Encuentro con un trotamundo en el desierto

Bukara, Uzbekistán, 16 de septiembre de 2015

Las tardes noches se han hecho muy agradables en esta parte de Asia. Pernoctamos en un hotel de Bukara que es una joya arquitectónica. El edificio, de ladrillo visto, como es propio en la mayoría de las construcciones de la época, da al hotel un aspecto de vieja morada persa. Desde la terraza superior, donde tomamos el café, nos hacemos a la idea de estar en el interior de un observatorio astronómico, tan bien se ven las estrellas en esta ciudad en medio de la estepa.

Bukara evoca primero de todo la figura de un Tamerlán de origen mongol que muchos lo quieren persa, pero sobre todo es la persona de Omar Khayyam el encuentro más querido en el entorno de estas tierras. Hoy o mañana iniciaré la lectura de su Rubaiyat, una obra de un millar de estrofas de cuatro versos, que ya leí un par de veces y donde es posible beber una beatífica y sabia filosofía de la vida. Su gran sentido humano y su canto a los deleites del amor y los goces de la vida dejaron una importante huella en mí cuando era muy joven, aquel tiempo en que yo mezclaba desordenadamente las lecturas de Nietzsche, Bakunin, Marcuse o los Evangelios con todo aquello que sonara a profundo amor a la vida, a libertad, a ruptura con los prejuicios que atenazaban la sociedad de los tiempos del final del franquismo. La reiterada alegoría de Omar Khayyam en torno al vino, sus versos de amor, eran una bebida novedosa y exquisita para esa hermosa edad en que apenas salidos del cascarón ya queríamos experimentar todo viviendo la vida a tope; en aquellos años muy especialmente en el ámbito de las aventuras corridas en las montañas y en las paredes de granito de Galayos o Pirineos.

Hoy cubrimos los quinientos kilómetros que separan Khiva de Bukara con un taxi. No es la primera vez que hacemos grandes recorridos con un taxi. No abundan los viajeros por esta parte de Asia con quien compartir vehículo y a veces es ineludible usar los taxis. Tampoco son tan caros, con los sesenta dólares del taxi seguro que en España no habríamos llegado ni a Zaragoza en autobús. En las cercanías de Khiva, el paso del río más importante de Asia Central, el Amur Daria, hace de sus tierras un vergel donde abundan los árboles frutales, el maíz o el arroz; sin embargo el principal cultivo con mucho es el algodón. Cientos de personas recolectaban esta mañana a nuestro paso los copos de nieve que coronaban las plantas de algodón durante decenas y decenas de kilómetros. El cultivo de algodón en la zona fue uno de los grandes y extensivos proyectos soviéticos para surtir de algodón a Rusia. Algo que no dejaba grandes ganancias en la zona dado que el precio que se pagaba por un kilo de algodón en bruto era muy bajo. Ese mismo kilo lo manufacturaban en Rusia obteniendo un precio diez veces superior.

Tras las tierras de cultivo no tardó en aparecer el desierto. Solo una pequeña franja verde acompañaba entonces al Amur Daria; y más allá sólo arena donde despuntaba aquí y allá alguna reseca mata. Una carretera recta que cruzaba el desierto sin una mínima distracción. Largos tramos de asfalto con numerosos baches, trozos de pura tierra y un buen tramo de autopista se alternaban en el recorrido. Atravesábamos un paraje de tierra cuando una silueta en sentido contrario hizo que echara inmediatamente mano a la cámara fotográfica. Iba pensando precisamente en esos momentos en los trotamundos de la bicicleta ingleses que habíamos conocido en Bakú en la embajada de Uzbekistán y que tenían en proyecto llegar a China atravesando la alta cordillera del Pamir, pensando que después de haber atravesado dos desiertos más desde que dejaron las orillas del mar Caspio ahora les correspondería otros cuatrocientos kilómetros de pura arena, y pensaba en los cuarenta grados y en los nueve litros de agua que tendrían que cargar cada uno y en los treinta y tantos kilos de equipaje, cocina, tienda, sacos, herramientas, comida, repuestos de las bicis, pensaba en ellos y me entraba cierta friolera en el cuerpo. Y entonces me acordé del amigo Javier Piris y en sus miles de kilómetros en la bici por Pirineos, los Alpes o arriba y abajo de todas las tierras de España, y también él me producía envidia. Y recordaba a un coreano con quien nos cruzamos varias veces en Akaska en un viaje de años atrás que quería llegar con su bici a Tierra del Fuego. Me río yo de las aventuras de Ulises o los Argonautas en comparación con las que se pegan estas gentes de las bicicletas. ¡Jo, qué envidia! Me parece que ya lo he dicho otra vez, eso de que para la próxima reencarnación, si me reencarno de humano, voy a pedirme tener las narices suficientes como para dar la vuelta al mundo en bicicleta, aunque también es cierto que no estaría mal poder subir para entonces a una de esas grandes paredes de los Alpes para las que ni mi ánimo ni mi preparación tuvieron fuerzas cuando era joven, alguno de los espolones de la Walker, por ejemplo. De momento voy a sugerir a Javier Peris que se venga por aquí a transitar la Ruta de la Seda en bici; seguro que en alguna ocasión se le ha pasado por el coco la idea.

Bueno, pues en esto estaba yo cuando pensé que la silueta que se acercaba en dirección contraria a la nuestra en medio de aquel desierto de medio millar de kilómetros era un ciclista. ¡Stop, stop!, le apresuré al taxista, que debió de pensar que tenía un precipicio delante. El ciclista, un aventurero de Ucrania camino de su patria, parecía extenuado por el esfuerzo y el calor; su aspecto era el de un salvaje, ese mismo salvaje a quien a mí tanto me gusta representar cuando me tiro tres meses atravesando los Alpes; curtido por sol y el esfuerzo parecía un hombre de otro planeta. ¡Qué bellos me parecieron siempre estos hombres con los que tantas veces me he cruzado en largas travesías por la montaña o por las tierras de España, vagabundos, trotamundos, aventureros que hacen de su vida un arte, que "donde hay vino, beben vino y donde no hay vino, agua fresca", que duermen al sereno, que viven con un presupuesto de cinco dólares diarios, que sufren y gozan en contacto amoroso con la tierra que atraviesan.

El ciclista ucraniano aprovechó para descansar un poco. No, no sabía ruso, le contesté cuando me lo preguntó (una lengua por cierto que también habría que aprender en la siguiente vida). Sonreía ante mi cara de entusiasmo por el encuentro. Me faltó la soltura del amigo sordomudo con que tropezamos días atrás en el tren para poder intercambiar algunas palabras con él. Uno no se encuentra en mitad del desierto con un hermano, porque hermano, hermano menor me sentí frente a aquel hombre. De hecho sentí algo parecido a esos fans algo enajenados cuando se encuentran con su ídolo del momento.

Nos despedimos calurosamente. Allí quedó en medio de la nada frente a una carretera sin curva ni sombra alguna por acaso doscientos o trescientos. kilómetros. Todavía le recuerdo con emoción esta noche. 


Imágenes:

Las tres primeras corresponden al trayecto Khiva (también Xiva) - Bukara, mientras que las siguientes están tomadas en la ciudad de Khiva.