Wyaralon Lake, Australia, 10 de marzo de 2016
Estaba profundamente dormido y una voz femenina cercana me despertó. Trataba de explicarle algo a la hortelana pero ésta aparecía tan dormida como yo. La verdad es que no estaba seguro de estar soñando cuando dentro de mi adormilamiento oí explicar a la mujer que en caso de incendio deberíamos correr inmediatamente en determinada dirección hacia las escaleras; y, ah, añadió, como a quien se le olvidará algo sumamente importante, si hay un terremoto lo mismo e hizo el movimiento exagerado de quien le da un gran escalofrío inflando a la vez los mofletes. La mujer no estaba muy segura de que conociéramos la transcripción en castellano de la palabra terremoto correspondiente en inglés. Jo, espero que no haya que salir corriendo, atiné a decir ya más despierto. Y enseguida pensé en nuestro voluminoso equipaje que habíamos encajonado en un rincón del aeropuerto entre una serie de mesas para evitar en lo posible que algo nos desapareciera mientras dormíamos. Sí, habíamos tomado el aeropuerto como si fuera nuestra propia casa. Nos habíamos preparado dos enormes sillones en semicírculo, dentro del semicírculo metimos nuestro equipaje sobre un troley y la parte externa la habíamos cerrado con mesas del cercano restaurante. Una auténtica suit viajera.
Habíamos volado por la tarde desde Auckland a Wellington y nuestro próximo vuelo para Australia salía a las cinco de la mañana, así que ni cortos ni perezosos, como ya tenemos experiencia en eso de dormir en lo aeropuertos, decidimos que haríamos noche allí. No había ninguna duda con el asunto, pero fue el caso que después de tomarnos una buena jarra de cerveza y algunos sándwichs Victoria necesitó fumarse un cigarrillo y cuando volvía de su paseo al exterior me vino con la noticia de que el aeropuerto de cerraba a la una de la madrugada y no se volvía a abrir hasta tres horas después... ja, y fuera hacia un frío que pelaba. Yo no terminaba de imaginarme que esta gente tan cortés de este país nos fuera a poner de patitas en la calle, pero... Así que me fui a investigar a Internet y encontré confirmado que el aeropuerto se cerraba y a continuación ofrecían opciones de determinados hoteles y autobuses nocturnos, la expectativa de un engorro así en una ciudad en donde las habitaciones hay que reservarlas con algunos años de antelación, más el añadido de que los hoteles no son ni mucho menos gratis ya me hizo suponer la noche del loro a la intemperie. En estos pensamientos andaba cuando, mira por donde un viajero internauta hacia un corte de manga a todas estas especulaciones y daba noticias de un discreto rincón en donde se podía dormir a pierna suelta en comodísimos sillones como si estuvieras en un hotel de cinco estrellas. A él nadie le había perturbado su sueño de ocho horas. ¡Perfecto! Cuando empezaron a cerrar todos lo chiringuitos nos fuimos al lugar reservado a los trotamundos de discreto presupuesto y amañados todos de la manera que apuntaba más arriba. Hay que decir para los que se puedan preguntar por la gente de seguridad o la policía, que en cuarenta días que hemos pasado en Nueva Zelanda, en cuarenta días, repito, sólo hemos visto una pareja de policías a los que precisamente preguntamos por la localización de un ferry y dejaron lo que estaban haciendo para acompañarnos hasta las mismas puertas de la oficina naviera. En carretera, también en cuarenta días, sólo nos cruzamos con un par de coches de la policía. No parece que en este país abunden esa clase de funcionarios. Por supuesto en el aeropuerto ni uno. La mujer que me había despertado eta todo menos alguien que velara por la seguridad del aeropuerto o porque el aeropuerto no se convirtiera en un hotel gratuito, la empleada, sí era de seguridad, tenía la función de velar por la seguridad de la gente, de los ciudadanos y viajeros... como en nuestro país, ¿verdad?
Después de agradecerle sus consejos no tarde más de un minuto en volver a quedarme profundamente dormido. El despertador sonó a las cuatro de la mañana.
A lo largo de nuestra estancia en Nueva Zelanda habíamos ido incrementando nuestro ya abultado equipaje en esta parte del mundo; cacharros de cocina, algo de menaje, tienda, sacos, aislantes, todo muy útil cuando se viaja en coche pero que cuando ya no lo tienes se convierte en un verdadero problema porque los humanos no solemos tener más que dos manos y una espalda, razón por la cual a última hora inventamos usar la tienda de campaña para hacer un paquete con todo esto, voluminoso pero no difícil de llevar. En Auckland lo facturamos y punto, sin embargo el paquete iba a tener música cuando a las cuatro y media de la mañana llegamos a los mostradores del check in. Resultó que nuestros billetes, que nos vimos obligados a comprar precipitadamente a nuestra salida de Indonesia porque no podíamos volar a Nueva Zelanda sin tener contratado un vuelo de salida del país (eso nos dijeron... y nadie nos pidió después ese billete), esos billetes no incluían equipaje y ahora por facturar dos macutos y el paquete del material de camping nos pedían trescientos euros, cien por cada paquete. Tras unos minutos de discusión entiendo que cada paquete puede llevar hasta veintitrés kilos. Termino por convencer a la empleada de que vamos a hacer un solo paquete con los dos macutos y el material de camping, sólo tenemos que quitar tres o cuatro kilos que añadiremos al equipaje de mano, pero con todo el follón nos hemos quedado solos, nos dicen que tenemos diez minutos, que no pueden esperar más. Manos a la obra, deshacer el paquete, los nudos que iban bien apretados y meter los macutos envueltos en la tienda. No queda una monada pero puede valer. Hemos ocupado tres cuartas partes del pasillo para la operación y ahora van y nos dicen que ese paquete no sirve. No tenemos más cuerda, podemos facturarlo bajo nuestra responsabilidad, digo a la empleada. Se va a hablar con el jefe; esta parte del aeropuerto es un desierto ya, todos lo pasajeros deben estar ya en el avión y todavía no hemos pasado el control de pasaportes que puede ser tela. Vuelve de hablar con el jefe, que vayamos para allá al otro lado de los mostradores. El jefe esta ocupado con otras personas. Ya sentimos en nuestras cabezas el ruido de despegue de nuestro avión. Cuando nos puede escuchar llama a la empleada y le dice algo. Al poco viene esta con un rollo de papel celo ancho. Hay que envolver todo con aquello. Rápido, que perdemos el vuelo. Tiramos el paquete al suelo, pegamos el celo y rodando nuestro enorme paquete por los pasillos del aeropuerto, imagínese que rodamos una bola de nieve, pues así, de manera que cada vuelta es una pasada del cello. Un par de largos del pasillo debimos hacer para convertir nuestro fardo en una gran pelota facturable. Joder, nos faltó una cámara de vídeo para rodar aquello. Nos quedó un paquete la leche de guapo y seguro. Imagino que los empleados de la compañía aérea se debieron de desternillar con el espectáculo. Jo, el alivio que sentimos cuando nos vimos libres del dichoso paquetito... Ahora, a correr se ha dicho. Saca los equipos electrónicos, tablets, portátil, teléfonos, ponlos en la bandeja de plástico, también el cinturón con lo que con las prisas, cuando voy a atravesar el túnel detector de metales casi pierdo los pantalones y me medio quedo en gayumbos. Y sólo falta que me hagan levantar los brazos al otro lado para ver si llevo encima un col 45, momento en que los pantalones no pueden resistir más y se me van para abajo definitivamente. No puedo hacer nada porque las manos las tengo ocupadas subiéndome los pantalones. Menos mal que el que cachea a los viajeros se apiada de mí. Sólo me siento ya seguro cuando he logrado echar mano al cinturón. Y ahora vuelta a meter todo en el bolso de mano y salir corriendo a través de los pasillos de Ikea de la diuty free; sí, porque para llegar a las puertas de embarque hay que atravesar por en medio de tres o cuatro tiendas que tienen sus productos estratégicamente colocados para que te des de narices con ellos. Después del pasillo de Ikea ya tenemos el campo libre, cien metros lisos y llegamos a la puerta veintiuno; nuestra puerta, albricias, donde todavía dos últimos viajeros están rellenando el impreso de salida del país, que naturalmente nosotros habíamos olvidado. Puaf, cuando uno después de esta aventura se sienta en la butaca del avión parece que hubiera pasado por un túnel del tiempo inmensamente largo.
Necesitaría todavía media hora de vuelo antes de que la excitación dejara mi cuerpo en estado de pura contemplación del amanecer que se estaba produciendo a nuestras espaldas. Por las ventanillas de la derecha emergiendo de un mar de nubes se veía la perfecta silueta de los volcanes que habíamos ascendido días atrás, y por la izquierda, en mi
ventanilla aparecían todavía en la sombra las sinuosidades de los fiordos que coronan la costa septentrional de la isla sur en torno a Picton.
El amanecer nos persiguió durante más de una hora, uno larguísimo porque el sol se empeñaba desde levante por darnos alcance a nosotros que volábamos en sentido contrario hacia poniente. Al final el sol ganó en su carrera y entonces los colores dejaron de ser de fresa y caramelo y vistieron el cielo con el acostumbrado azul prusia surcado hoy por grandes y algodonosas nubes que el avión atravesaba a ratos como saliendo y entrando en un corre que te pillo de un paisaje de nata y nieve.
Todavía quedaría por ver qué iba a suceder con nuestro paquetón en la aduana. Si os dijera que diez minutos después de aterrizar íbamos a tener a un aduanero australiano, simpático y grandón por más señas, limpiándonos por dentro la tienda de campaña con un aspirador ¿lo creeriais? Pues si señor, así fue, un aduanero de un metro ochenta y cinco, ahí estaba, de hinojos, aspirador portátil limpiando la tienda de todas las guarrerías que van quedando siempre allí, migas, barro, cáscaras de pistachos, papelitos, yerbas, trozos de papel de plata de algún caramelo. Limpiamos de vez en cuando nuestra tienda pero se ve que nuestro segundo yo sabía que alguien nos la iba a limpiar y actuó en consecuencia.
En fin esto se está haciendo demasiado largo y junto al lago que dormimos hoy, sí, parece mentira, en Australia ya, los grillos y las aves acuáticas reclaman mi atención antes de dormirme. El próximo día cuento del todo el asunto del aduanero que se ofreció a limpiar nuestra tienda pacientemente mientras una larga cola de pasajeros esperaban su turno detrás de nosotros.