Yukio Mishima frente a Clint Eastwood

Osaka, 7 de noviembre de 2015

Decir que la prosa de Henry Miller es pura poesía sería decir demasiado, pero sin embargo qué honda poesía corre de tanto en tanto entre las muchas páginas de grotesca y dura realidad. De golpe cambia de registro, se sustrae al paisaje sobre el que ha discurrido durante montones de páginas y,fertilidad" flor solitaria creciendo en medio de un triste estercolero brota la belleza neta que se esconde en los pliegues de toda realidad, "me detengo un momento para recobrarme de la conmoción que experimenta uno cuando el gris habitual del mundo se desgarra y el color de la vida salta y salpica en canciones y poemas". Quizás sea esta certeza la que hace que Henry Miller me atraiga con especial fuerza. Su mirada irónica sobre el mundo es como una máquina trituradora que redujera la realidad a una sórdida estampa de la que es imposible librarse, pero la fugacidad con que aparecen aquí y allá cacillos de esencia hace precisamente en la fuerza del contraste que esas pequeñas joyas brillen con intensa fuerza.

Hoy estuvimos en una inmensa sala de matar marcianos. Había cerca un espacio llamado de entretenimiento, un edificio extenso como tres plantas del Corte Inglés de Preciados, que nos sirvió de referencia para encontrar un Cibercafé, y decidimos pasar a ver en qué consistía aquello. De entrada nuestros tímpanos parecieron no poder resistir los decibelios de la "música" que golpeaba allí contra techos, paredes y tímpanos mientras centenares de personas frente a barrocas pantallas de videojuegos se dedicaban concentradísimos a la apasionante tarea de matar marcianos aferrados a unos joysticks como si estos fueran los órganos genitales de un objeto de deseo improrrogable.

La gran sala diáfana había sido amueblada con largas filas de sofisticadas máquinas de videojuegos que ocupaban jóvenes y no tan jóvenes, una multitud, todos sumergidos en el pequeño mundo de una pantalla donde se producía una batalla o caza de brujas en la cual el jugador, sumergido en la trama y en la música que golpeaba inmisericorde sus oídos, ejercía de sujeto activo capaz de dar muerte a supuestos enemigos con toda clase de artilugios para matar. El staff del local lo componían dos clase de personas, unas disfrazadas de batman o similares y otras vestidas con la etiqueta propia de un hotel de cinco estrellas. Un muy curioso espectáculo muy propio de nuestro sustancial progreso. Salir de allí al aire fresco de la calle, al ruido ya notorio que había en ella, era un gran alivio para nuestros oídos.

El día anterior habíamos visitado el santuario de Tanzan-jinja en las cercanías de Sakurai, donde la quietud de un Japón de otros tiempos dormía entre el esplendor de las hojas rojizas de los arces, y nuestro ánimo, bañado por ese ardor hacia la naturaleza que la cultura del Japón ha plasmado en la literatura, el cine, la música y en tantos ritos ancestrales pareció encontrar eso que precisamente buscaba confirmar. No de otra manera conocemos una cultura o un país que no sea a través de las lecturas o sus manifestaciones artísticas. Cada cual cuando pisa un país nuevo se acerca a él con la carga de los libros que ha leído o de las películas que vio, y en mi caso mi acercamiento al Japón son Yukio Mishima, Yasunari Kawabata, YunichiroTanizaki, los cineastas Nagisa Oshima, Akira Kurosawa, Yasuhiro Ozu, y luego aquí y allá, junto al reciente Murakami, fragmentos de poesía o prosa cuya autoría y asuntos ya olvidé, y todo ello, unido a la historia, su participación en la Segunda Guerra Mundial, el comportamiento cruel en Indonesia, Malasia, China, el desastre de Hiroshima y Nagasaki, comportan los elementos con que uno aterriza en Japón, elementos con los que empezará a corretear por las calles y el paisaje humano y que serán el referente a través del cual constatar o no una visión de estas islas y su gente.

Ni se me ocurriría tratar de comparar poniendo una junto a otra la realidad que yo intuía procedente de mis lecturas y aquella otra que me va suministrando la calle. El viajero no está preparado para una labor de ese tipo, el viajero olfatea, mira, escucha, degusta un menú, cuando va en el tren, uno de cercanías parecidos a los nuestros donde los pasajeros se sientan unos frente a otros, observa con atención a los ancianos, un buen número de ellos de excursión como nosotros a hacer alguna caminata por el otoño que se ha empezado a vestir de gala, a los jóvenes, a los adolescentes, alguno de ellos haciendo los deberes en el tren camino del instituto, a algunos empleados rigurosamente trajeados. Esa es la labor del viajero, para sacar conclusiones están los sociólogos, los estudiosos todos de lo humano. El viajero mira y siente que ese deporte tan familiar se convierte en momentos en un placer cuando un puñado de pequeños detalles saca de su aislamiento al pasajero, una señora que no llega a bajar su bolso del maletero y a la que el viajero ayuda, otra que viaja de pie y declina el ofrecimiento con una cortés y amable sonrisa, una leve inclinación de cabeza; la deferente cortesía que se respira en el vagón me recuerda lo mejor de ésta que uno ha disfrutado en algunos países del mundo, la elegancia del bonjour matinal cuando algún pasajero sube una mañana temprano en el autobús que le llevará al pueblo siguiente en el sur de Francia, la deferencia y amabilidad de algunos paisanos de un pequeño pueblo italiano en los Alpes, el empeño por ayudarte de una señora a la que preguntas por una dirección en las calles de Irlanda. Esta mañana todos el mundo es tan cojonudamente amable y cortés que poco falta para que te encuentros como en tu propia casa.

La burla y la ironía con que Henry Miller afronta una sustancial parte de nuestra loca sociedad y de la vida en general, frente al dramatismo y espíritu regenerador con que lo asume Yukio Mishima llevando su vida hasta una autoinmolación que corre pareja con el desarrollo de su obra final, la tetralogía "El mar de la fertilidad", quizás sea un ejemplo significativo de algo que diferenció siempre a una parte de la cultura japonesa de la americana, aquella dando vida a personajes en donde la muerte y el suicidio forma parte de una estética moral muy acendrada en el país, frente a aquella otra de los héroes de los westerns como espectáculo de una individualidad ostentosa movida también por un fuero interno pero deseo éste de un calor del reconocimiento de los otros que está ausente en lo japonés. Eso o que acaso Mishima no sea un ejemplo que sirva para generalizar, especialmente al final de sus días.