Aktau (Kazakhstan) - Kungrad (Uzbekistán), 12 de septiembre de 2015
Esto si que es un tren... tracatrá tracatrá tracatrá, el desierto somnoliento de septiembre atravesando frente a la ventanilla a una velocidad crucero de cuarenta kilómetros por hora, esos trenes que Agustín García Calvo defendía contra los trenes modernos de alta velocidad. ¿A qué tanta velocidad?, decía con razón el filósofo anarquista. Tantas prisas para ir de un lado a otro como quien pensando que yendo más deprisa fueras a engañar antes a la muerte o conseguir una cota de vida más nosequé. Y es que vamos por la vida como si nos hubieran puesto un cohete en el culo y no fuéramos capaces de estarnos medianamente quietecitos. Así hoy en este tren donde la mitad de los pasajeros después de haber dado cuenta de sus provisiones se ha vestido con sus zapatillas y prendas de estar en casa ha hecho la cama y se ha preparado para un largo viaje. Los niños corretean por el pasillo arrastrando sus cochecillos de plástico, algunos beben té tumbados como si estuvieran en el sofá de su casa, alguna gruesa señora duerme apaciblemente una larga siesta auspiciada por la música de las ruedas de acero sobre los rieles. Tracatrá, tracatrá, tracatrá.
Viajar en tren hoy, cuando el calor ha comenzado a apretar, es como viajar en las tripas de la ballena de Jonás. Nos ha tocado la litera de arriba y aquí no esperan a que llegue la noche para hacer la cama, así que me subo al gallinero. Sudo como un pollo, me duermo, despierto, abro mi libro y me sumerjo en otro particular viaje, mi trotada el pasado año a través de los Alpes, un libro que titulé "Un jubilado en los Alpes". En Eslovenia llueve sin parar, quedo apresado en la tienda durante dos días, ésta hace agua y toda mi impedimenta está mojada, también el saco. Pero pese al calor se está bien en este tren, tracatrá, tracatra, tracatrá. Cuando alguien abre la puerta del vagón una agradable brisa se cuela dentro: gracias. El tren se detiene, mujeres con toda clase de alimentos cocinados recorren los pasillos, pasta, pollos asados, sopas. A continuación pasan las vendedoras de ropa, ropas para niños, camisetas, jerseys, calcetines. El vagón se ha transformado de repente en un zoco donde se vende de todo. Sigue el mismo paisaje desértico de hace horas, manadas de camellos y caballos caminan errabundas buscando entre la arena los restos agostados de algunas hierbas. El paisaje no ofrece ninguna otra distracción que no sea ese inmenso llano uniforme que se pierde en el horizonte.
Sentado ahora bajo mi litera leo distraídamente una historia del Islam. Dos días atrás me dejé mi ebook en el avión y hoy antes de ir a la estación del tren nos hemos acercado al aeropuerto para intentar localizarlo. He dado con dos mujeres competentes que en quince minutos de llamar por teléfono aquí y allá han localizado mi ebook. Está en la oficina de Azerbaiyán Air Lines del aeropuerto pero allí no hay nadie hasta la noche. Propongo que me lo envíen a los aeropuertos de Tashkent, Dushanbe o Biskhet, las capitales de los tres próximos países que vamos a visitar, pero a ninguno de ellos vuela Azerbaijan Aire Lines. Al final les menciono Almaty, la última ciudad de Centro Asia que visitaremos, en Kazajstán y aceptan, les parece más viable. No me lo garantizan pero harán todo lo posible por hacerme llegar el ebook a través de alguna compañía aerea. Mantendremos el contacto vía email. Así que de momento mi biblioteca ha quedado algo mermada aunque ayer logré rescatar algo de la web de Amazon. La historia del Islam tiene bastante que ver con la de los países por los que vamos a atravesar.
La monotonía del traqueteo trae en algún momento a una vendedora de pendientes. Nos convertimos en potenciales clientes, pero cuando hemos localizado algo que nos gusta, uno de esos pendientes con piedras de imitación turquesa engastada en plata, la chica que los vende nos mira decepcionada cuando pretendo pagarla con dólares, la única moneda de que disponemos. La siguiente vendedora trae rebecas de lana. Un grupo de mujeres forman corro, alguna se prueba esta o la otra prenda y mientras el resto da su opinión.
El sol se va acercando al horizonte. Conversamos esporádicamente con vecinos de acá o allá del vagón pero es un ejercicio tan dificil que nos rendimos. Nuestros compañeros de viaje tampoco entienden el ruso que es nuestro recurso a través del Google los últimos días. Termino sumergiéndose en la escritura y en los recuerdos que suscitan mi lectura de la aventura alpina del pasado verano. ¡Qué satisfecho me siento de haber dejado aquel chorro de palabras a lo largo de mi andadura alpina! Mi memoria deja mucho que desear y mis sensaciones no necesitan de las muletas de la escritura para acercarse a los acontecimientos que voy dejando atrás. El mismo uso tendrán estas líneas en el futuro cuando intente rememorar este viaje, acaso desde el espacio de otro viaje u otra caminata. En eso se va una parte importante de la vida aunque a muchos no les guste la idea de pasearse por el pasado como forma de templar las cuerdas del propio presente. Recrear la vida es un magnífico deporte que descubrí cuando ya los años empezaron a echárseme encima. Ahora juego con un crío que tengo delante, le dejo un papel y un boli y dibuja divertido, le hago alguna foto con el teléfono, se ríe. Mi vecino está intrigado con mi escritura, me habla como si conociera perfectamente el kazakhstaní. La sombra del tren corre como un inmenso ciempiés a nuestro lado, un ciempiés parecido al que se encontró Victoria dentro del vaso de agua en su mesilla la pasada noche. Mira, mira lo que hay en mi vaso de agua, me decía por la mañana perversamente sabiendo que yo había estado bebiendo a oscuras en ese vaso.
De naderías así está hecho el viaje de hoy. El desierto se va dorando poco a poco y va tomando el color de una castaña asada más de la cuenta. Llega de nuevo el momento de la lectura, "Soy un gato", de Soseki un escritor japonés de principios del pasado siglo. Un gato que escribe su propia historia y la de la gente que le rodea era una sugestiva idea que me aproximaba a mi frustrado intento de hacer una novela larga con la historia de otro gato llamado Negrito que acostumbraba a leer a Shakespeare. Cuando lo tenía bastante avanzado me dio por ir a caminar por la ruta de la Plata y cuando volví a casa ya fui incapaz de retomar la historia. Me voy con el gato de Soseki.