Sólo para adultos: No estoy seguro de que vaya de coña

Candikuning, Bali, 16 de enero de 2016

Como todas las tardes el cielo se cubre, empieza a merodear la niebla sobre las casas y los bosques y, momentos después la torrentera de la lluvia se acapara del paisaje y la calle. Ese tipo de lluvias que convierte el pueblo en un río. Hoy nos volvió a pillar cuando salíamos del restaurante. Nos empapamos de vuelta al hotel pero no pasa nada, estos días vivimos en un lugar de excepción, una pequeña casa acristalada sobre una de las bancadas que se alzan sobre el lago Danau Waduk en Candikuning; llegamos, nos cambiamos de ropa y sacamos un par de sillones a la terraza, el sitio perfecto para contemplar el diluvio y toda la masa de agua que cae sobre el lago. Mirar la lluvia, sentirla, y después de un día de recorrer bosques, visitar cascadas y hacer un largo safari fotográfico es un buen colofón para acabar la jornada. Ahora las nubes se han tragado el lago y la cortina de lluvia difumina las laderas convertidas en un sfumato de grises claros. De vez en cuando una fuerte descarga retiembla en los cielos y el fogonazo de algún rayo culebrea en lo alto del monte.

Es el momento de la lectura. Ayer  tarde comencé un libro, regalo de reyes que me vino a través del ciberespacio, El Reino, de Emmanuel Carrère, que abrí y seguí con interés durante un par de horas, pero que ya en la cama a punto de dormir decidí abandonar. El libro tenía buena pinta en su comienzo, planteaba el autor un tema bastante común en nuestra sociedad, la obviedad de que personas inteligentes y con cultura a estas alturas todavía puedan ser católicos, que cosas que pertenecen al ámbito de la ciencia ficción como que alguien que ha muerto resucite al tercer día de enterrado, que dé de beber a sus discípulos su propia sangre, o que un Dios haga concebir en una mujer a su propio hijo, amén de otra serie de barbaridades, puedan ser aceptadas sin ningún tipo de traba por millones de creyentes parecía al autor tan inverosímil como cualquiera de las más imaginativas historias de ciencia ficción. Lo chocante del caso es que poco después de esta introducción el autor nos confiesa que, pese a estas “obviedades”, hubo un momento de su vida en que después de una serie de circunstancias vino a convertirse al catolícismo y a aceptar todas las premisas que antes le habían parecido absurdas con una devoción y una aplicación tan a su vez inverosímiles, que pensé que lo que estaba haciendo el autor era jugar al corre que te pillo con el lector. No pude seguir con el libro, volver desde un ateísmo puro y duro a una angelical e ingenua práctica del catolicismo es un asunto que me parece totalmente inviable. Por demás tampoco me apetecía sumergirme en ese clima enfermizo de creyentes a los que parece que se les ha aparecido la virgen para cambiarles la vida.

En alguna ocasión creo haber escrito en un tono no exento de guasa algo que podría llevar un título como: La única religión verdadera, ese o algo parecido. Creo que aquello, no estoy seguro del todo, tenía que ver con ciertas ramificaciones del tantrismo. El empeño de dedicar algún tiempo del día a cerrar los ojos para ponerse en comunicación con un dios, una virgen, la sustancia vital, el Todo, es un ejercicio en general muy saludable que probablemente cualquier psicólogo estaría dispuesto a aceptar como terapia para paliar alguna disfunción y ayudar al paciente a encontrar un poco de paz dentro de sí. Sin embargo, la meditación dentro de la amplitud y las modalidades de su práctica, entre las que estaría la oración católica, donde tiene a mi parecer su más dulce utilidad es dentro de seno del erotismo (mejor no ponerle el adjetivo de tántrico y dejarlo así a secas). Entre las cosas interesantes que he leído últimamente se encuentra la historia de un anciano que busca en el retiro de una región del Yunang entre las motañas de Jingang un lugar para pasar los últimos años de su vida. En su aislamiento entre aquellas montañas había descubierto que en algún instante, cuando al alba cada mañana subía a un altillo junto a su choza para meditar, en sus genitales se producía cierto rumor de arroyo. Al principio no hizo mucho caso a aquel rumor, pero sucedió que la historia se empezó a repetir con cierta frecuencia al punto de que un día, que se había olvidado sus calzones en el perchero de la choza, notó mientras meditaba, que el contacto de sus muslos con la adormecida envoltura de su pirindola, junto al calorcillo de los testículos que colgaban calurosos colgados entre sus piernas, empezaban a producir por ahí abajo cierto bienestar que prometía algo lejanamente olvidado. Como la meditación era el propósito irrenunciable de su aislamiento en aquellos montes y viendo que aquello se repetía a menudo cada vez que, cerrando los ojos sobre la hierba se aprestaba a que la luz del alba llegara hasta él que repetía para sus adentros el acostumbrado mantra de Om, Om, un día decidió dejar correr a su suerte las sensaciones que le subían desde ese centro mágico a todo el cuerpo. Y fue así, en la posición de loto, como poco a poco, tras descubrir la autonomía con que su pirindola se enervaba allí abajo empujada por una cada vez más asombrosa fuerza que parecía nacer en los alrededores de la vejiga, que comprendió que acaso si un dios podía estar en alguna parte, indudablemente su lugar era aquel, ese centro de su yo donde cada mañana al alba empezaba a producirse cierto cataclismo sin que él llegara a mover un sólo músculo.

Él otro día decía por aquí que para sonreír usamos doce músculos y cuando nos enfadamos alrededor de cuarenta y siete. A estas alturas del relato puedo adivinar en la cabeza del anciano la sorpresa de ir descubriendo cada mañana que aquello que tenía allá abajo y que había usado toda su vida moviendo tan sólo tres o cuatro músculos podía empezar a usarlo de maneras muy diferentes despertando algunas docenas de músculos más que jamás había utilizado. ¿Pero cómo es posible, se repetía cada mañana asombrado para sus adentros, comprobando cómo su pajarito dormido y aletargado sobre su pierna izquierda, que al sólo estímulo de un lejano recuerdo del cuerpo de una fémina de su pueblo, éste diera un pequeño respingo, se agitara y poco después, mientras el anciano entraba en profunda meditación desnudando con sus ojos cerrados a su paisana, se irguiera como el palo mayor de un velero?

No aburro más a nadie. El anciano, que permaneció años en su cabaña sobre aquel cerro, a partir de entonces dedicó el resto de su vida a perfeccionar sus relaciones con cada parte de su cuerpo, despertaba músculos dormidos desde siempre, alentaba su imaginación, se concentraba sobre la raíz de su língam, lo despabilaba, lo hacía brincar, suscitaba el calor de sus muslos que ardían sin remedio; todo su cuerpo se estremecía.

El momento de la perfección llegó el día en que ya no fue necesario mover ningún músculo, subía al cerro como siempre al amanecer, cruzaba las piernas, juntaba sus dedos pulgar y medio, depositaba sus manos hacia arriba sobre sus rodillas, cerraba los ojos, hacía un rato de pranayama y un instante más tarde, totalmente inmovilizado, buscaba en su memoria un yoni querido, la forma sugestiva de un trasero, unas caderas y eso era todo, ahí estaba su língam, la energía toda del universo concentrada en él, su pirindola todo potencia, todo turgencia, y su cuerpo un puro estremecimiento... y entrecortados gemidos y lágrimas en sus ojos. Y el sol desperezando la niebla, atravesando el bosque mientras el milagro y la meditación del anciano seguía su curso en sucesivas y suaves oleada de placer.