Almaty, Kazajstán, 15 de octubre de 2015
La mañana se despertó fría y lluviosa. La niebla engullía los últimos pisos de los edificios más altos. De todos los días que llevamos aquí sólo ayer hemos podido ver la cordal de cumbres nevadas que se levantan al sur de Almaty. La ciudad está preciosa con sus innumerables paseos arbolados luciendo el esplendor del otoño, es agradable pasear por ella. Con este tiempo la gama de colores tiene una intensidad y una variedad que el sol achicharra, así que bienvenida la lluvia en aras de la estética, ya que no podemos darnos una vuelta por el monte. Vienen bien en medio de tanto ajetreo unos días de relajo.
Hoy empleamos parte de la jornada en visitar el Museo de Arte. Mientras recorríamos los alfombrados paseos dorados bajo la lluvia empezamos a cuestionar el itinerario que habíamos elegido para los siguientes días y que básicamente consistía en alcanzar desde Urumqi, en China, la frontera de Mongolia y pasar un par de semanas recorriendo ese pais. Mirando aquí y allá habíamos descubierto la posibilidad de acceder a Mongolia por un paso que ninguna guía menciona, al sur de los montes Altai, para desde allí dirigirnos a Ulan Bator a través de infernales carreteras de tierra, al decir de algunos viajeros, para después visitar el desierto de Gobi y algún lugar más; pero, siempre hay pero, anoche habíamos echado un vistazo al tiempo y resultó que en estos días la temperatura en Ulan Bator oscila entre una máxima de cinco grados y una mínima de siete que días después será de doce bajo cero. Y en el libro que leía esta mañana, "Like an eagle: Ten years in Mongolia", el autor llega a Ulan Bator un primero de noviembre, un día que el termómetro marca veinticinco bajo cero. Considerando que estamos a catorce de octubre y que no llegaríamos allí hasta final de mes, tan rápido lo relacioné con esos veinticinco grados que marcaba el termómetro para una semana después en el relato que leía, que empecé a sentir un frío frío sólo de pensarlo. La pura verdad es que el frío excesivo me acogota, con los años no sólo se pierde memoria y agilidad, el instinto de supervivencia tira de uno de un modo tan brusco que ni siquiera tienes tiempo de pensar si te someterás a la experiencia o no porque de repente ya estás anhelando la cálida temperatura del Caribe. Ya en días pasados, cuando nos hallábamos en el Altiplano del Pamir nuestro coche se averió y a punto estuvimos de tener que pasar la noche a más de cuatro mil metros con lo puesto. El frío en Murgab era cortante. Otra lectura de esta mañana, un libro titulado Wild East: travels in the New Mongolia, un grupo de dos fineses y un inglés contratan un viaje al desierto de Gobi, quinientos kilómetros al sur de Ulan Bator, viaje que deberían hacer en un día y el coche se avería en el camino tres o cuatro veces; tardan cuatro días y se ven obligados a subsistir como pueden todo ese tiempo durmiendo en la estepa (llevaban sacos de dormir, nosotros no, que los abandonamos hace un par de meses porque decidimos aligerar nuestro macuto). La experiencia por aquí dice que puedes quedarte tirado en medio de la nada en cualquier momento cuando emprendes estas largas travesías por caminos infernales, más cuando los coches que usan son de los tiempos de Maria Castaña. Vamos, que el frío de momento nos ha cortado el aliento y nos han entrado unas desmesuradas ganas de volar hacia el sur como las cigüeñas.
Al sur de Urumqui se extiende el desierto de Taklamakán que es el segundo desierto de dunas más grande del mundo (la Wikipedia habla de dunas de una altura que llega hasta los trescientos metros). Hace años rodeamos ese desierto por el norte siguiendo la Ruta de la Seda desde Kasghar. Tampoco es una ruta que nos apetezca repetir. Tras el café dedicaríamos algunas horas a explorar otras posibilidades, la más atractiva de las cuales era atravesar el Tibet y desde Lhasa pasar a Nepal por el paso de Kodari. Después descubriríamos que el paso esta cerrado como consecuencia del terremoto de Nepal en el pasado mes de abril.
Por la tarde la elegante inclinación del torso para saludar a amigos y conocidos durante el descanso, que acaso viene del Japón o China, en el patio de butacas ha sustituido a ese otro hermosos gesto de los musulmanes que cuando te saludan inclinan la cabeza a la vez que se llevan la mano al corazón, cómo no, con una sonrisa en los labios. El placer de mirar y observar a la gente durante el entreacto en una noche en la ópera, se representa Butterfly, de Puccini, en el State Opera Ballet de Almaty, es el preámbulo para otros pequeños placeres que vendrán tras la apertura del telón.
Oír cantar una obra de Puccini en kazajo me hace experimentar cierto crujido de fondo en los oídos, me distrae. El teatro está a dos tercios de entrada, la gente, no todos, viste la elegancia de las fiestas. Ya nos sorprendió esta ciudad desde el principio, ciudad como puesta a punto en tan sólo un par de décadas para competir con cualquier otra ciudad europea pese a su raigambre cultural esteparia y nómada. Se ha dado prisa esta gente en ponerse al día tras la debacle de la antigua URSS. Hay aplausos, se apagan las luces de la sala. La magia de una escenografía con dominantes violetas y lilas aparece tras el telón.
Una pareja que pareciera haber formalizado su compromiso ayer mismo y que andan un tanto rígidos dentro de una seriedad diplomática ocupa las butacas a nuestra izquierda. Ella como si se hubiera arrepentido más tarde, modosamente no aparta sus manos del borde de la minifalda; de vez en cuando da pequeños tirones de su falda hacia las rodillas mientras se mantiene tiesa y con su mano entrelazada a la de su novio.
Soy consciente de que me repito cuando hablo de emociones, pero ahí queda, ¿quién puede negar que las emociones, las que corren por las médula de los huesos, son acaso de lo mejor que tenemos? Era esta noche hacia el final de la representación de Madame Butterfly, cuando los sentimientos se arracimaban alrededor de dos amores esenciales, el amor no correspondido hacia el esposo y el amor al hijo del que Madame Butterfly tiene que desprenderse; amor hasta el punto que la pérdida de estos hace desaparecer todo significado a la vida y por tanto condena a la protagonista a la muerte. Tener la posibilidad de experimentar, aunque sólo sea como espectador de sentimientos ajenos, produce una suerte de identificación en la que es difícil no sentirse de algún modo parte de una situación o de un sufrimiento ajeno, en donde se libera una parte de la energía que nuestro yo acumula en forma de solidaridad o con-pasión (de compadecer), como gustaba de escribir Unamuno. Que padecer con el otro se resuelva en un espectáculo es una suerte de placer; aunque entendamos ese placer como una honda emoción, es un modo de experimentar una dolorosa realidad sin que tengamos que pasar por ella. Experimentar. Algunos se suben a la montaña rusa o hacen puenting, otros podemos buscar esta emoción en la lectura,en las salas de un museo o en un teatro, como ha sido el caso de hoy.
En Almaty sigue lloviendo.