Dunhuang - Xian

Dunhuang - Xian, 25 de octubre de 2015

Nieva. La tarde se desvanece en afelpados grises azulados sobre un horizonte de bruma en donde la nieve cae blandamente como en un cuento navideño. Tarde apacible de mirar por la ventana, tracatrá tracatrá tracatrá, como si el tren no tuviera otro destino que la oscuridad de la noche a la que nos dirigimos como quien busca sumergirse en la blandura descansada de un sueño.

Repasando unas notas me encontré con algunas viejas citas de "Trópico de Capricornio", de Henry Miller y enseguida me entraron ganas de su otro trópico, el de Cáncer. Leí a Henry Miller el pasado verano mientras caminaba por los Alpes y me dejó un grato recuerdo que hoy he tratado de recuperar de mis anotaciones. Para que no nos olvidemos del mundo en que vivimos es necesario rescatar una y otra vez algunas ideas, no vaya a ser que la presión del ambiente termine por convertirnos a una normalidad que en absoluto deseamos. Ser una persona normal en el mundo de hoy puede ser algo totalmente insoluble. La cita de Miller la encontré en uno de aquellos posts que escribía al final de cada jornada mientras atravesaba los Alpes. Mi post de entonces lo había titulado
"Si sueñas algo diferente a los otros no eres de este planeta". La cita es ésta: "... tienes que anularte, volverte indistinguible del rebaño; puedes soñar pero los sueños tienen que ser los mismos que los de ellos, pues si sueñas algo diferente no estás en América, no eres un americano de América, sino un hotentote de África o un calmuco o un chimpancé. En cuanto tienes ideas diferentes dejas de ser normal".

Citas así habría que recordarlas a diario de parecida manera a como recordamos cepillarnos los dientes cada día, no vaya a ser que un exceso de normalidad termine por atrofiarnos los sentidos.

Con la música de fondo del traqueteo del tren empiezo una novela más, en esta ocasión "Los hijos muertos", de Ana Maria Matute. La caricia de su lectura viene a ponerme en contacto de nuevo con un mundo rural, en esta ocasión bajo la sombra de señores feudales de corte moderno, dueños de bosques y valles, jornaleros, amores adolescentes, indianos codiciosos, los celos, la muerte en fin en algunas ramificaciones de la novela. Y de ahí, sin apenas darme cuenta y como argumento traído por los pelos me encuentro con la vieja idea de quien banaliza la muerte y hace del muerto una sombra de sí mismo en razón de las buenas costumbres, en razón de esa melosa necesidad que tiene mucha gente de aparecer como buen cristiano practicante que honra con su presencia todos los funerales del año sea quien sea el muerto. Una práctica común también en nuestro entorno. La muerte requiere respeto y no hay mayor respeto y reconocimiento que el deferente silencio, la leve inclinación de cabeza ante la inexorabilidad de la muerte. No sé por qué, pero leyendo a Ana Maria Matute recordé una vez más a un antiguo amigo recientemente fallecido, una muerte que alguno quiso banalizar con los consabidos tópicos de situación mezclándolo con algún refrito de pastelería. Pienso en la muerte y en lo poco seriamente que nos tomamos a los muertos cuando tratamos de mitigarla atrezando a los cadáveres como si fueran rosáceas criaturas dispuestas para debutar en un plató de televisión. Pienso en mi padre, cuando en unos minutos de distracción por nuestra parte en el tanatorio nos lo maquillaron y disfrazaron hasta hacer del cadáver algo irreconocible. Acaso esto último sea una metáfora de ese otro adorno con que nos empeñamos, contra toda realidad de atildar a los muertos con viejas indumentarias y maquillajes que nunca usaron en vida.

Xian, 26 de octubre de 2015

En Xian llovía. En la estación, mientras preparábamos los paraguas, alguien nos abordó con unos folletos de hotel de muchas estrellas pero con precios de pensión en las cercanías de Atocha. Subimos a una furgoneta y diez minutos después estábamos instalados en el centro de la ciudad en un hotel de mullidas alfombras con botones de gorrito de guardia urbano parisiense. Estamos en temporada baja... ya se ve. Tras la comida paseamos por Xian, sacamos para dos días después los billetes de tren a Shangai, después nos dirigimos a la plaza de Bell Tower que a esa hora es un hervidero de gente ociosa. Nuestro viaje ha terminado remansándose en una agradable cotidianidad en donde un día toca dormir en la litera de un tren, otro trepar por las dunas de un desierto, al siguiente pasear ociosamente por las calles de una nueva ciudad. Y naturalmente recalando al final del día o durante una mañana de lluvia en la habitación de un hotel recogidos allí entre nuestros libros, nuestra escritura o raramente en un rato de música. Últimamente habíamos "perdido" mucho tiempo tratando de organizar nuestro itinerario a través de Asia, pero también en esto hemos aprendido a improvisar, de modo que si ayer nos proponíamos ir hacia el sur y Taiwan hoy cambiamos de parecer y de pronto nos pareció más agradable dirigirnos a Shangai para después un tomar un ferry a Japón. No puedo negar que nunca pensé que pudiera andar de una parte a otra del mundo con esta despreocupación con que lo hacemos ahora, cambiar de país, dirigirte al hemisferio sur o al norte, cruzar este u otro mar, aquel u otro desierto, siempre con la libertad de decidir a cada momento lo que tu ánimo te dice. Es una sensación grata, el mundo al alcance de la mano, los libros que quieras leer siempre a tu disposición. En absoluto somos gastones, más bien tendemos a ser austeros, y no porque nos lo propongamos, simplemente porque siempre hemos vivido con sencillez y ello forma parte de nuestro ser y andando por el mundo es bastante fácil ir ajustando el presupuesto de manera que lo mucho que te puedas gastar en algún país lo compensas con creces con lo poco que gastas en otros muchos. Seguro que alguno se extrañaría si dijera que uno puede dar la vuelta al mundo en un prolongado viaje gastando menos de lo que gastaría en el mismo periodo de tiempo estando en casa.

En las calles de Xian no se respira un aire muy distinto al que respiramos en Madrid. Desde la última vez que visitamos China, hace quince años, el país ha da dado un cambio fenomenal. Por ejemplo, las calles de las grandes ciudades de entonces, que eran ocupadas por miles de ciclistas formando un variopinto paisaje humano que nosotros contemplábamos con regocijo son ahora un caos de automóviles en donde cuesta encontrar una bicicleta. China se ha convertido en la mayor potencia económica del mundo, este año superó el producto interior bruto de Estados Unidos, y el aspecto que ofrece el país para un neófito como un servidor es el de una tierra que en pocos años más se va a comer el mundo. Las infraestructuras viarias que vemos por doquier, incluidas las que cruzan sus desiertos, modernas y a años luz de aquellas de Asia Central, hacen prever que el futuro dominio económico del mundo pertenece a este país.  Un país por demás sin libertad y con todo muy atado lo que permite a sus dirigentes trabajar sin el "estorbo" de las democracias, las huelgas o la contestación de los ciudadanos. Lamentablemente los logros de China no son exportables, más bien es un penoso ejemplo para aquellos que entienden que la esencia de la vida, tras tener satisfechas las necesidades más elementales, debe basarse en la libertad y en la posibilidad de organizar la vida de las personas de acuerdo con criterios que nunca deberán ser los del gobierno de turno. Es tan corta la vida que cuando pienso que tuviera que vivir en un país como éste me tiemblan las piernas. Tener que esperar generaciones, "hasta que mis huesos sean harina" para que cien años después los tataranietos vivan aceptablemente es absurdo cuando en realidad el principio y el fin del mundo ni está en el Big Bang ni en el Día del Juicio Final, sino en el comienzo de mi vida y la de los míos y en nuestra propia muerte. El resto es puro cuento. La vida es ahora, no dentro de un siglo o dos. Una vida mejor para después de cien años no aprovecharía nada a la harina de mis huesos.