Vuelo Estambul-Madrid, 28 de noviembre de 2015
Me despertó Victoria, un manto de luz tenue cubría las montañas. La luna bañaba alguna parte del Himalaya con el breve resplandor del de su cuarto menguante, como un inmenso mar de encrespadas nubes las montañas y los glaciares emergían de la oscuridad pálidos, tal si pertenecieran todavía al duermevela en que los motores del avión te sumen de tanto en tanto. Pero me caía de sueño y, aunque quería asomarme al ojo de buey del avión para contemplar el espectáculo de la noche con las grandes montañas a sus pies, terminé por dormirme. Más tarde desperté y leí versos, paseé por los palacios de la Arabia de Las mil y una noche, sobrevolamos de nuevo grandes montañas bañadas a aquella hora con un velo de nieve que como la princesa del cuento estuviera esperando el beso del alba, dormí a ratos, soñé y me desperté cuando el avión sobrevolaba las cercanías del Cáucaso casi ya sobre las oscuras aguas del mar Negro.
En el aeropuerto de Estambul llovía con fuerza. Rezamos para que nuestro equipaje que iba en las tripas del avión algún misericordioso empleado lo cubriera con una lona. La última vez que utilizamos este aeropuerto nuestros macutos llegaron a destino como una sopa después de que cayera una tromba de agua y nosotros desde la ventanillas del avión viéramos impotentes cómo nadie acudía a proteger el equipaje destinado a la bodega. Después de trece horas de vuelo nuestros cuerpos se encuentran acartonados y soñolientos. Cuando después de haber abandonado el avión me doy la vuelta y lo miro, uno enorme, vuelvo a pensar en el milagro que es que ese gigante de hierro sea capaz de despegar y sostenerse en el aire. Pienso en la facilidad con que aceptamos los milagros y los incorporamos a la vida cotidiana con toda normalidad. Ya pueden venir todos los ingenieros aeronáuticos del mundo a explicarme que eso es posible gracias a determinada condiciones técnicas, para mi será siempre un milagro. Ver correr por la pista a este monstruo de hierro de... ¿cuántas toneladas pesará este cacharro?, aumentar la velocidad y en determinado momento sentir que se levanta y enseguida se encuentra en los brazos del aire (¡milagro!, ¡milagro!) es una de las cosas más asombrosas del mundo. Así que cuando me vuelvo y lo miro mientras subo al autobús que me llevará a la terminal del aeropuerto soy como uno de esos espectadores que parados ante la tumba de Cristo contemplaron atónitos como éste resucitaba y salía de su tumba vivito y coleando.
Bueno, de hecho bien mirado vivimos en medio de constantes milagros, el milagro ése, por ejemplo, de que un complejo músculo formado a partir de un espermatozoide y un óvulo cuya tarea será bombear la sangre a todo el cuerpo, ajeno totalmente a nuestra voluntad trabaje noche y día durante años, así, sin más. O que los pulmones cumplan meticulosamente la tarea de suministrar oxígeno a la la sangre, o que...
Y ya puestos a hablar de milagros, qué leñe, tantos que se creen que nacer en este mundo es tener ya todo hecho a pedir de boca y que sólo hay que levantar la mano para coger la fruta del árbol o estar inscrito en el libro de familia para gozar todos los beneficios de una moderna sociedad (ja; apañados están), por qué no citar la cercanía de las próximas elecciones para hacer comprender a cierto personal que para que los milagros se produzcan no sólo basta la fe, que también hay que poner los medios, de parecida manera que para que el avión se eleve y nazca el milagro hay que alcanzar la velocidad y las condiciones aerodinámicas que lo hagan posible. O decir que para saber hay que estudiar, que para hablar hay que reflexionar. Eso que estamos necesitando en España desde siempre, un poco más de cultura, gente que lea y piense y que hable y obre con conocimiento de causa. Y es que a uno se le parte el alma cuando se da una vuelta por las redes sociales y se encuentra lo que se encuentra con tanta abundancia. El conocimiento de la realidad no se improvisa y sin embargo, desde que los inventos anexos a Internet han hecho creer a muchos que para discutir sobre cualquier asunto y convertirse en interpretadores y voceros de lo que sucede en el país o en cualquier parte del mundo basta con tener disposición a usar las yemas de los dedos y escribir cualquier cosa que les pase por el magín, la confusión se hecho magnífica. Decía no hace mucho Javier Marías en algún periódico, por cierto un personaje con quien no me une gran simpatía, que nunca en la historia del mundo en éste se ha alcanzado mayor grado de idiotez que la conseguida desde que se inventara Internet. Saber lo que pasa en el mundo musulmán, conocer que opción política se acerca más a una justa distribución del producto del trabajo de los españoles, etc., requiere algo más que buena voluntad. Y no sólo eso, requiere no ser pasto de los grupos interesados, de las televisiones amarillas, de bufones de turno que trabajan para las grandes corporaciones.
Todo un gran milagro el que esa gran parte de nuestra sociedad de charanga y pandereta siente cabeza, razone y decida un voto consecuente... por ejemplo.
Continua lloviendo, el avión espera el permiso de despegue en la cabecera de la pista. El siguiente milagro está a punto de producirse. No el de que en España levantemos cabeza sino el que esté avión sea capaz de abandonar la tierra y sostenerse en el aire.
De repente, lentamente, los motores aceleran, braman, cogemos velocidad, vibra el fusilaje, aceleramos y ya... ¡Milagro, estas toneladas de chatarra ya están de nuevo en el aire!