A un centenar de kilómetros de Townsville, Queensland, Australia Central, 2 de abril de 2016
Me había quedado solo bajo le inmenso cielo estrellado, sólo algunos grillos se oían entre los arbustos, una ligera brisa acariciaba el lugar, Victoria se había refugiado bajo el mosquitero tienda. Tenía los ojos como si hubiera estado troceando una tonelada de cebollas así que de leer con los ojos nada. Únicamente podía hacerlo con los oídos. Ja, leer con los oídos; seguro que si algún novato aterriza por mi blog y lee esto se creerá que hablo en clave o que estoy tomando el pelo a alguien. No había más remedio, si trataba de utilizar los ojos una delgada película como de gelatina me nublaba la vista y tenía que ponerme a pestañear como un loco para ver lo que había más allá. Me sucedió esta mañana mientras buscaba adelantar a uno de esos camiones tren que circulan por aquí, cincuenta y cuatro metros de largo, tres remolques y la locomotora camión; y todavía pueden ser más largos y aparatosos aunque en ese caso llevan escolta. Días atrás nos pilló uno en la carretera que iba tirado por dos locomotoras, dos camiones enganchados uno detrás de otro y ambos tirando de una especie de puente de acero largo como para cruzar el Ebro frente a la Pilarica. Decía que iba a adelantar a uno de esos trenes camiones cuando se me cubrió el ojo con una especie de telaraña monumental, y joder, fue un poco chungo,tuve que pisar el freno y esperar a que aquella nube se disolviese. Ahora era de noche, estaba sentado tranquilamente bajo el chorro de la Vía Láctea y la cosa volvía a repetirse. No me quedó más remedio, decía, que leer con el oído, uno, el derecho, porque como uno es medio todo sólo oye, y no mucho, por un oído. Quise terminar con uno de los capítulos de Nietzsche, sólo un poco, para no empacharme con tanta densidad. Y así de golpe enseguida me encontré con una reflexión que me encantó, tuve que parar el teléfono para tomar nota de la idea; era la siguiente: La mejor belleza, no la que se presenta de repente, es la que se insinúa lentamente, la que viene despacio y poco a poco va despuntado como un lejano amanecer en donde los caballos de las Walquirias, toda su celestial cabalgata, se van aproximando en interminables minutos mientras el coro de peregrinos de Tanhauser se disuelve en el leve fundido del alba. Leí un rato más pero mi cabeza estaba en otro sitio, ensoñaba esa idea de acercarse a la belleza con los pies de puntillas, sin hacer ruido, para libar poco a poco los hilillos de néctar que podrían irrumpir en cualquier precioso momento.
No me concentraba así que al final tuve que dejar la lectura y buscar algo más ligero. Lo encontré en John Steinbeck, El invierno de mi desazón. Steinbeck siempre me da un poco pereza por eso de la crudeza con que uno llega a vivir el oprobio y la injusticia en la carne de mineros o labradores, en "Las uvas de la ira", por ejemplo, pero su comienzo fue tan delicioso, tan maravillosamente cotidiano y tierno que... ah, pero no, no fue esa la primera razón sin embargo. Resultó que nada más escuchar el título me encontré milagrosamente en el GR-10 años atrás, cuando atravesaba España entre Valencia y el cabo de Finisterre, una primavera a la altura de las sierras de Guadalajara en la que llovía a mares y yo atravesaba barriales rojos interminables rodeados de jaras en flor mientras en mi ipod oía los cuentos completos de Chejov en la voz de... ah, indagué alguna vez por el nombre de la lectora pero me fue imposible dar con él. Se trata de una voz muy particular, ni sensual ni atractiva, una voz, coño ¿cómo se expresan estas cosas?, algo cortante, segura, de una feminidad nada estándar pero que tiene la capacidad de, cómo diría, conseguir el milagro de que la historia viaje por sí misma, como si te viniera a los oídos de la punta de la pluma del autor, mejor, de la voz de un narradora en la que ella misma es parte de la historia. Yo caminaba bajo un aguacero que de vez en cuando era atravesado por el fragor de los rayos y sin embargo aquello parecía ser tan sólo el fondo del decorado de mi lectura, podía recordar perfectamente cómo en esas circunstancias los viajeros de un landó de entonces que servía de correo entre aldeas rusas debían bajarse de la silla de postas para empujar al carruaje que con la sola fuerza de los caballos era incapaz de alcanzar entre la nieve y el barro el puerto cercano. La conversación y preocupaciones de dos aldeanos, un petre, un mofletudo burgués; toda aquella escenografía venía como oída frente al fuego de una de aquellas posadas de la voz de mi lectora preferida de los libros de la ONCE.
Así que cuando al poner a Steinbeck oí de nuevo su voz fue como quien se encuentra con un querido amigo al que llevas años sin ver. El feliz encuentro con mi lectora preferida quedó bordado con las frescas pinceladas de la conversación de una pareja que despiertan un día cualquiera y charlan y bromean antes de levantarse y emprender los trabajos del día. Hacer de semejante situación una fuente de gozo después de minutos antes haber descubierto, al fin, la Cruz del Sur en este cielo austral es suficiente para marcharme a la cama contento como un niño. Ya me dio el toque hace un rato Victoria desde la tienda, así que a la piltra, que decía mi padre. Mañana nos levantaremos al alba. Nos tenemos que bañar en el mar antes del mediodía.