Urumqi, Xinjiang, China, 21 de octubre de 2015
Nuestros primeros momentos en China son algo desconcertantes. Horas parados en la frontera con meticulosos registros de cada pieza del equipaje, uno la policía, otro los aduaneros. Mi navaja me la devolverán cuando vuelva a atravesar China por esta frontera, es decir, en mi siguiente reencarnación o la otra, medicinas, explicaciones sobre el uso de ellas, las respectivas prescripciones médicas. Correctos, con perfecto dominio del inglés, cosa totalmente inusual en Asia Central, pero meticulosos hasta el ridículo. El entorno de la llegada a la estación de Urumqi es también digno de contar: laberintos de vallas por las que circular, registro y paso y a través de tres escaner del equipaje, montones de policías por todos los lados, tanquetas del ejército, soldados con los prismáticos en sus torretas vigilando la plaza... Nos costó salir de aquel laberinto un buen rato. Ni palabra de inglés por ningún lado, puesto de información ninguno, mogollón de gente, toda una multitud en todas las direcciones. Más tarde añadiríamos más detalles a esta lista. Encontraríamos las calles tomadas por la policía, cada cierto tiempo también alguna tanqueta, garitas y enrejados de protección para policías y soldados, un laberinto de escaners para entrar en tiendas, restaurantes y paradas de autobús. En uno de esos escaners me volverían a pedir que deshiciera el macuto, de él requisaron mi crema de afeitar. Más vale dejar este tema zanjado y hablar de otras cosas. En el hotel el wifi funciona sólo para el WhatsApp, aunque no carga las imágenes, indagamos y al final el gerente nos enseña en su teléfono una nota explicativa en inglés que dice que en Xinjiang los extranjeros no tienen acceso a Internet a través de sus propios terminales. ¿Es esto China?, nos preguntamos. Quizás, no lo sabemos, quizás esta situación se ciña a algunos lugares en particular. Tibet todavía está más controlado, no se puede entrar en la región sin un guía y fuera de la organización de una agencia de viaje.
De todos modos tenemos que confesar que nuestra primera preocupación a estas alturas del año era ir en busca del otoño allí donde éste pudiera mostrarse lo más bello posible. Mi afición por el otoño y sus bosques es una antigua fijación de la que no logro desprenderme cuando el mes de octubre aparece en las hojas del calendario. He pasado largos ratos buscando en la guía y en Internet los rincones de otoño que pueda tener Xinjiang y lo que hemos descubierto está fuera de nuestro presupuesto, uno en los bosques de Altai, al norte, junto a la frontera con Mongolia y por encima de los dos mil y tres mil metros, lo que hace presumible que los árboles estarán ya desnudos, y otro relativamente cerca, las montañas de Tian Chí y su Lago del Cielo, a algunas horas de Urumqi, un lugar que visitamos ya hace quince años pero para el que en esta estación no existe servicio público de transporte. Aquí, que los taxis han dejado de ser baratos como lo eran casi siempre en Asia Central, se nos va a hacer difícil alcanzar determinados lugares fuera de estación. Para más inri no ha dejado de llover en los últimos días.
De momento se nos ha convertido en una pequeña aventura el localizar algún destino en la ciudad, ayer empleamos medio día en encontrar la oficina donde expenden los billetes de tren. Disponíamos de la dirección en caracteres latinos, que al parecer aquí pocas personas interpretan. Así que fuimos de una parte a otra de la ciudad hasta descubrir, cuando dimos con el sitio, que la oficina se había mudado a la estación de tren, el enjambre de vallas, policías, escaners que habíamos atravesado el primer día. Recuperamos fuerza para el segundo tramo de nuestra búsqueda en un restaurante, nuestro primer encuentro con las exquisiteces de la cocina china. Sin duda que no hay país en el mundo con una cocina como la de este país a lo que se suma una diversidad que difícilmente puede encontrarse en lugar alguno del mundo. Contaba Vicente Verdú en uno de sus libros cómo preguntado el chef del hotel por el número de platos que podían preparar, éste le contestaba que en torno a cuatrocientos, pero que en unos meses estarían preparados para ofrecer más de setecientos platos distintos. El local en que entramos, donde una docena de restaurantes ofrecían sus servicios y en el medio del cual los cocineros trabajaban cara al público, uno podía perderse tratando de encontrar lo que quería comer. Por la noche repetiríamos la experiencia en otro restaurante en la parte opuesta de la ciudad, junto a la cocina, también frente al público, se exhibía un mosaico de fotografías en donde aparecían los platos que se podían elegir. No habría menos de doscientos platos en aquel mural. El pescado nos lo sirvieron nadando en una gran cazuela rebosante de especias, brotes de soja, algas y elementos no identificados, nuestros pobres conocimientos culinarios... Por más que quisimos mitigarlo con arroz tocó llorar durante toda la comida. Era nuestro esfuerzo por habituar nuestro paladar al picante de Oriente. Poco a poco el pescado y su salsa, delicious, nos había advertido la camarera en su breve inglés, acompañado por langostinos bañados en una salsa levemente dulce, y por un plato en donde se mezclaban entre otros elementos patas de calamares regadas de pimentón, fue aplacando nuestro apetito que fue regado en este caso con abundante y rubia cerveza china servida, eso sí que no cuadraba con nuestros gustos, casi caliente. Por cierto, en ambos restaurantes nos sirvieron con la comida una buena tetera de agua caliente. En el primer restaurante tratamos de comunicarnos inútilmente con la camarera a través del traductor Google para saber qué se hacía con el agua. La probamos, simple agua caliente. Terminamos especulando que como no usan servilletas acaso el agua sirviera para lavarse las manos. Fue el uso que le dimos al bol de agua calda, perdón, el uso que le di yo, que la hortelana es mucho más recatada para esas cosas, aunque esta misma mañana a punto estuvo de cometer un disparate intentando fotografiar a una tanqueta y a sus soldados en plena calle; casi la tuve que coger del pescuezo para que no lo hiciera. Ya me veía yo en algún calabozo por atentar contra el omnímodo poder chino...
En la estación de tren el caos era el mismo que el día anterior. En este caso sólo tuvimos que atravesar dos escaners para llegar al hall de venta de billetes. Hicimos una hora de cola y cerca ya de la taquilla encontramos una chinita que no tuvo inconveniente en echarnos una mano con los billetes. Salimos de la estación como quien acaba de atravesar la meta de un maratón. Un escaner más para coger el autobús y ya casi estábamos en casa de nuevo.