Nicosia, Chipre, 17 de julio de 2015
Como quien tiene el baile San Vito encima esta mañana resultó que estaba en Turquía siendo que realmente no me había movido de Nicosia. Eché un vistazo a la Lonely Planet y eso ya sirvió para que quisiera salir corriendo de Chipre, coger el ferry en Kirenia, atravesar los montes Taurus, llegar a un parque Nacional, visitar el paisaje gaudiano de Goreme, visitar Dyjarbakir, empezar a caminar por aquí y por allá del Kurdistán turco y si me descuido cruzar Centro Asia y llegar a China. Así de veloz iba mi pensamiento bajo el fresco aire de nuestro apartamento en la azotea de un lado edificio del centro de la Nicosia chipriota. Deglutir libros, visitar esto y lo otro, acumular, no parar y de golpe caer en que uno ha dejado inadvertidamente el freno suelto y que el presente, que tanto ha mimado para que de todos haya en este mundo y llegue un tanto de sosiego a la vida cotidiana, se desvanece para convertirse en esa carrera de galgos en que la presa siempre está a dos palmos del morro del perro sin que jamás éste pueda alcanzarla. El presente se desvanece y sólo queda el movimiento circular del canódromo.
Caída la tarde nos tropezamos con una muy apañada exposición de artistas israelitas en el museo municipal de Nicosia. La muestra, materiales artísticos diversos con algunas salas destinadas a videos estaba desierta, pero en una de ellas, sobre una gran pantalla, doscientos cincuenta metros de sandías ensartadas como las cuentas de un collar flotaban enroscada en espiral sobre las aguas del mar Muerto. Una rosca como aquellas de porras que hacían antaño los churreros se enroscaba y desenroscaba ajena a la presencia o no de espectadores. Algunas sandías, reventadas por el calor, mostraban el dorso sanguinolento.
Quizás el artista buscó cierta concomitancia con la estructura helicoidal del ADN, un movimiento de sinfín sobre un mar cuyo grado de salinidad hace imposible la vida resultaba una idea sugerente.
Todos lo contrario de lo que sucede en la vida corriente en la que parece que siempre tengamos que estar movidos por el deseo de llevar a cabo una tarea, terminar un libro o dar por finalizado cualquier proyecto. La ristra de sandías se enroscaba y desenroscaba lentamente una y otra vez sin que nada ni nadie esperara un final a aquella larga secuencia. Viajando uno podría quedar retenido en una ciudad o en un paraje especialmente atractivo pero es algo que no suele suceder. Aguantamos mal la inmovilidad, vivimos como si nuestro destino fuera estar siempre en movimiento, con la cabeza y el deseo un poco más allá de la línea del horizonte. Y si el sedentarismo es nuestro fuerte no correremos una suerte muy diferente, entonces será el mito de Sísifo el que nos sirva de pauta, la reiteración una y otra vez de la misma cantinela a lo largo de los días o los años será nuestro sino. El problema se plantea como si fuera imposible alcanzar un estado en el que la mesura del deseo pudiera hacer compatible el disfrute de la hora presente. El budismo no lo cree compatible y entonces aboga por la supresión del deseo como medio para evitar el sufrimiento y la decepción. Prescindir de un plan para los próximos días, soslayar esa fuerza que nos empuja a continuar siempre camino adelante, una ciudad nueva que sustituya a la presente, es algo que va contra muestra codificación genética o contra un modo de vivir que se nos impone, al menos se nos impone interiormente, en la ámbito cultural de Occidente. En Oriente creo que las cosas, hasta donde no ha sido contaminados por Occidente, son diferentes. Allí sería posible vivir el presente con mayores posibilidades de éxito que aquí. El mito de Sísifo visto como metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre quizás sirva para explicar ese activismo que nos impele de continuo a movernos de un lado para otro; frente a la idea de la filosofía del absurdo que mantiene que nuestras vidas son insignificantes y no tienen más valor que el de lo que creamos, una buena manera de resolver la situación es mantenerse en movimiento, no parar de pedalear para no caernos de la bicicleta. Asumiendo que la vida no tiene por qué tener significado ni finalidad alguna pero considerando al mismo tiempo que el hecho de ser animales racionales facilita la posibilidad de que podamos imaginar nuestra perpetuidad negando la muerte es lo que hace en definitiva que nuestros afanes cobren nueva luz. Inocular un resquicio de eternidad en nuestro cerebro tiene la ventaja de poder predisponernos a una acción continua que sería algo así como el preludio de una eternidad futura. En esta situación el presente sólo existiría en tanto como proyección hacia el futuro. El presente se nos escapa para hacerse expectativa de futuro. Un mecanismo del que un viajero o un caminante, cual Gúlliver apresado por los diminutos hilos de los liliputienses, difícilmente escapa si no se anda con cuidado; la idea de saltar de una ciudad a otra , de un acontecimiento al siguiente es un constante peligro que acecha nuestra falta de mesura.
Entro en Grecia y quiero leerme a un puñado de clásicos griegos, amén de algún que otro postre con que acompañarlo, llego a Chipre y necesito leer a Durrell y ver un par de películas, además de ponerme al día con la historia de este país. Y como no debemos de estar a más de cincuenta kilómetros de la costa turca ya quiero leer un tocho sobre el Imperio Bizantino, un libro de Procopio, Historia secreta sobre la corte bizantina, y un tomo de Pamuk, y así sucesivamente. Pobre e ingenuo viajero que creía que iba a tener todo el tiempo del mundo para adquirir el Conocimiento Universal, pequeña e intrusa hormiga que pretende en un año o dos ponerse al tanto de lo que sucedió en el mundo durante milenios. Y eso sin contar el alzheimer que acecha al viajero con su memoria de grillo.