George Town, Penang, Malasia, 5 de mayo de 2016
Estaba buscando en Internet un poema que escribí hace tiempo y del que sólo recordaba un verso que decía: “Me acuesto con todas las mujeres del mundo”, algo que escribí una noche de insomnio mientras viajábamos por Hungría hace años; probablemente un día de añoranza. Fue el caso que tras el vínculo que dirigía a mi poema y que copiaré al final a modo de recuerdo, apareció en las primeras líneas una entrevista a Vázquez Figueroa. Antes de averiguar por qué precisamente esta entrevista apareció como respuesta a mi búsqueda, me di una vuelta por ella. De entrada ya captó mi atención su rostro, un rostro de un hombre de setenta y siete años, rostro lleno de arrugas, inquisitivo, de mirada firme; ya era motivo suficiente para que me picara la curiosidad. No creo que la escritura de Alberto Vázquez-Figueroa sea ninguna joya pero sus noventa libros publicados, sus treinta millones de copias vendidas y su vida de viajero me hizo hacer un paréntesis en lo que estaba haciendo para leer la entrevista. Guerras (fue corresponsal de guerra), selvas, desiertos y mujeres. Vivió en el desierto hasta los dieciséis años; un dato más.
Leo. El periodista en cierto momento lo empuja hacia la política y aquél entra al trapo decididamente: “Este país, dado que se ha convertido en el país más corrupto de Europa y uno de los más corruptos del mundo, sólo se soluciona si se hace un escarmiento duro de verdad, duro con los políticos y ciertos banqueros”. Y cuenta cómo en África hay que matar a veces determinado número de elefantes porque ello significa salvar la vida a otros muchos animales. Y añade, un elefante come, bebe y destroza por cien animales de otras especies. En España hay quien consume no por veinte, sino por diez mil a costa del hambre y la miseria del resto. Vázquez-Figueroa habla de un escarmiento duro. Y entonces el periodista le pregunta: ¿No es suficiente la cárcel? Y la respuesta del novelista: “No van nunca a la cárcel. Como no les maten a pancartazos cuando salen del juzgado, con esa especie o subespecie no se acaba”. No está de moda la violencia, pero leyendo cosas así a uno se le pasa por la cabeza que sí, que tiene razón, que con esta especie de carroña no se acaba, se reproducen constantemente en cualquier lugar donde se huela que se puede sacar tajada. Todo el mundo los conoce, conocemos sus nombres, sus actividades escabrosas, la extorsión que hace la familia Aznar con los fondos buitres, cómo funcionan los bancos, cómo éste o aquél utiliza los fondos públicos para derivar beneficios sin fin a sus bolsillos y a los de sus amiguetes; los hilos de la mafia se extienden por todo el país como una enorme hidra que succionara el dinero público y privado derivándolo constantemente hacia sus bolsillos, así que por qué no un escarmiento duro que vaya poniendo los puntos sobre la íes?
Punto. Por una razón u otra era claro que la búsqueda que yo había tecleado en el Google de hecho nada tenía que ver con asuntos políticos como los anteriores, que si Google me había dirigido allí mediante aquellos versos de “me acuesto con todas las mujeres del mundo” no era por aquellos primos hermanos de los elefantes, la mafia hispana, sino por otra mucho más relevante de las aficiones de Figueroa: su amor a las mujeres, siempre inseparables compañeras en los viajes de toda una vida. Hace unos días apareció en la prensa alguien que, orgulloso de haberse acostado con miles de mujeres a lo largo de la vida, manifestaba que era algo que le había proporcionado una gran paz. Los amantes de las mujeres, como reza,creo, aquel título de la película de Truffaut, son tantos que basta levantar un tantico la punta de la alfombra para que salgan a millares por todos los lados. En esta sociedad decidida a caer patidifusa de espanto tras cualquier esquina si alguien se sale de la norma moral establecida, le asusta eso de que alguien pueda cometer tal barbaridad. Todo el mundo lee con devoción y un atisbo de humedad en los ojos “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, pero de ahí a reconocer que Neruda, otro voraz amante de las mujeres, escribiera aquel hermoso libro de memorias “Confieso que he vivido” pensando en las dulzuras que había experimentado recorriendo sus manos tanto admirable cuerpo de mujer, va un pedazo. El amor romántico se nutre de sus versos, pero raramente acepta tanta diversa y fervorosa prodigalidad amorosa. Nos enseñaron a amar a una mujer de por vida, “no desearás la mujer de tu prójimo”, no visitarás el huerto ajeno; tanto insistieron en querer dividir lo indivisible, amor y sexo, que todavía hoy seguro que te miran raro si dices lo que realmente piensas.
Miro a los ojos de Vázquez-Figueroa, y por cierto encuentro una determinación en su rostro que me recuerda a la de Eduardo Galeano, y descubro rastros de verdades en los pliegues de su piel que me gustan, una mirada que expresa mucho más que esa adaptación a lo que trae la vida que se ve en los rostros corrientes de la calle. No leí ninguno de sus libros, no sé nada de su vida, sólo tengo una breve entrevista, un par de ideas claras y un retrato, en este momento material suficiente como para hacer especulaciones positivas sobre las bondades de una vida. Así que hoy me quedo con esas dos ideas, la de que sólo un escarmiento duro sería capaz de terminar con los corruptos de todos los colores, y la otra, más amable y personal, que piensa que a la vida hay que sacarle partido y no será el menor de ellos el marcharse al otro mundo con la satisfacción de haber amado a muchas mujeres.
Todas las mujeres del mundo
Me acuesto con todas las mujeres del mundo;
cuando ellas están dormidas
y han dejado atrás sus cuerpos
paseando por las calles de las ciudades de Europa,
me despierto con sus cuerpos entre las manos,
breves y conocidos paisajes de carne palpitante
me dan los buenos días, dulcemente.
Y es todo,
diosas que recreo en oración
en la tibia mañana húngara
donde los álamos agitan sus manos
convertidos en lastimeros violines
que fueran dejando sus notas
en las briznas secas del prado
en la mañana arrullada.
Amo a las mujeres
y su paisaje de nieve y doradas dunas
y me transformo en viento
y mis manos rizan su arena
y la nieve se hace verano.