De parto


Siliqua, Cerdeña, 15 de junio

Sendero Matzanni. Sobre los pueblos cercanos de Siliqua y Vallermosa. , a poniente, se alzan unas altas colinas, se esconde amén de dispersas ruinas nuragas, pequeños rincones bellos y tranquilos. Cuando amaneció diluviaba así que pudimos dormir un buen rato más. Quedó un día cubierto para caminar y hacer un bonito recorrido de cuatro o cinco horas. Pinares, robles, encinas y desde arriba un llano a punto de agostarse salpicado de pequeñas aldeas.

A las tres y media estábamos comiendo en un bar. Había que hacer tiempo hasta que abrieran el supermercado y allí volví a a abrir una novela que leo de de bastante tiempo atrás.

Nunca el relato de un parto me había llegado tan emotivo y cuestionador como el que acabo de leer hace un momento en la tetralogía del noruego Karl Oven Knausgar. Leyéndolo mi primer sentimiento fue de culpabilidad. ¿Cómo podía haber estado yo tan lejos de semejante arrobador y esencial acontecimiento. Sí, aunque por entonces, hace treinta y tantos años, no estuviera permitida la asistencia al marido a los partos. Aún así, el primero porque, hijo temperamental de un espíritu espartano que admiraba en mis lecturas la aventura de una joven pareja de alpinistas polacos que habían subido a la cabaña Valot, justo bajo la cumbre del Mont Blanc, a preparar el parto de ella, quizás consideraba "aquello" muy normal; recuerdo que la dura vida de la montaña de aquellos tiempos siempre cada uno al filo de su propio imposible, nos había endurecido hasta el punto de llegar a familiarizarnos con el sufrimiento y la muerte, tan jóvenes como eramos, hasta límites difíciles de concebir. Ahora, lejos de aquel contexto que la montaña nos había hecho vivir, parece como si volviendo a imaginar esos partos que viví desde ese espíritu espartano llegara a mí una retrospectiva nueva que habla de mi perplejidad por no haber vivido aquellos momentos del parto de una manera más intensa.

El nacimiento de nuestros mellizos fue sin embargo algo diferente. Yo trabajaba en una escuela de una remota aldea de Asturias, nuestro hijo, Guille, tenía dos años y medio y Victoria rompió aguas a la una de la madrugada. Tuvimos que dejar a Guille precipitadamente con una vecina y salir pitando para Oviedo. Este hecho fue determinante, aunque era muy sociable aquello le afectó mucho y nada más dejar en el hospital a Victoria tuve que rehacer el camino para encontrarme otra vez con él. Victoria quedó en una clínica al cuidado de los médicos y yo tuve que regresar al pueblo a ocuparme de Guille. Al día siguiente alguien desde la clínica llamó al único teléfono del pueblo diciendo que Victoria había dado a luz pero que había sido trasladada al Hospital General de Asturias. Todo se precipitó, se presentaron problemas, una parte de la placenta se quedó dentro, tuvo una enorme hemorragia y mientras tanto Guille vivía una crisis de extrañamiento que lo mantuvo en pleno llanto durante horas. Además nacieron sietemesinos, Mario pesaba apenas algo más de un kilo. Era una situación complicada en grado sumo. Quizás, pienso ahora que lo escribo, toda aquella situación hizo que viviera el parto desde una relativa distancia que hoy me parece totalmente fuera de lo normal.

Sin embargo, después de escribir lo anterior veo más razonable mi postura que la de los protagonistas de la novela que leo, en gran parte autobiográfica, donde el climax dramático en que el autor, creo, ha cargado excesivamente la pluma, hace del parto algo casi solo soportable por seres extraordinarios hasta el punto de provocar en el lector cierto sentimiento de culpa por el hecho de haber vivido aquellas circunstancias, digamos de una manera más fría.

Y aquí se me ocurre una reflexión marginal que tiene que ver con la experiencia de vida de los autores o con su capacidad de asumir el dolor. Dos ejemplos, un caso es Knausgar del que vengo hablando hace meses mientras atravieso su tetralogía, y otro es el del filósofo y multidisciplinal escritor Salvador Pániker del que soy también asiduo lector. Pues así, admirado me deja este autor cuando cuenta alguna pequeñez de su vida que le ha quitado el sueño, le ha hecho llorar o le ha descompuesto el ánimo durante meses. Paso páginas y páginas admirado, una persona que dice haber superado los pesares de la muerte y un buen puñado de graves situaciones y de repente, cuando se encuentra que a su hija ya mayor pero a la que quiere mucho se le ha roto una pierna y debe estar inmovilizada durante meses, arranca a llorar y habla de ello penosamente durante una decena de páginas. Tan subjetivo es el dolor y las dificultades humanas por las que atravesamos que cuesta pesar en la misma balanza las penas de otros y las nuestras. También el dolor y las dificultades son valores importantes para saber de la vida.

La tarde cae, bajo el dosel de las buganvillas han empezado a rondar los mosquitos, así que cada mochuelo a su olivo, buenas noches.