Tbilisis, estampas de una ciudad


Tbilisis, Georgia, 28 de agosto de 2015

No es una cosa que me apasione eso de contar el ir y venir de aquí para allá, pero considerando que algún lector de estas líneas quiera seguir el hilo del relato del viaje, mejor hago un paréntesis para decir que desde el último post la lluvia hizo acto de presencia, lo que aprovechamos para comprar un paraguas, pasear por Dilijan y dedicar largas horas a la lectura y a ver alguna peli. Con el tiempo así lo único que nos quedaba por ver antes de abandonar Armenia era visitar un par de monasterios medievales en las cercanías de Alaverdi, ya cerca de la frontera con Georgia, el de Sanahin y el de Haghpat. En esta parte del país hemos coincidido con tantos viajeros que usan taxis para cubrir grandes distancias, que también quisimos probar nosotros. Visitar los dos monasterios, utilizando medios públicos nos ocupaba casi tres días, mientras que con un taxi podríamos salir a las nueve de la mañana y llegar a la hora de comer a la capital de Georgia, Tbilisis. Así que hicimos al modo de los viajeros acomodados, el taxi nos recogió en la puerta del hotel y nos dejó, una vez atravesada la frontera en nuestro nuevo hotel en Tbilisis. De esas cosas hablábamos nosotros hoy mientras pasábamos por la avenida Rustaveli, la calle principal de la ciudad dedicada al poeta medieval georgiano Shota Rustaveli, mientras nos cruzábamos con algunos turistas arrastrando sus maletas rodantes. De mochileros de bajo presupuesto de toda la vida no se nos hacía ese nuevo status de andar por el mundo usando el servicio de taxis. Y es verdad, uno nace rústico y por mucho que quiera adaptarse a otros presupuestos, ideológicos quiero decir, nada de nada; hasta la mochila llega a constituir en este caso un símbolo irrenunciable por mucho que nuestra hija se extrañe de que sigamos usando ese trasto que se lleva a la espalda y nos inste para que nos pongamos al día usando esos cacharros con ruedas que usan todos los turistas y que no sé cómo se llaman. Uno es antiguo hasta el punto de sentirse extraño prescindiendo de la omnipresente mochila que le acompañó toda la vida. Hablamos de nuestra hija y su chico Quique, ambos notables viajeros pero viajeros acaso de otras miras y condición, vamos, que no nos los imaginamos, por ejemplo, buscando en un pequeño jardín del centro de Viena, como nos sucedió a nosotros hace años, buscando un lugar para pasar la noche, eso o durmiendo entre los clochard bajo uno de los puentes del Sena cercano a Notre Dame como en cierta ocasión tuve la suerte de experimentar. No es que busque experiencias similares a éstas pero sí es cierto que si es necesario no las rehuyo. Me sirve, además, creo yo, para ostentar que no presumir, de cierta forma de entender la vida que me place sumamente. He dormido en las calles de muchas ciudades, incluidas algunas de la India, y es una experiencia que me gusta recordar, sentirme un bichito entre otros bichitos o un vagabundo entre otros vagabundos forma más parte de mi naturaleza que aquella de que son parte los turistas acomodados. Uno aprende muchas cosas rodando por el mundo. El otro día pillé en Facebook una cita de Mark Twain con la que me gusta identificarme. Mi nivel de inglés no da para traducirla puntualmente, pero la dejo aquí para aquellos que comparten esta clase de aficiones: "Travel is fatal to prejudice, higostry, and narrow-mindeness and many of our people need it sorely on these accounts. Broad, wholesome, charitable views of men and things cannot be acdquired by vegetating in one little corner of the earth all one's lifetime."

También es cierto que hay otros autores que opinan lo contrario, nuestro hispano Pío Baroja afirmaba que andar por ahí de una parte a otra del mundo no era cosa que ayudara a desarrollar mucho el magín. Para el propósito de hoy quedémosnos no obstante con Mark Twain y con sus geniales derroteros por el mundo de Adán y Eva y aquel otro de las riberas del Mississippi con Huckleberry Finn y Tom Sawyer.
De los monasterios que visitamos, dejo aquí abajo una muestra fotográfica. El recogimiento medieval, la luz tenue atravesando los anchos muros de piedra a través de reducidas ventanas abocinadas, las robustas columnas sosteniendo la pesadas y bellas cúpulas en un esfuerzo prometéico por mantener la techumbre, el pavimento constituido por antiguas losas de granito que guardaban los restos de algun monje o autoridad de otros tiempos, el silencio apenas roto por unos pocos visitantes o por el frufrú de la escoba que barría en la penumbra la piedra milenaria todo hablaba por sí mismo de un tiempo que uno a duras penas trataba de arrancar a la mampostería. Las piedras hablan, pero lo hacen cuando ellas quieren o cuando el visitante y su aura están preparados para ello. Probablemente un impedimento importante para llegar a un recogimiento suficiente con el lugar lo constituyera la curiosidad de mi cámara fotográfica que, obsesionada por recoger esos retazos de luces y sombras que yacían como alma de otros tiempos por las naves, no me dejaba en paz obligándome a fotografiar éste o aquel detalle cuando lo que debería haber hecho habría sido sentarme en algún rincón para conversar en silencio con el alma de los monjes, con los nidos de las golondrinas que colgaban de entre los huecos de los capiteles.

Ayer tuvimos tiempo para dar una vuelta por Tbilisis y para sacar los billetes de un tren nocturno que en dos días hará el servicio entre la capital de Georgia y Bakú, a la orilla del mar Caspio. Hoy simplemente lo dedicamos a pasear por la ciudad. La muestra fotográfica que aparece más abajo servirá para dar cuenta de eso que llamo estampas de una ciudad. En algún momento entramos en una iglesia, Kashueti Church, y allí mi cámara se convirtió en mi alter ego, camuflada bajo mis brazos barrió aquí y allá en el templo tratando de recoger lo que mi retina le iba dictando, incluido un bautizo ortodoxo que seguimos desde el principio al final para lo cual obtuvimos el permiso de los padres. Un bello ritual al que la niña contribuyó no poco pese a que éste incluía una inmersión toda desnuda en la fuente bautismal. Ni un lloro, todos lo sobrellevó el bebé con tanto estoicismo que por fuerza hizo las delicias de familiares y curiosos que se apiñaban junto a la pila bautismal. El único que apareció ausente, probablemente por culpa de esa rutina que come los higadillos hasta el más pintao, fue el oficiante que repetía con aire aburrido palabras y gestos hartamente ejecutados durante décadas.

Cuando finalizó la Avenida Rustaveli nos introdujimos en las callejuelas de la ciudad vieja. Otro mundo; éste con la pátina del tiempo prendida de las fachadas. Pequeños rincones, plazuelas, calles en donde revuelta tras revuelta terminas perdiéndote. Antes de aclarar en dónde estábamos decidimos dar un respiro a nuestro hacer viajero bajo la sombrilla de un coqueto restaurante.

Por hoy creo que ya vale. Hoy solo pensaba poner una muestra de fotografías, pero como se ve mis enanitos mandan y yo me veo obligado a escribir incluso contra mi propósito de no hacerlo.


TBILISIS, ESTAMPAS DE UNA CIUDAD 




MONASTERIOS DE SANAHIN Y HAGHPAT