Dunhuang, China, 24 de octubre de 2015
Decir que uno ha paseado por el desierto de Gobi cuando lo que realmente ha hecho ha sido salir a las afueras de la ciudad de Dunhuang y hacer una larga caminata por las enormes dunas que presiden como montañas los alrededores, es un poco exagerado, pero la cosa sirve sin embargo para dejar testimonio de la desmesura de todo lo que había más allá, un horizonte de arena cuya principal característica en la tarde de ayer era la belleza plástica, las líneas bellamente onduladas que la arena dibujaba desde las cercanías de un pequeño bosque de álamos hasta la cima de una duna que a esta hora dejaba en la umbría jeroglíficos de suaves tonalidades ocres.
No deja de ser curioso que mi afición a los viajes esté estrechamente ligada a este tipo de fenómenos fugaces como son las dunas y sus formas variables, sus juegos de luces y sombras y paisajes donde en esta época el otoño se viste de exquisitas tonalidades. Me asomo a los museos y a determinadas partes de la ciudad, muchas veces por acompañar a Victoria, otras por liviana curiosidad, es cierto, pero dentro de mí la pasión es otra. Yo he nacido preferentemente para solazarme en los grandes paisajes naturales, para pisar las Atenas de los desiertos y para descubrir en las líneas y en los rizos de la arena la esencia de la armonía que se extiende, muchas veces inadvertida, en tantos rincones de la naturaleza.
Viajar, si no tienes oportunidad de adentrarte en las montañas o los desiertos, algo lo hemos intentado, no mucho, para vivir la experiencia de la soledad, los elementos o el esfuerzo, será siempre una versión light del verdadero viaje que sólo es posible echándole a la cosa mucho arrojo y una inimaginable cantidad de tiempo, tiempo libre, ese bien tan escaso en nuestra tan progresista civilización. Una vez, atravesando el desierto en un vuelo entre Teherán y alguna isla del golfo Pérsico, mirando la inmensidad de arena y pequeñas cordilleras sobre las que volábamos tuve una de esas inusuales iluminaciones perceptivas que haces que veas el mundo como un magnífico y salvaje lugar destinado para que apenas unos pocos valientes privilegiados puedan disfrutarlo con total plenitud. Aquello era tan vasto, tan inabarcable, tan imposible de atravesar, y por tanto de experimentar y de amar con todas tus fuerzas, que sólo me parecía destinado para retar la esencia de nuestras más nobles y mejores capacidades humanas. Fue una sensación fugaz tras el ojo de buey del avión pero que tiene todavía hoy la fuerza de despertar mi admiración por esos hombres y mujeres que hicieron de recorrer los más recónditos rincones del mundo su vida. Una visión similar me asaltó un invierno asomado a la borda de un barco que había dejado atrás el estrecho de Magallanes al sur de Chile y que se adentraba en el laberinto de fiordos e islas rodeados de altas montañas y glaciares. En aquella ocasión era el recuerdo de Elcano, Magallanes y sus compañeros. Recuerdo que viendo aquel mundo helado y solitario desde mi cómoda posición de viajero de paso pude sentir, aun así, esa vibrante sensación de admiración por los pioneros de toda condición que cruzaron mares, desiertos o selvas retando toda clase de peligros y sufrimientos.
Cuando ayer trepábamos por las dunas de Dunhuang tratando de alcanzar un punto alto antes de que el sol se ocultase y miraba a mi alrededor a gente merodeando por las dunas con parecidos afanes estéticos, pensaba en cuán diferente es esto que hoy llamamos viajar en relación con otro tipo de viajes que llevan a los viajeros a las cimas de las grandes montañas o a las travesías de los desiertos o mares con medios elementales. Y pensaba naturalmente en las distintas compensaciones que unos y otros reciben. Nosotros habíamos atravesado en un tren nocturno el desierto de Taklamakan cómodamente dormidos en una litera, habíamos bajado en una estación de tren a las puertas del desierto de Gobi y tres o cuatro horas más tarde, tras un breve trayecto en microbús, nos encontrábamos emulando a Stanley, Livingston o Lawrence de Arabia en un viaje ficticio por el desierto.
Allá, como clásico turista en calzones cortos, con nuestra reflex colgando del cuello y nuestros andares de niños curiosos dispuestos a arrastrar cuesta abajo el culo por las pendientes de las dunas era muy difícil dejar de ver el desierto como quien mira las secuencias paisajísticas de una película. Nada de la soledad que la infinitud de la arena transmite, de la sed, del esplendor de la noche porque de noche se nos hizo regresando, ni siquiera apenas nada de esa fría compañía que transmite la luna colgando sobre el horizonte.
Seguimos viaje. Ahora con las comunicaciones casi cortadas con el exterior, la salvaje censura que ejerce el gobierno sobre los medios de comunicación nos deja un tanto aislados. Nuestro acceso a Internet se limitan a unas pocas páginas, el Facebook no funciona, el WhatsApp limitadamente y por supuesto nuestras posibilidades de subir el material de los posts a través de nuestros teléfonos. Hoy trataremos de localizar algún servicio de Internet para volver a ponernos en comunicación con el mundo.
No recuerdo si lo he contado días atrás. El frío y el mal tiempo nos ha hecho reconsiderar, una vez más, nuestro itinerario y ahora tratamos de dirigirnos al sur camino de Taiwan y Filipinas. Ya volveremos al norte con la primavera, si es que no se nos pone ningún impedimento importante por medio, incluida la posibilidad de que terminemos acumulando demasiado cansancio. Lo decía Victoria ayer, esto de viajar es un curro puro y duro. Sí, especialmente cuando es tan difícil entenderse para los asuntos elementales. Me preguntaba ayer Martín Arnanz, del Navi, que cuándo tenemos pensado regresar y mi respuesta fue que el mundo es mucho más grande de lo que parece cuando uno está ricamente sentado en su casa tomándose una cerveza. Así que ni idea. Nuestro próximo destino es Xian, veintitrés horas de tren.