Por los montes centrales de Cerdeña, 13 de junio de 2015
Hoy no fue necesario salir del hotel para encontrarse con una hora de charla muy interesante, ya sabéis esa cosa que todos deseamos y que raramente acontece debido a la falta de climax o a algún desacuerdo en la conjunción de los astros. María Carla Torciri, la dueña del B&B, había sustituido a su marido en la atención de los huéspedes y tras el desayuno, la picola colazione aquí en Italia, y a raíz de cierta pregunta de Victoria sobre la antigua cultura nugárica fue encontrarse con un pozo de sabiduría y de información que no tardó en derivar a las conexiones Oriente-Occidente y a la inexplicable incapacidad de Occidente para integrar en el corpus de sus investigaciones los conocimientos médicos y espirituales que durante milenios estas culturas han descubierto e incorporado al saber de la Humanidad común. Y no sólo hablábamos de Oriente. María Carla contaba también cosas extraordinarias de la cultura nugárica, recuerdo la cultura más antigua de Cerdeña cuyo esplendor se sitúa en la Edad de Bronce. Concretamente se refería a un tipo de construcción, un edificio megalítico llamado también nugara, en donde un rayo de sol coincide en determinado lugar cada veinticinco años deflactandolo después hacia tres piedras situadas en lugares diferentes. En uno de ellos, colocando un enfermo incurable en determinada lugar del nugara, éste puede llegar a curar. No era difícil desde ahí trascender a otras culturas en partes opuestas del planeta que han detectado zonas muy cargadas de energía y que han servido como centros para levantar grandes templos. Son realidades incuestionables y que sólo en una medida muy pequeña están siendo consideradas ahora por los investigadores occidentales.
Podríamos haber seguido charlando todo el día. Nuestra conversación terminó derivando hacia el absurdo de este mundo que estamos construyendo donde la primacía del consumismo parece ir tragándose un día sí y otro también los valores más esenciales del hombre; en vez de construir un mundo para vivir mejor, para sentirte a gusto dentro de tu piel nos dirigimos a un abismo en donde consumir y consumir, esquilmar y esquilmar el planeta parecen ser los objetivos fundamentales por encima de cualquier consideración humanística.
Estuvimos en el museo de Arte Moderno. Últimamente siempre que entro en uno de estos museos no puedo evitar cierto grado de perplejidad ante aquello que llaman arte. Los defensores de aquello que la crítica llama, eso, arte contemporáneo, han invertido la proposición primera de que una obra de sorprendente belleza es una obra que provoca una honda emoción en el espectador por otra que dice que hay que creer antes de ver. Estos "expertos" proclaman "que ya no se trata de que el espectador sienta el problema del emocional de una obra, comprenda su inteligencia, ejerza su espíritu cítrico frente a la tela; en nombre de su autoridad comercial, institucional o artística exigen que, previamente, todo el mundo renuncie a cualquier saber, cualquier cultura y crea que "es arte" porque ellos lo afirman". Así hoy y así los múltiples museos de este tipo que he visitado en las últimas décadas. Yo me quedé en Picasso, en Miró, el los expresionistas alemanes y algo más y de ahí he sido incapaz de pasar. O soy un limitado o una parte importante de este arte contemporáneo nos está tomando el pelo.
Más tarde fue una visita al Museo de Etnografía en donde hube de retratarme para el amigo Martín Herranz, que tan mal concepto tiene de un servidor ;-). Ayer, en un comentario en un post de Victoria de su blog (enlace), que ella titulaba Me persiguen las elecciones municipales, Martín sugería que, conociéndome más de cerca. si yo hubiera utilizado un título similar seguro que había confundido la l por una r. Me hizo sonreír el chascarrillo. El caso es que haciéndome gracia esta mañana, por si acaso, mientras visitaba el museo decidí hacer penitencia y prometer a la Virgen castidad de por vida, no vaya a ser que algo de lo que Martín insinúa sea cierto y se me vayan a caer los dientes o me quede ciego como aseguraban los curas de la generación de mi niñez a todos aquellos que en vez de bajar los ojos cuando por la calle se cruzaban con una fémina miraban a la tal con ojos pecaminosos. La muestra de mi purga moral es la fotografía monjil de más abajo. Y por si la cosa se pone dura y alguna de las tentaciones de San Antonio vienen a mí, también me disfracé de guerrero por si para conseguirlo tenía que liarme a tiros contra el diablo, ese individuo de larga cola y cuernos de cartón piedra que seguro fue obra de la imaginación popular que preparaba los carnavales, porque los medievales parecían lelos con tanta religión y tanto Dios a cuestas, pero cuando llegaban los carnavales se reían hasta de sus sombras.
Acabamos de salir de casa y ya empezamos a tener problemas, la alarma salta allí sin motivo aparente durante dos o tres días y hoy, al fin, los técnicos descubren que se trata de una puñetera mosca o moscón que le ha dado por ir a echar su cagadita en uno de los sensores; a continuación, la cerradura de casa, como si no hubiera tenido tiempo en estropearse en veintitantos años, ahora va y se le funden los plomos: deja de funcionar. Para más inri los temporales de estos días van y nos echan abajo en la parcela un árbol cuyo tronco un niño de diez años no puede rodear con sus brazos. Para gafes nosotros.
Esta tarde pretendimos elegir un hotel de miles de estrellas para pasar la noche y lo que se nos viene encima a última hora es un hotel con techo anubascado un tanto amenazante. Esperamos que el tiempo se mantenga. Un Panda no es precisamente una cama matrimonial donde dormir a pierna suelta.
De las fiestas de un pueblo próximo llega la música bullanguera de La Bamba. Para bailar la bamba se necesita una poca de gracia y otra cosita y arriba y arriba... Hoy nos dormiremos con música.