Yakarta, 3 de enero de 2016
En el patio del museo suenan como un arroyo lejano las notas de una música que hace pensar en el interior de una jungla, uno de esos parajes en que la vegetación y los siglos se han tragado un incalculado número de dioses que no se resignan a desaparecer y que de tanto en tanto entonan desde su lejanía el recitado de alguna invocación religiosa. Esa es la sensación que tuve esta mañana mientras visitaba el patio principal del Museo Nacional donde se exhibían las reproducciones en piedra volcánica del extenso panteón de dioses y diosas de la iconografía hindú. Era un intento de acercar a los visitantes al ambiente propio de la selva donde aquellos dioses y diosas fueron concebidos, dioses elefantes, deidades metamorfoseadas en búfalos, dioses de múltiples brazos, cómicas deidades disfrazadas para algún improvisado carnaval. Probablemente imágenes que todos hemos visto alguna vez y que incorporadas al acerbo cultural de oriente miramos desde hace tiempo con toda normalidad de la misma manera que miramos a los ángeles, la paloma que representa a la Santísima Trinidad o la Inmaculada Concepción subida en una nube. La música estaba escrita en parecida clave a la que suena hoy cada ciertas horas de la noche en los monasterios cistercienses de España. La música predispone al espíritu a entrar en sintonía con un mundo que, siendo tan sólo creación de los hombres, éste a través de los siglos ha logrado transustanciar en algo superior e infinito capaz de proporcionarles alivio para sus penas, protección ante las desgracias y, sobre todo, certeza para librarse de la muerte. Que los hombres más primitivos buscaran explicaciones a la realidad e intentaran crear un mundo conceptual que diera acogida a sus dudas, padecimientos o aspiraciones debía de estar escrita en el ADN del principio de la vida racional que sentaría más tarde las bases del principio del nacimiento de toda religión. Un elefante transformado en deidad con específicas funciones, dios de la ciencia en este caso, al modo en que los griegos tenían al dios del mar, la diosa de la belleza y del amor o el dios del viento; un lingam y un yoni, que simbolizaban a Shiva y Parvati en la realización del proceso de la creación del mundo; tantos dioses de orden inferior que parecían cubrir todas las necesidades específicas del hombre y que a la hora de darles cuerpo naturalmente adquirían las formas familiares de los animales que conocían aunque también la forma estereotipada y rijosa de personajes con cierto aspecto estrafalario y fiero, cuando no amable y bonachón como aquel happy buda de abultado abdomen que parece vivir en el mejor de los mundos.
Contemplar el hecho religioso en la perspectiva del tiempo y de la profundización del conocimiento científico debería alumbrar en el hombre una suave condescendencia hacia sí mismos y hacia todos sus predecesores que durante siglos buscaron la manera de aliviar sus penas de tan fantasiosas maneras con éxitos tan notables. Las cosas así, y en un momento más avanzado, uno no puede dejar de imaginar a los brahamanes y otros especímenes similares, diseñando los códigos de comportamiento y estableciendo la pirámide en donde una clase, la de los propios brahamanes, habrá de ocupar la cúspide mientras que otra, la de los más desfavorecidos, los parias, habrán de dedicarse a limpiar las letrinas. Que las religiones fueron contaminadas enseguida por estos particulares intereses lo muestra su historia, en donde siempre hay y habrá los listillos de siempre destinados a ocupar la diestra de los dioses mientras que los otros habrán de desarrollar una sumisión lindante con la imbecilidad. Sumisión de las mujeres en el Islam, encumbramiento de los imanes, la infabilidad de determinados asertos del Papa, la clase clerical en nuestro país frente a las corrientes católicas vanguardistas, o frente a los pobres, la vergonzosa condición de los dalit o parias de la India en un sistema de castas inventado precisamente para hacer infranqueable el abismo que separa a la gente humilde de los guapos de siempre.
Que un pastor llamado Mahoma que vivió en el siglo VI en la península Arábica, cuya cultura acaso no estuviera muy lejos de uno de los cabreros de algún rincón perdido de África, pueda ser el responsable directo de que en nuestros días la mujer sufra una degradante condición de inferioridad, y ello después de un milenio y medio de lucha del hombre por abrirse paso en la oscuridad del conocimiento, después de todo esto tengamos lo que tenemos en los países musulmanes habla del profundo enraizamiento que los popes consiguieron en las mentes de sus coetáneos. Y cómo por consiguiente con qué fuerza estas creencias fueron impulsadas en las mentes de las generaciones futuras. Y otro tanto puede decirse del hinduísmo y, por supuesto, del catolicismo. La profundidad con que las creencias religiosas fueron inoculadas en los tiernos cerebros de los infantes a través de los siglos propiciando una profundización posterior en el cerebro de los adultos, es un hecho que sólo se explica por la necesidad en el hombre, como quien se agarra a un clavo ardiente, de librarse de las penalidades y la muerte. Para las religiones principales del mundo no hay mejor aliado que este miedo pereclitado a morir más el plus de ofrecer, claro, una bella parcela en el otro mundo en donde vivir eternamente, algo esto último tan ridículo que podría hacer enrojecer a cualquier adolescente librado en su primera infancia de las garras de los popes.
Este es el resultado de encontrarme esta mañana rodeado por centenares de estatuas pertenecientes a la iconografía del hinduismo. Un conocimiento y unas conclusiones que entran por la piel cuando uno se para a considerar la consistencia de las religiones, y ello aunque todo este muestrario esté avalado por el prestigio literario de dos de los textos más importantes de la antiguedad, el Mahabharata y el Ramayana, o precisamente por ello.
La música continuaba sonando cuando abandonamos el museo. Si no hubiera sido por aquella música seguro que estas reflexiones no habrían llegado a mi consideración; hacía demasiado calor para ello y el calor me suele ablandar el cerebro considerablemente. Pero sucedió, el hecho religioso sigue siendo una de las constantes que me cuestionan cada cierto tiempo. Los restos que las religiones han ido dejando por ahí como tesoros inestimables en forma de música, monumentos o espacios donde meditar y reconsiderar la levedad de nuestras vidas es tan amplio y universal que sólo por ello, en aquello que no ha sido degradante para el hombre o la mujer, deberíamos estar agradecidos a los que han mantenido viva la llama de la religiosidad. Sólo el arte justifica a la religión.
