Polis Chrysochou, 14 de julio de 2015
En el segundo tercio de La Iliada: ¿Cómo podía ser de otra manera, que los cristianos inventaran junto con los judíos un Dios diferente de lo que en aquellos tiempos era moneda común, dioses soberbios y prepotentes, que como grandes señores dictaban a su antojo a diestro y siniestro su voluntad y sus manías cual reyes de muchos vasallos? Cómo los cristianos no podían inventar un Dios muy diferente a Zeus o Júpiter, esa imagen reinante por todos los lados. Cuando se lee la Iliada uno entiende perfectamente a ese dios del Evangelio que mandará al fuego eterno a todos aquellos que no acaten a pies juntillas la voluntad de Dios. Si se leyeran más las obras clásicas, por ejemplo, sería mucho más difícil hacer tragar en los tiempos que corren todos estos inventos e historias con los que la Iglesia ha atrapado tan ingenuamente en sus redes a media humanidad. Los primeros cristianos demostraron todo menos imaginación, prácticamente se dedicaron a plagiar al pie de la letra la concepción del mundo de entonces y el organigrama mitológico imperante en los tiempos de su formación, y San Pablo el primero; un Dios iracundo y soberbio, un narcisista, una personalidad neurasténica que con toda seguridad hoy habría necesitado unas buenas sesiones a cargo de un competente psicoanalista.
Lo curioso del caso es cómo toda esta matraca religiosa ha atravesado los siglos indemne al más elemental sentido de la realidad. ¿Es que no es suficientemente obvia la interpretación que hacían de la realidad y de los mitos para incorporarlos al corpus de sus bases teológicas? ¿Cómo la presión de las creencias sustentadas en un determinado periodo histórico pueden atravesar siglos y siglos de ceguera, aplastando cualquier discrepancia tan fácilmente? El sentido crítico que tenemos hoy y, sobre todo la gran cantidad de información, son elementos que hacen inviable algo que el oscurantismo y el manejo sesgado del conocimiento en épocas anteriores pudieron llevar a cabo sin excesivas dificultades.
Y no se salva ninguna de las principales religiones porque todas bebieron igualmente de mitos y leyendas, la mayoría de las veces en provecho de sus promotores y popes. Ni el taoísmo ni el budismo pueden considerarse en este sentido religiones. Los estudiantes que empiezan a saber de la historia de la humanidad deberían comenzar por estudiar textos antiguos como la Iliada, el Ramayana, el Mahabarata, Gilgamesh. Después de eso tiene que ser mucho más fácil entender cómo se desarrollaron posteriormente las religiones, casi siempre una mala copia de entornos de grandes y todopoderosos señores empeñados en copar la voluntad de los pueblos "a mayor gloria de Dios" haciendo doblar las rodillas al vasallaje frente a su inmenso poder. Patrañas que reproducen el estado de cosas imperantes también en la historia de todos los pueblos de una manera u otra. Los imperios actuales o antiguos, Napoleón, Hitler, Bismarck, Alejandro Magno, Felipe II son un reflejo de esta mentalidad acaparadora, por más que en el bachillerato pretendan mostrárnoslos como los constructores de la historia. La humanidad difícilmente aprende a vivir en la santa paz de la cotidianidad, dioses y gobernantes, reyes, ahora los grandes poderes financieros, luchan infatigablemente para robarnos la sencilla vida de seres que nacen, se reproducen, viven unos pocos años y se mueren. Siempre habrá una absurda Troya que conquistar o un Dios loco al que rendir obediencia y pleitesía.
Mañana de lectura en la semipenumbra de la habitación. El viaje se remansa en torno a los libros y la escritura. Viajar y leer ayudan a mirar la historia y la encrucijada en las que se mueven los países que visitamos. La Chipre asiria, fenicia, turca, inglesa, griega, egipcia, tras siglos de ser gobernada por unos y otros terminó en la actualidad por estabilizar su situación en torno a dos países, la Chipre del sur, de raíces griegas y la Chipre del Norte que fue invadida por Turquía en 1974 y que sólo ha sido reconocida por el estado Turco. Chipre, pese a pertenecer más al medio Oriente, le separan ciento veinte kilómetros de Siria, es esencialmente un país de raíces griegas.
Anoche, mientras veía la segunda entrega de La mirada de Ulises, en donde una parte transcurre en algún río, imaginaba la vida desde el punto de vista de alguien que se deslizara día tras día sobre una almadía en un lento y ancho río. Los largos viajes tienen algo de esa imagen, a tu alrededor continuamente se desplaza un paisaje, junto a ti el sonido de las palabras cambia, unas veces más musical, el caso del italiano, otras más cortante y viril, como le sucede al griego; las comidas se transforman, la musaka sustituye a los espaguetis, el ouzo apenas aterrizar en Tesalónica ya se hace presente. Y tu almadía, tu balsa, sigue su camino, frente a ella pasan los desfiladeros, las montañas, la amabilidad y hospitalidad casi siempre de las gentes del Mediterráneo. Viendo la película última era la sensación de que es el mundo el que se mueve y no yo, no nosotros. Acaso esta sensación tenga relación también con la lectura y el estado receptivo que le sobreviene al viajero lector. Me explico, uno no deja de ser espectador en el tiempo cuando en las mismas semanas lee La Iliada cuya historia debe situarse antes del primer milenio antes de Cristo, El Corsario, de Lord Byron, el libro de Durrell Limones amargos que transcurre en los años cincuenta o la película de Angelopoulos que es posterior. Un espectador que simultáneamente alterna su atención en momentos históricos heterogéneos y que además se mueve en el espacio atravesando mares y países por fuerza debe sintetizar experiencias muy diversas que le ayuden a comprender mejor este mundo, a ver en la simultaneidad de los muchos espacios y los tiempos, el gozo y el horror de la existencia. La película termina en el horror, aunque un horror algo más humano de aquel que expresa con voz dolorosamente irreconocible Marlon Brando en la secuencia final de Apocalipsis Now; en el horror del final de La mirada de Ulises al menos se habla de esperanza, de amor, del olor de los limoneros que volveremos a sentir cuando alguna guerra termine.
Hay tantas cosas hermosas que se amontonan en la vida, las últimas secuencias de la película de ayer en la niebla con una orquesta improvisada en medio de las ruinas y la nieve, el desfiladero que caminamos el día anterior, la sonrisa de la joven que hace un momento llamó a la puerta de mi habitación para limpiarla, el cielo estrellado de dos noches atrás sobre la playa; y sin embargo tantas también que producen horror y hacen la vida penosa. La Belleza y el Horror recorren el mundo y el tiempo como una pareja que caminara de la mano. Y recuerdo ahora otra almadía, ésta de Aguirre o la cólera de Dios, de Werner Herzog, en la que el lunático de Aguirre, representado naturalmente por Klaus Kinski, navegando por un río amazónico termina derivando bajo la locura de éste hacia el horror de la muerte, una hermosa secuencia nos muestra la almadía con el loco sobre ella precipitádose hacia los remolinos de alguna cascada.
Dice en un momento uno de los personajes del film, aquel que precisamente será capaz de revelar al fin la película que motiva los trabajos del protagonista: "soy un colector de miradas desvanecidas". Algo así cree sentir el caminante de sí mismo en ciertos momentos de este viaje.