Yogyakarta, 10 de enero de 2016
Viajando por el sureste asiático es fácil encontrarse con cierta frecuencia con la historia de Rama y Sita, los dos principales personajes del Ramayana. Es una historia de amor, de encuentros y desencuentros, en la que ayer, viendo la cara compungida de Sita en el ballet de la obra de ayer durante toda la representación, se hacía extraordinariamente ostensible ese desequilibrio que se repite también en la otra gran epopeya de Homero, la Iliada, entre el papel de la mujer y el del hombre. En ambas, la heroína, la causa continua de la guerra y los enfrentamientos que nutren la obra, aparece como un invitado de piedra o como mera disculpa para construir una historia en que los hombres, aficionados a la guerra y a hacer de la vida una continua disputa llena de sangre, puedan dar rienda a sus instintos bélicos. El prototipo de que el hombre está hecho para la guerra y la mujer para el amor o la maternidad se repite apenas sin variaciones. Anoche lo que me preguntaba contemplanando el rostro sin pasión de Sita a lo largo de la obra era si acaso habría tenido en toda aquella complicada y violenta historia algún tiempo para darse un revolcón. No tenía cara de ello. A los héroes griegos les pasa otro tanto; no a los dioses, que cuando de eso se trata se olvidan de sus disputas en torno a Troya y montan en la primera nube que pasa su lecho para el amor.
Viajaba por Sri Lanka cuando me encontré por primera vez con este texto, precisamente el lugar donde se sitúa la acción principal de la obra. Recuerdo aquí la sinopsis: Dásharatha, rey de Ayodhya, tiene dos hijos, Rama y Bharata, procedentes de madres diferentes. Rama es el mayor. En una ciudad cercana vive la hermosa Sita. Cuando llega el momento del casamiento de Rama se plantea una prueba para optar al casamiento de Sita consistente en que los pretendientes deben armar un arco gigante. Sólo Rama lo consigue. Así es como elige Sita a Rama como esposo. Dásharatha decide retirarse al bosque para buscar la liberación espiritual y deja el trono a su hijo mayor Rama. Todos están de acuerdo menos la madre de Bharata, que consigue del rey cambiar su primera propuesta, coronar a Bharata y desterrar a Rama. Mientras se encuentra en el exilio, su esposa, Sita, es secuestrada por Rávana, el malvado rey de Lanka, identificado como Ceilán, la ahora Sri Lanka. Rama acude a su rescate con la ayuda del Rey Mono, que le provee de un ejército de primates que, con tierra, rocas y los árboles de inmensos bosques, construyen un puente entre el continente indio y Sri Lanka. Rama cruza el puente, mata a Ravana y rescata a su esposa. Y ahora, cómo no, el animoso Rama, tan valiente, acusa a Sita de adulterio cometido durante su cautividad. Pese a demostrarse la integridad de su pureza, Rama aduce que su reina no sólo debe ser pura, sino que debe parecerlo. Tras alguna complicación más éste vuelve a rechazarla (como perfecto esposo hindú) y ella se suicida ante todos, tragada por la Tierra (su verdadera madre, ya que había sido encontrada en un surco de tierra).
Pero, ¡ah!, el filisteísmo de nuestros tiempos no está acostumbrado a esta clase de finales y para la gente corriente es mejor preparar algo mucho más dulce con que poderse ir a la cama felices y contentos, de modo que en nuestra obra de ayer, cuando debíamos esperar, tras el rescate, la exigencia de Rama de pruebas de no adulterio por parte de Sita y el suicidio posterior de ésta, nos encontramos que se comen el final y todo queda en un idílico reencuentro amoroso tras el rescate.
La idea de los griegos sobre la capacidad que tiene la tragedia para producir una beneficiosa catarsis en el espectador, como quien se toma un purgante para restablecer su metabolismo a una sedosa normalidad, no es algo que aceptemos siempre de motu propio, preferimos el happy end, la edulcorada melosidad de encontrarnos rodeados por todos los lados de las cosas atractivas de la vida. Probablemente al público de ayer le habría disgustado en extremo ver a la sufrida Sita terminar el largo recorrido de su historia en medio de un charco de sangre. Somos deliciosamente autocomplacientes con la realidad que desearíamos vivir, tarta, guinda y si nos toca la lotería pues de pm. En fin.
Día de viaje en tren. Durante la primera parte de la jornada el sudor corría por todo mi cuerpo como si estuviera recién salido de la ducha; en la segunda he tenido que recurrir a los calcetines y a un jersey… caprichos de los que manipulan los controles del aire acondicionado. Llueve. El paisaje se repite sin muchas variaciones: campos de arroz, maizales, palmeras, el verde intenso de la selva de vez en cuando. El tren a estas alturas va medio vacío. Día de apacible mirar por la ventanilla, dormitar, leer, escribir, lo mismo que podría estar haciendo en mi cabaña o en la habitación de un hotel.
Nuestro tren termina su recorrido en Madang. Estamos al este de Java, esto va siendo otro mundo, también la naturalidad con que se quiere extorsionar al turista, han desaparecido los taxímetros y ahora los precios de los taxis se han multiplicado por tres o por cuatro, depende de qué vea el taxista en tu cara. Hay que empezar a ser descorteses con los que nos ofrecen sus servicios a los que cada vez es más difícil quitárnoslos de encima. Atravesamos una masa de ofrecedores de taxis y asuntos varios, entre ellos un paquete para escalar el volcán Bromo por la módica cantidad de 750.000 rupias. Después de que el taxista descendiera su precio hasta la tercera parte de lo que nos pedía al principio, nos subimos al taxi camino de la estación de autobuses, momento en que empieza a diluviar. El taxi se cae a pedazos, las ventanas no suben, la puerta la cerramos después de grandes esfuerzos. Algunas calles el coche las atraviesa como si lo hiciera con la proa de un barco. Cuando llegamos a la estación, un canal de agua de dos palmos de alto nos separa del otro lado de la calzada; diluvia por demás. No queda otra que hacer malabarismos para llegar a la estación. Nuestro autobús sale en media hora, una cortina de agua barre el lugar.
Después de arrancar todavía nos quedarán tres horas de autobús, salir de la ciudad con un tráfico caótico donde demoraremos por horas y circular por un país donde el campo parece haber desaparecido: chiringuitos, pequeños puestos donde se vende de todo a la luz de pequeñas bombillas de veinte vatios, negocios, pequeños puestos de comida. Durante todo el recorrido la oscuridad está jalonada por este ininterrumpido mecardeo. Aprovecho el atasco para enterarme de los pormenores de nuestra aproximación al volcán Bromo desde Probolinggo y me entero de que el asunto está tomado por la mafia local, un puñado de viajeros dejan sus comentarios en las redes advirtiendo de la arrogancia y la impunidad con que actúa esa gente que monopoliza las comunicaciones multiplicando por cuatro o por cinco los precios y extorsionando y mintiendo a los turistas hasta límites insospechados. Los alrededores de la estación de autobuses está infectada por esta gente. Es muy tarde, todo está como boca de lobo y antes de llegar ya me he preparado para la situación, bastones a mano, algo afilado en el bolsillo y la decisión de quitarme de encima las moscas a garrotazos si es necesario. Además la estación está en un lugar aislado, de modo que cuando vemos que el autobús empieza a atravesar la ciudad y antes de desviarse hacia la estación le pedimos que pare y nos bajamos. Ufff, estamos en una calle bastante animada, lejos de la panda de mafiosos de la estación. Enseguida encontramos con otros viajeros que venían en el autobús un taxi compartido que nos deja en el hotel sanos y salvos… de momento.