Dejando atrás el desierto

A la sombra de un árbol, Torrent Creek, Estado de Queensland, 1 de abril de 2016

Después de dos meses y medio recorriendo Nueva Zelanda y Australia en coche creo que estoy empezando a echar de menos los azares del viaje en autobús, trenes y barcos. Es obvio, después de un tiempo uno desea estar en otro lugar diferente, el ingrediente de la diversidad y la necesidad del cambio acecha al viajero; el viajero lleva en la sangre esas cosas. Según Chatwin todos llevamos un nómada dentro, todos tarde o temprano tenemos necesidad de ponernos en movimiento hacia otras tierras, y como algo achispado sí estoy después de la comida, añadamos que también la nuestra condición de polígamos hace que los aires de novedad de otros cuerpos, y más si son bonitos, nos pongan contentos a rabiar. Lo nuevo también está en nuestro código genético como algo que nos impulsa permanentemente más allá de lo habitual. La reiteración mata, la novedad rejuvenece. Cuando ya hemos repasado y explorado largamente un territorio lógico es que nuestro ánimo busque otras tierras y ello sin detrimento de que haya amantes tan hechos a su cuarto de estar y a su sillón favorito que nada en otra parte del mundo del mundo les haga levantar el culo de él. Ahí están Caín y Abel para decirnos que el asunto es cosa vieja, uno amante de la quietud, poco amigo de las aventuras y el otro un alma inquieta, el primer nómada de la Humanidad.

Ahora, tumbado a la sombra de un gran árbol y a un par de horas de avistar de nuevo el mar, siento de nuevo el aguijón de un mundo menos parecido a nuestro Occidente, un momento en que precisamente empiezan a saciarme las portadas de los periódicos. Ese inmenso aburrimiento que empiezan a ser Europa, y muy especialmente España, me está pidiendo ya mismo un alejamiento de su actualidad. Quizás perdidos a partir de la próxima semana en alguna de las islas Molucas o Celebes, ese terreno en donde se desarrollaban todas las aventuras del Sandokán de Emilio Salgari de mi niñez, pueda recuperar en algún momento mi perdido entusiasmo por la regeneración política de mi país, alma en pena que anda por ahí buscando inútilmente que se desencadene un tornado de definitiva esperanza que nos haga llorar de expectación.

Ahora no, ahora ando de nuevo jodido con las expectativas y por ello mi ánimo se inclina por una parte a visitar otras tierras y por otra a dar un portazo a los periódicos que han empezado a ponerme de mala leche desde semanas atrás. En este último sentido ya ayer daba cuenta de esa inmensa duda que se llama Iglesias y que si no se aclaran las cosas puede dar al traste con ese hilo de Ariadna emocional y esperanzador que parecía nos estaba conduciendo hacia la luz. Ayer mismo le mandé un tuit con mis reflexiones al señor Iglesias poniéndole al día de mis pesares y mis dudas. No espero que las lea, pero por si acaso ahí están en representación, creo yo, de un buen puñado de podemitas que están con la mosca tras la oreja temiendo que en el entorno de la coleta esté fraguándose un enfermizo deseo de poder. Decía Bernard Shaw que a los políticos hay que cambiarlos a menudo por la misma sencilla razón que se cambian frecuentemente los pañales a los bebés. Uno está tan deseoso de que la honestidad haga su aparición entre la mierda generalizada que se agarra a un clavo ardiendo pudiendo así caer en la tentación de olvidar lo que siempre ha sido norma en la vida política. Que el poder corrompe es algo tan aceptado como norma general que sólo nos queda pedir a gritos que en este caso sea loable excepción a la regla. Pedirlo a los dioses será totalmente inútil, Dios siempre fue sordo como una tapia a la hora de echar una mano a los pueblos en asuntos de justicia, por eso sólo nos queda seguir confiando en nuestra ingenuidad.

Ayer, volviendo a ojear los periódicos cuando entramos en Mount Isa y encontramos cobertura, descubrí que lo que altera mi ánimo estos últimos días es precisamente este acto ritual de entrar en contacto con la civilización. Abrir el periódico es el acto deprimente del día.

El dilema siempre es el mismo, ahora visto más de cerca otra vez. ¿Y si dejara como he hecho tantas veces durante muchos años de meter las narices en los periódicos cada mañana? Meterme una vez más dentro del cascarón a esperar vientos mejores. Lo malo de todo esto es que no existe un lugar en el mundo donde marcharse. Europa se está convirtiendo en una grandísima mierda, un continente que se ha hecho viejo donde la insolidaridad y los intereses económicos de unos pocos son la más clara expresión de su talante. Da escalofríos pensar que no hay salida, que aquellos brotes que veíamos despuntar en tierras helenas el pasado año, que Podemos, que...

Creo que mis ganas de abandonar el "mundo civilizado" física y mentalmente tiene que ver con un estilo de vida, una moralidad que hiede (también en Australia a los refugiados les han negado el pan y la vida) un mundo que sólo quiere seguir engordando y obteniendo beneficios es un mundo de mierda, un mundo de mierda que seguirá financiando al Isis comprandoles el petróleo a través de Turquía y vendiendoles, naturalmente, armas y, por supuesto, dejando a los refugiados que se las compongan ellos solos. En esta situación perderse en las selvas de las islas Molucas, Célebes o en los bosques de Borneo puede ser un excelente antídoto contra el desánimo.

Que de la necesidad de aceptar o creer que aquello que nos puede hacer felices sea verdad se pueden derivar lamentables errores, es una obviedad a la que estamos expuestos de continuo, especialmente en esos largos períodos de sequía en los que todo el mundo espera la lluvia con toda su alma. Es nuestro caso un gran diluvio de honestidad que lave la maldita mierda que se ha acumulado en las instituciones y órganos de poder durante décadas.