Safak Pension, Camardi, Capadocia, Turquía, 23 de julio de 2015
Salir a la mañana soleada frente a las montañas del parque nacional de Ala Daglar ciega con su luz mis ojos todavía adormilados. Las montañas, más altas que cualquier cumbre del Pirineo, refulgen como detrás de una cortina que velara los contornos como en una pintura al pastel de Degas. Es tan inesperado todo esto que todavía me sorprendo habiéndome despertado en un lugar así después del ajetreado viaje de ayer. Ayer era la Turquía de los tiempos modernos, la que podemos encontrar en Ankara o en la moderna Estambul, y hoy es más aquella otra que a mí me gusta, esa rural en la que el tiempo discurre de una manera mucho más pausada. De todos modos cuánto cambio desde la última vez, hace ¿cuánto? ¿treinta años, quizás? Veamos, si el memorión de mi hijo Guille estuviera aquí no haría falta pensarlo mucho. Mi memoria, más fotográfica, le recuerda con el brazo en cabestrillo sobre las bellas cascadas de caliza blanca de Pumakale, el antebrazo inflamado por grades ampollas. Aquel verano habíamos viajado en la furgoneta familiar desde España hasta Israel, pasando por Creta, y en la playa de Haifa, al norte de Tel Aviv, se le enganchó una gran medusa en el brazo y tuvimos que ir de urgencia al hospital. Paseó su brazo inflamado por media Europa aquel verano. Así es cómo mi segunda visita a Turquía viene acompañada por esa imagen dolorosa de Guilloso Cara Oso presidida por el abrazo de la medusa.
En aquellos tiempos Turquía era una fiesta desde el mismo momento en que desembarcáramos en ella. Desde Israel habíamos tomado un ferry a Rodas y desde allí un barquito totalmente atípico nos llevó a la costa turca. Aquello era otro mundo. El mar estaba agitado y la rampa de madera que nos introducía en la popa del barco se movía tan endemoniadamente que cuando la atravesamos con la furgoneta temimos ser despedidos al agua coche, pasajeros, todo, y todo ello en mitad de una divertida fiesta que se traían los marineros turcos como si embarcar los coches en aquel improvisado ferry con aguas agitadas fuera lo más divertido del mundo. El desembarco en la costa turca no fue menos "divertido". Allí nos recibieron con música una panda de vendedores que si nos hubiéramos dejado habrían sido capaces de endosarnos hasta un elefante que llevar a remolque hasta Madrid. Un mundo exótico en donde allá donde parabas siempre podías tener a alguien ofreciéndote calurosamente un té. Más adelante, nuestra furgoneta, un trasto que habíamos comprado en un desguace y que se caía a trozos, empezó a soltar aceite de una manera alarmante, algo que a seis mil kilómetros de casa podía ser bastante preocupante. ¡A ver qué hacíamos nosotros con el presupuesto de un sueldo de un maestro para trasladar toda nuestra casa y sus habitantes de regreso a casa! Pero como Dios aprieta pero no ahoga, a veces, claro, no tardaron en aparecer algunos de esos samaritanos que pueblan dispersos el mundo y que charlaban y fumaban apaciblemente a la sombra de un tenderete frente a un tallercico mecánico. Llegar nosotros, recibirnos calurosamente y ponerse tres de ellos a hurgar en el motor de nuestra furgo fue todo uno. Ni una palabra de un idioma común que no fueran los acostumbrados gestos, ese universal idioma que sirve a todos los humanos para comprender lo mucho que podemos tener en común. En una hora el suelo del taller se llenó de piezas y tornillos que yacían en total desorden por todos los lados. Nosotros mirábamos aquello y nos echábamos las manos a la cabeza pensando que nadie podría recomponer de nuevo nuestro viejo motor. Y mientras bebíamos té; no hay casa turca en que uno pueda pasar alguna hora sin haber compartido cinco o seis tazas de ese omnipresente té que humea en medio de las conversaciones. Cuando el sol estaba a punto ya de echarse a dormir tras las colinas vestidas de caramelo, el chef, un hombre de grandes bigotes y ojos profundos encajados bajo unas profusas cejas, accionó la llave del motor y... ¡eureka!, un rugido escapó de entre las fauces del capó. Y no sólo eso, la junta por donde se escapaba unas horas antes el aceite yacía seca y limpia como una patena. Todavía hubo que tomarse un último té y discutir hasta el infinito con ellos porque nuestros samaritanos se negaban a cobrar un duro por el trabajo de media jornada. Fue imposible pagarles una lira. Dichosa hospitalidad turca. Después de abandonar el taller tras efusivas muestras de agradecimiento y efusiva cordialidad, conducíamos a cierta velocidad por una carretera sin obstáculos cuando nos apercibimos de que un coche nos seguía haciendo sonar su claxon. Paramos. Era uno de los mecánicos. Llevaba en alto una llave del once diez que habíamos dejado olvidada en el taller. La leche. Nuevo apretón de manos, nuevos agradecimientos. No muy lejos de allí encontramos una alameda para pasar la noche.
Son tantos los buenos recuerdos que guardamos de Turquía que casi me dan ganas de emplear esta apacible mañana frente a las montañas de Ala Daglar en despabilar la memoria. Años después, los mellizos debían de andar por los dieciséis o diecisiete, Victoria y yo emprendimos un viaje por Europa que debía de llevarnos hasta las fronteras de Armenia. En aquel verano, Mario, que era un poco mi alter ego en esto de trotar por el mundo, hacía autostop por el Kurdistán turco y quedamos con él en una pequeña ciudad junto a Georgia en la costa del mar Negro. Llegamos allá tan tarde que nos era imposible encontrar un lugar para pasar la noche. Una ciudad de calles estrechas apenas alumbradas, con pequeños cafetines que no habían renovado su aspecto desde siglos atrás y cuyas calles recorrimos infructuosamente buscando una habitación hasta que algún otro samaritano, ni soñando encontrabas allí alguien que hablará otra cosa que turco, saliendo de la oscuridad de un callejón se nos acercó para ofrecernos ayuda. Terminó indicándonos, señalando con el dedo el callejón del que había salido, un portal, no sin cierta circunspección. Tuvimos que trepar en la penumbra hasta un primer piso. Sobre la oscuridad de un amplio descansillo se proyectaban los listones de luz que salían de una puerta situada a la izquierda. Golpeé en la puerta y la empujé tras oír una voz que salía de su interior. Lo que vimos a continuación pertenece a un sueño en donde una docena de odaliscas de pobre condición rodeaban a un barbudo anciano que yacía sobre una tarima al modo de pachá rodeado por su corte. Nos pidió sucintamente los pasaportes sin apenas prestarnos atención, nos dio una llave y nos indicó con los dedos de la mano el tercer piso. No salíamos de nuestro asombro, estábamos como si alguien nos hubiera metido de repente en una secuencia de una película oriental que se desarrollara antes de la guerra ruso-turca de principios del siglo XIX. Subimos tentando la pared dos pisos. Una débil luz iluminaba un pequeño recinto de aspecto misérrimo que era presidido a mano izquierda por un gran lavabo de loza. Al arco de aquella estancia daban cinco o seis puertas. Mario, Victoria y yo ocupamos la de más a la derecha. Estábamos metiéndonos en la cama cuando caímos del guindo. ¿La señal?, ese "ahí va el Ebro", que dicen en Aragón cuando los genitales propulsados por un placer de la hostia parece que se fueran a hundir para siempre atrapados en lo profundo de una vagina. Sí, aquello no era ni hotel, ni pensión, ni nada que se lo pareciera, era el encantador prostíbulo de aquella pequeña ciudad oriental. Encantador, sí, movimientos compulsivos, chirridos de somieres, ayes, risas, incluso alguna cantarina odalisca de buen humor que alegraba con su voz un tanto achispada el polvo de su cliente; todo aparecía aquella mañana humano, exótico, delicadamente cotidiano. Fue un sueño un tanto laborioso en mitad de puertas que se abrían y cerraban, grifos que aliviaban los sudores y voces y vigorosos golpeteos de viejos somieres.
Los daguerrotipos de aquella época me parecen que son imposibles de encontrar ya hoy. En cierto modo a mí lo que me gustaría sería viajar al pasado. La Turquía de ayer a lo largo de la costa no era muy diferente a la de Torremolinos o Benidorm, las carreteras, las autopistas, las ciudades, como Mersin, que atravesamos no se diferenciaban apenas en nada de cualquier otro paisaje urbano de la Europa Occidental. Sólo al salir de Nidge, a cincuenta o sesenta kilómetros de las montañas de Ala Daglar, nos encontramos con algo diferente, algunos campamentos improvisados a los márgenes de las carreteras, gente en misérrimas condiciones que tendía la colada o barría la tierra batida frente a sus haimas, tiendas parecidas a las de los tuareg que se extendían por aquí o por alli bajo un sol de justicia.
Dos domus y un autobús terminaron por dejarnos en una recoleta terraza frente a cumbres de tres mil ochocientos metros que ayer tarde se vistieron de fuego para despedir nuestra larga jornada viajera.
Ah, lo olvidaba. El viajero no es muy dado a eso de los cumpleaños, cierta peculiaridad de su carácter, hasta en eso uno es raro, le hace sentir un poco de vergüenza cuando alguien lo felicita o se refiere a su persona, razón por la cual me guardo muy mucho de dejar por ahí la fecha de mi nacimiento, pero ¡ah!, ayer la Gorda, mi hija Lucía, se chivó desvelando la cosa, así que ya puestos, eso, que ayer el viajero cumplió su sesentaseptagésimo cumpleaños. Como regalo he pedido a los lares y penates de mi casa que me conserven las piernas y el ánimo para seguir levantándome cada día con un rastro de curiosidad en el cuerpo.
