Kivha, Uzbekistán, 14 de septiembre de 2015
Mi vista pasa sobre las páginas de un libro de historia de Asia Central a parecida cadencia con que el paisaje atraviesa frente a la ventanilla del tren, una vez más el desierto, después la estepa, la lejana ribera del Amur Daria, de vez en cuando unos árboles enanos cubiertos de polvo. Pueblos nómadas y sedentarios de la antigüedad, turcos, mongoles, sasánidas, árabes, persas, griegos; nombres propios: Alejandro Magno, Genghis Kan, Tamerlan, Stalin. El marco de Asia Central cruzado durante siglos por el delgado hilo de la Ruta de la Seda, que ponía en comunicación Oriente con Occidente, nos sirve en este momento como nexo conductor de nuestro deambular por Asia.
El tren, con su tranquilo pasaje y sin las aglomeraciones ni las burocracias de las fronteras, se ha convertido en una balsa de aceite en donde es posible alternar esa mirada distraída hacia el paisaje circundante con largas horas de lectura que me llevan físicamente de un lado a otro de este vasto mundo primero y después a lo largo y ancho del tiempo. Nuestras primeras impresiones de esta tierra que recién hemos pisado a la otra orilla del mar Caspio es bastante desesperanzadora. La sensación de que uno se mueve dentro de un estado policial es muy fuerte. Control del dinero que llevas, registro policial en los hoteles donde te hospedas, cambio oficial de las divisas a la mitad del precio del mercado, lo que te obliga a usar el mercado negro para cambiar tu dinero con las consiguientes complicaciones que puedes llegar a tener con la policía al actuar fuera de la ley, que prohíbe comprar y vender dinero al margen de los bancos. El dólar cotiza oficialmente a unos 2300 sums por dolar, mientras que ayer mismo en el tren por cada dólar nos dieron 4500 sums. Una sensación que se corrobora más tarde cuando vas siguiendo el desarrollo de la historia reciente de Uzbekistán, por ejemplo, donde cualquier sombra de oposición al gobierno ha sido borrada y donde todavía se vive el recuerdo reciente de alguna masacre cuando los indignados salieron a la calle a manifestarse.
Una "democracia" sin oposición que obtiene más del noventa por ciento de los votos y en donde los que votan superan también ese porcentaje no es que no sea fiable es que lo único que suscita es una sonrisa triste y desesperanzada ante tan burda puesta en escena. Tras la marcha de los rusos, los que asumieron el poder en esta parte del mundo eran los mismos que estaban en la cúpula del partido comunista de la extinta URSS. Como siempre la riqueza se la reparten unos pocos y para que a nadie se le ocurra cambiar este estado de cosas se abolen los partidos y se pone un policía tras la sombra de cada ciudadano. En nuestro país esto se hace de una manera menos grosera pero las líneas de actuación al final se parecen bastante. La ley Mordaza es el ejemplo más reciente.
No es un buen augurio el ejemplo de hoy, un pequeño pueblo con una parafernalia de policías y cuatro o cinco controles para chequear tu equipaje y documentación implican un miedo exacerbado hacia todos aquellos que puedan alterar el statu quo. Ayer intentamos comprar una SIM para tener línea telefónica y acceso a Internet a mano. Las compañías telefónicas no están autorizadas a vender este acceso a los extranjeros. Estos países fueron invadidos por los bolcheviques en los años veinte del pasado siglo y han sido utilizados por la Unión Soviética como suministradores de materias primas para Rusia. Ahora, cuando los rusos se han marchado, esto se ha convertido en el cortijo de unos pocos, los herederos directos de los otrora bolcheviques.
Recorrer el mundo es también rendirse a la realidad de la extorsión de la mayoría por unos pocos. Una enfermedad que asola la historia de la Humanidad desde que el hombre descendió de los árboles, mal que le pese al bienintencionado Jean Jacques Rousseau; pisotear a los demás, saquear ciudades, conquistar, robar la riqueza que otros han creado, no dejar vivir en paz al prójimo, en eso consiste la gran enfermedad que recorre la historia de la Humanidad. Enfermos crónicos sedientos de poder, los perturbados por la fiebre del oro, la esquizofrenia de los obsesionados por poseer esto o lo otro. Enfermedades terribles para las que sin embargo no existen hospitales ni especialistas médicos que deberían tratar de curarlas.
"Understanding is one of the greatest reason to travel" (Paul Theroux). Este pensamiento encontré ayer en el prólogo de uno de los libros que leo. Una de las grandes razones que debería de impulsarnos a viajar es la de intentar comprender mejor el mundo en que vivimos. Acaso las palabras de San Agustín que encontré más adelante en mi lectura puedan abundar todavía más en esta idea. Son las siguientes: "The world is a book and those who do not travel have read only one page". Los libros esclarecen nuestras ideas y nos ayudan a comprender la realidad que vivimos, pero acaso sólo con los libros sea imposible ese conocimiento que se deriva del contacto con las personas, su historia, los paisajes, la proximidad a la vida diaria de los hombres y mujeres de distintas partes del planeta. Hoy, llegando a nuestro destino en Urgench, casi tuvimos una despedida multitudinaria en el tren. Pasajeros, hombres y mujeres, con los que apenas habíamos intercambiado algunos gestos y unas pocas palabras durante el viaje, en determinado momento se arremolinaron alrededor nuestro hasta formar una pequeña multitud en cuanto fuimos capaces de tender un puente a su curiosidad. Como me habían visto leer y escribir largamente durante el viaje les fue fácil interpretar que era un periodista o que estaba escribiendo un libro. Además, como la mayoría del pasaje eran mujeres, el hecho de encontrar que Victoria fuera profesora parece que sirvió todavía más para establecer una comunicación que básicamente se refería a nuestro país de origen, nuestros hijos, de donde veníamos y a dónde nos dirigíamos, si nos gustaba o no el fútbol, si nos gustaba su tierra o si íbamos a visitar Bukara o Samarcanda, las joyas de este país. Cuando propusimos hacer unas fotos se armó un gran revuelo, medio vagón quería retratarse con nosotros. Al salir parecía que nos estuviéramos despidiendo de una numerosa familia antes de emprender un largo viaje. Rashid, nuestro amigo musulmán que ya apareció en mi anterior post y con cuya familia coincidimos de nuevo, ellos se dirigían a su casa en Samarcanda después de haber trabajado un par de años en Osetia, bajó con su hijo al andén para despedirse efusivamente de nosotros.
Si yo tratara de explicar la clase de conocimiento que se adquiere en algún momento del viaje creo que tendría que dar muchas vueltas al coco para encajar este tipo de encuentros como el que narro más arriba en el hilo de alguna argumentación. No todo lo que uno sabe y comprende tiene cabida en el cuenco de barro del lenguaje. Uno mira, ve, huele, se siente cercano a la gente, se indigna con los tiranos, contempla las bellezas del mundo que atraviesa, se siente ciudadano de este planeta junto a otros pasajeros o aldeanos y encuentra que está comprendiendo, que se acerca más profundamente a los otros, contempla que la solidaridad surge de su pecho como una flor a punto de abrirse que inunda con su perfume los alrededores. Y eso es todo. Probablemente sea esa una de las principales acepciones de lo que llamamos conocimiento, comprensión.