Festival de la cerveza en Yerevan


Yerevan, Armenia, 23 de agosto de 2015

No sé si la cosa es de influencia soviética pero desde luego es de hacer notar, especialmente para las rótulas aquejadas de condropatía, como es mi caso, que la altura de los escalones de este país, hasta ahora, sea notoriamente más baja; el papel de fumar en que se han convertido mis cartílagos en esta parte de la pierna toleran muy mal las escaleras de escalones alto, es decir, los más comunes. Un centenar de escalones del metro de Madrid, por ejemplo, hacen que mis rodillas echen humo, sin embargo en Armenia, gran hallazgo, he descubierto, que los escalones son notablemente más bajos, lo que que hace del ejercicio de subir escaleras un deporte menos empeñativo.

En el trayecto entre la frontera georgiano-armenia, mientras un paisaje agostado de rastrojos que recuerda los amarillos de los sembrados de Van Gogh, atraviesa frente a los cristales tintados de la marshrutka, el microbus habitual que nos transporta por estas tierras, mientras veo desfilar pequeñas aldeas destartaladas pienso en algunos de los personajes con los que me he tropezado estos últimos días. En nuestra última guest house de Batumi, por ejemplo. Ella era una viejita, viejita de brazos y piernas como sarmientos, aquella anciana a la que cantaba José Larralde con su chorro de voz redentora. Victoria le asignó enseguida un papel principal en la era soviética, tal era la firmeza de su gesto distraído. Anciana arrugada de años que se deshacía en hospitalidad, gente que no teniendo nada ofrece casi todo. La anciana que con su hija nos cedió su cama y su habitación para ganarse unos reales. ¿De quién si no iba a ser aquella cama en donde vivían apretadas ya cuatro generaciones? En los dos días que habitamos en aquella casa siempre era la última en acostarse y la primera en trajinar por la mañana. Cocinar, fregar los platos, mirar la televisión sin verla, acaso recordando los rincones de ese extenso laberinto de nueve décadas de vida, ausente, como quien está en otro lugar, sí, esperando morirse algún día. Después pensé que hasta el ventilador le habíamos robado. A los desmañados viajeros que subieron a la pequeña salita usando la empinada escala de hierro, que traían calor y pedían de entrada WiFi y ventilador no se les podía negar nada. La madre de Rita, no retuvimos su nombre, insistió en que me sentara en una pequeña banqueta que ocupaba ella hasta entonces. Se fue a hacernos café, nos apuró con que comiéramos algo. Me acordé de Chelo, una tía de Victoria muy mayor que en una residencia y ya cercana a su muerte echaba de menos aquellos tiempos en que abuelos, padres, nietos y biznietos vivían en la misma casa, la casa en donde ellos morirían algún día. Muchas veces le oí a Chelo la misma frase: las personas deberíamos morir en nuestras casas rodeados por los tuyos. Nuestra viejita de Batumi no tendría necesidad de expresar ese pensamiento, en su casa no podía ser de otra manera.

El otro personaje con el que conviví esa mañana no tiene nada que ver con este viaje, es mi Amiga Desconocida, una mujer que no conozco físicamente pero con la que tuve una bonita relación mientras viajaba hace años por Oriente. Cayó casualmente por mi blog y ya no se despegó de él hasta el final, un semestre completo. No conocí en qué parte del mundo vivía hasta el último momento. Nuestro conocimiento mutuo se tejió en torno a nuestras posturas en relación con la realidad; hablábamos de amor, de viajes, lo que me iba surgiendo en el viaje y que yo vertía en un blog llamado Primavera en el Pacífico nos servía de constante material para interminables discusiones. Así que hoy repentinamente me acordé de mi Amiga Desconocida y la eché de menos, eché de menos nuestro mutuo cariño por El Principito, ese maravillosos librito de Saint Exupery, eché de menos nuestros desacuerdos y encuentros. Creo que a última hora mi amiga desconocida, creo que tenía dos hijos, se enamoró y ya el poco tiempo de que disponía quedó enzarzado en otros asuntos. Hace nueve años de esto. Voy a ver si mando una paloma a Buenos Aires y con un poco de suerte algún mensajero me trae noticias allende los mares de mi amiga.

Sí, gente que como las ciudades que van quedando atrás abandonamos al capricho de una memoria que acaso quiera o no en el futuro volvernos a traer.

Andaba escribiendo estas líneas cuando un compañero de la guest house nos advirtió de que en una plaza próxima se celebraba un festival de la cerveza. Hubimos de salir pitando y ya no pude continuar con los retratos que me había propuesto para este blog. Fuera el cielo estaba oscuro como para ponerse a diluviar en un rato. En la plaza próxima habían montado un escenario en medio de un gran estanque y los altavoces desgranaban ya su música por todo el barrio. Los taludes de hierba cercanos estaban abarrotados de un público bailón que sostenía en sus manos la consabida cerveza. Apenas nos habíamos metido bajo la carpa en la que se servía la cerveza cuando un relámpago cruzó aparatoso el cielo. Unos minutos después ya teníamos un pequeño diluvio encima. Los más corrían a refugiarse en carpas y soportales pero un buen número de espectadores siguieron animados bajo el agua. La música no cesó un minuto, el grupo de baile de chicas interrumpió su actuación un momento pero diez minutos después, cuando ya amainaba la tormenta, ya estaban otra vez en medio del lago animando la fiesta.

Palabra que no esperábamos una Armenia como la que nos hemos encontrado en Yerevan, ciudad moderna y acogedora con pinceladas del paso de los rusos por el país durante décadas pero nada más. No nos parece encontrarnos a la altura del mar Caspio, esta ciudad podría ser una de las grandes ciudades que besan las aguas del Mediterráneo. Llegamos al centro, preguntamos a un chico de melena por el hotel y no tiene ni idea pero nos arrastra a un bar cercano con WiFi y en dos o tres minutos localiza el hotel, llama por teléfono y nos pone así en la puerta. Le pregunto si es armenio y sonriendo me dice que sí, pero que sólo lleva en Armenia una semana. Nació en Moscú, de madre armenia y padre ruso, no había conocido hasta ahora su tierra de origen. Comentamos eso que es la gran comunidad armenia alrededor de mundo. Cuando los turcos masacraron un tercio de la población armenia en 1915, se produjo una diáspora que hizo emigrar a una gran parte de la población a diferentes partes del mundo. Leo que solamente en Estados Unidos la comunidad armenia llega a un millón y medio de personas, es decir la mitad de la población de la actual Armenia. Existen otras comunidades importantes en Argentina, Rusia y otras partes del mundo. Durante el par de días que llevamos aquí hechos parecidos al encuentro con este chico se han repetido. La cordialidad y las ganas de ayudar de la gente han sido extraordinarias.

Para hacerse una idea de la importancia del patrimonio cultural basta decir que toda la mañana no nos ha bastado más que para ver aproximadamente la mitad de las pinturas de la National Art Galery. Nunca hubiéramos pensado encontrarnos por aquí pinturas de Tiziano, Goya, Kandinsky, Chagall, amén de numerosas obras de calidad de pintores rusos y armenios.
Esta mañana, mientras desayunamos, la comunidad de viajeros, al pleno en la cocina de Annahit, la dueña de la guest house, contaba chistes a temprana hora frente al té y una cesta de bollos rodeada de viajeros procedentes de varios continentes. Pareces estar rodeada de una familia, le comento a Annahit, y ella afirma satisfecha por la idea. Vive sola con una perrita de agua y me da la sensación de que efectivamente su compañía esencial son los viajeros que pasan por su casa. De vez en cuando se sienta al piano y alegra los oídos de los invitados. Las paredes de su casa están llenas de cuadros de muy buen ver. Son obra de su padre. Annahit lleva mal que las gente deje las cosas por ahí, es una mujer de orden y hay que tener cuidado en donde dejas tus cosas, porque puede llegar a comportarse como una madre persiguiendo a su hijo adolescente, por lo demás todo bien. Hemos caído en un buen sitio.

Por cierto, esta agradable ciudad de Yerevan tiene fuentes por todos los lados, fuentes fresquita como salida del frigo. Vamos a tener que contárselo a Manuela Carmena a ver si nos hace ese regalo para las calles de Madrid.