Mestia, Georgia, 13 de agosto de 2015
Batumi, levantada sobre la orilla oriental del mar Negro a los pies de la cordillera caucásica, es una perla engarzada en el desorden y el caos de una ciudad no tan bella, ni tan limpia. Como tantas ciudades de Oriente, Batumi crece informe y lo hace levantando una ciudad nueva, hermosa, agradable, adicta al savoir vivre, sobre lo cimientos de otra ciudad anclada en el pasado en donde lo servicios de limpieza llegan con renuencia. Batumi, como tantas otras ciudades son dos mundos, el mundo de los casinos, el dinero, los restaurantes y hoteles de prestigio y el mundo de la gente de a pie, de los que no tuvieron tantas posibilidades en la vida y se ven obligados a contemplar cómo su vecinos, lo de los rascacielos y las zonas monumentales cercanas al mar, desarrollan su imaginación construyendo, como si de un ghetto se tratara, una miniciudad cuya estética guarda mucha más relación con Nueva York o Singapur que con las calles vecinas. Ciudades que crecen como Pekin en medio de un tiempo pasado para ir devorando poco a poco, década tras década, los antiguos moldes, el hacinamiento y la pobreza de otra época, al mismo tiempo qué levanta sobre sus ruinas un mundo nuevo.
En Batumi se da, no obstante, una convivencia que hace posible que el viajero se sienta a gusto en esas dos partes de la ciudad representantes de dos mundos y dos tiempos dispares. El viajero, algo romántico siempre, tiende a buscar en sus trayectos el olor y el colorido de la ciudad vieja en donde los siglos y el salitre han dejado impresa su impronta en forma de seculares iglesias, castillos, mezquitas, estrechas calles o bazares y donde se respira un tiempo como detenido en el recodo del meandro de un gran río; sin embargo éste ha de reconocer que cuando la inteligencia y la creatividad de los diseñadores de estos apéndices que les salen a las viejas ciudades son fructíferas el resultado puede ser realmente magnífico. Conjugar lo viejo y lo nuevo apostando por construir una ciudad con la disposición de quien se apresta a pintar un cuadro o a crear una sinfonía puede hacer del medio urbano no sólo un grato lugar de esparcimiento y diversión sino también un recreo para nuestros ojos.
La burocracia en esta parte del mundo se ablanda, pierde consistencia, las exigencias para obtener un visado que aparecen en lo papeles se humanizan. Es un respiro para estos viajeros tan poco dados a pasar por el aro de complicadas gestiones, el haber encontrado en Batumi un cónsul joven y servicial y con buen nivel de ingles dispuesto a proporcionarnos el visado para Azerbaiyán en unos pocos días con el único requisito de rellenar unos formularios y entregar un par de fotografías. Hasta ahora si no hubiéramos podido pasar por Azerbaiyán, el único país de la zona donde hay representación diplomática de los países de Centro Asia, nos habríamos visto obligado a coger un vuelo a Bishket, la capital de Kirguistán, donde no piden visado, para pasar de allí a China. Con el visado de Azerbaiyán nos será posible gestionar visados para Uzbekistán y Tayikistán (Kazajstán parece que no lo necesita) y por tanto pasar a Kazajstán atravesando el mar Caspio en un barco de carga. A los viajeros no les placen lo aviones, a los viajeros les gustaría dar la vuelta al mundo por tierra siguiendo los pasos de las caravanas de camellos que hace siglos seguían la Ruta de la Seda. A los viajeros les gustaría rememorar en esas ciudades milenarias de Sarmankanda y Bukara el clima de los grandes viajeros del pasado, incluido aquel memorable veneciano llamado Marco Polo.
Una vez hemos salido del consulado hemos caído en la cuenta de que en algo más de media hora teníamos un microbús que se dirigía hacia el norte camino de lo altos valles del Cáucaso; hemos salido disparados para el hotel. En un chiringuito de información y turismo nos habían dicho que el microbús salía a las doce de la "estación de autobuses". Con comillas porque ni estación ni nada que se le pareciera, una especie de patio con una treintena de micros apelotonados sin espacio para maniobrar. De horarios tampoco nada. Cuando un microbús ha llenado toda su capacidad de viajeros se pone en marcha, no antes.
En Zugdidi, doscientos kilómetros al norte, no hay manera de encontrar un microbús que nos lleve a Mestia, nuestro destino en la base de la montaña más alta de Georgia, el monte Ushba de 4700 metros de altura, así que buscamos, con una joven pareja de rusos con los que hemos hecho amistad, un taxi. La carretera atraviesa por entero las estribaciones del Cáucaso, corre por muchos kilómetros sobre la corriente salvaje de un río que me recuerda nuestro viaje descendiendo el río Indo en Pakistán; el color grisáceo plateado de las aguas que provienen del deshielo de los glaciares, el tono dorado que viene adquiriendo la tarde, el ronroneo del coche, un enorme embalse que ocupa por decenas de kilómetros el valle, las montañas que aparecen al fin cerca ya de nuestro destino acariciadas por la última luz del día son los elementos que ocupan la parte postrera de nuestra jornada de hoy. Cuando llegamos a Mestia es noche cerrada.