Acarreadoras de piedras, arrozales, hinduismo...

Ubud, Balí, 19 de enero de 2016

Los arrozales junto con una buena parte de nuestros campos de Castilla albergan unos de los paisajes agrícolas más bellos con los que uno pueda tropezarse. El aspecto marino de Castilla con sus rastrojales ardiendo a la caída de la tarde, la masa de tonalidades cálidas describiendo en la sinuosidad de los surcos armoniosos rastros propios de Brueghel o Van Gogh tienen al principio del día o durante el crepúsculo una belleza que sólo por sí misma ya podría uno decidirse a hacer alguno de los caminos de Santiago que la cruzan. En Oriente, los equivalentes de nuestros campos tostados de agosto o los de verde brillante casi siempre costelados por el flequillo rojo sangre de las amapolas, son los arrozales, siempre un espectáculo de planos luminosos donde las nubes y el azul del cielo desparramados en reflejos sobre las superficies de agua comparten el espacio con el delicado verde de las plántulas del arroz; armonía de curvas y contracurvas, todo un laberinto de terrazas donde hombres y mujeres laborean en un contraluz que mi cámara, siempre deseosa de armonías y colores, agradece segura de terminar el día con unas buenas tomas.

Eso fue ayer,  antes de visitar el templo de Jatiluwih un largo paseo matinal de más de dos horas por las colinas circundantes, cuyas laderas formaban un complejo paisaje de entrantes y salientes todos ocupado por arrozales que a primera hora de la mañana eran un juego de luces y sombras entre el que era muy agradable pasear. Despues, no muy lejos de allí, nos dirigimos al templo, un complejo religioso esparcido por la jungla donde era norma vestirse a la antigua usanza para visitarlo, una pieza de tela rectangular, llamada dothi, que se arrolla de cintura para abajo; en este caso lo llevaban hombres y mujeres. Todas las fachadas y estatuas vestían la pátina verdosa con que la humedad y el tiempo revisten todo en la selva. En general nuestras visitas a estos lugares son todo menos visitas de índole religioso o cultural; prima nuestro interés estético por encima de todo, seres amenazantes, representación de monos o dioses o personajes de la antigua épica del Mahabarata o el Ramayana, constituyen para nosotros un elemento esencialmente estético relacionado con las luces, las sombras, sus posibilidades plásticas. Ayer mismo empecé a leer un libro titulado Hinduismo, que quizás me introduzca un poco más en este esotérico mundo del hinduismo; no estoy seguro.

Mientras tanto el hinduismo, lo poco que sé de él y lo mucho que he visto en mis viajes por Oriente, no me apremia a profundizar en él,  he sospechado siempre que el hinduismo es la organización de un mundo por parte de las clases más altas, los brahamanes, a la medida de quienes lo han creado; algo que, curiosamente, afirmaba hoy mismo Teresa Rodríguez en las páginas de El Diario. Éstas eran sus palabras: “Las instituciones en España son un traje a medida de quien las han diseñado”.  Una religión cuyas raíces se retrotraen a cuatro mil años atrás, y que básicamente imaginó esa idea elemental y común a todas las religiones, de la lucha de el Bien y el Mal en torno a dioses y mitos de compleja constitución que nacieron del entorno animalístico y natural del país en donde se originó. Eso y la necesidad de pasar por sucesivas vidas para, mejorando en cada una de las reencarnaciones nuestro dharma a fin de alcanzar la liberación espiritual, el estado de felicidad supremo, el nirvana. Naturalmente en una organización social de esta índole en donde ya existían una jerarquías muy estratificadas con enormes diferencias sociales, era de cajón, que la religión, sus popes, lo que harían sería santificar el statu quo que ahondaba las diferencia entre las clases superiores y los más desfavorecidos, dejando en este extremo a los parias, también llamados intocables o dalits, una clase social que tradicionalmente eran aislados en sus propias comunidades, hasta el punto de que las clases superiores evitaban el contacto de sus sombras. El hinduismo desprende un tufillo a primitivismo que se ha ahondado en mí durante mis viajes. Las ceremonias que presencié en una ocasión al sur de la península de Malasia donde algunos individuos eran atravesados en brazos, rostros y espalda por ganchos de hierro  para ser paseados entre la multitud como si fueran bestias era algo estremecedor que dejó una profunda huella en mí y que hablaba más que de cuestiones religiosas de pura superstición y salvajismo (dejo aquí el enlace del post, y las fotografías, de entonces. http://elchorrilloviajar.blogspot.com.es/2009/01/un-festival-hindu.html).

De todos modos prometo curar mi ignorancia leyendo de pe a pa el libro a que hacía referencia más arriba. El viajero tiene que confesar de continuo su ignoracia, entre otras cosas porque la vida no me da para más y dejar de ser ignorante en muchos temas requiere una cantidad de tiempo enorme de la cual yo no dispongo porque entre el número de asuntos que me ocupan caben ya muy pocas cosas más, amén de ese otro tiempo necesario de ciertos ejercicios a los que el amigo Santiago Pino se refería en un comentario reciente en el Facebook a raíz de un post mío titulado Sólo para adultos y algo más.

Insisto, viajar hace que descubras a cada momento lo ignorante que eres. Este asunto de más abajo, por ejemplo, lo atestigua. Esta mañana, camino de Neka Museum, cuando salíamos del hotel, una estrecha callejuela que zigzaguea por unos minutos hasta desembocar en la calle principal nos cruzamos enseguida con obreros de la construcción que empujaban carretillas con tierra camino de la obra próxima; más allá era una fila mujeres con cubos de plástico lleno de grandes rocas sobre la cabeza las que se dirigían a la obra. Su gesto es duro y ausente. Cuando doblamos la esquina encontramos un numeroso grupo de ellas ocupadas en llenar sus cestos con las rocas; algunas portaban una enorme roca simplemente sobre la cabeza. Probablemente con una carretilla podrían cargar diez veces más que llevando las rocas sobre la cabeza, pensé nada más verlas. Parece una escena corriente en las calles de Ubud, una ciudad donde corre el dinero y abunda el turismo incluso ahora que estamos en temporada baja. La constitución del las mujeres es menuda, su gesto adusto, la profundidad de sus ojos es toda indiferencia. Balí, una isla de mayoría hinduista; quizás el hinduismo tenga algo que ver con esta anacronía en donde algunos seres humanos no están muy lejos de la condición animal; así lo veía yo al menos.  Quizás trabajen estas mujeres, ninguna de aspecto joven, durante años en estas condiciones. Sus compañeros de obra usaban carretillas, ellas no. Soy un ignorante: ¿acaso significa algo esto?

La imagen de estas mujeres con aquellas grandes rocas sobre la cabeza me persiguió hasta las salas del Museo Neka, el principal y más interesante de la ciudad y donde se guarda una parte importante de todo el arte de este país.  Todo el mundo sabe que en todas las culturas menos avanzadas las mujeres pueden cargar grandes pesos en la cabeza, incluidos grandes cántaros, piedras, sacos, lo que les echen, pero no es lo mismo tropezarse con ellas vestidas casi con harapos con tan considerables pesos sobre el cráneo. En las salas del museo volví a encontrármelas en algunas pinturas, un hecho que en otras circunstancias me habría pasado desapercibido o no me habría llamado la atención sí lo hizo en esta ocasión, en varias salas el pintor había recogido estampas femeninas similares a las qur yo había visto den la calle, si bien con un halo estético que complementaba el contexto del lienzo  (algunas fotos más abajo). Una escena de lo más cotidiana, pero que descontextualizada en mi cabeza, acaso relacionada con la explotación, con la pobreza producía en mí cierta repugnancia, ahora contemplada desde el mundo del arte, en cierto modo el arte como una genuina manifestación del arte de vivir, valga la redundancia, lo que hacía era cuestionar mi visión de hombre occidental, eso que tanto daño hace a la interpretación de las culturas cuando valoramos otras alejadas de nuestro punto de vista occidental. No estoy seguro. Contemplar el buen vivir de esta ciudad indonesia junto a costumbres o trabajos tan duros en mujeres tan menudas, tan mayores, además de dejarme perplejo interroga sobre la complacencia o no que debemos tener con ciertos aspectos de otras culturas que en la nuestra resultarían totalmente recriminatorias.