La sombra de los abetos se habían echado sobre el agua y ahora, las copas, estiradas sobre el paso tranquilo del río, tocaban la otra orilla. Del recodo próximo fluía una corriente llena de reflejos y pequeños circulitos. La colada se secaba en un talud próximo. Victoria escuchaba en el discman las Canciones de un camarada errante, de Mahler.
Lo primero después de doce horas de marcha, ¡doce horas de marcha!, asomados esta vez sobre el abismo del río allá al fondo: lavarse los pies —¡qué placer!—y la cara; y como ella está derribada en los asientos de atrás del coche, le digo que salga que le va a lavar los pies. No se lo cree, pero se los lavo, con la rodilla en tierra remojo el pie, lo enjabono, restriego por todos los rincones, lo aclaro, lo seco y por último vuelvo el calcetín al revés, introduzco la mano derecha hasta el fondo y con los dedos de la izquierda sujeto del talón y tiro de la punta con la otra mano; a continuación le pongo los calcetines, los estiro hasta encima de los tobillos; y vuelvo a repetir la operación con el otro pie.
El lugar es magnífico, a la izquierda se levanta imponente una montaña de la que se desploman por todos sus flancos blancos neveros, la luz del atardecer dora de caramelo el ancho penacho que corona su cumbre. Corre una brisa agradable. El cuerpo de los dos reposa cara al valle, ella se come una manzana.
Era de noche cuando habíamos empezado a caminar, no más pronto porque a Victoria le imponía la posibilidad de la presencia de los osos (el día anterior leía en la guía cómo en el año 92 un oso grizzly había matado a un montañero valle arriba). Era agradable comenzar una marcha de noche, tomar el pulso al día que empieza, siempre de manera muy especial en la alta montaña, un placer sencillo para el que tiene ojos y se entretiene en observar lo que sucede a su alrededor. Al cruzar el río, grande, aparatoso, una débil luz queda prendida en el fragor del movimiento, por levante un halo malva despierta detrás de unos picachos que yacen todavía en la sombra. Y caminar por una trocha bien cuidada, y hablar, la senda baja, llanea, es grato charlar; siempre hay de qué hablar, aunque el paso sea rigurosamente rápido porque la guía indica tres jornadas de recorrido y nosotros pretendemos terminar en el día. Cosa de llevar menos peso, cosa de evitar trámites burocráticos (quien duerme en el parque paga y tiene que desplazarse cincuenta kilómetros para solicitar un permiso), cosa también de poner a prueba las piernas y, por supuesto, de dar juego a los imprevistos, de no saber en qué terminará esta aventura porque después de acabar habrá que hacer otros veintitantos kilómetros de carretera para llegar al punto de partida (y vaya usted a saber cómo estará el cuerpo después de semejante caminata). En previsión metimos los sacos de dormir, también los deportivos porque en última instancia habría que hacer esos veinte kilómetros de regreso por la carretera corriendo.
Decía que estaba amaneciendo. El bosque en estas latitudes, y más a estas horas, es una baúl de sorpresas, un país encantado; mórbido, quedo, silencioso, de composiciones espontáneas en donde la vida y la muerte yacen como un espectáculo de color profundo y suave a los ojos de los caminantes madrugadores. Los troncos muertos blancos, deshidratados, brillantes en el esplendor de su luz; los líquenes y los musgos tapizando el suelo, dándole una consistencia similar a la que obtendríamos superponiendo un puñado de edredones; los arbustos de hoja gris; las armonías de las composiciones que van naciendo a la llamada del amanecer. Y por encima de él las cumbres nevadas con sus cabezotas arreboladas de sol temprano, surgiendo en los claros del bosque como fantasmas llenos de frío.
Y mientras, el sudor rezumado del esfuerzo de la subida, el ritmo de las piernas, la búsqueda de los rincones y sus armonías como candidatos fotografiables que meter en el cajoncito oscuro de la máquina fotográfica.
Después surgirán todas las montañas del oeste, los glaciares y, al final de una gran cuesta, tras cuatro horas largas de camino, el lago, un farallón de roca que se eleva junto al agua hasta llenar sus oquedades de nieve.
Era un bello itinerario, probablemente el más bello del todo el verano. Comer, reponer fuerzas, contemplar los alrededores, volver al camino. Y ya cuando las horas de marcha iban haciéndose decena encontrarse a Walter. Estudiante californiano. Pegar la hebra, charlar. Walter tenía coche (nos llevará al punto en donde habíamos aparcado el nuestro, nos ahorrará esos veinte kilómetros de asfalto).
Walter quiere subir mañana al monte Robson... ¡en helicóptero!... (¡Estos americanos, estos canadienses!). El monte Robson es el más alto de toda esta zona y es una inmensa pirámide de hielo que preside un montón de valles, casi un dios en este universo de montañas. Muy pocos son capaces de escalar hasta su cumbre, pero... jo, que gente... desde Jasper el helicóptero se ofrece a sustituir todos los esfuerzos y el peligro por unos cuantos dólares. Si usted tiene quinientos dólares puede subir solito al monte Robson en ese aparato con hélice en la coronilla, y si no tiene tanta pasta, pues se busca cuatro o cinco compadres y se lo hacen a pachas... todo muy sencillo. El amigo Walter quiere subir al monte Robson.
Dejamos a Walter junto a tres botellas de cerveza vacías, una grabadora y una máquina fotográfica. Las botellas vacías porque su contenido pasó a calmar la sed y a celebrar una bonita excursión; la grabadora, porque Walter alucinaba con nuestra excursión de quince horas; le comentó al encargado del albergue lo que ella y el viajero habían hecho y éste esbozo una sonrisa y dijo: crazy!: todos soltaron una carcajada. Walter se empeñó en que contaran a la grabadora en castellano y en inglés su aventura. El viajero, que estaba contento y parecía saber en esa tarde mucho más inglés del que sabía, lo contó y bromeó todo lo que quiso frente al micro. Con la máquina hicieron el consabido retrato de familia, todos abrazados, como amigos de toda la vida.





