Taipei, Taiwan, 20 de noviembre de 2015
Es curioso que siendo tan ajeno a eso que llamamos la existencia de Dios, algo que me trae sin cuidado desde que empecé a hacerme mayorcito, me encuentre tan cerca en este viaje del hecho religioso y sus manifestaciones. Quizás una de las piedras angulares de los países que hemos visitado hasta ahora sea precisamente su situación en relación a la religión, un hecho que cada vez se va degradando más con el tiempo pero que aún se mantiene vivo en una parte importante de la población. Hoy visitamos en Taipei un curioso museo llamado Museo de las Religiones del Mundo. En la semipenumbra de las salas sonaban como un eco de campanas las entremezcladas voces de los ritos y cánticos de religiones de todo el mundo, el canto del muhecín, la monótona cadencia de alguna plegaria católica, el gong que llamaba a la oración en algún templo budista. Saramago mantenía que las religiones sólo han traído desgracias y sufrimientos al mundo ("En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar) y tiene toda la razón, pero aún así hay en este no creyente, el viajero, que sufrió el varapalo de una educación religiosa durante casi una década durante la infancia, algo en ellas que no termina de identificar pero que lo hace merodear en torno al hecho religioso y que acaso tenga que ver con aquella lejana devoción de la infancia que curas y frailes embutieron tempranamente en su cerebro a golpe de misa diaria y dilatados ejercicios espirituales. No lo sé, probablemente todo ser humano sea atraído de una u otra manera por los misterios de nuestro origen y por el deseo no expresado de querer trascender la muerte, algo que las religiones sirven en bandeja de plata al individuo que siguiendo determinados preceptos, entre los cuales el más relevante es la sumisión total a un dios, queda exonerado de la muerte y con la posibilidad de vivir eternamente en un beatífico paraíso. De parecida manera a como los místicos y los enamorados piensan en sus amadas/os, ese sentimiento arrasador que inunda en ocasiones el organismo hasta la perturbación, el hecho religioso hace lo propio en el ámbito de la muerte y de la soledad, proporcionando vida para después de la muerte y acogedor regazo para nuestras penas y nuestra soledad. ¿Qué más de puede pedir? Desde este punto de vista es plenamente justificable esa devoción secular que no hace otra cosa que ofrecer el paraíso, lo cual frente a las penas que cruzan de uno a otro lado de la vida ya es un buen pellizco para hacer adeptos.
Junto al convencimiento de que la religión es un lastre para las personas y la sociedad hay por ahí algo que acaso habría que nombrar de otra manera, porque las religiones, contaminadas como están por intereses y superchería, han perdido en general toda la credibilidad que pudieron infundir sus fundadores. Llamarlo de otras manera para recuperar acaso algo de ese sentimiento oceánico que inunda en ocasiones el corazón del hombre, innombrable, ambiguo, pero lleno de una fuerza arrasadora que busca ponernos en comunicación con la Naturaleza, con el Todo, con algo que nos supera y que no sabiendo nombrarlo algunos llaman Dios. Es en este punto donde el viajero, que aquí y allá trata de enterarse de qué va la cosa de la vida, anda un poco liado reafirmándose por una parte en su ateísmo a la vez que flirtea con el mundo de los místicos, sean sufíes, budistas, católicos, taoístas o de cualquier otra creencia que trate mediante la meditación de adentrarse en los misterios del alma y de la vida.
El recorrido por el museo es de un gran atractivo sentimental. Junto a los horrores que las religiones han creado en su carrera por el exclusivismo y el dominio del mundo y sus habitantes indudablemente está también la historia del hombre a la búsqueda de los porqués vitales, la lucha para encontrar respuesta a su deseo de no morir, lo que le hace inventar ansiosamente dioses que le salven de la muerte, la necesidad infantil que persigue a los niños pequeños de intentar mitigar sus penas en el regazo de su madre. Al menos eso es lo que yo percibo en todo ese muestrario de manifestaciones religiosas que se presentan en las salas.
Cuando uno en el escaso tiempo de una hora hace un recorrido por la historia de las religiones, sus manifestaciones, sus cultos, su iconografía, sus centros de oración, puede acercarse, como es la intención de los creadores del museo, al hecho religioso poniendo de relieve sus elementos comunes y la finalidad de sus promotores, pero también, como es mi caso, de la visita de conjunto puede desprenderse una explicación ajena a la religión. Me explico, en esa unidad de pensamiento, de cultos, vistos todos reunidos en una sala en sus distintas formas de expresión lo que se llega a percibir de común es la manifestación del miedo a la muerte y la necesidad, para eludirla, de la existencia de un ser superior creador del universo y garante de la supervivencia. El resto, por mucha sangre que se haya derramado durante siglos en conflictos religiosos, sunitas contra chiitas, católicos contra protestantes, hinduistas contra musulmanes, todo ello no es más que la eterna discordia que lleva al hombre a hacer de la guerra el deporte más notorio de la historia de la Humanidad.