Estampas para un viaje por Tayikistán y nuestra llegada al Pamir

Khorog, Pamir, Tayikistán, 27 de septiembre de 2015

Salimos de Khojand hace días. A pocos kilómetros un individuo vestido de uniforme levanta un palo rojo y, señalando a nuestro coche, indica con él que nos echemos a la cuneta. El conductor, obediente, para, revuelve en el salpicadero y saca unos cuantos billetes, el equivalente a un euro o dos, sale del coche, se acerca al policía sumisamente y le entrega los billetes. Éste, con una indiferencia forzada y mirando a otro lado los recoge y se los mete en el bolsillo a la vez que ya está levantando su palito de nuevo para parar al siguiente vehículo. Este hecho se repitió durante todo el viaje cada vez que encontramos un policía en la carretera, unas diez veces más o menos. Nos entendemos por gestos con el conductor. Sus gestos dicen: si money no control ni passport. A veces el arcén lo ocupan una docena de vehículos cuyos conductores siguen los pasos del nuestro que he descrito más arriba. Bajo el gorro de plato de estos funcionarios existe, aunque a menor escala, en la masa gris de su cerebro el mismo hervidero que se produce en el interior de los cráneos de Bárcenas, Correa, Rato, Blesa, toda esa intemerata de gente a los que la conciencia les dicta que como los de su alrededor son unos gilipollas por qué no extorsionarles y sacarles sus dineros.

De esto hace ya una semana. Hemos recorrido ya la mitad del país y la situación es idéntica en todas las carreteras que hemos usado. Sistemáticamente cada pocos kilómetros aparece un policía que saca su palito y exige su derecho contributivo. Llegar a esta situación ha debido de necesitar de décadas de una corrupción endémica, no se explica de otra manera el que toda la población acepte con tanta normalidad esta humillación que imponen las fuerzas del orden público en las carreteras, donde en vez de guardianes del orden aparecen como vulgares atracadores de los barrios bajos de una gran ciudad. En un viaje que hicimos entre Senegal y Malí, en donde viajábamos mil y la madre y en el que la baca del coche estaba ocupada totalmente por metro y medio de alto de abigarrado equipaje, el derecho de pernada de los policías se resolvía con más dificultad. Allí la amenaza de la policía si no se pagaba cierta cantidad era desmontar todo el equipaje para chequearlo, algo que podía llevar medio día. En este caso había una parte importante del pasaje que se negaba a pagar. Se organizaron unas asambleas dignas de recogerse en una película. También allí los policías querían money money por ejercer la vista gorda sobre la identidad y el equipaje de los viajeros.

Complementando esta puntillosidad monetaria se encuentra otro tipo de funcionario apostado en su garita junto a una barrera que cruza de parte a parte la carretera entre Dushanbe y Khorog. Perdí la cuenta de estos controles, cerca de la decena. Nuestro permiso para atravesar el Pamir nos costó tres días y tres viajes a las oficinas de la policía de Dushanbe. Ahora en cada control demoran diez minutos comprobando el permiso y los pasaportes. A veces asoma por la puerta del coche la cabeza de un soldado armado hasta los dientes. Uno de ellos me mira con insistencia como queriendo algo de mí, termina por preguntarme si hablo inglés y me pide el pasaporte. Es tan ridícula su pose de arrogancia que casi se me escapa la risa.

En una de estas situaciones fue cuando se me perdió un moco. Estaba yo haciendo prospecciones en el interior del agujero derecho de mi nariz, había alcanzado el extremo de un respetable, por su tamaño y consistencia, moco seco en la parte sominal con gran esfuerzo, lo despegaba despacio y con mimo puesta toda mi atención en el evento, lo despegaba poco a poco para que el pequeño meteorito quedara intacto entre mis dedos y así poder moldearlo a posteriori durante unos pocos kilómetros, salía y, zas, frenazo, el enésimo control de la policía había aparecido al salir de la curva. Pasaporte, pasaporte, me urgió Nafas, nuestro chófer; tuve que dejar precipitadamente la prospección para urgar en mi bolsillo a la búsqueda del pasaporte. Lo encontré, se lo pasé y, justo en ese momento me acordé del moco, ¡hostia!, he perdido el moco, me dije angustiado. Miré con desolación hacia el exterior como quien hubiera perdido a su mejor amor. Estaba oscuro y una luna gorda asomaba por el borde negro de una montaña. Me entregaron el pasaporte cinco minutos después y ¡helá!, lo iba a meter en mi bolsillo cuando descubrí al tacto el moco que asido como pudo había salvado su vida pegado a la cubierta del pasaporte. ¡Aleluya! Me sentí reconciliado con el mundo. ;-)

Quizás antes de dejar a la policía en paz convenga hablar de la esquizofrenia del individuo que está al cargo de la representación de este país, un tal Emomali Rajmonov, que, procedente de la antigua maquinaria soviética, se hizo con la presidencia tras la independencia y ahí sigue hoy sin asomo de que quiera dejar el cargo al que parece agarrarse con uñas y dientes. La historia se repite en toda Central Asia sin muchas variaciones, antiguos mandatarios comunistas que tras la independencia ejercen un poder totalitario más o menos disfrazado de democracia. El caso de este Rajmonov es de traca, al menos para los que atravesamos el país. Su jeta es como Dios, está por todas partes, una prodigalidad tal y en tales tamaños que es imposible de todo punto dejar de verlo vayas donde vayas por más de cinco minutos. El país está empapelado con su jeta. Un padre de la patria que se exhibe vestido de futbolista, se mimetizar con agricultores o aparece candidamente con un niño en brazos no puede ser más que un paranoico, alguien necesitado urgentemente por un psiquiatra. Los regímenes totalitarios, un concepto por cierto que empieza a cuadrar como adjetivo a nuestro modelo de estado español a partir de la ley mordaza y otras monerías semejantes, parece que necesitan este tipo de omnipresencia para sobrevivir.

Por lo demás el viaje de hoy era hermoso, uno de los más hermosos que pueda hacerse en el mundo. Desde Dushanbe se sigue un paisaje donde se alternan los cultivos y los parajes desérticos, pero tras la ciudad de Kulob el desierto gana poco a poco peso convertido en un espacio de lomas amarillas perfectamente redondeadas que dan al paisaje el aspecto de un enjambre de cúpulas que enterraran su base en lo hondo del terreno. Después llega un instante espléndido en que tras un cambio de rasante la carretera se precipita hacia los dominios de Waham Valley, una magnífica depresión recorrida por el río Panj que hace de corredor y frontera por centenares de kilómetros entre Afganistán y Tayikistán. Frente a nosotros se alzan, al otro lado del río, altas y agrestes montañas en cuyas laderas la desolación y el aislamiento son las notas dominantes. Por cerca de cuatrocientos kilómetros recorreremos a partir de ahora este valle. El valle corre en esta parte sobre un llano de detritos
en cuyo seno de abren tajos verticales tallados por la corriente del río. El asfalto hace tiempo que ha desaparecido y rodamos sobre un firme de piedras sueltas, tierra y un fino polvo que forma nubes al paso de los vehículos. A veces pienso que es inútil tratar de describir lo que uno ve y mucho más inútil cuanto más bello y espléndido es el recorrido que uno hace. La pista, siempre junto al río Panj es un mundo efervescente en sí misma. Una pista que en algunos momentos tiene el ancho justo para que pase un camión, a veces tiene un tráfico endemoniado en donde los principales actores son los grandes trailers chinos que atraviesan la frontera por el Kulma Pass (4600 m.) procedentes de la provincia de Xingiang. Ver a estos grandes trailers moverse renqueantes con sus potentes motores al filo del abismo siempre envueltos en una nube de polvo es ya un espectáculo. Y más todavía comprobar cómo Nefas, nuestro taxista, los sobrepasa con un total dominio del volante con su Toyota Land Cruiser. Pero no se crea que este tráfico es continuo. Rodamos mucho tiempo aislados mientras las montañas se abren y se cierran a otros valles. Algunas veces en lo alto aparecen cumbres nevadas, en otros instantes los glaciares cuelgan brevemente enfrente en lo alto de las montañas. El río baja tumultuoso, térreo, con el color de todos los detritos que ha ido arrancando a la montaña. Enfrente, Afganistán ya, corre una estrecha pista que parece cincelada sobre una ladera de roca rigurosamente vertical. Aquí y allá un pequeño oasis de verdor ha sido aprovechado por aldeanos afganos para crear un pequeño asentamiento de una veintena de casas.

Tras muchas revueltas el río llega a ser tan ancho como un lago, el agua se remansa entonces como poniendo una nota de dulzura en la dura agresividad de un paisaje pétreo donde pareciera imposible vivir. Pasamos por pequeñas agrupaciones de casas donde los niños juegan a la pelota o se entretienen con el agua de una fuente. Un anciano ciego que camina del brazo de una señora de mediana edad hace que piense en la intemporalidad que yo siento como componente esencial de estos valles. Una vida que se va entre unos pocos roquedales, unas cabras, unas vacas, el cuidado de los aperos, recoger leña, la crianza de los niños, se ven muchos muchos niños y jóvenes por el valle, y poco más. Y cuando he dejado al anciano atrás pienso que acaso tanto monta, que damos mucha importancia a lo que hacemos cuando acaso vivir de una manera simple sea un cometido suficiente. Pensaba que quizás nuestra sofisticada vida moderna con tantas opciones posibles sólo consigue enmascarar algunas de esas pocas cosas importantes de la vida que se esconden entre los trabajos diarios, la familia, los hijos, las fiestas, el ciclo de las estaciones por el que tantas veces se rige la vida del campo.

Terminó haciéndose de noche. Salió la luna y al fragor del río, en dueto continuo con el del motor, de vez en cuando todavía se le unía el de algún camión aislado que con sus ojos de monstruo de hierro aparecía frente a nosotros, se unía ahora la fantasmal cabalgada entre las montañas que en su veladura nocturna aparecían todavía más impresionantes y enigmáticas. La luz de la luna bañaba débilmente las entalladuras y las paredes de granito dándoles un aspecto un tanto fantasmal.

Llegamos a Khorog a medianoche, todo estaba como boca de lobo. En nuestro "hotel" costó despertar al dueño cuyo sueño no fue posible romper ni siquiera golpeando con fuerza la puerta. Una vecina a quien despertaron nuestras voces hubo de llamarle por teléfono.

Imágenes
La primera toma es de Dushanbe, el resto corresponde al recorrido Dushanbe - Khorog.