Khorog, Pamir, Tayikistán,
Ya hablé de ellos algunas veces, me encontré con muchos en mis trotadas por los Alpes, los Pirineos o en algún lejano rincón del mundo; pertenecen a una raza especial de hombres y mujeres que un día indagando aquí y allá en qué consistía la vida y en el modo de hacer ésta más atractiva e intensa descubrieron a las puertas de una pasión nueva que la fuente de toda plenitud está lejos de la comodidad y que, caprichosa ella, parecía encontrarse lejos de las convenciones corrientes. Intuyeron que cierta felicidad habita entre los intersticios del esfuerzo, la aventura, la superación de sí mismo o la íntima convivencia con los elementos.
Venía lleno de sol y del aire de los caminos, la piel curtida, la tranquila mirada de quien ha vivido en los caminos infinidad de lluvias y fríos; un solitario ciclista que poco a poco va dejando sus huellas por los infinitos rincones del mundo. Su melena de wikingo de muchas batallas caía sobre sus hombros enmarcando su rostro de monje de otro tiempo; su sonrisa suave como brisa de verano se esbozó cálidamente cuando mi habitual entusiasmo alcanzó a su retina. Pequeños dioses que alumbra esta tierra nuestra a lo ancho y largo de sus continentes. Anónimos héroes de sí mismos que recorren el planeta y cuya mirada va besando las orillas del mundo, sus valles y sus desiertos con la ardorosa humildad de quien recrea una hermandad desconocida en cada curva del camino; hermandad con los elementos, las lluvias, el sol, el frío, con las gentes y su historia. Bellos y cubiertos de polvo, fuertes, austeros, con la paz que da el esfuerzo y la convivencia con lo elemental. No me cansaré nunca de cantar a estos hombres y mujeres jóvenes que recorren en solitario el mundo a pie o subidos en sus bicicletas, esa clara sabiduría de quien busca en uno mismo, en la naturaleza y en la interrelación de ambos el valor de la existencia, la posibilidad de que en la confrontación y la relación de entre ellos broten hermosos instantes de vida y pasión.
Hablo de Helmuth. Nos tropezamos con él mientras nos dirigíamos al pueblo. Llevaba su bicicleta de viejas andaduras del manillar. Al modo de los viejos trotamundos sus alforjas daban testimonio de una larga andadura. Helmuth cumplía más de cuatro años subido en su bicicleta, todos los continentes conocían las huellas de sus ruedas. En el mismo albergue conoceríamos más tarde a una chica finesa de aspecto oriental que llevaba un año y medio pedaleando entre alguna parte de Finlandia y el Pamir. A esta alturas del viaje, aquí en en donde los valles de las cordilleras más altas del planeta se comportan a modo de embudo por donde necesariamente han de pasar los viajeros más decididos, uno termina tarde o temprano por cruzarse con alguno de ellos, gente a la que los desiertos o los puertos cercanos a los cinco mil metros no sólo no arredran sino que ellos mismos, su soledad, la aridez, la desproporcionalidad de su desmesura y dificultad sirve como acicate para una hermosa aventura.
Mañana otoñal la de hoy, fría, de un sol perezoso que te obliga a abrigarse. El albergue está solitario y silencioso. Las gallinas cacarean. Esperamos al taxista que ha ido a indagar por el pueblo a ver si localiza a otros pasajeros.
Estas notas terninan en Khorog, antes de emprender nuestro viaje hacia Murgab, ya en el altiplano del Pamir, pero como este post va de esos héroes que nos venimos encontrando en Centro Asia sobre sus bicicletas, anticipo acontecimientos. A lo largo de la ruta volvimos a encontrárnoslos. Rodamos en los cuatro mil doscientos metros sobre el plano superior del Pamir, hacía un viento de tirarte al suelo que levantaba grandes nubes de polvo. Bueno, pues allí venían de frente dos mozas y dos tíos pedaleando contra el viento en el último tramo de la tarde. Enfundados en sus plumíferos con la cara cubierta semejaban unos aparecidos en aquel paisaje lunar. Otro ejemplo más. Se lo comentaba después a un ciclista inglés con el que coincidiríamos en la guesthouse por la noche en Murgab. No le dio ninguna importancia, para él era el pan de cada día; también él pertenecía al gremio de los trotamundos de la bicicleta, llevaba ocho meses pedaleando desde Londres. Le quitaba importancia a estas cosas, cuando el cuerpo se acostumbra a un tipo de vida la cosa va sobre ruedas. Nunca mejor dicho.