Ni sabios ni gurúes

Río Karangahake, al norte de Nueva Zelanda, 1 de marzo de 2016

Había encontrado entre una multitud de pdfs sobre asuntos dispares un texto titulado "La oración de Jabès", en donde de se defiende la total anulación personal en pos de la idea abstracta de un dios cuya existencia y finalidad parecía consistir exclusivamente en recibir loas a diestro y siniestro, y que reconocí como algo que hace tiempo me llamó la atención. Volví a hojear el texto, algo relacionado con el judaísmo y la entrega incondicional, no se sabe muy bien la razón, a un ser que el Genesis retrata como un enfermizo ególatra . Un texto colateral al mismo trataba de hacer una introducción a Jabès en un lenguaje tan altamente especializado que fui incapaz de leer más de cuatro líneas. Hoy durante la cena algo de esto comentaba con Victoria, uno no sabe si es que los años le hacen cada vez más simple o es que una insuficiencia de antioxidantes reducen su cerebro a caminos más trillados, pero es el caso que a mí me parece que hay mucha docta materia por ahí, judaísmo, teología cristiana, etc., que vista desde la experiencia de quien simplemente se dedica a vivir, aparece como una manera de intentar complicar las cosas cuando no como un modo de inventar finales de partidas de ajedrez complicadas con el único fin de divertirse y confundir a los lectores. Eso, o un simple trabajo de investigación conducente a averiguar el sexo de los ángeles. Quizás sea algo parecido a aquello de Machado de los que desprecian lo que ignoran, pro no, no es el caso. Le decía a Victoria que había un juego "intelectual" muy acendrado sobre todo en asuntos religiosos, que en definitiva no era otra cosa que hacer circulitos con el humo de un cigarrillo, que a mí, cuantos más años acumulaba, y con ellos un buen saco de experiencias, la realidad me parecía cada vez más simple. Por supuesto, que eso de los dioses y todo lo que les rodea está bien como materia de estudio antropológico o prehistórico, hechos y sustancias, materiales para reconstruir la historia de un estadio de la humanidad de cuando ésta había recién bajado de los árboles y poco más,  que seguir haciendo, continuaba diciéndole, teología en nuestro tiempo era algo totalmente absurdo dada la sencillez con que puede llegar a verse la vida después de haber ejercido el oficio de vivir por una larga temporada y de haber estudiado someramente la historia del mundo, sobre todo la historia de la estupidez humana, sus guerras, sus ansias de poder y de pisotear al prójimo, sus deseos de acumular y contrastarlo con lo que realmente somos, hombres de carne y hueso destinados como todo bicho viviente a palmarla pasado mañana mismo.

Oiga, mire, no me venga usted con vainas, le entraban a uno ganas de decirle a autor del sesudo texto al que me refería más arriba. Primero en la escuela nos enseñaron que Dios, sí, aquello de crear el mundo en siete días y de la creación de la mujer de la costilla de Adán, después... ah, después. Más tarde que los españoles fueron a América a cristianizar a los indios, jajaja, Hernan Cortés, y tantos de los "descubridores", genocidas a sueldo de la corona de Aragón, en la escuela pintados como héroes y santos; más tarde Felipe II gastándose la montaña de plata de Potosí que robaban a los indígenas en delirios de grandeza, guerras por todos lo lados, muertes a trochi mochi y una choza en San Lorenzo de El Escorial. Toda la historia que nos enseñaron, su interpretación, ¿no es acaso la historia de la estupidez y el intento de justificar esta estupidez?

Ejemplos no más de como las gastamos cuando no somos capaces de entender que hay disciplinas y juegos de palabras que sobran, que lo que hay que hacer es escuchar y mucho el rumor del río, impetuoso, magnífico esta noche junto a nuestra tienda mientras escribo estas líneas; ser bueno, como escribía yo por aquí ayer o anteayer; escucharse a sí mismo, saber que "todo lo que sucede en nuestra vida es el resultado de nuestras aspiraciones, que somos nosotros los que nos creamos nuestra propia realidad". Para qué seguir, a la mayoría de nosotros les resultaría relativamente fácil encontrar su camino sin necesidad de teologías, sabiendo lo que debería hacer y no hace. Y es que nos comportamos, me comporto, tantas veces como si nos acabáramos de caer del guindo que vergüenza da comprobar cómo unos y otros nos toman el pelo haciéndonos creer esto o lo otro, convenciéndonos de que el patio puede estar lleno de rojos, cuando no de brujas (ahí tenemos a Otegui recién salido de la cárcel, posiblemente aspirante a lendakari, saliendo tras la cortina de humo y las bambalinas en que los inquisidores le habían encerrado después de anatemizarlo); convenciéndonos, Dios santo, de tantas estupideces que vergüenza da decir que uno pertenece a un país llamado España.

Con lo fácil que sería entender todo con poco que nos molestarámos en leer unos pocos libros y en tratar de filtrar tantas memeces que nos pasan a diario por la vista o los oídos.

Hay días que me levanto pensando en que todo es tan tan complejo que maldita la gracia intentar aclarar nada dadas las innumerables interrelaciones e interdependencia que todo hecho guarda con sus vecinos lejanos o cercanos, pero no es el caso está tarde, esta noche me parece todo tan sencillo y simple que me echo las manos a la cabeza cuando me asomo a un texto complicado o cuando ojeo los periódicos. Es lo de siempre, la existencia me parece tan extremadamente corta que da pena perderla en sandeces, en asuntos sin chicha ni limoná. Y menos, por tanto, perdiendo el tiempo tratando de averiguar el sexo de los ángeles. Cuando piensas en la cantidad de millones, un ejemplo más, de personas que han perdido la vida en absurdos litigios religiosos o en querer dominar una parte del mundo, solamente con eso, se te ocurre que sólo con ello ya podrías desautorizar el noventa por ciento del usual comportamiento humano a lo largo de toda la historia de la Humanidad.

Estamos sumidos en un error permanente; desde el momento en que nuestra vida es tan corta no son precisamente los teólogos ni los artífices de jeroglíficos conceptuales los mejores sujetos a escuchar. Para descender a la sencillez, al contacto con la naturaleza, a las vivencias elementales no se necesitan sabios ni gurúes...