La Acrópolis y la ola de calor


Atenas, 27 de junio de 2015

Preámbulo: Leo esta mañana en Twitter sobre una ola de calor en ciernes, treinta y seis grados. Todas las alarmas al rojo vivo, atención, el fin del mundo se aproxima, todos a invernar hasta que estos peligrosísimos treinta y seis grados se pierdan en la oscuridad.

Cuesta creer que en una sociedad como la que representan los tiempos de la Grecia Clásica, hoy que toca hacer turismo de masas entre el medio mundo que visita el Partenón y su museo, hecha a luchar por construir las principales instituciones sobre las que hoy se levantan nuestras democracias, los regentes tuvieran del pueblo ese criterio idiota que hoy inviste sus calurientos cerebros, pobrecitos ciudadanos a los que hay que decir con la alarma social de sus trompetas cómo cuidarse del calor o del frío. Una sociedad de chichinabo que no sabe que en invierno hace frío y en verano calor y que necesita que sus regentes les voceen por los medios públicos que se pongan un sombrero o que se beban un par de vasos de agua es una sociedad hazmereír. Quizás exagero un poco, pero es que no hay manera de hacer una crónica si no es de otra manera.

Escribo en el metro entre la estación de Piraeus y Acrópolis. Recuerdo dos días especialmente calurosos de nuestra vida viajera, uno en un pequeño oasis, cuatro palmeras a la vera de una polvorienta pista que nos llevaba a El Oued a través del desierto del Sáhara; la temperatura rondaba los cincuenta grados y, mientras Victoria hacia la comida en la parte trasera del R4 protegida a la sombra de una lona, nosotros, el resto de la troupe, soplábamos de calor a la sombra de una palmera. Mario y Lucía acababan de cumplir un año y Guillermo iba para cumplir tres. Pasamos dos meses de verano recorriendo el desierto de un lado para otro para alcanzar más tarde la costa del Mediterráneo tunecino. La escena quedó grabada en una diapositiva como uno de nuestros recuerdos más caros. En ella Mario reclina su cabeza sobre mi pierna asfixiado de calor y Guille y Lucía tienen los mofletes rojos. El segundo momento que recuerdo fue en Masada, una histórica ciudad junto al mar Rojo en lo alto de una montaña de piedra roja, símbolo de la resistencia del pueblo judío. (Wikipedia: " Masada es conocida por su destacada importancia en los compases finales de la Primera Guerra Judeo-Romana, también conocida como la Gran Revuelta Judía, cuando el asedio de la fortaleza por parte de las tropas del Imperio romano condujo finalmente a sus defensores a realizar un suicidio colectivo al advertir que la derrota era inminente."). Cuando llegamos a la base de la montaña las rocas refulgían de calor y había dos posibilidades para subir a Masada, un funicular o un camino abrasado por el calor. Elegimos naturalmente este último, primero por coherencia con nuestra manera de entender los viajes y segundo porque el presupuesto de aquellos tiempos no daba para corretear dos meses por el mundo sin atenerse a ciertas restricciones. Cuando llegamos a lo alto de la ciudad a alguno de nosotros se nos iba la cabeza, los cuarenta y muchos grados más una subida de la leche nos había dejado casi fuera de juego a toda la familia. A nuestro alrededor el paisaje era magnífico, un desierto sin límites nos rodeaba. La tierra y las rocas eran rojas, el sol caía como una losa sobre nuestras cabezas. Voy a ver si encuentro una foto de entonces. Pero éramos una familia feliz allá arriba. La bajada no fue menos penosa. A mitad de camino hicimos un alto bajo unos cañizos. Todos recordamos con gusto aquel día.

No es que quiera ponernos de ejemplo de nada, lo que sería una estupidez conociendo lo tan normalmente que vive la gente en circunstancias de calor y frío extremo, es que querría resaltar que cada vez nos hacen creer más que somos unos malditos gilipollas a los que hay que cuidar hasta que no seamos capaces ni de mear por nuestra propia cuenta
Una sociedad idiota que ni siquiera sabe que debe ponerse un sombrero cuando hace mucho sol o unos guantes de lana cuando la temperatura es fría es una sociedad muy poco deseable. Y no sólo eso, que también me encuentro en el Twitter a un partido político de la localidad en donde vivo contribuyendo a ese papanatismo de considerar a sus vecinos como indefensos animalitos, alguien que queriendo ejercer de mamaíta protectora alerta a los vecinos, niños y ancianos especialmente, porque en los próximos días la temperatura va a ¡rondar los treinta y seis grados! ¡Dios santo¡, ¿en qué mundo vivimos o nos quieren hacer vivir?

Por aquellos años nos encontramos en Viena con una antropóloga francesa hija también de un antropólogo que había trabajado durante muchos años en la cuenca alta del Orinoco; hablando de estas cosas nos contaba de la vida de los infantes en poblados de palafitos donde a los niños apenas nacidos los arrojaban al agua para que aprendieran a nadar de inmediato. Si nuestra cultura estuviera situada en semejante lugar ¿qué haríamos con los niños? Seguro que no les dejábamos salir a la calle antes de que cumplieran treinta años. Hay que hacer pedagogía y luchar contra todo ese papanatismo que se nos viene encima; queremos un mundo de gente fuerte y crítica y no la ñoñez en que la mediocridad de nuestro mundo quiere envolver a las generaciones futuras.

La última vez que visité la Acrópolis, por cierto un día de verano de muchísimo calor, no pasé del templo de las cariátides, el Erecteion; junto al templo me quedé mientras mis hijos y Victoria se paseaban acá y allá de la Acrópolis. Pues bien, de aquel día todo ha sido borrado de mi memoria menos la mirada distraída de un rostro sonriente de mujer que me acompañaba a pocos metros y con cuyos ojos me tropecé varias veces al punto de hacer latir mi corazón en una sístole diástole del carajo. El maldito tímido que vive conmigo no pudo hacer otra cosa que retirar la mirada y soñar en los días venideros con el cuerpo sonriente de aquella fémina.

El turismo de masas me abruma, pero no hay otra manera de asomarse a la Acrópolis si no es en medio de una masa impresionante. Es imposible en estas condiciones conectar mínimamente con aquel glorioso tiempo. Los turistas y los vendedores de selfies son multitud. Por cierto, propongo una nueva división de la humanidad en dos categorías, una, los que compran los palitos de los selfies, constituidos por aquellos que viajan y tiene una situación económica más o menos y el otro, los que los venden, gente de color sin recursos, los que viven a salto de mata, es decir, la otra parte de los habitantes del planeta; Occidente y todos los que no pasan aprietos para poder vivir y al otro lado los parias, los siempre humillados desde la glotonería y la insolidaridad de sus vecinos. Hoy hemos visto la mirada de condescendencia si no de desprecio de alguno de esos turistas gordinflones hacia esta gente de color que trata de sobrevivir vendiendo los palitos con los que se divierte la última generación de turistas.

La sustitución en la tradición cristiana del culto a Dionisos, el dios más popular de aquel tiempo, por el culto a la sobriedad y el rechinar de dientes de los infiernos de los cristianos, es una de las cosas que más me llaman la atención en el paseo por el museo de la Acrópolis. Una de tantas cosas que trató de cargarse el cristianismo, no en vano sus principales amigos de Dionisos eran los sátiros y los silenios (de nuevo la Wikipedia: Silenios: leal compañero de Baco y el más borracho, más viejo y más sabio de sus seguidores). Y tras abandonar a Dionisos, de golpe, al sortear una estatua de una kore de facciones angulosas me doy de bruces con un rostro femenino a un palmo de mi nariz, rostro etíope de cabellos ensortijados y mirada dura, rostro bello y determinante. Contrastaban uno de otro, esos dos que ocupaban mi campo visual, el de la kore y el de la etíope, pero pertenecían al mismo entorno en que se movían mis pensamientos, la universalidad de cada cosa, cada objeto, cada rostro con que nos tropezamos en este viaje, todo tan cerca, tan al alcance de la mano aunque nos separen milenios, todo tan cotidiano, como tantas veces hemos percibido la realidad, como si el tiempo no existiese y nuestra mente fuera capaz de situarse al mismo tiempo en la Etiopía de hoy, en el cuarto siglo antes de Cristo junto al Egeo o, tras la comida, en las amplias y modernas salas del museo de la Acrópolis del siglo XXI.

Fotos:
1. Desierto argelino. Cincuenta grados.
16. Vista aérea de Masada, Israel.