En Argós, la patria de Agamenón


Argós, 29 de junio de 2015

Andaba despistado trabajando en unos viejos textos cuando de repente apareció entre tanta palabra corriente el enigmático nombre de Conrad, Joseph Conrad, el autor de Lord Jim y En el corazón de las tinieblas, dos libros que hubieran bastado para cumplir los más exigentes deseos de un amante de la lectura. Esos libros que cuando uno tropieza con ellos, amén de hacer recordar viejos tardes de intensa lectura siempre con el mar a la vista, recuerdan a cada instante que existe una clase de hombres excepcionales, de esos que cada siglo no ven la luz no más que unos pocos y sin los cuales la ciencia o las artes hoy vivirían en los pañales de una infancia estancada en los rudimentos de las herramienta más primitivas.

En este mundo donde alimentamos la media verdad de que todos somos iguales, un mundo en el que nos revolvemos cuando alguien pretende un estatus de nobleza, dignidad, saber, patrimonio por encima de los demás, deberíamos introducir humildemente y con un enorme derroche de agradecimiento el reconocimiento de la excepcionalidad de esos centenares de personas, no muchos más, que a lo largo de la historia nos han regalado el genio de su inspiración literaria, artistica, científica, aventurera. Esta excepcionalidad de hombres y mujeres a los cuales no llegamos a la altura de los zapatos son de hecho, naturalmente con la ayuda de los no tan sabios, los verdaderos forjadores de nuestra civilización.

Vergüenza debería darle a uno escribir, y con más razón colgar esto en un tablón público, después de leer las primeras páginas de cualquier novela de Conrad, en este caso Amy Foster, un título que desconocía y que me encontré casualmente en algún rincón de la microSD que alberga mis libros de viaje. Conrad es un autor ideal para los viajes. Hoy recuerdo perfectamente la última lectura de Lord Jim mientras nos desplazábamos un largo verano por Akaska y Canadá. En aquellas circunstancias el espectacular y salvaje entorno de aquellas tierras era un perfecto telón de fondo para el apesadumbrado Jim que carga con el martirio en su conciencia de haber abandonado inconscientemente un barco en naufragio con pasajeros a bordo.

La vida es una aventura y tanto si ésta se desarrolla alrededor de una mesa camilla como en alta mar o en medio de una selva siempre cabe hacer de ella un asunto complejo e interesante con tal de que no condenemos a la inactividad a nuestro cerebro y a nuestra imaginación. La profundidad que uno descubre en pequeños actos de los personajes de Conrad auguran que tras la aparente mediocridad de muchos de ellos se esconde un hombre interior que como el arpa de Bécquer sólo necesita alguien que sepa arrancarle las notas que duermen en sus cuerdas.

La fotografía de más abajo muestra la vista hoy desde el balcón de nuestro hotel en Argos, la capital del antiguo átrida Agamenón que habiendo ido a luchar a Troya para rescatar a Helena de las garras de Priamo, al regresar a casa se encuentra con que no sólo le han puesto los cuernos sino que además como consecuencia de ello va a ser asesinado; lo que origina el argumento de la tragedia de Esquilo que me propongo leer esta misma noche a la luz de la luna.

"Justicia otorga a los que han sufrido, el conocimiento." Así encauza su canto el coro apenas comenzar la obra.

Imagen
La ciudad moderna de Argos, y una parte de la excavación de la Argos antigua.