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| Ninguna de las dos fotografías me pertenecen. Están ahí para abrir el apetito solamente. |
Frente a la chimenea, otra vez empezó a hacer fresco, me asalta la duda de qué camino tomar en los próximos meses. Hoy me digo que hace años que no hago un auténtico viaje, que mi blog de trotamundos está más enmohecido que todas las cosas, y en el por demás la gente del Google me ha jodido un montón de fotografías; en fin que me vendría bien cambiar de aires. Y entonces pienso en marcharme a alguna lejana parte del mundo y ufff, ya me pongo nervioso... tan sedentario me he vuelto que me asusta hasta salir de mi casa. Primero eran los hielos del invierno que bloqueaban los caminos de acceso a mi casa y que acaso habrían dejado por ahí camadas de lobos dispuestos a comerse las entrañas de todo bicho viviente que se atreviera a poner sus pies en el páramo; después, además, Dios santo, esa fuerza que también tira de mí diciendo: venga, tío, sigamos con la plantación de los tomates, de las lechugas, con esa plaga de malas hierbas que pueblan la parcela, solacémonos al sol de este final de marzo; ¿no ves lo linda que se ve a poner la primavera dentro de unos días por aquí?, ¿no recuerdas los centenares de rosas que invaden cada mes de abril los alrededores de tu casa? Ufff.
Y como esta noche me he descolgado ya de mis habituales lecturas y las llamas de la chimenea son un pozo de interrogantes, termino por levantarme a buscar la guía de Armenia, Georgia y Azerbaiyán, la hojeo, tropiezo con que en Azerbayan todavía reina una burocracia aduanera que no me place, encuentro que las montañas de Armenia yacen en medio de grandes páramos, que en Georgia hay una corrupción de la leche; no, la cosa no termina de convencerme. Además en estos últimos años me he acostumbrado a vivir como un salvaje por costas y montañas y ahora se me ocurre que no se me hace pasar la noche en hoteles; la noche estrellada, el juego de las ola, el frufrú de la brisa entre las ramas de lo árboles, es una pasión que me cuesta trabajo dejar a un lado. ¿Y dónde se podrá vivir así sin que la cosa se haga en exceso engorrosa, uno tenga libertad de movimiento, el paisaje sea hermoso y la cultura que lo circunda apasionante? Ufff. Y entonces vuelve a pasarme por la cabeza aquella añorada tierra de Cachemira, acaso el tránsito por Birmania, Malasia una vez más... y me pongo más nervioso todavía.
Y para dejar tierra por medio y calmar un poco mi sistema nervioso que empieza a revolucionarse, voy y me largo a la primavera del Pirineo del pasado año. Me sumerjo en la lectura de mi vuelta a España. Y allí llueve a cántaros y vivaqueo en una cuadra con toda la ropa empapada y un montón de goteras que apenas me dejan dormir. Y al día siguientes sigue lloviendo y yo me pongo en camino y todo, el granizo, la niebla, los bosques está tan hermosos que caigo en que acaso sea indiferente irme por aquí o por allá, aunque el allá sean las estribaciones del Himalaya junto a Srinagar, la joya hindú que duerme al pie de las montañas más altas de la tierra. Empiezo a entender que de lo que se trata es de encontrar el modo de salir de este letargo, hermoso letargo, invernal que todavía me tiene apresado en las noches junto al fuego inicíatico. ¿Pero cómo lograr esto? Ni idea. H. G. Wells en uno de sus relatos, La puerta en el muro, esa puerta que no transportará a algún desconocido y maravilloso mundo, afirma que no se encuentra lo que se busca, que las cosas, las pequeñas maravillas que podemos vivir, llegan a nosotros por impensados vericuetos, que lo que sí cabe es abrir las puertas del alma para hacer posible que allí llegue per se lo que tenga que llegar, vamos, lo de siempre, oxigenar la tierra, dejar el alma bajo la estrellas o en la encrucijada de cualquier alejado rincón de la India para que ésta, bañado por la novedad, por el exotismo o por la profunda emoción de pisar una tierra muy muy especial como es la aquella, pueda recibir las semillas que la aventura va poniendo día a día en las venas del viajero.
Y levanto la cabeza y veo languidecer la llamas sobre el regazo de las brasas. ¿Sierra Morena, el Caucaso, la India , Birmania?, vuelvo a preguntarme. Y empiezo a ver alejarse la imagen de Sierra Morena que me ha perseguido estos días. Lo realmente curioso es que la cosa no me apremia y puesto que no hay todavía una dominante que se haga con mi voluntad, que tan cerca está el Algarve, Sierra Morena o el norte de la India , puedo todavía permitirme hacer digresiones sobre qué situaciones podrán ser más provechosas y más fructíferas. Ya lo comenté en alguna ocasión, hay quien se marchó a la guerra a ver si de esa manera le surgía bajo el retumbar de las bombas alguna especial inspiración o conocimiento. Y entonces recuerdo esa vieja idea de que lo que se trata es de iniciar algún tipo de viaje hacia dentro de uno mismo, y pienso que aunque parezca rocambolesco la cosa tiene su punto de gracia, además de quedar bonito.
Que uno tenga que hacer miles de kilómetros para encontrarse con ese kilómetro cero que es el propio espíritu es una interesante paradoja que encierra un buen puñado de verdades. Uno, para conocerse un poco se mira en el espejo, el espejo de la realidad que está viviendo, quiero decir, y siendo las realidades que podemos vivir bien diferentes los reflejos consecuentemente pueden cambiar y proporcionarnos alguna imagen de nosotros mismos que difícilmente aceptaríamos como nuestra en otras circunstancias. Ejemplo al canto, uno se siente una persona normalita con una capacidad de amar corrientita y un día, zas, vas y te enamoras. Los días que vienen a continuación te ves rodeado por una realidad inesperada y novedosa, descubres en ti una capacidad de amar, de entrega, de locura, jamás antes ni remotamente pensada. Dentro del yo se esconden pequeñas raciones de uno mismo que no hay manera de conocer si no es a través del espejo de realidades nunca antes vividas. Otro ejemplo, en el año ochenta y cuatro realicé mi primer viaje a la India ; aunque tenía una idea bastante leída de lo que aquello significaba, mi impacto después de recorrer las callejas de Old Delhi durante el primer día fue tan grande que me imposibilitó durante media semana para hacer ninguna fotografía; había descubierto un tan tremendo rubor en mí, rubor, vergüenza por permitirme estar allí, pasearme como niño de postín ante tanta miseria, tanto sufrimiento, que aquello me dejó bloqueado. Jamás esas sensaciones habrían llegado a mí si me hubiera quedado tan ricamente en mi casa.
Cuando pienso en un viaje en principio no me imagino nunca grandes cosas, me veo en un tren, en un autobús viendo pasar el paisaje o leyendo un libro, me veo con lo ojo muy abierto sorbiendo rostros y circunstancias, nada extraordinario, la posibilidad de convertirme en un tiempo en esponja. Sí, eso está bien, de pronto sentir que lo olores, la rostros, el color del cielo, el canto del mohecín en los altoparlantes de los minaretes de las mezquitas irrumpe en tus sentidos de manera parecida a los olores de las especias que se levantan de los zocos, de las flores y del incienso en la India. O descubres simplemente modos de vida y pensar que te hacen reflexionar de nuevo en la belleza y levedad de la existencia, esos niños que juegan a la pelota junto a la piras funerarias que se levantan a las orillas del Ganges en Benarés, por ejemplo. Sí, también lo hermosa levedad de la vida, su suave y leve tegumento derramando sobre el planeta sin que ni apercibamos de ello más que de tanto en tanto. Reconozco que no soy un viajero al uso, procuro estudiar un poco sobre los lugares que visito, su historia, arte, esas cosas, pero es otra cosa lo que me interesa realmente, por una parte está esa capacidad para que el viaje se convierta en espejo, y por otra la posibilidad de que la realidad haga de mí una esponja, me llene por dentro del espíritu de la calle y de la gente.
No hablo de cosas raras, somos así, a veces necesitamos el roce del cefiro, la suave caricias del de una brisa para despertar y darnos cuenta de esa encantada realidad que podemos tener delante. La puerta encantada de Wells puede estar a la vuelta de cualquier esquina, pero acaso sea más fácil de encontrarla, de atravesarla, entre los especiales momentos del laberinto de alguna aventura, bien que la paz de la vida cotidiana, como adelantaba el otro día mi cuñada Ana en un comentario en mi blog de los caminos, pueda también rendir sustanciosos réditos. En definitiva casi todo depende de como uno maneja su propia vida, lo bien o lo menos bien que nos lo montamos, lo que pasa es que al igual que somos animales de costumbres y gustamos de la rutinaria comodidad de nuestra cotidianidad, también una parte de nosotros es curiosidad y deseo de novedad, sea ésta un cuerpo bonito o un exótico río que atraviesa el Mato Grosso.
En días pasados, viendo un documental retuve esta idea: "Un ser humano no nace, se hace.", lo que en el contexto de lo que estoy escribiendo viene a decir que una parte importante de cómo vemos la realidad y de lo que somos está determinada por el tipo de vida que hacemos y por lo experiencia vital por la que hemos pasado. Uno no sería uno, el mismo, si en lugar de lo que ha hecho en la vida hubiera hecho otras cosas muy distinta. Nos vamos conformando de acuerdo con nuestras experiencias y lo que de ellas se desprenden. Mi hijo Mario pasó una larga temporada cuidando enfermos terminales en la institución Madre Teresa de Calcuta. Es un hombre muy especial, después de terminar la universidad optó por hacerse cabrero y por hacer de su domicilio un choza construida con alpacas de paja. Imagino que cada uno va conformando su propia vida no sólo con lo que vamos razonando y pensando sino en una gran medida por aquello que va impregnando nuestra alma a través de la propia experiencia.
De momento mi blog de los viajes ya tiene una nueva entrada, quizás eso me anime a seguir alimentándole. Desnutrido y abandonado como lo tengo a lo mejor él mismo es capaz de iluminarme con nuevas ideas. El cielo lo quiera.

