Culos y otros atractivos turísticos y literarios

Bangkok, Thailandia, 13 de mayo de 2016

En la península de Railay había muchos culos que se lucían a sí mismos muy linda y ostentosamente, culos pequeños de japonesitas de buen ver, culos lustrososos en cuerpos señoriales, culos de color café con leche de aterciopelada curvatura, pero sobre todo había un culo de melocotón en estado tan apetecible que si la dueña, una catalana de Arenis de Mar, se hubiera dejado habría sido para darle un buen mordisco in situ, redondito, con el color dorado de la fruta madura, apenas adornado por una tira de bañador no más ancha de un centímetro, lo que hacía todavía más atractiva la miel de su adivinada firmeza, porque ya se sabe que a la crudeza de la desnudez le viene de perlas ese amago de vestido que sólo sirve para hacer volar la imaginación de los viandantes con una mayor carga de admirado deseo. Digamos que en los atractivos de la naturaleza los culos de estas señoritas no irían muy detrás del Taj Mahal en el raking de las siete maravillas del mundo.   

Decir que los atractivos turísticos de un lugar pueden incluir a tan específicos traseros, a las asentaderas de este o aquel angelito del género femenino, quizás pueda parecer una inconveniencia, mojigata por supuesto para  algunos, pero lo mismo da. Yo por mi parte, como estoy curado en salud con aquello del que dirán, tengo que reconocer que para atractivos turísticos de primer orden :-), que me quiten las piezas de museo y me las sustituyan por lindos culos, sería la única manera de contrarrestar las horrendas atrocidades urbanísticas que se cometen con el paisaje en lugares de concurrencia turística.

La catalana de culo bonito era una pícara de mucho cuidado. Mientras Yago, el amigo catalán con el que conversábamos, un anticuario de Barcelona que había montado una pequeña tienda de ropa en Chang Mai, nos ponía al día sobre los detalles de los distintos tipos de masajes del país, especialmente el oil massage, tan popular aquí, incluido el irresistible happy end del final para los que no son de piedra, un asunto que mi curiosidad tuvo en la punta de la lengua desde que empezó a ilustrarnos sobre el asunto de los masajes; mientras Yago hablaba de estas cosas, decía, nuestra catalana nos daba zurriagazos con la visión de su culo bonito dos metros más allá, unas veces mostrándonoslo en plena posición como una pantalla de cine delante de nuestras narices mientras se agachaba y buscaba, o hacía que buscaba, algo en su macuto, otras simplemente paseándose de acá para allá frente al mar con una cerveza en la mano buscando la mejor posición para que pudiéramos admirar lo que mejor de sí tenía. Sólo abandonó la exposición de su culo bonito cuando oyó que hablábamos de la Costa Brava, en cuyo momento el atractivo turístico central fue sustituido por unas bonitas naranjitas  -Naranjitas y limones, ¿no recordáis aquel cuadro lleno de graciosa luz del Mediterráneo del pintor Joaquín Soroya?-.

Respecto a los masajes, son tan populares que cualquiera pensaría que de golpe todo el mundo se hubiera hecho adicto a dejar su sistema muscular en vaporoso bienestar. Ya sabemos que hay adictos a toda clase de asuntos o actividades, pero eso de asistir sin más impertérrito e inconmovible a un masaje de una linda thai, eso no se lo cree ni el tonto del pueblo. Creo, a lo mejor estoy exagerando.

Para el que tenga la tentación de no tomarme en serio, ya saben de sobra que no pocas veces voy de traca, no me queda otra que hablar también de atractivos de otro orden a fin de que mi secre, la hortelana, que de vez en cuando me corrige una que otra falta de ortografía –uno es muy burro, también se sabe-, no suelte una carcajada durante toda la lectura del post, que seguro lo hará en el momento de leer el título de éste. Carcajada porque a ella le hace mucha gracia tener un señor esposo tan admirador de culos y otros derivados de la misma especie. Apañao estaría yo si la hortelana fuera celosa. ¿Alguien puede imaginar lo que podía ser vivir durante una año de viaje con una persona a tu lado que torciera el gesto y diera la bronca cada vez que los ojos del viajero se van de parranda por ese hermoso escaparate de cuerpos lindos que son las calles del mundo? Porque digo una cosa, que mucho filosofar de que el viaje es esto y lo otro, pero estamos en lo de siempre; cosa para no decir la verdad, que uno, si viaja y sufre las inclemencias de las temperaturas y las inconveniencias de ir de acá para allá del mundo es para bañar de vez en cuando sus pupilas con las bondades de lo femenino. He dicho (jajaja...).

El atractivo de otro orden al que quería referirme, tiene que ver con mis lecturas de estos dos últimos días: Octavio Paz, “El arco y la lira”. A Octavio Paz lo percibo como un emperigotado caballero que carga con el haber múltiple del dominio de muchas materias diferentes, un intelectualismo difícil de hollar, un gran poeta, un pensador luminar; la actitud ante él puede ser la de quien tiene delante un genio multicefálico ante cuya presencia hay que arrastrarse a cuatro patas como ante los antiguos monarcas de Oriente. No creo exagerar, su poesía y la habilidad con que el estilete de su pensamiento profundiza en asuntos de arte me producían estos días cierta perplejidad. El otro día le escribía precisamente de ello a Quique, el chico de mi hija (eso de yerno no me cuadra), un entusiasta de Octavio Paz, unas pocas líneas en este sentido: Hay poetas que cada vez que los lees ponen un punto de emoción en tu ánimo, pero si además de ser un poeta es capaz, como lo es Octavio Paz en El arco y la lira, de organizar el hilo de las emociones dispersas, atendiendo tanto a las espirales de su ADN como a su significado dentro de una realidad más compleja, para ofrecernos la efervescencia del entramado poético en tan ricos análisis, tenemos entre el poeta y filósofo del arte un maravilloso dueto que raramente encontramos en la historia de la literatura o el arte. Es curiosa esta especie de dicotomía con la que leo a Paz, un personaje que no sé por qué no me cae simpático, pero que como Vargas Llosas me proporciona momentos de tan, a veces, emocionada lectura. Y Quique, entusiasta, con un entusiasmo matizado, diría, contestaba a vuelta de whatsapp: “Es cierto lo que cuentas de Paz, es capaz de maniobrar y tensionar no sólo la lengua, sino también el pensamiento, y, encima, encaja y queda bonito. No conozco tanto a Vargas Llosa, pero de Paz me da la impresion de ser el último descendiente de la cultura barroca virreinal, de las monjas poetisas y los jesuitas que prometían una monarquía a los criollos que resucitaría el esplendor mexicano. Magos de la palabra, buscadores incansables de la lengua de Adán y de la 'harmonia mundi'. ¿Por qué nos caen mal? Por el pecado de haber querido distinguirse poniéndose la banderita neoliberal, de moderno demócrata que mira por encima del hombro a sus compatriotas, como aquellos jesuitas sermoneando a los indios”.

No creo que Octavio Paz haya escrito nunca la palabra “culo”, su aristocrática mentalidad y su condición, como tan bien exponía Quique muy sabiamente, de último descendiente de la cultura barroca virreinal, se lo habrían impedido. Si un culo es un atractivo turístico no deja de ser atractivo, aunque en otro orden muy diferente, la escritura de este hombre, un vergel de poesía y pensamiento donde uno puede emplear un cuarto de vida de lectura.