¡Más madera!

Vuelo Taipei-Estambul, 28 de noviembre de 2015

En el espacio encantado de un pasaje que duerme mientras nuestro avión  atraviesa el espacio aéreo de Vietnam, cuando el sueño se ha alejado de mí motivado por el encanto de los cuentos una y otra vez enhebrados por Sherezade para mantener en vigilia al rey Schahriar que, pendiente de la continuación del  relato, aleja así constantemente la muerte de su amada, no me queda otra cosa que hacer mientras llega el sueño que disfrutar plácidamente del instante. Cuentos de las mil y una noche, de magia y duendes, de enamorados, de largas noches de insomnio y amor en donde uno puede imaginar delicadas horas de erotismo junto al verbo encantado de Sherezade; siempre igual cada noche hasta que asomando el alba entre lo velos de la oscuridad aquella interrumpe su relato en el punto donde la curiosidad del rey Schahriar por la continuación hace deseable la llegada del final del nuevo día para oír la continuación del relato interrumpido.

Hace días habíamos comprado un billete de avión para Manila y las circunstancias han hecho que ese mismo día volemos rumbo a Madrid. En este momento volamos sobre Laos, lo dice una pantalla que brilla al fondo en la semipenumbra del avión. Nos deseo que podamos reemprender más adelante este viaje interrumpido. Vietnam y los países de sudoeste asiático eran algunos de los destinos que teníamos para los días por venir y que ahora habrán de esperar hasta que nuestra situación familiar se estabilice. Los noventa y dos años de la madre de Victoria y la gravedad del cuadro clínico en que ha entrado nos hacen esperar lo peor. En la edad en que estamos la vida nos ha mostrado tanto, hemos pasado por tantas situaciones complejas que a la fuerza terminamos por ver estas cosas con una naturalidad que a veces asusta. O no; y en realidad querríamos vivir, acaso, como los dioses hasta el final de los tiempos, y pese a la conciencia de esa muerte inevitable que pende sobre nosotros desde el mismo momento del nacimiento, y que es el destino natural de todo ser vivo, la realidad es que la muerte, querámoslo o no, sigue siendo algo de una excepcionalidad tan extraordinaria que los años de toda una vida no son suficientes para familiarizarnos con ella.

Como otras tantas veces en los últimos años echo en falta en mí esa emoción de décadas atrás cuando, finalizado un largo viaje, regresaba a casa con el ánimo desbordado por las experiencias vividas y por el deseo improrrogable de reencontrarme con los míos. Con los años todo se hace irremediablemente más prosaico, vuelvo a casa como si me hubiera marchado ayer mismo, como si los miles de kilómetros, las circunstancias vividas, los paisajed, la tanta gente con la que nos hemos relacionado hubieran sido cosa del sueño de una noche. Quizás mañana o pasado sea diferente, pero en este momento es así. Echo de menos esos últimos días de una larga aventura por el Pirineo, un largo viaje en cuyo final siempre había ese instante en que la memoria se convertía en un espacio encantado, un vergel por donde volvían a desfilar desde el primer día al último, aglutinadas las emociones de semanas o meses de intenso caminar por valles y montañas, de viajar por recónditos rincones del planeta.

La experiencia mata, decía el pesimista de Cioran, y lo jodido es que eso lo escribía en "El libro de las quimeras" cuando el tipejo no tenía más que veinticuatro años. A veces pienso que Cioran ya era viejo a esa edad, sin embargo me olvido enseguida de ello cuando recuerdo la gran fuerza del amor que se desprende de la lectura de su libro o las pasiones que suscitan en torno a la música de Mozart sus páginas. El pesimismo lúcido de Cioran es como una de esas candelas que dice el Evangelio que hay que mantener encendidas en la noche previendo el inesperado retorno del amado. Un poco de pesimismo ayuda a atemperar las emociones y a tener de las bridas los excesos del temperamento.

La experiencia mata: joder con la idea. Si a ello le añades aquella otra brillante y controvertida que desarrolla Carlos Fuentes en "Los años con Laura Díaz", en donde se llega a la conclusión de que alcanzar el fondo de un misterio, arribar a un profundo conocimiento de alguien, dejar llegar al amado al último reducto del conocimiento del otro, si le añadimos esto estamos en el principio del fin, resulta que la vida se convierte en un delicado ejercicio de funambulismo en donde al menor descuido te puedes ver con el culo al aire. Porque si la experiencia mata y tienes que mantener escondida una parte sustancial de tu yo para que el otro pueda seguir alimentando su curiosidad y deseo de novedad, lo cual en una medida importante es verdad, resulta que tendremos que actuar con inteligencia si queremos que nuestro amor no se momifique, en el caso de dos enamorados, o cuidarnos muy bien de ser excesivamente exhaustivos en apurar nuestras experiencias a fin de que las fuentes de la curiosidad no terminen desecándose.

Curiosas ideas estas para una noche de vuelo. De momento ya estamos sobre Birmania (Myanmar en la actualidad, un nombre al que no me acostumbro después de haber pasado la infancia leyendo los olvidados tebeos de la aventuras bélicas de ¿Johnny? y aquel otro soldado gordote -ayuda, José Luis Moreno- que peleaban en la antigua Indochina y Birmania deshaciendo entuertos al modo de don Quijote y Sancho y dejando a los norteamericanos, ya entonces, como los redentores del mundo). Por cierto que al hilo de estas ideas un buen antídoto contra la excesiva experiencia o los excesos de la buena memoria me lo ofrecía el otro día una cita de Stendhal, que había dejado escrito en algún lado que habría deseado en su vida olvidar completamente dos cosas, "El Quijote" y los maravillosos relatos de "Las mil y una noche", para así poder volver a experimentar todos los años la voluptuosidad de leerlos por vez primera. De modo que ahí tenemos al olvido como maravillosa herramienta con la que desfacer los estragos de la experiencia y del excesivo conocimiento. El remedio para rejuvenecer nuestra curiosidad y viajar o caminar por países y parajes que ya visitaste o recorriste como si transitaras por ellos por primera vez.

Olvidar... jeje... Quizás sirva de algo, un poco, pero me temo que la ilusión con que comenzamos a viajar al final de la adolescencia o la pasión con que descubríamos las primeras montañas eso no lo resucita nadie. De todos modos ahí queda la idea, habrá que dejar algo de los placeres de la vida -mientras el cuerpo aguante- para el futuro a fin de no apurar el saco de las curiosidades y la emoción.

Me parece una buena conclusión para finalizar esta primera parte de nuestro viaje. Ahí queda ese hilo de tensión para que la fiesta no decaiga y uno siga teniendo ganas de alimentar la locomotora de la vida: ¡Más madera!, que gritaban los Hermanos Marx.