tarde transcurrió entre mate y mate al calor de la estufa donde se secaban humeantes nuestras botas; al estudiante californiano se sumó un fotógrafo argentino; la tertulia se prolongo nuevamente hasta entrada la madrugada.

Al día siguiente aprovecharíamos un día de sol para pasear por el bosque de Llao Llao. Arrayanes, ñires, un ejemplar de amancay. La luz llegaba débilmente hasta los arrayanes, pero aún así ello no impediría hacer alguna excelente toma de ese rincón de ensueño.

De aquellos días recuerdo esa curiosa necesidad de contar cada noche en largos correos a nuestros hijos las cosas tontas que pasaban a lo largo del día: ese brillo de la mañana sobre las laderas nevadas, las nubes que cabalgaban alargadas sobre el fondo quebrado del lago, la nieve sedosa y mórbida graciosamente asentada sobre las ramas y las rocas.

De aquellos días recuerdo esa curiosa necesidad de contar cada noche en largos correos a nuestros hijos las cosas tontas que pasaban a lo largo del día: ese brillo de la mañana sobre las laderas nevadas, las nubes que cabalgaban alargadas sobre el fondo quebrado del lago, la nieve sedosa y mórbida graciosamente asentada sobre las ramas y las rocas.
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